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27.11.22

CALENDARIO LITÚRGICO 2022-2023.

El domingo 27 de noviembre de 2022 es primer domingo de Adviento, dando pues comienzo un nuevo Año Litúrgico.

Cada año litúrgico comienza siempre en las vísperas del  domingo más próximo al 30 de noviembre, fiesta del apóstol San Andrés.

El domingo pascual, núcleo del año litúrgico, quedó fijado por el Concilio de Nicea, reunido el año 325, que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena que haya después del 22 de marzo. La  Pascua de Resurrección es, por lo tanto, una fiesta variable y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores) con su final en la solemnidad de Pentecostés y el tiempo cuaresmal (cuarenta y cuatro días atrás si contamos desde el Miércoles de Ceniza al Jueves Santo), además de las solemnidades dependientes del Domingo Pascual y de Pentecostés: Ascensión, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón. 

Este año que comienza es Ciclo A, año impar.

En este nuevo año litúrgico, las festividades móviles quedan establecidas así:

Comienza el Adviento

I Domingo de Adviento: 27 de noviembre de 2022.
La Sagrada Familia: Viernes, 30 de diciembre de 2022. Fiesta.
Bautismo del Señor: Domingo, 8  de enero de 2023.  Fiesta. Finaliza el tiempo de Navidad y comienza el Tiempo Ordinario, primera parte.
Comienza la Cuaresma

Miércoles de Ceniza: 22 de febrero de 2023. Ayuno y abstinencia.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 2 de abril de 2023.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: 9 de abril de 2023. Comienza el Tiempo Pascual.

Ascensión del Señor: Domingo, 21de mayo de 2023. Solemnidad.
Domingo de Pentecostés: 28 de mayo de 2023. Solemnidad. Termina el Tiempo Pascual y se reanuda el Tiempo Ordinario, segunda parte.
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote: Jueves 1 de junio de 2023. Fiesta.

Santísima Trinidad: Domingo, 4 de junio de 2023. Solemnidad
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 11 de junio de 2023. En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior, 8 de junio de 2023. Solemnidad.

Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 16 de junio de 2023. Solemnidad
Jesucristo, Rey del Universo: Domingo 26 de noviembre de 2023. Solemnidad

 La Natividad del Señor (25 de diciembre), Epifanía del Señor (6 de enero), Transfiguración del Señor (6 de agosto) y Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) tienen fecha fija, al  igual que las solemnidades y fiestas de la Virgen María: Inmaculada Concepción (8 de diciembre), Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios (1 de enero) y Asunción a los Cielos (15 de agosto).

En el año 2023 el Tiempo Ordinario comprende 34 semanas, de las cuales las siete primeras se celebran antes de Cuaresma, comenzando el 9 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 21 de febrero, día anterior al Miércoles de Ceniza. Se reanuda de nuevo el tiempo ordinario con la VIII semana, el 29 de mayo, lunes después del domingo de Pentecostés, hasta el sábado 2 de diciembre de 2023, vísperas del I Domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico.

Para 2023 corresponde como número áureo el 10, Epacta: VIII, Letra dominical: A y letra del Martirologio: h.

 FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA

- 1 enero: Santa María, Madre de Dios.

- 6 enero: Epifanía del Señor.

- 19 marzo: San José, esposo de la bienaventurada Virgen María.

- 25 julio: Santiago, apóstol.

- 15 agosto: La Asunción de la Virgen María.

- 1 noviembre: Todos los Santos.

- 8 diciembre: Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María.
- 25 diciembre: La Natividad del Señor.

Todos los días anteriores se celebran como solemnidad.

 Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo. La Iglesia considera como días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma.

Recordamos que son días de abstinencia TODOS los viernes del año, no sólo los de Cuaresma (excepto si coinciden con alguna solemnidad), que puede sustituirse por  cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia: lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.) y mortificaciones corporales. Ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a todos los mayores de 14 años en adelante y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años (CDC cánones 1249 y siguientes).

 

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO

Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV.

