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27.9.16

SOBRE LAS POSTURAS QUE ADOPTA EL SACERDOTE EN LA MISA (I).

Vamos a dedicar un par de artículos a analizar las distintas posturas y gestos que el sacerdote realiza durante la misa, refiriéndonos al que preside la celebración. La Liturgia no es exclusivamente verbalista, sino que también en la celebración hay aspectos importantes visuales y de expresión corporal. A esos nos referimos. No se olvide que la «actuación» del presidente es uno de los factores que más influyen en el clima de una celebración litúrgica. Actuando «in persona Christi», es el presidente quien transmite a la asamblea la Palabra, quien eleva a Dios la alabanza, la petición y la súplica, dándole a su comportamiento un sentido sagrado, tal como afirma Aldazábal[1]. Los gestos deben ser elegantes y sin precipitación.
Los gestos y posturas hablan. No es lo mismo estar de pie que sentado, que el sacerdote mire al pueblo o que salude mientras busca las páginas del Misal. En definitiva, los gestos tienen que transmitir sinceridad y autenticidad.
En la misa, en primer lugar, la procesión de entrada, si la hay, la hará con las palmas de las manos unidas, a la altura del pecho, como el resto de los ministros que no porten objetos. Es señal de respeto y de oración, gesto de humildad y vasallaje, de actitud orante y confiada. Es el gesto más acomodado a la celebración litúrgica cuando las manos no han de emplearse en otros ritos o no se prescribe que se tengan levantadas. El sacerdote, al llegar al altar hace inclinación profunda y, posteriormente, lo besa. Si hay concelebrantes también lo hacen. Si se usa incienso, el sacerdote inciensa a la Cruz y al altar, rodeándolo. Si el Sagrario estuviese en el retablo, a la vista, hará genuflexión..
Terminado el canto de entrada, si lo hubo, desde la sede, el sacerdote y los fieles se signan con la señal de la cruz. Después, el sacerdote vuelto hacia el pueblo y extendiendo las manos, lo saluda usando una de las fórmulas que propone el Misal. 
Tras el acto penitencial, el Kirie y el Gloria, si procede, el sacerdote, con las manos juntas, invita al pueblo a orar, diciendo: Oremos. Luego, el sacerdote con las manos extendidas, dice la Oración Colecta. Se entiende que extender las manos se refiere a abrir los brazos, a media altura[2]. Levantar y extender las manos al rezar expresa los sentimientos del alma que busca y espera el auxilio de lo alto. Hoy es un gesto reservado al ministro que celebra la santa misa. El simbolismo principal detrás de la posición orante de ser un gesto sacerdotal se basa en la indicación de que el sacerdote está orando en nombre de nosotros, actuando como «alter Christus», como pastor del rebaño, cabeza del cuerpo
Durante la Liturgia de la Palabra, excepto al Evangelio que está de pie,  el sacerdote permanece sentado, con las manos sobre las rodillas. Si hay incienso, en el momento del Aleluya permanecerá sentado mientras los acólitos le ofrecen el turíbulo y el incienso. Si no lo hay, se pone en pie, junto a toda la asamblea.
Si tiene que proclamar el Evangelio, por faltar el diácono o no haber concelebrantes, el sacerdote antes de leer el Evangelio se inclina ante el altar y dice: “Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio” y se dirige al ambón. Allí, con las manos juntas, saluda al pueblo: El Señor esté con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu; y en seguida: Lectura del Santo Evangelio, signando con el pulgar el libro y a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho, lo cual hacen también todos los demás. Si se usa incienso, el sacerdote inciensa el libro. Al acabar, el sacerdote besa el libro, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados.
Si no hay un lector, el mismo sacerdote proclama todas las lecturas y el salmo, de pie desde el ambón. Posteriormente, el sacerdote, de pie en la sede o en el ambón mismo, o según las circunstancias, en otro lugar idóneo pronuncia la homilía, que es obligatoria los domingos y fiestas de precepto.
El Símbolo (Credo) se canta o se dice por el sacerdote juntamente con el pueblo estando todos de pie. A las palabras y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre o bien  que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen del Credo nicenoconstantinopolitano o del Credo apostólico respectivamente todos se inclinan profundamente; y en las solemnidades de la Anunciación y de Navidad, se arrodillan.
Dicho el Símbolo, en la sede, el sacerdote de pie y con las manos juntas, invita a los fieles a la oración universal con una breve monición. Después el cantor o el lector u otro  ministro, desde el ambón o desde otro sitio conveniente, vuelto hacia el pueblo, propone las intenciones; el pueblo, por su parte, responde suplicante. Finalmente, el sacerdote, con las manos extendidas, concluye la súplica con la oración.
Los gestos y posturas durante la Liturgia Eucarística y Ritos finales los veremos en el siguiente artículo.




[1] José Aldazábal, Gestos y Símbolos, Dossier CPL 40.
[2] El gesto de algunos sacerdotes de las manos enfrentadas al pueblo no parece  el más adecuado.

17.8.16

EXPRESIONES POPULARES DE ORIGEN RELIGIOSO (y II).

