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31.3.14

En este artículo, siguiendo con la serie dedicada al culto, como fin primordial de la hermandad, vamos a distinguir entre lo que son actos liturgicos y los que pertenecen al ámbito de la religiosidad o piedad popular.
Así pues, no todos los actos de culto son actos litúrgicos y es conveniente aclarar qué son y qué no son actos litúrgicos. 
Se llaman litúrgicas aquellas celebraciones que la Iglesia considera como suyas y están contenidas en sus libros oficiales (Misal, Leccionario, Rituales, Liturgia de las Horas, etc) realizándose por la comunidad y los ministros ordenados y señalados para cada caso. Pertenecen al ámbito de la Liturgia los Sacramentos en general, la Liturgia de las Horas y los sacramentales.
Si los sacramentos han sido instituidos por Cristo, los sacramentales han sido instituidos por la Iglesia, para reforzar, en cierto modo, la acción de los sacramentos. A modo de ejemplos podemos citar como sacramentales la dedicación de iglesias, las exequias, las coronaciones canónicas, la exposición y bendición con el Santísimo, la profesión religiosa, el rito de institución de lectores y acólitos, los exorcismos, las bendiciones varias, la adoración de la Cruz y algunos más.
Todos los libros litúrgicos se publican por la Santa Sede en latín, concretamente por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en una edición que se llama típica y, posteriormente, se traducen a las lenguas vernáculas. El proceso es muy lento y minucioso, para evitar errores de difícil corrección (como ha sucedido con la cuestión del pro multis, por ejemplo). 

Todo lo demás son actos de devoción: rezo del rosario, letanías, triduos, novenas, quinarios, setenarios, procesiones, Vía Crucis y Vía Lucis, letanías, besamanos y besapiés, y demás actos de piedad, tan queridos por la religiosidad popular.


En un próximo artículo analizáremos algunos de los actos de piedad popular, tales como los quinarios, triduos o novenas, tan queridos por nuestras hermandades y que forman parte del acervo de la religiosidad popular.

22.3.14

EL CULTO, FIN PRIMORDIAL DE LA HERMANDAD II

Terminábamos el artículo anterior con una serie de preguntas, tales como qué es el culto y, también, si Dios necesita que le demos culto. Ahora las contestamos.
El culto se puede definir como el homenaje reverente que las personas ofrecen a Dios, al Ser al que consideran su creador. También se puede hablar del culto como el conjunto de ritos y ceremonias con que se tributa ese homenaje. Los actos de culto no son exclusivos de la fe católica ni de los cristianos: prácticamente todas las religiones ofrecen actos de culto de una u otra manera.
Dios, evidentemente, no necesita nada de nosotros: es omnipotente y todopoderoso. Somos nosotros los que necesitamos orar,  adorar, suplicar, dar gracias, impetrar, alabar. Es una necesidad humana la que nos lleva a rendir culto.
La Iglesia Católica distingue tres tipos o categorías de culto: el de LATRÍA o de adoración, el de HIPERDULÍA o de máxima veneración, y el de DULÍA, de simple veneración.
El culto de Latría –adoración– es exclusivo de Dios. Solo Dios puede ser adorado y solo Cristo, Dios hecho hombre, es el Salvador.  El mismo Cristo nos lo dijo: Adorarás al Señor tu Dios y solo a Él darás culto. El signo litúrgico para la adoración es la genuflexión, llevando la rodilla derecha al suelo. Sólo ante el Santísimo Sacramento y ante la Cruz, adorada en los Oficios del Viernes Santo, debe el católico realizar ese signo de adoración. Nunca se debe hacer genuflexión a una imagen ni a ninguna reliquia o similar. 
El culto de Hiperdulía –la Dulía llevada al máximo extremo– es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos y al límite de la adoración, pero sin llegar a la latría. El Concilio de Éfeso marcó una línea clave en el antes y el después en el desarrollo del culto mariano, al declararla como Madre de Dios, no solo Madre de Cristo, tal como defendía Nestorio.
El culto de Dulía  –veneración– es el propio de los santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir, subiéndolos a los altares. Al patriarca bendito San José se le considera el primero de los santos, dedicándosele un culto de protodulía. Sin  duda que, en los orígenes del culto a los santos, está la influencia profunda y ejemplar de los mártires. De ellos celebramos su dies natalis, o sea, el día en que nacen para la eternidad, día de su martirio. 
Los teólogos distinguen también claramente entre los conceptos de culto absoluto, referido a la veneración de personas y el culto relativo, dirigido a objetos, tales como reliquias, imágenes, santuarios o lugares concretos en relación siempre, claro está, con las personas o seres a los que representan.
Pero, ¿como se concreta, se materializa el culto?
Los actos de culto, en nuestra Iglesia Católica, se materializan, fundamentalmente, en dos tipos de acciones: culto litúrgico por un lado, siempre en primer lugar en cuanto a su importancia y, por otra parte,  actos de piedad y devoción popular.
Para la Iglesia, la liturgia es el culto oficial y público que se tributa a Dios, según definió Pío XII. La renovación litúrgica producida en los últimos años culminó en el Vaticano II, con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia "Sacrosantum  Concilium" (SC) promulgada por Pablo VI justo cuatrocientos años después de la clausura del Concilio de Trento (4 de diciembre de 1963) devolviéndose a la liturgia su sentido de celebración del misterio pascual.  Para la Iglesia posterior al Vaticano II la liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo[1].
En una próxima entrega distinguiremos entre Liturgia y prácticas de piedad popular.