Misa
Misal Romano.
Leccionario dominical I-A

Año A
Leccionario II: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario III-Año impar: Ferias del Tiempo Ordinario para los años impares.

Leccionario IV: Propio de los santos y misas comunes.

Leccionario V: Para las misas rituales y de difuntos
Leccionario VI: Para las misas por diversas necesidades y votivas

Oración de los fieles.

Libro de la Sede.

En el siguiente enlace está completo el Calendario Litúrgico pastoral publicado por la Conferencia episcopal española. 

file:///C:/Users/Propietario/Downloads/CLP-y-salmos-responsoriales-2022-2023_internet%20(1)%20(1).pdf

19.11.22

EL AMBÓN Y LA SEDE

 Dentro de los elementos que componen una iglesia vamos ahora a fijarnos en el ambón. Se dice que, en la misa, hay dos mesas; la de la Palabra y la de la Eucaristía. Si durante la Liturgia eucarística el centro celebrativo está en el altar, en la Liturgia de la Palabra el centro celebrativo está en el ambón.

A la izquierda del altar, en el llamado lado del Evangelio, en el presbiterio se sitúa el ambón, lugar destinado para la celebración de la Palabra que se puede adornar con un paño del color del tiempo litúrgico que puede estar decorado llamado antipendio .

La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un lugar conveniente desde el que se proclame, y al que durante la Liturgia de la Palabra, se dirija espontáneamente la atención de los fieles. Conviene que por lo general este sitio sea un ambón estable, no un simple atril portátil. El ambón, según la estructura de la iglesia, debe estar colocado de tal manera que los ministros ordenados y los lectores puedan ser vistos y escuchados convenientemente por los fieles[1].

Desde el ambón se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden también hacerse desde él la homilía y las intenciones de la oración universal[2].  Es conveniente que el nuevo ambón se bendiga antes de destinarlo al uso litúrgico, según el rito descrito en el Ritual Romano.

Desde el ambón no deben decirse avisos ni moniciones y reservarlo fundamentalmente para la Palabra.

La sede es el lugar donde se sienta el presbítero que preside la Eucaristía y suele colocarse al fondo del presbiterio, mirando al pueblo.

La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico[3]. Podemos decir que la sede tiene, además del aspecto puramente funcional, un sentido simbólico en su papel del presidente como representante de Cristo y ministro eclesial de la comunidad reunida.

Asimismo, se deben disponer en el presbiterio las sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren (caso del maestro de ceremonias, por ejemplo). Los acólitos deben situarse cerca para servir al altar pero sin sentarse con los ministros ordenados, de manera que no produzcan confusión a los fieles entre los diversos ministerios.

Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los demás ministros, colóquense las sillas de tal manera que claramente se distingan de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado.

Desde la sede —o en el ambón o en otro lugar adecuado—, el presidente, de pie, pronuncia la homilía. También, desde la sede, introduce y pronuncia la oración conclusiva de la Oración de los Fieles y saluda a los fieles. Permanece en la sede mientras se prepara el altar y desde allí —o desde el altar—puede pronunciar la oración después de la comunión y despedir al pueblo.

 



[1] OGMR 309

[2] OGMR 309

[3] OGMR 310

16.11.22

EL BESO EN LA LITURGIA.

 El beso es uno de los gestos más universalmente utilizados en nuestra vida social. También en la Liturgia, más veces de las que a primera vista parece, besamos a las personas o a los objetos sagrados. En casi todos los sacramentos se besa a las personas como sig­no de lo que quieren comunicar eficazmente. Respecto al beso de objetos sagrados, son el altar y el libro de los Evangelios los que más expresiva­mente reciben este símbolo de aprecio.