Seguimos en esta segunda entrega con algunas expresiones de origen religioso,  que muchas personas usan y tal vez no conozcan su procedencia.
Y comenzamos con una expresión que se usa mucho en política. Se trata de hacer la «travesía del desierto». Es una expresión que hace referencia a que una persona o un grupo de personas tienen que pasar por una etapa de reflexión y de ostracismo, apartadas del protagonismo al que estaban acostumbrados, para poder volver a resurgir y recuperar su papel en la vida. El origen de la frase hace referencia a la salida del pueblo judío de Egipto, conducidos por Moisés durante 40 años a través del desierto, pasando innumerables penalidades, hasta alcanzar la tierra prometida.
«Maná del cielo» o similares hace referencia actualmente a la persona que espera conseguir objetivos sin esfuerzo alguno y que aspira a vivir esperando que los asuntos se resuelvan solos. También, como maná caído del cielo se emplea para definir algún don gratuito e inesperado que ayuda a solucionar  una situación grave. La expresión tiene su origen en los años en que el pueblo israelita vagaba por el desierto y, al no tener que comer, les vino alimento en forma de pan enviado por Dios todos los días durante los cuarenta años que deambularon por el desierto.   
«Más años que Matusalén» se emplea para hablar de una persona muy longeva. Pero, ¿quién fue Matusalén? El libro del Génesis (5:27) nos habla del patriarca Matusalén, del que se dice que vivió 969 años. Se trata de la persona que nombra la Biblia que ha vivido más años. Fue el abuelo de Noe, que vivió 950 años.
«Llorar como un Jeremías» se refiere al llanto del profeta Jeremías por su pueblo, al haber abandonado la fe en Dios y por la Jerusalén perdida. El profeta tiene un libro en la Biblia y se le han atribuido los poemas de «Las Lamentaciones», aunque hoy día no parece ser una atribución con fundamento. También se dice «Llorar como una Magdalena» para los mismos casos. Se usa para referirse a las personas que lloran desconsoladamente.    
«Va a caer el diluvio universal» hace referencia a inclemencias meteorológicas, sobre todo de lluvias torrenciales que pueden provocar inundaciones. Su origen está en el diluvio universal del que habla la Biblia en el libro del Génesis.
Y yendo a tiempos más actuales repasamos algunas expresiones.
«Pasar el quinario» es una expresión que se refiere a la situación de apuros y sufrimiento por los que está pasando una persona. Hacerle a uno pasar el quinario es hacerle sufrir. El origen de la expresión está en el carácter penitencial que, en siglos pasados, tenían esos ejercicios de piedad cofrades, no comparables a los que hoy celebran las hermandades en honor de sus titulares. Otra expresión similar es la de «pasar el Calvario».
«Abogado del diablo» era el encargado, en las causas de canonización, de poner reparos y objeciones a los méritos del candidato. Es un nombre popular, su nombre canónico era promotor de la fe. En el lenguaje coloquial es la persona que busca continuamente contradicciones o pegas a las buenas causas, o insiste en encontrar los defectos de personas e ideas. Actualmente esa figura ha sido sustituida por el promotor de justicia.
  


11.7.16

SOBRE EXPRESIONES POPULARES DE SENTIDO RELIGIOSO.

En esta época veraniega vamos a dedicar algún artículo a temas amables y curiosos. Así, vamos a explicar el origen de algunas expresiones populares que seguramente hemos oído o usamos y, sin embargo, podemos desconocer su origen religioso.
Y comenzamos por una expresión que puede parecer irreverente. Se trata de «Se armó la de Dios es Cristo». Es una frase que se usa para describir una reunión tumultuaria, con bronca, y donde se puede llegar a las manos. La frase proviene de las controversias y violentos enfrentamientos surgidos en el transcurso del I Concilio de Nicea, al discutirse la doble naturaleza, humana y divina, de Jesucristo. El Concilio, iniciado en el año 325 bajo el pontificado de Silvestre I, fue presidido por el obispo de Córdoba, con la presencia del emperador Constantino. Entre otros temas, se debatió  la cuestión de la divinidad de Cristo. Arrio y sus partidarios negaban ese carácter divino mientras que para los católicos el Verbo, Hijo de Dios, es verdaderamente Dios, lo mismo que el Padre. Los debates fueron muy calurosos y de ahí la expresión. No deja de ser curioso que tantos siglos después, se siga usando.
Otra expresión, «Remover Roma con Santiago», hace referencia a realizar esfuerzos de todo tipo y buscar toda clase de influencias para conseguir un objetivo. Se trata de tocar todos los resortes para salir airosos. Tanto Roma como Santiago son dos de las tres ciudades más importantes para los católicos (la otra es Jerusalén).
«Apaga y vámonos».  Suele usarse este dicho para dar a entender que, en cierto lugar, nada queda por hacer y todo está terminado. Para explicar el origen de  este dicho, hay que contar un reto, real o ficticio, sostenido hace siglos por dos sacerdotes del pueblo de Pitres, en Granada. Al parecer, ambos curas eran aspirantes a una capellanía castrense y decidieron un día apostar que optaría a la plaza el que dijese la misa más rápidamente. Llegado el momento, el primero de ellos subió al altar y dijo: «Ite, misa est», o sea, «La misa ha terminado», frase que cierra la celebración de la misa en latín. El otro cura,  como vio la maniobra, dudó un instante, miró a su monaguillo y le dijo: «Apaga y vámonos», con lo que a nadie le quedó duda de que su «misa» había sido la más breve.
«A la buena de Dios». Es una frase que se usa para definir algo hecho sin cuidado, de  cualquier manera, sin orden ni organización, confiando en la buena voluntad de Dios, sobre quien se hace caer toda la responsabilidad.
«Adelante con los faroles». La expresión completa habría sido ¡Adelante con los faroles, que atrás vienen los cargadores!, relacionada con las antiguas procesiones religiosas, en las que era usada a manera de estímulo para que los encargados de transportar faroles, antorchas y cirios -que precedían a los que llevaban las imágenes (cargadores, costaleros)- no cejaran en su esfuerzo. Los faroles abren la procesión y la ponen en marcha. Actualmente se usa como una frase para dar ánimo e invitar a comenzar o proseguir una tarea.
«Colgarle el sambenito». Significa culpar injustamente a alguien, aplicarle un prejuicio para atribuirle siempre acciones poco decorosas. Originalmente, el sambenito era un escapulario de la orden benedictina que después se utilizó para colocárselo a los reos condenados por la Inquisición y su decoración dependía de las condenas.
«Acabó como el rosario de la aurora» es una expresión que hace referencia a una reunión que acaba a tortazo limpio. Su origen está en las procesiones del rosario de la aurora, que proliferaron en siglos pasados. La versión más aceptada se refiere a la pugna entre dos hermandades rivales que se encontraron de noche y acabaron a farolazos. También a las molestias que ocasionaban los rosaristas a los vecinos, que eran increpados por perturbar el descanso nocturno.
«No tener oficio ni beneficio». Significa estar ocioso, sin carrera, ocupación ni recursos económicos. También se aplica a la persona que pretende vivir a costa de los demás. Antes, las rentas eclesiásticas se llamaban beneficios (recuérdese la palabra beneficiado), por ser gracias conferidas por la Iglesia, mientras que el oficio era la profesión del seglar. Si alguien no trabajaba ni era religioso, vivía «sin oficio ni beneficio». 
«Para más INRI» equivale a decir «para mayor escarnio». Hace referencia a un hecho que empeora aún más una situación que ya era por sí misma negativa. INRI son las siglas de la frase latina IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, rótulo que remataba la Santa Cruz en la que fue crucificado Jesucristo, que se podría traducir como «Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos». 
«Doctores tiene la iglesia». Se trata de una expresión que se usa cuando no tenemos una opinión formada y nos basamos en otros expertos desconocidos para cuestiones difíciles de explicar. La frase original sería: «Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder», frase que figuraba en el Catecismo de la Doctrina Cristiana, obra del padre Gaspar Astete, de la compañía de Jesús, que se publicó en el siglo XVI y superó las 600 ediciones, traduciéndose a todas las lenguas europeas. La persona que la emplea confía en la autoridad externa, reconociendo su ignorancia en el tema tratado.
«Más contento que unas pascuas». La expresión significa estar muy alegre, y hace referencia a las diversas Pascuas que celebra la Iglesia, fiestas siempre alegres.
Decir «Jesús» al estornudar parece ser que es una costumbre cristiana que procede del mundo pagano, en el que el estornudo se consideraba como el comienzo de una enfermedad. Los romanos, cuando alguien estornudaba en su presencia, decían «que Jupiter te conserve» o bien «Salve», como forma de espantar el presunto mal. Los cristianos sustituyeron esas expresiones paganas por el Jesús.   
«Está hecho un Ecce Homo» hace referencia a una persona con múltiples heridas y con aspecto deplorable. Se trata de una comparación con Jesucristo, al que Pilatos presentó al pueblo tras ser azotado y coronado de espinas, con un aspecto penoso, a ver si el pueblo se compadecía de Él y se conformaban con ese castigo. La frase latina la pronunció Pilatos, «Ecce Homo», o sea, «He aquí al hombre». Tiene su traslado en la iconografía cristiana, tanto en imágenes como en pinturas.