[1] S.C. 7

17.3.14

EL CULTO, FIN PRIMORDIAL DE LA HERMANDAD I

Vamos, en una serie de artículos, a analizar el tema del culto, como fin primordial de una hermandad, ya sea penitencial (cofradía), ya sea sacramental o ya sea de gloria o letífica, con especial atención a las cofradías.
El fin primordial de una hermandad y cofradía es el culto público. Precisamente, por el hecho de ser asociaciones que se dedican a promover el culto público, las hermandades y cofradías son consideradas en el Código de Derecho Canónico como asociaciones públicas de fieles[1].
Las Normas Diocesanas de la archidiócesis de Sevilla, actualmente vigentes, publicadas en diciembre de 1997, nos dicen, en su artículo 6: Es fin principal y específico de la Hermandad y Cofradía la promoción del culto público, que es el que se tributa cuando se ofrece en nombre de la Iglesia por las personas legítimamente designadas y mediante actos aprobados por la autoridad de la Iglesia. Las tomo como ejemplo que puede servir para Normas de otras diócesis, que difieren muy poco y coinciden en lo esencial.
Así pues, queda claro que el culto es lo principal y específico de la hermandad. Ahora bien, la Iglesia también pide a las hermandades y cofradías que tengan, necesariamente, como fines propios, la evangelización de sus miembros y el ejercicio de la caridad[2]. Podemos afirmar que las tres  columnas sobre las que se sostiene una hermandad son el culto, la formación y la caridad. No se excluyen otras actividades de tipo recreativo, lúdico o de otra índole.
Sentado, pues, el principio de que el culto es el fin primordial, que toda hermandad recoge entre sus fines fundacionales, los cofrades podemos tener argumentos más que sobrados para rebatir cualquier comentario u opinión en las que a las hermandades se las tache de dedicarse excesivamente al culto. Es que no puede ser de otra manera: si una hermandad deja de rendir culto público a Dios, la Virgen o los Santos de su devoción, plasmados en sus Sagrados Titulares, dejaría de ser hermandad para convertirse en otro tipo de asociación. Una hermandad puede dejar de organizar certámenes de bandas, jornadas de convivencia, actos culturales, exposiciones, conferencias,  y sigue siendo una hermandad. Pero si deja de rendir culto público deja de ser una hermandad.
Llegados a este punto sería el momento de preguntarnos qué es el culto y, también, si Dios necesita que le demos culto. Lo dejamos para la próxima entrega.




[1] CDC canon 298 y siguientes.
[2] Normas Diocesanas para Hermandades y Cofradías, artículo 7. 