Según la costumbre tradicional, la veneración del altar y del Evangeliario se expresa con el beso[1]. Al comienzo de la Eucaristía se usa el beso como signo de veneración al altar. Es costumbre antiquísima en la Liturgia cristiana: al menos desde el siglo IV. Su sentido es expresar simbólicamente el aprecio que se tiene a la mesa del Señor, la mesa en la que va a realizarse la Eucaristía y donde vamos a ser invitados a participar del Cuerpo y Sangre del Señor. Es co­mo un saludo simbólico, hecho de fe y de respeto, al comenzar la cele­bración. Actualmente han quedado sólo dos besos al altar:

- el del comienzo de la celebración, que es el más antiguo, y que realizan no sólo el presidente, sino también el diácono y todos los conce­lebrantes.

- y el de despedida, que da sólo el presidente y el diácono, y no los concelebrantes. 

También besa el Evangeliario el que proclama la lectura del Evangelio, mientras dice en voz baja: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. El beso al Evangeliario se inserta dentro de una serie de acciones simbólicas y ritos en tor­no al Evangelio: procesión al ambón, escucharlo de pie, reservarlo al ministro ordenado, hacer al principio la señal de la cruz, incensarlo, acompañarlo con dos luces mientras se proclama.

El beso de paz antes de la comunión es uno de los modos de realizar el gesto de la paz. La paz se puede dar con una simple inclinación de cabeza, o con un apretón de manos, pero sobre todo en grupos más reducidos, o entre familiares, o en una comunidad religiosa, es más expresivo el beso. El ósculo de paz, como se llamaba en los primeros siglos, es algo más que un saludo o un signo de amistad. Es un deseo de unidad, una oración, un acto de fe en la presencia de Cristo y en la comunión que Él construye, un compromiso de fraternidad antes de acudir a la Mesa del Señor. Un beso que ha quedado en la celebración litúrgica, por su particular significado, es el beso de los pies en el lavatorio del Jueves Santo.

El beso a la Cruz es también frecuente. El Viernes Santo ha quedado un beso lleno de sentido: el que damos a la cruz en el rito de su adoración. También besa la cruz el obis­po, en la recepción en su iglesia catedral o al comienzo de la visita pastoral en una parroquia. Lo mismo en el rito de bendición de una nueva cruz.

También son significativos otros besos, no litúrgicos, pero igualmen­te llenos de fe, como puede ser el beso al Niño en las celebraciones de la Navidad, o el beso al crucifijo o a las imágenes sagradas, que mu­chos cristianos tenemos todavía la costumbre de dar. El rito de besapié y besamanos forma parte importante de los ritos de hermandades y asociaciones.

Además de la Eucaristía, hay otras muchas celebraciones en que el beso se vuelve litúrgico para expresar valores que contienen los diversos sacramentos. Sobre todo son significativos aquellos besos que se presentan como una bienvenida o una acogida oficial cuando una persona entra en un estado diferente dentro de su camino de fe:

- así, en las ordenaciones, al nuevo diácono le besan el obispo y los diáconos presentes; al nuevo presbítero, el obispo y los presbíteros presentes; al nuevo obispo, el obispo consagrante y los demás obispos presentes;

– en la Confirmación, el Ritual dice que el obispo saluda y desea la paz al confirmado, pero invita a las Conferencias Episcopales que piensen si es oportuno que le dé esa paz con algún gesto, que bien podría ser un beso;

– en la celebración del Matrimonio, como una especie de ra­tificación del matrimonio, los mismos esposos se dan la paz, según se juz­gue oportuno. En muchos casos, este modo oportuno y espontáneo suele ser el besarse.

La misma idea de acogida y bienvenida tiene el que los religiosos que profesan sus votos perpetuos sean abrazados y besados por los que ya los ha­bían hecho con anterioridad.

Fuera de la Liturgia, hemos besado muchas veces la mano de los sacer­dotes –costumbre hoy en desuso– y muchos lo seguimos haciendo con el anillo episcopal. Es preciso aclarar que, en aquellos lugares en los que el beso no se considere una forma de reverencia, se sustituirá este gesto por otro de reverencia de la cultura propia.

 



[1]  OGMR 273

2.11.22

LA CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Comenzamos este artículo con un párrafo, tomado del Ángelus que el papa Francisco pronunció el 2 de noviembre de 2014 en la Plaza de San Pedro a los fieles allí congregados.

El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios.