«A cada cerdo le llega su sanmartín». El origen de este proverbio tiene relación con la fecha del 11 de noviembre, día en que se celebra la festividad de San Martín de Tours, taumaturgo y milagrero francés. Se refiere a que los culpables de algo, tarde o temprano, serán castigados ya que por San Martín se suele hacer la matanza del cerdo. No queda impune el comportamiento del malvado pues, antes o después, quien ha obrado mal recibe su merecido.

7.6.16

SOBRE LA FORMA DE NOMBRAR A LAS IMÁGENES

Siguiendo el aire de mi anterior artículo sobre el empleo de términos de manera inadecuada ahora toca escribir sobre la forma de nombrar a las imágenes.
En primer lugar habría que hacer la observación de que, con motivo de procesiones de las llamadas «magnas» organizadas por el Año de la Fe y que han tenido lugar en numerosas ciudades o por otros diversos motivos se han podido leer y escuchar frases del estilo de «hoy saldrán quince Cristos en tal ciudad» y que procesionarán siete Vírgenes y cosas por el estilo.  Lo correcto sería decir que ese día procesionarán quince imágenes de Cristo o siete imágenes de la Virgen o marianas. Es evidente que, aunque sepamos que sólo hay un Cristo y una sola Virgen, por la forma de expresarlo parece deducirse que hay muchos Cristos y muchas Vírgenes. Y puede haber personas a las que se les confunda.
A modo de anécdota relato la conversación oída recientemente en la cola de un autobús urbano  de mi ciudad. Hablando del Rocío, una señora le explicaba a otra que las vírgenes son siempre la misma, aunque se las llame de distintas formas (advocaciones). Bien, pensé, buena catequesis. Pero, a continuación, como remate teológico indiscutible le espetó: «Sólo se diferencian en que cada una hace un milagro diferente». Verídico. Por eso, toda catequesis es poca. 
Por otra parte, hace unos días, he podido leer en la despedida de un famoso capataz de cofradías sevillano recién cesado referirse al «moreno del Porvenir». De igual manera se oye hablar, en círculos cofrades de Sevilla, del «jorobado de Triana», del «Manué», de «los despojos»,  de la «Encarna», de la «Feíta» y similares. No me cabe la menor duda de que estos apelativos se dicen con la familiaridad que da el cariño y sin ánimo de faltar al respeto debido, pero deben evitarse, sobre todo en medios escritos o públicos.
No entran en esa categoría apelativos usados tradicionalmente por el pueblo como «Cachorro», «Señor de Sevilla», «la señorita de Triana»  o «Reina de las Marismas», perfectamente asumidos.
Los títulos de la mayoría de las imágenes de Cristo son o bien Santísimo Cristo o Nuestro Padre Jesús. En las imágenes marianas los títulos más empleados son los de María Santísima o Nuestra Señora, seguido de la advocación propia. No confundir título con advocación. Así, Nuestro Padre Jesús (título) del Gran Poder (advocación) o bien Santísimo Cristo (título) de la Sangre (advocación). Y para las imágenes marianas igual: María Santísima (título) de los Dolores y Misericordia (advocación) o Nuestra Señora (título) del Valle (advocación). Primero, el título; después, la advocación.
Otros títulos cristíferos que usan las cofradías, menos usuales, para referirse al Señor o a detalles de su Pasión son: Nuestro Señor Jesucristo, Santo Cristo, Santa Cruz, Santísima (Vera Cruz), Santo (Lignum Crucis), Santo (Sudario), Nuestro Señor, Santa Espina, Sagrado Corazón y Clavos de Jesús, Dulce Nombre (de Jesús), Santísimo Nombre (de Jesús), Santísimo Cristo y Nuestro Padre Jesús.
En lo referente a la Virgen el repertorio es más variado. Además de los ya citados de Nuestra Señora y María Santísima otros títulos menos frecuentes son: Nuestra Madre y Señora, Inmaculada Concepción y Pura y Limpia. Añadamos Santa María, Maravillas, Inmaculado Corazón, Santísima Virgen, Madre de Dios. Otras también marianas son  Inmaculada Milagrosa, Purísima Concepción , Madre de la Iglesia. Hay una hermandad que une los títulos más empleados, denominándola María Santísima Nuestra Señora –Quinta Angustia─.
Las imágenes que han sido coronadas canónicamente añaden a la advocación la palabra Coronada.
Terminamos recordando que a las imágenes se las venera por lo que representan, no por sí mismas ni por su valor estético o histórico.  Así, litúrgicamente hablando, la misma veneración se debe a una imagen recién bendecida que a otra que tenga cientos de años.
La muestra de respeto debido a las imágenes es una reverencia de cabeza, nunca genuflexión, que está reservada a Jesús Sacramentado como signo de adoración. La imagen más importante de todas es el Crucifijo.