12.2.14

LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA LITURGIA

Jesucristo está siempre presente en su Iglesia, pero principalmente en los actos litúrgicos. La presencia de Cristo en las diversas acciones litúrgicas es una presencia real, en el sentido propio y verdadero del término, y es fundamentalmente única, aunque se realiza de muchos y diversos modos.
La Constitución sobre la Sagrada Liturgia, la SACROSANCTUM CONCILIUM, en el número 7, nos señala las presencias de Cristo en la Liturgia.
Así, dice que está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. También está presente con su fuerza en los  Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está también presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Por último, está presente cuando la Iglesia ─pueblo─  suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt., 18,20).
Así pues, son diversos los signos litúrgicos que aparecen en las acciones litúrgicas: la asamblea, el ministro, la proclamación de la Palabra, la oración, los elementos que constituyen los sacramentos y los sacramentales.
El signo fundamental de base es la asamblea litúrgica: se trata de una comunidad de fieles, constituida jerárquicamente, que se reúne legítimamente en un lugar determinado para una acción litúrgica y en la cual se realiza una presencia salvífica particular de Cristo.
Cristo está  presente en los fieles que vienen a la asamblea litúrgica, pero su reunión conjunta en el nombre de Jesús produce, en virtud de la fe y de la caridad común, una intensificación de la presencia de Cristo en ellos. Cada uno de los cristianos es ya templo de Dios. La asamblea que los reúne es de manera particular el templo de Dios, el templo del nuevo culto.
Cristo, ministro principal e invisible de los sacramentos, está presente además en la persona del ministro, su signo, instrumento y vicario. Más aún,  es precisamente la presencia de los ministros jerárquicos la que da su rostro verdadero y completo a la asamblea litúrgica, ya que éstos no hacen más que realizar litúrgicamente la presencia de Cristo como Cabeza de la Iglesia.
Cristo está igualmente presente en la Palabra que se proclama, "ya que es él el que habla cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura» (SC 7). La proclamación de la Palabra del Señor es un memorial, un anuncio eficaz, en el que se hace presente la realidad anunciada: la palabra es signo eficaz de la presencia operativa de Cristo.
Cristo está presente con su virtud en  los sacramentos. Los sacramentos  deben considerarse una  como actualización del misterio pascual de Cristo. Pero en el sacramento eucarístico la presencia operativa de Cristo está directamente ligada a su presencia substancial bajo las especies de pan y vino.
Se trata de una presencia especialísima, real y substancial, ya que en ella "se hace presente todo entero Cristo, Hombre-Dios» (Pablo VI, Mysterium fidei 20). Sólo en el sacramento eucarístico el signo sacramental está sujeto a aquella transformación particular que el Magisterio de la Iglesia y la teología llaman "transubstanciación”.
Ahora puede entenderse mejor por qué, en la misa, se inciensa al Evangelio, al sacerdote, que actúa in persona Christi, al pueblo de Dios reunido en su nombre y al Pan y al Vino consagrados. Se inciensa para poner en evidencia la real presencia de Cristo en la Palabra, en la Asamblea, en el sacerdote y en las especies eucarísticas.



3.1.14

DIVERSOS TIPOS DE CELEBRACIÓN DE LA MISA

En primer lugar hay que afirmar que la misa siempre es la misma y la celebración eucarística siempre tiene el mismo valor redentor. Pero, dejado claro lo anterior, si es cierto que, a veces, a la palabra misa se le añade un adjetivo, por la forma de celebrarla, cuestión a la que dedicamos este artículo. Algunos tipos de celebración ya no se usan, pero las ponemos por curiosidad.
Así, sin agotar el catálogo, podemos hablar de los siguientes tipos de misas:
Misa cantada: Cuando se cantan las oraciones de la misa. Se contrapone a misa rezada,  cuando no hay cantos. Sobre esta cuestión hay que decir que, prácticamente, toda la misa se puede cantar: los saludos del presidente y las respuestas del pueblo, las lecturas, incluido el Evangelio, además de los clásicos Kirie, Gloria, Santus, Agnus Dei, etc.
Misa concelebrada. Se llama así cuando concelebran juntos varios sacerdotes, aunque siempre uno será el presidente, al que corresponde las oraciones presidenciales (oración colecta, oración sobre las ofrendas, plegaria eucarística salvo lo reservado a los concelebrantes, oración de postcomunión), así como la homilía.
Misa crismal: La que preside el Jueves Santo (u otro día de la Semana Santa) el obispo, para bendecir o consagrar los Santos Oleos que se utilizarán en los sacramentos que lo precisan. 
Misa de Ángelis: Formulario musical gregoriano de los cantos del Ordinario de la misa que lleva el nº VIII en el Kirial y era uno de los más conocidos y,  por tanto, de los más empleados. En definitive, es una misa cantada en gregoriano.
Misa de difuntos: La que se celebra con alguno de los formularios destinados a los difuntos en sufragio por su alma. No es lo mismo que ofrecer la misa por la intención de un difunto concreto.
Misa de gloria: Se llama así a la celebrada en los funerales de un niño bautizado.
 Se entiende que, hasta el uso de razón, el niño no comete pecado, por lo que la misa no tiene carácter de sufragio de su alma. El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren exequias eclesiásticas por aquellos niños que sus padres deseaban bautizar, pero murieron antes de recibir el bautismo (CDC 1183.2). También era costumbre llamar así a la misa de la Vigilia Pascual
Misa de parida: La que se decía a la mujer que iba por primera vez a la iglesia después del parto. Está en desuso, pero fue habitual en siglos pasados.
Misa Estacional del Obispo (antes llamada de Pontifical): Misa solemne celebrada por un obispo o por un prelado que goza del privilegio de mitra y báculo. En Sevilla,  por ejemplo, la de las grandes solemnidades o aniversarios de hermandades, coronaciones canónicas, apertura y cierre de años jubilares y similares, etc.
Misa parroquial: La que se celebra en las parroquias los domingos y fiestas de precepto, a la hora de mayor concurso de fieles. Se aplica por todos los feligreses y generalmente la celebra el párroco. También se la puede llamar misa pro populo, ya que tanto el obispo diocesano como el párroco tienen obligación de aplicar su fruto a sus fieles, sin poder aceptar estipendio por otra aplicación.
Misa de los presantificados: Liturgia de comunión en la que se utilizan panes consagrados en una celebración anterior. Aunque muy frecuente en Oriente, en el rito romano sólo existe, en forma muy sencilla, el Viernes Santo. En sentido estricto no es misa sino una celebración.
Misa diaconada: Misa en la que un diácono asiste al sacerdote, u otro sacerdote que tiene a su cargo las funciones del diácono.
Misa seca: Lectura de todas las oraciones de la misa, pero sin consagración ni comunión, que fue practicada en la Edad Media en ciertos ambientes o en ciertas circunstancias (funerales o esponsales vespertinos, cuando no se podía celebrar una misa real). Desapareció tras la reforma de Pío V.  
Misa gregoriana: Serie de treinta misas que en días consecutivos se celebran en sufragio por un difunto. Reciben ese nombre por San Gregorio, que fue Papa del 590 al 604. San Gregorio Magno contribuyó a la difusión de la práctica piadosa de celebrar estas misas por la liberación de las almas del purgatorio.
Misa conventual: Misa de una comunidad monástica o religiosa a la que, en principio, deben asistir todos los miembros de la comunidad.
Misa del gallo: Es la misa que se celebra en la noche de Navidad. Esta misa se acostumbraba a celebrar de madrugada (cuando cantaba el gallo), de ahí su nombre. Hoy día cada vez son más las parroquias que la celebran antes de la medianoche.
Primera misa: la primera que celebra un presbítero tras su ordenación. El presbítero recibe, en esa ocasión, el nombre de misacantano.