Cada año, el 2 de noviembre, la Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos. El día anterior la Iglesia ha celebrado la solemnidad de Todos los Santos para celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo.

En este día la Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico por todos los difuntos.

Haciendo un poco de historia podemos decir que los primeros cristianos, desde las catacumbas, ya esculpían a Lázaro, como signo de resurrección de sus amigos o parientes. Pero fue en el siglo IX cuando, tomando esa costumbre de los monasterios, se hace general esa práctica de dedicar un día entero a rezar por los difuntos. Finalmente, en 998 se fijó la conmemoración el 2 de noviembre, llegando incluso a tener una novena, la Novena de los Difuntos[1] extendiéndose esa práctica monacal en siglos posteriores a toda la Iglesia católica.

En la Conmemoración de todos los fieles difuntos La santa Madre Iglesia, […] se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe solo Dios conoce, para que, purificados de  toda mancha de pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna (Martirologio Romano).

La misa del día tiene todo propio: antífonas, oraciones, prefacios propios. Las dos lecturas se toman de las misas de difuntos.

Es uno de los pocos días del año en que el  sacerdote está autorizado a trinar, o sea, decir tres misas (igual pasa en Navidad). Está dispuesto que, caso de decir las tres misas, sólo puede recibir estipendio por una de ellas, debiendo aplicar la segunda misa por todos los difuntos y la tercera por las intenciones del Papa. Por ese motivo el Misal Romano ofrece tres formularios de misas distintas para el 2 de noviembre. El celebrante puede elegir en qué orden usarlos y, si únicamente va a celebrar una, puede decidir cuál de los tres formularios usar a gusto del celebrante.

Ese día, además, puede impartirse la bendición solemne que contempla el Misal Romano. Los fieles que hayan recibido la comunión en una misa pueden recibirla otra vez, solamente dentro de la celebración eucarística. En este día no se permiten otras celebraciones, excepto la misa exequial

El color de los ornamento es, de ordinario, morado. También puede usarse el negro, tal como dispone la OGMR en su número 346: El color negro puede usarse, donde se acostumbre, en las Misas de difuntos. Aunque el color negro está en desuso Parece que es mejor usar los ornamentos negros para distinguir un color para la penitencia (morado) y otro para el duelo (negro), siguiendo la antigua tradición litúrgica[2]

Terminamos recordando una cuestión menos conocida, que el Calendario Litúrgico pastoral recuerda, referida a las indulgencias a ganar en este día.

A los fieles que visiten devotamente el cementerio u oren solo mentalmente por los difuntos se les concede la indulgencia plenaria (aplicable solamente a las almas del purgatorio) en cada uno de los días del 1 al 8 de noviembre e indulgencia parcial en los demás días del año. En el día de la conmemoración de los fieles difuntos (o, con el consentimiento del Ordinario, en el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos), en todas las iglesias y oratorios se puede lucrar de indulgencia plenaria.

 



[1] https://www.vaticannews.va/es/santos/11/02/conmemoracion-de-todos-los-fieles-difuntos.html

[2] https://liturgiapapal.org/index.php/manual-de-liturgia/vestiduras-liturgics/colores-lit%C3%BArgicos/377-negro.html

30.10.22

LAS MANOS Y SUS ACCIONES CEREMONIALES

 Dentro de la serie de artículos dedicados a los gestos y acciones ceremoniales hoy vamos a ver las manos. Así, podemos decir que todos los gestos litúrgicos ­­que se hacen con las manos son siempre muy significativos.

En ningún caso debe haber dudas acerca de la posición de las manos en cualquier momento de la celebración eucarística o de cualquier acto litúrgico. Como norma general diremos que, en la procesión de entrada –o salida–, las manos de los acólitos y demás ministros van unidas a la altura del pecho por las palmas y el pulgar derecho sobre el izquierdo formando cruz.

El Ceremonial de los Obispos nos indica que Las manos se juntan, palma con palma, con todos los dedos unidos, y el pulgar derecho cruzado sobre el izquierdo. El pulgar derecho debe pegarse al pecho[1]. No es correcto llevar las manos unidas por debajo de la cintura.