  

10.5.16

ALGUNAS PRECISIONES TERMINOLÓGICAS Y CONCEPTUALES SOBRE SIGNIFICADOS DE TÉRMINOS ECLESIALES

En este artículo voy a relacionar algunos conceptos y términos que, en general se emplean o bien incorrecta o bien imprecisamente.
Y comenzamos por la palabra religión. A veces se oye decir o se lee algo sobre la religión católica. Incorrecto. El catolicismo no es una religión, es una fe, un credo concreto dentro del cristianismo, que es una religión más amplia que el catolicismo. Cristianos son los protestantes, los anglicanos, los ortodoxos, los evangélicos, los presbiterianos, los anabaptistas, los metodistas y un largo etcétera. Todos los católicos somos cristianos, pero no todos los cristianos son católicos.
Las tres grandes religiones monoteistas del mundo son el cristianismo, el islamismo y el judaísmo. Y dentro de cada religión hay variantes o credos concretos, como los sunnitas, los chiitas (a su vez con cuatro escuelas diferentes), los malikies y varias más dentro del Islam o los judíos ortodoxos y los liberales.
Resumiendo, yo soy de religión cristiana y de credo católico.
Otro concepto que a veces se usa como sinónimo es el de templo e iglesia. Templo es cualquier edificio dedicado al culto religioso en general. Así, hay templos hindúes, budistas, mezquitas, sinagogas, templos griegos o romanos en la antigüedad, egipcios, etc. Los cristianos llamamos iglesias a nuestros templos, por lo cual lo más adecuado para referirnos a nuestros lugares de culto es denominarlos como iglesias (de ecclesia=asamblea). También, Iglesia se refiere al conjunto de creyentes de la misma fe.
Así pues, hablar del templo del Salvador no es incorrecto, pero es más preciso decir iglesia del Salvador. Todas las iglesias son templos, pero no todos los templos son iglesias.      
Y qué decir de la palabra parroquia. Todas las iglesias no son parroquias, sólo lo son aquellas canónicamente erigidas expresamente como tales por el obispo diocesano con un párroco al frente. Además de parroquias existen basílicas, capillas, oratorios, catedrales, santuarios, ermitas, colegiatas, iglesias conventuales. Se oye decir que «la cofradías de Jesús Despojado está entrando en su parroquia» o que «el Baratillo sale de su parroquia». Ambos ejemplos son incorrectos ya que esas hermandades, como otras muchas, disponen de capilla propia independiente y no residen en parroquias, aunque, lógicamente, pertenecen a alguna. De nuevo, todas las parroquias son iglesias pero no todas las iglesias son parroquias.
Puesto que hemos nombrado al párroco también es oportuno recordar que todos los sacerdotes no son párrocos. Sólo lo son aquellos presbíteros a los que el obispo les encomienda la cura de almas de una determinada parroquia. Y su ayudante recibe actualmente el nombre de vicario parroquial, antes conocido como coadjutor. A todos los presbíteros se les puede llamar como Reverendo Padre (Rvdo. P.). Sacerdote y presbítero son sinónimos. La palabra «cura» que de ordinario usamos como sinónimo de sacerdote tampoco es un sinónimo exacto, ya que el cura es un sacerdote que ha recibido el encargo de hacerse cargo pastoralmente de una comunidad. Su ejemplo más característico es el de cura-párroco. 
Tampoco es correcto calificar como capellán el sacerdote que acude, aunque sea regularmente, a una capilla a celebrar la Eucaristía. El capellán es un sacerdote a quien se encomienda establemente, al menos en parte, la atención pastoral de alguna comunidad o grupo de fieles, para que la ejerza de acuerdo al derecho universal y particular y es nombrado por el obispo. Sólo son capellanes los expresamente nombrados. Lo mismo sucede con el llamado «director espiritual».
También es incorrecto calificar de cofradía a cualquier cortejo procesional. Sólo son cofradías las hermandades penitenciales cuando hacen estación de penitencia. Así, no es correcto hablar de la cofradía de la Virgen del Carmen o del Corpus, sino de la procesión.
Aunque se podría seguir poniendo ejemplos voy a terminar con unas líneas sobre el abuso en el uso de las mayúsculas, la llamada mayúscula de relevancia, desaconsejada por la RAE.
Veo constantemente, en libros, boletines, carteles y artículos las palabras paso, cortejo, procesión, misterio, palio, cofradía, diputado, capataz, capilla, catedral, parroquia, eucaristía, misa y similares con mayúscula inicial. Mal. Los nombres comunes, y ésos lo son, se ponen con minúscula. Lo mismo vale para los cargos de las juntas de gobierno: mayordomo, secretario, fiscal, teniente y demás. El escritor aplica indebidamente la mayúscula a aquellos términos cuyos referentes considera sagrados o dignos de especial veneración o importancia, por razones religiosas o ideológicas. En cambio, si se escriben con mayúscula inicial, Pascua, Cuaresma, Adviento, Semana Santa, Pentecostés, Epifanía y similares, así como los nombres referidos a Dios y a la Virgen.
Termino este apartado ortográfico recordando un error muy frecuente como es el de poner un punto a los miles cuando se trata de cronología. Estamos en 2016, no en 2.016. Los años no llevan punto. Igualmente, un error muy frecuente es poner con mayúscula los días de la semana. Se ponen con minúsculas los días de la semana, las estaciones del año y los nombres de los meses del año. Eso sí, Martes Santo o Jueves Santo, por ejemplo, si la llevan, como nombre propio de una día concreto al año.  



15.3.16

SOBRE LA CELEBRACIÓN COMUNITARIA DEL SACRAMENTO DFE LA PENITENCIA

La Cuaresma, como tiempo penitencial, es el momento más apropiado para celebrar un acto penitencial comunitario. Aunque el sacramento del perdón puede celebrarse en cualquier época del Año Litúrgico, tanto Adviento como Cuaresma son, quizás, los más acordes para su rito comunitario. También, durante este Año de la Misericordia, debería ser un sacramento más frecuentado porque es uno de los que mejor materializan la misericordia, el perdón. 
El rito de la confesión admite tres variantes: Rito para reconciliar a un solo penitente; Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual y el Rito para reconciliar a muchos penitentes con confesión y absolución general, que es del que vamos a tratar en este artículo, ya que las dos modalidades citadas en primer lugar, dado que incluyen la confesión y absolución individual, no precisan aclaración alguna.  Como introducción habría que decir que «La confesión individual e integra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y la Iglesia; sólo una imposibilidad física o moral excusa de este modo de confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios»[1]. No puede darse la absolución a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual con carácter general, a no ser que: 
a) amenace un peligro de muerte y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente
b) haya una grave necesidad, es decir, cuando, dado el número de penitentes, no hay suficientes confesores para oír con el conveniente sosiego las confesiones de cada uno en un tiempo razonable, de tal manera que los penitentes se vean obligados, sin culpa por su parte, a quedar privados por un notable tiempo de la gracia sacramental o la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como podría darse en una fiesta grande o una peregrinación. 
Al obispo diocesano le compete juzgar si se dan las condiciones requeridas antes expuestas.
Aclaramos pues uno de los errores o debates que solemos oír sobre si la confesión y absolución general dentro de una celebración comunitaria del sacramento de la penitencia es válida o no. Puede serlo, lo es, pero siempre «se requiere no sólo que [el penitente] esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha pedido confesar de este modo»[2]. De lo cual se deduce que, si no hay otra posibilidad en ese momento, el fiel puede considerarse absuelto de sus pecados y acercarse a recibir la comunión, pero con la intención firme de confesar sacramentalmente en cuanto tenga ocasión y dentro de un plazo razonable.  En todo caso están obligados a acudir al confesor dentro de un año, a no ser que los obstaculice una imposibilidad moral.
El lugar propio para impartir este sacramento es la iglesia y el confesionario para la confesión y absolución individual. Sólo de manera excepcional puede impartirse en otros lugares.
Únicamente el sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia. Pero, contrariamente a lo que parece ser creencia generalizada, «para absolver válidamente de los pecados se requiere que el ministro, además de la potestad de orden, tenga facultad de ejercerla sobre los fieles a quienes da la absolución»[3]. Lo que significa que, el mero hecho de ser sacerdote no implica necesariamente y de manera automática que todos los sacerdotes estén autorizados para oír confesiones, salvo en peligro de muerte del fiel. O sea, que para impartir el sacramento hay que estar ordenado de presbítero, pero no todos los presbíteros están autorizados a confesar. El CDC, en su canon 970 dice claramente que «La facultad de oír confesiones sólo debe concederse a los presbíteros que hayan sido considerados aptos mediante un examen, o cuya idoneidad conste de otro modo». Esa facultad se dará por escrito. El mismo código dedica varios cánones a ese tema[4].
El Papa, los cardenales y obispos, los superiores de comunidades respecto a su comunidad, los párrocos y otros ministros lo están en función del cargo que ostentan. Pero ese es otro tema, más propio del Derecho que de la Liturgia.
 [1] CDC 960 y siguientes
Ritual de la Penitencia 31
[2] Ritual de la Penitencia 33
[3] CDC 966 § 1
[4] CDC cánones 965 y siguientes 