Cuando se lleva un objeto con la mano derecha generalmente –incensario, naveta– la otra siempre descansa plana en el pecho con los dedos juntos con naturalidad. Cuando el celebrante, el diácono y los ayudantes están sentados, las manos descansan sobre las rodillas, y los codos están doblados de un modo relajado.

En definitiva, el sacerdote, el diácono y los acólitos deben observar la disciplina de las manos juntas mientras están en el presbiterio y en las proce­siones.

El celebrante realiza con sus manos más acciones ceremoniales que los demás ministros. Dentro de una lógica moderación, el celebrante puede mover las manos como desee en la homilía y cuando lee avisos. Pero no debe aña­dir gestos propios en otros momentos de la celebración eucarística. La OGMR regula todos los gestos e indica con precisión qué hacer con las manos en cada momento.

En el saludo El Señor esté con vosotros, las manos, que estaban unidas, se abren. El gesto debe ser suave y transmitir una sensa­ción de reverencia y control, sin parecer brusco, mecánico o demasiado efusivo. Es un gesto que expresa paz e invitación a la oración y al reco­gimiento.

Las manos se extienden ceremonialmente durante el rezo de determinadas oraciones de petición de misericordia. Es un gesto de las primeras épocas de la Iglesia. Con el desarrollo de la misa de cara al pueblo, este gesto se ha hecho más amplio y relajado pero puede llegar a ser exagerado. No es fácil normalizar este gesto como puede apreciarse en la concele­bración. El celebrante y concelebrantes extienden las manos hacia adelante, las palmas hacía abajo, en la epíclesis de la Plegaría Eucarística. Es un signo de invocación al Espíritu Santo, que tiene su origen en un gesto del Antiguo Testamento. Durante las palabras de la institución, los concelebrantes, si el gesto parece oportuno, extienden su mano derecha hacia el Pan y hacia el cáliz.

Mientras debe de realizarse una acción con una mano (por ejemplo, al bendecir o al cambiar la página del misal), hay que evitar que la otra mano quede en el aire. Para ello, debe colocarla sobre el pecho, cuando el celebrante está en la sede, o sobre el altar, cuando está frente a éste.

En esto último hay una regla: al poner la o las manos sobre el altar, se suele apoyar toda la mano extendida, y entre la consagración y la purificación se pone sobre el corporal; fuera de este periodo, se coloca fuera del corporal[2].

En una bendición solemne u oración sobre el pueblo, las manos del sacerdote se extienden de la misma manera cara al pueblo, sí bien deberían estar un poco más elevadas, con las palmas hacía abajo.

En cambio, parece mejor evitar los siguientes gestos: la anti­gua práctica de manos enfrentadas, las palmas de cara al pueblo en una posición que parece defensiva así como un alargamiento o elevación excesiva de las manos –que no se puede mantener durante mucho tiempo–, o mover las manos hacia arriba y hacia abajo a la par que se va leyendo.

 [1] CO nº 107.

[2] https://liturgiapapal.org/index.php/manual-de-liturgia/acciones-ceremoniales/262-la-posici%C3%B3n-de-las-manos-en-la-liturgia.html

28.10.22

POSTURAS REVERENTES

Dentro de la serie de artículos dedicados a los signos y posturas litúrgicas abordamos hoy las posturas reverenciales.

Existen dos posturas para indicar reverencia: la inclinación y la genuflexión. Hoy analizamos la inclinación, dejando la genuflexión para otro artículo.

La inclinación indica reverencia y honor a las personas o a los signos que representan. Puede ser de dos tipos: inclinación de cabeza e inclinación de cuerpo o profunda, que se hace desde la cintura.

La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo las tres Divinas Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa[1].

La inclinación de cuerpo o reverencia profunda se le hace al altar, cuando no está allí el sagrario con el Santísimo; también se debe hacer inclinación profunda cada vez que se sirva al obispo o se pase por delante de él.