29.2.16

EL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS

Comenzamos este artículo con una cita del Catecismo: «La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos»[1].
Este sacramento, instituido como todos por Jesucristo, se conocía antes de la reforma del Vaticano II como «Extremaunción» y estaba dirigido a los que estaban a punto de morir. Actualmente, la «Unción de los enfermos» no se considera como un sacramento sólo para los moribundos sino que también se recomienda cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez. Si la persona recupera la salud, puede volver a recibirlo en otra ocasión, por lo tanto es un sacramento que se puede recibir reiteradas veces. También se aconseja recibirlo antes de una operación quirúrgica grave y a los ancianos cuyas fuerzas se van debilitando, aunque no haya enfermedad grave.
El rito a seguir se describe en la Constitución Apostólica Sacram Unctionem Infirmorum   ─7 de diciembre de 1972─ , de Pablo VI, que estableció lo que sigue:
«El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia spiritus sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet [2]». «Sin embargo, en caso de necesidad, es suficiente hacer una sola unción en la frente o, por razón de las particulares condiciones del enfermo, en otra parte más apropiada del cuerpo, pronunciando íntegramente la fórmula»[3].
No se debe confundir el oleo bendecido que se emplea en este sacramento con el santo crisma, que está consagrado y se utiliza en otros sacramentos. Ambos oleos son bendecidos o consagrados cada año por el obispo en la misa crismal. Tampoco se debe confundir este sacramento con el Viático, que es recibir la Eucaristía como ayuda en el momento del paso hacia el Padre.   
Los ministros de la Unción son el presbítero y el obispo exclusivamente. Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento y los fieles debemos animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento.
Como todos los sacramentos, la unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria, que puede tener lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el «viático» para el paso a la vida eterna.
La Palabra y el Sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. La celebración del sacramento comprende principalmente estos elementos: «los presbíteros de la Iglesia imponen -en silencio- las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de la Iglesia; es la epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo»[4]. Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento confiere a los enfermos.
Los efectos de la celebración de este sacramento son varios. En primer lugar, este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo. Además, esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, «si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,15; cf Cc. de Trento: DS 1717). Se entiende que perdona los pecados graves solamente en el caso de que el enfermo no pueda confesar sacramentalmente por estar inconsciente o por haber perdido la facultad de darse cuenta de las cosas, a condición de estar verdaderamente arrepentido. 
Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagrado para dar fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador. Es una gracias eclesial, ya que los  enfermos que reciben este sacramento se unen a la pasión y muerte de Cristo.
Finalmente, este sacramento es una preparación para el último transito.  Si el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón a los que están a punto de salir de esta vida. De esta manera, también se ha llamado a este sacramento como sacramentum exeuntium o sea, sacramento de los que parten. Es pues la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un sólido puente levadizo para entrar en la Casa del Padre defendiéndose en los últimos combates.



[1] Catecismo de la Iglesia católica 1511

[2] Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad).

[3] Constitución Apostólica Sacram Unctionem
[4] Catecismo de la Iglesia Católica 1519

10.2.16

MIÉRCOLES DE CENIZA

Hoy, 10 de febrero de 2016, es Miércoles de Ceniza. El Miércoles de Ceniza es un día privilegiado litúrgicamente hablando, ya que en la tabla de los días litúrgicos según la precedencia aparece en el segundo grupo, al mismo nivel que los domingos de Adviento o la octava de Pascua por ejemplo. En este día comienza uno de los llamados «tiempos fuertes»: la Cuaresma. Es día de ayuno y abstinencia (como el Viernes Santo) y la Liturgia nos presenta el rito, característico, de la imposición de la ceniza.
En la Misa de hoy día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente.
Tras la Antífona de entrada se omite el acto penitencial y se pasa directamente a la Oración Colecta y a la Liturgia de la Palabra.
Acabada la homilía, el sacerdote procede a la bendición de la ceniza y pronuncia una oración. Tras rociar con agua bendita la ceniza, el sacerdote procede a imponerla en la cabeza o en la frente a los presentes con cualquiera de las dos fórmulas que propone el Misal: «Convertios y creed en el Evangelio» o bien «Acuérdate de que polvo eres y al polvo volverás». Es conveniente que el sacerdote presidente también se la imponga o le sea impuesta por algún fiel. Debe ser el primero en dar ejemplo de que se suma también a ese camino de conversión. Se debe tener preparada una toallita y agua o limón para que el sacerdote se lave las manos tras el rito de la imposición.
Después sigue la Oración de los fieles y continua normalmente la Liturgia eucarística. No se dice el Credo.
También existe la posibilidad de imponer la ceniza fuera de la misa. En este caso debe ir acompañado el rito con una Liturgia de la Palabra.
Los días posteriores a este miércoles, hasta el primer domingo de Cuaresma, se llaman jueves, viernes y sábado después de Ceniza. El color morado de las vestiduras sagradas es el propio de este tiempo.
Haciendo un poco de historia de este rito al principio se limitaba a los penitentes públicos, o sea, al grupo de pecadores que recibirían la reconciliación el Jueves santo. Desde el siglo XI comenzó a aplicarse este rito a todos los cristianos. Toda la comunidad se reconocía pecadora y se convirtió en un gesto de conversión cuaresmal.
La ceniza nos recuerda nuestra condición débil y caduca. Además, somos pecadores.
En el Antiguo Testamento hay numerosos ejemplos del uso de la ceniza como elemento penitencial y de arrepentimiento, Baste esta cita: «Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra y todos esparcieron polvo sobre sus cabezas y oraban a Yahve» (Jos7,6).
Terminamos recordando lo dispuesto sobre el ayuno y la abstinencia.
* La abstinencia de carne o de otro alimento dispuesto por la Conferencia Episcopal se debe guardar todos los viernes de año, que tienen siempre carácter penitencial y no sólo los viernes de Cuaresma, como suele creerse. Ayuno y abstinencia serán solamente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
La ley de la abstinencia obliga a los mayores de 14 años y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años. El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, y algo de alimento por la mañana y por la noche. La abstinencia se refiere a productos de carne u otros. El sentido es de renuncia voluntaria a algo que nos agrada y ofrecerlo para los necesitados además de un sentido penitencial. No se trata pues de un acto «masoquista» ni de renunciar o hacer sacrificio por el hecho de hacerlo. El ayuno y la abstinencia no son un fin en sí mismo, más bien deben ser un reflejo de la actitud interior de conversión. Como la ley del ayuno es única e indivisible, una vez quebrantada, culpable o inculpablemente, se podría seguir comiendo sin que por ello se cometiera una nueva falta. No sucede lo mismo con el precepto de la abstinencia, ya que se faltaría a ella cuantas veces se quebrantara ese día.

Las respectivas Conferencias Episcopales pueden determinar la manera en que se cumple el ayuno y la abstinencia, y sustituirlo en todo o en parte por obras de caridad y prácticas piadosas. (CDC nº 1251 y siguientes). Por ese motivo, en la diócesis de Sevilla, el arzobispo considera que acudir o participar en las procesiones que efectúan las cofradías es un acto piadoso, que sustituye al ayuno y a la abstinencia y por ese motivo dispensa a los fieles de esa práctica, pero entendiendo que se refiere a aquellos que participen devotamente en los actos de religiosidad popular.

7.2.16

LAS INDULGENCIAS Y EL AÑO DE LA MISERICORDIA (y II)

En el anterior artículo dedicado al tema de las indulgencias ya hablamos de en qué consistían y como se ganaban. Queda por decir, para el lector curioso, que en el Enchiridion Indulgentiarum se detallan las oraciones y actos que tienen concedidas indulgencias parciales.
También añadir que, de entre todas las.ciudades del mundo que han celebrado jubileos alguna vez, la Santa Sede ha concedido solamente a seis la autorización para poder celebrar jubileos in perpetuum. Esas ciudades son: Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela (cuando el 25 de julio cae en domingo), Santo Toribio de Liébana, en Cantabria (cuando el 16 de abril cae en domingo), Caravaca de la Cruz, en Murcia  (cada 7 años) y Urda en Toledo (cuando el 29 de septiembre cae en domingo).
También hay jubileos particulares para templos que celebran algún aniversario o similar, como los celebrados en la ciudad de Sevilla concedidos a la Hermandad de la Macarena o a la del Museo por cumplir aniversario concretos. A la Real Parroquia de Santa Ana, en Triana, con motivo de su 750 aniversario, también le ha sido concedió un Año Jubilar, que irá de junio de 2016 hasta julio de 2017.
Menos conocido es el hecho de que en todas las iglesias, oratorios públicos o —por parte de quienes los empleen legítimamente— semipúblicos, puede ganarse una indulgencia plenaria aplicable y solamente en favor de los difuntos, el día 2 de noviembre. Pero en las iglesias parroquiales se puede, además, ganar una indulgencia plenaria dos veces al año: el día de la fiesta del titular y el 2 de agosto, que se celebra la indulgencia de la «Porciúncula», o en otro día más oportuno  que establezca el Ordinario.
Una de las características del Año de la Misericordia consiste, precisamente en la posibilidad de ganar indulgencias plenarias. Los templos jubilares en Sevilla capital son, además de la catedral, las cuatro basílicas menores de la ciudad. Todos los templos jubilares estará abiertos diariamente de 10 a 13:30 y de 17:00 a 21:00 h. Se recomienda que el grupo o persona que quiera ganar el jubileo vaya andando durante un cierto tiempo, peregrinando, hasta el templo elegido.  
Durante este Año Jubilar, todos los sacerdotes podrán perdonar el pecado de aborto, reservado habitualmente al obispo por su especial gravedad. Cometen ese pecado no solo la mujer embarazada, sino también todas las personas –médicos, asistentes, gestores de clínicas especializadas, etc.– que llevan a cabo materialmente ese procedimiento o lo provocan.

ACTOS PREVISTOS EN LA DIOCESIS DE SEVILLA
Los actos previstos en Sevilla por el Año de la Misericordia incluyen acogida a los Misioneros de la Misericordia el próximo Miércoles de Ceniza. Estos sacerdotes, propuestos por sus obispos al Santo Padre, podrán perdonar pecados reservados al Papa, dado que los que los cometen recurren en «excomunion latae sententiae», pecados tales como atentar contra el Santo Padre, la profanación de formas eucarísticas, la absolución a cómplices en pecados sexuales, la ordenación de obispos sin permiso, la ordenación sacerdotal inválida de mujeres o la rotura del secreto de confesión. Además tendrá lugar la iniciativa 24 horas para el Señor, «una apuesta innovadora» que se celebrará del 4 al 5 de marzo con la Exposición del Santísimo en todos los templos jubilares de la Archidiócesis. Igualmente se celebrarán más de una docena de jornadas jubilares con las que se pretende implicar a todos los sectores de la Iglesia diocesana.
Este año de gracia tendrá un gesto especial con los más necesitados como ha pedido el Santo Padre. En el caso de Sevilla se traducirá en la creación de un centro diocesano de empleo encaminado a trabajar por la inserción socio-laboral de los colectivos más vulnerables. El objetivo será la orientación laboral, la formación a través de talleres y la intermediación con las empresas para facilitar la contratación de esta mano de obra que se ha cualificado. El acceso a este centro, que permanecerá en el tiempo más allá del Año Jubilar, se hará exclusivamente a través de las Cáritas parroquiales.
UNA EXPOSICIÓN PARA EVANGELIZAR
Otra de las actividades previstas será la organización de una exposición en la Catedral de Sevilla que será «una catequesis textual y visual» a través de las obras de arte del templo metropolitano y del Palacio Arzobispal. Se inaugurará el 12 de febrero y buscará recuperar el carácter didáctico y evangelizador de estos bienes muebles para «acercar la figura de Jesucristo como rostro de la Misericordia divina para todos los hombres», según ha apuntado el comisario de la muestra, Joaquín de la Peña.
Para terminar, unas palabras de la homilía del Papa en el día de la apertura del Año Santo: 
«¿Por qué un Jubileo de la Misericordia? ¿Qué significa esto? La Iglesia necesita de este momento extraordinario. No digo: es bueno para la Iglesia este tiempo extraordinario, no, no. Digo la Iglesia necesita de este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, porque contemplando la Divina Misericordia, que supera cada límite humano y resplandece sobre la obscuridad del pecado, podamos transformarnos en testigos más convencidos y eficaces.
Un Año Santo, por lo tanto, para vivir la misericordia. Si, queridos hermanos y hermanas, este Año Santo nos es ofrecido para experimentar en nuestra vida el toque dulce y suave del perdón de Dios, su presencia al lado de nosotros y su cercanía, sobre todo en los momentos de mayor necesidad».