Saludan al Obispo con inclinación profunda los ministros, los que se acercan a él para servirlo, o terminado el servicio, se retiran, o pasan delante de él.  Cuando la cátedra del Obispo está detrás del altar, los ministros saludan o al altar o al Obispo, según se acerquen al altar o al Obispo, pero eviten, en cuanto sea posible, pasar entre el Obispo y el altar, a causa de la reverencia a ambos. Si acaso en el presbiterio están presentes varios Obispos, se hace reverencia sólo al que preside[2].

Se debe hacer reverencia profunda en el Credo Nicenoconstantinopolitano o Símbolo en las palabras y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre: si se trata del  Credo Apostólico en las palabras que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, arrodillándonos si es la solemnidad de Navidad o la fiesta de la Anunciación del Señor. El diácono hace la misma inclinación cuando pide la bendición antes de la proclamación el Evangelio. Si es un concelebrante quien proclama el Evangelio y preside otro presbítero no tiene que pedirle la bendición, si está el obispo sí.  

Asimismo, la bendición presidencial que concluye la misa se debe recibir con inclinación. Si hay diácono dirá la monición diaconal Inclinaos para recibir la bendición. Al terminar la misa el sacerdote y el diácono, si lo hay, veneran al altar con un beso y hacen reverencia profunda. Los concelebrantes no besan al altar y hacen solo reverencia profunda. También la hacen al despedirse el resto de los ministros (acólitos).

También el pueblo hace reverencia profunda tras la ostensión del Pan y del Vino, si no se ha permanecido de rodillas, al tiempo de la genuflexión que hace el sacerdote.

El turiferario hace reverencia profunda antes y después de las incensaciones y en algunas otras ocasiones en que está dispuesto. Deben hacer inclinación profunda al altar, que simboliza a Cristo, y no al sacerdote, como equivocadamente se hace a veces, todas aquellas las personas que suban al presbiterio para realizar alguna función, como por ejemplo los lectores o los que van a hacer las peticiones de la Oración Universal de los Fieles, que vulgarmente llamamos preces, tanto al llegar como al marcharse. Si está al obispo se le hace a él la reverencia.

Las personas que son incensadas, no por ellas mismas sino por lo que representan, no deben devolver la reverencia al turiferario, como normalmente observo que se hace. La persona reverenciada no hace reverencia al ministro turiferario ya que no tiene sentido.

También el rito de la incensación expresa reverencia y oración.



[1] OGMR 275

[2] Ceremonial de los Obispos  76-78

 

25.10.22

ORAR DE RODILLAS

Dentro de la serie de artículos dedicados a las posturas reverentes hoy vamos a escribir sobre la postura de rodillas. En la tradición judía, la postura propia del orante era de pie y sólo en ocasiones de especial solemnidad o de fervor excepcional se ponían de rodillas. Orar de rodillas es cosa bien distinta de la genuflexión. Es un gesto todavía más elocuente que la genuflexión o la inclinación de cabeza, que puede tener varias connotaciones: a veces es gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado, otras veces es gesto de sumisión y dependencia o bien, sencillamente, puede ser una postura de oración concentrada e intensa. Esta postura la encontramos muchas veces en la Biblia, cuando una persona o un grupo quieren hacer oración o expresan su súplica, como también fue la actitud de Cristo en su agonía en el Huerto de los Olivos del Huerto:

Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,41-42)

En los primeros siglos no parece que fuera usual entre los cristianos el orar de rodillas. Más aún, el Concilio de Nicea lo prohibió explícita­mente para los domingos y para todo el Tiempo Pascual, tiempo festivo.  En el vigésimo canon del Primer Concilio de Nicea (325) los padres sinodiales establecieron  lo siguiente:

Debido a que hay algunos que se arrodillan en el día del Señor y en los días de Pentecostés [los cincuenta días entre Pascua y el domingo de Pentecostés]:que todas las cosas se realicen uniformemente en todas las parroquias o diócesis, le parece bien al Santo Sínodo que todos hagan las oraciones [tas euchas] a Dios de pie.