9.1.16

LAS INDULGENCIAS (I)

El papa Francisco ha proclamado el Año de la Misericordia, en el que nos hallamos inmersos. Es un año de gracia para recordarnos que debemos ser misericordiosos, como el Padre lo es con nosotros. Eso es lo importante. Pero vamos a destacar uno de los  aspecto más llamativos de este Año Santo, que es un muestra de la misericordia del Padre. Me refiero al tema de las indulgencias, concretamente a la llamada «plenaria» que se puede ganar este año, cumpliendo los requisitos precisos.
Y para desarrollarlo lo haremos en dos artículos. En este primero comenzaremos explicando el asunto de las indulgencias: qué son, qué sentido tienen, en qué consisten, como se ganan, para qué sirven. Ante todo hay que decir que las indulgencias no son restos de una religiosidad ñoña ni pasada de moda, aunque en algunas épocas se haya abusado de su uso y tergiversado, incluso por motivos económicos.
También hay que señalar que la palabra indulgencia se usa en la vida civil, con el sentido de ser poco severo, condescendiente, de perdonar. Ser indulgente o tener indulgencia con una persona o asunto es tratarlo con benevolencia, sinónimo de clemencia. 
La actual doctrina de la Iglesia sobre las indulgencias está recogida en la Constitución Apostólica Indulgentiarum doctrina del papa Pablo VI, publicada el 1 de enero de 1967. Asimismo, la doctrina de la Iglesia nos enseña que existe otra vida tras la muerte. «Espero la resurrección de los muertos  y la vida del mundo futuro» decimos en el CredoAsí pues, nuestra fe nos dice que el alma, al fallecer el ser humano, tiene tres destinos: gloria, separación o Purgatorio. Los sufragios por los difuntos se ofrecen por las almas de los que están o suponemos que están en el Purgatorio. Las demás situaciones no tienen sufragios. Así, no se ofrecen sufragios ni por los santos, a los que se le supone en el cielo, ni por los niños inocentes que aún no han tenido la posibilidad de pecar. Si un alma goza ya de la gloria no necesita sufragios, al igual que si su pecado le ha excluido de la presencia del Padre. Sólo las almas en tránsito pueden ser redimidas. Son las que están en el Purgatorio. La teología actual no habla del cielo, infierno y purgatorio como de lugares, sino más bien como de situaciones en las que se hallan las almas.
La doctrina del Purgatorio nos dice que las penas que hay que pagar o las reliquias del pecado que hay que purificar pueden permanecer, y de hecho frecuentemente permanecen, después de la remisión de la culpa; pues en el purgatorio se purifican, después de la muerte, las almas de los difuntos que hayan muerto verdaderamente arrepentidos en la caridad de Dios; sin haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por las faltas cometidas o por las faltas de omisión.
El «Código de derecho canónico» (c. 992) y el «Catecismo de la Iglesia católica» (n. 1471), definen así la indulgencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos». Así pues: la indulgencia perdona la pena, no el pecado, del que hay que recibir la absolución sacramental mediante la confesión. A continuación se prescribe que para ser capaz de lucrar indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado, y hallarse en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas. Además, para que el sujeto capaz las lucre debe tener al menos intención general de conseguirlas, y cumplir las obras prescritas dentro del tiempo determinado y de la manera debida, según el tenor de la concesión.
Hay dos tipos de indulgencias: la plenaria y la parcial, de la cual actualmente no se debe especificar tiempo ninguno. El CDC, en su canon 993 dice que «La indulgencia es parcial o plenaria, según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente».
Así pues, la indulgencia plenaria es la que deja libre de toda pena. Se puede aplicar por los difuntos pero no es aplicable a otras personas vivas en la tierra salvo para la que la gana. Sólo  puede lucrarse una cada día. Significa que la persona que muera con esa indulgencia ganada y no haya vuelto a caer en pecado iría directamente a la gloria, al cielo en sentido clásico, sin pasar por el purgatorio.  
La indulgencia parcial se puede ganar varias veces al día y no se puede poner cantidad de tiempo. Se gana de muy diversas maneras: con oraciones, obras de caridad, llevando medallas, visitando lugares. «Puesto que el fiel, mediante su acción —además del mérito, que es el principal fruto de su acción—, puede conseguir también una remisión de la pena temporal, tanto mayor cuanto mayor es la caridad de quien la realiza y la excelencia de la obra, se ha creído oportuno que esta misma remisión de la pena, ganada por el fiel mediante su acción, sea la medida de la remisión de la pena que la autoridad eclesiástica liberalmente añade por la indulgencia parcial»[1].
Los requisitos para ganar la indulgencia plenaria son: confesar sacramentalmente, comulgar, peregrinar al templo elegido atravesando la puerta señalada y rezar por el Papa. Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (unos veinte) antes o después del acto indulgenciado. Con una sola confesión sacramental se pueden ganar muchas indulgencias plenarias; en cambio, con una sola comunión eucarística y con una sola oración por las intenciones del Sumo Pontífice solamente se puede ganar una indulgencia plenaria. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple plenamente recitando un Padrenuestro y un Ave María por sus intenciones; aunque cada fiel puede rezar otra oración, según su devoción y piedad por el Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial.
En un próximo artículo especificaremos algo más sobre este tema y sobre las iglesias de la diócesis en las que se puede ganar la indulgencia plenaria.

 [1] Indulgentiarum doctrina nº 12