San Basilio llamaba al estar de rodillas como penitencia menor, en oposición a la postración o penitencia mayor.

Más bien esta postura de rodillas se reservó para los días penitenciales y, como una costumbre que llegó hasta nuestros días, en las Témporas, cuando se nos invitaba a ponernos de rodillas para la oración después del Kyrie:  flectamus genua (doblemos las rodillas) hasta que el diácono decía: Levate (levantaos). Hoy día esa invitación ha quedado como monición del diácono, en la Oración de los Fieles del Viernes Santo. Actualmente son las conferencias episcopales las que pueden determinar que se conserve esa tradicional monición diaconal.

A partir de los siglos XIII-XIV, la postura de rodillas se convirtió en la más usual para la oración, también dentro de la Eucaristía. La práctica de arrodillarse durante la consagración se introdujo durante la Edad Media, y está en relación con la elevación que se originó en el mismo período

Actualmente durante la Misa sólo se indica este gesto para los fieles durante el momento de la consagración, desde la epíclesis, expresando así la actitud de veneración. Antes de la actual reforma litúrgica se estaba de rodillas durante toda la Plegaria eucarística, así como para recibir la comunión o al recibir la bendición. También se debe recibir la absolución en el sacramento de la penitencia de rodillas.

Orar de rodillas sigue siendo una actitud indicada para la oración per­sonal, sobre todo cuando se hace delante del Santísimo. También se puede orar de rodillas delante de las imágenes de Cristo, la Virgen, de los santos o en cualquier lugar, ya que es una postura del orante para su personal recogimiento.

 


2.10.22

LAS POSTURAS Y LOS SIGNOS LITÚRGICOS

 Tras el paréntesis vacacional reiniciamos con una serie de artículos que trataran sobre las posturas, los gestos y los signos de reverencia que se emplean en la Liturgia.

Y comenzamos recordando las posturas corporales que hay que tener en la misa.

La Ordenación General del Misal Romano –OGMR– da unas normas claras de las posturas corporales que hay que adoptar durante la Eucaristía. Para el Misal Romano La postura corporal que han de observar todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes[1]. De lo anterior se deduce que una postura unánime es también un signo de comunión. 

Las posturas corporales que el Misal Romano indica son las que resumimos a continuación:

* DE PIE Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante la profesión de fe y la oración de los Fieles; y también desde la invitación Orad hermanos que precede a la oración sobre las ofrendas hasta el final de la Misa, excepto en los momentos que luego se enumeran[2].

* SENTADOS En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial que preceden al Evangelio; durante la homilía, y mientras se hace la preparación de los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión.

* DE RODILLAS Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración. La costumbre de algunas personas de permanecer de rodillas durante toda la Plegaria Eucarística debe respetarse.

¿Qué costumbres no respetan estas normas? Pues, por un lado, está la costumbre casi generalizada de permanecer sentados durante la oración sobre las ofrendas. Hay que ponerse en pie al Orad hermanos, no después. Todas las oraciones de la misa se escuchan de pie, que es la postura propia del orante, salvo durante la consagración.

En la consagración, que muchas personas tiene por costumbre permanecer de pie sin motivo aparente, hay que arrodillarse en la primera epíclesis (invocación al Espíritu Santo) y ponerse de pie en la aclamación que la remata, que tiene tres fórmulas que ofrece  el Misal: Este es el sacramento de nuestra fe, dice el presidente y respondemos con la aclamación Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Si el que preside dice: Aclamad el misterio de la redención, la asamblea aclama: Cada vez que comemos de este pan y  bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Y si dice: Cristo se entregó por nosotros la aclamación de la asamblea es:

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor.

Las aclamaciones se dicen de pie, no se puede aclamar de rodillas. De pie es la postura propia para aclamar, como el Aleluya,

Recordamos que también en la vida civil nos ponemos de pie tras un concierto para aplaudir a la orquesta, una representación teatral,  tras el gol de nuestro equipo o una buena faena de un torero.

 

 

 

 



[1] OGMR 42

[2] OGMR 43