9.12.13

LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA


“Purísima había de ser, Señor,
La Virgen que nos diera el Cordero inocente
que quita el pecado del mundo”

Cada 8 de dicembre. la Iglesia celebra la solemidad de la Inmaculada Concepción. Comenzaremos este artículo haciendo un poco de historia. La creencia en la Inmaculada Concepción de María consiste en afirmar que la Virgen María fue concebida por sus padres (Joaquín y Ana) y nacida sin el pecado original.
Esta idea se declaró dogma por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, mediante la Bula Ineffabilis Deus. Es una creencia que está íntimamente ligada a la historia de muchas hermandades y a la piedad popular, que antes que Roma el pueblo proclamó. Sixto IV introdujo esta fiesta en el calendario romano en 1476. En el Misal de de san Pío V figuraba solo como memoria.
La Pureza de María era especialmente defendida por los franciscanos, siguiendo las enseñanzas de Duns Scotto, y era combatida por los dominicos, que seguían la enseñanza de Santo Tomás en el sentido de que solo Cristo había estado libre del pecado original y que la Virgen fue purificada en el momento de su Concepción.
Argumentaba el “doctor angélico” que, si Cristo redimió a todos los hombres –redención universal– también redimió a María, y si Ella no tuvo pecado original entonces ¿cómo pudo ser redimida? Quién no tiene pecado no necesita ser redimido. Este razonamiento tomista implicaba que, para que la redención fuese universal, debía abarcar a toda la Humanidad, incluyendo a la Virgen y para que Ella fuera redimida debía haber tenido al menos el pecado original, que todos los humanos por el hecho de serlos traemos al mundo.
El dogma hay que entenderlo como un privilegio especial concedido por Dios a su Madre, ya que la Virgen tuvo una redención profiláctica: Cristo impidió que tuviese pecado, pero ese hecho la Virgen se lo debe a Él, luego Ella fue también redimida, aunque de manera diferente al resto de los mortales, al igual que el médico que cura al enfermo o bien impide, a través de medidas preventivas,  que alguien contraiga la enfermedad: en ambos casos el médico es quien cura.
En Sevilla, donde resido, y otras muchas ciudades hubo grandes controversias sobre esta cuestión, llegando a tomar esta idea proporciones de manifestaciones populares. En el sevillano convento dominico de Regina, hoy desaparecido, un 8 de septiembre del año 1613, siendo la fiesta de la Natividad de la Virgen, un fraile se atrevió a afirmar públicamente que la Virgen María no había sido concebida sin pecado original sino que había sido concebida como ustedes y como yo y como Martín Lutero y que fue santificada después de nacer, contra la opinión extendida en la ciudad a favor de la defensa de la Inmaculada Concepción de María.
Este sermón fue, al parecer, la chispa de un movimiento inmaculadista sin precedentes en la ciudad, que originó innumerables votos, procesiones y funciones a su favor. Incluso se escribieron unas letrillas que pronto se hicieron populares y que decían así:
Aunque se empeñe Molina
y los frailes de Regina,
al prior y al provincial,
y al padre de los anteojos
–tenga sacados los ojos
y él, colgado de un peral–
María fue concebida
Sin pecado original.
La llamada pía opinión, defensora de la idea de que la Virgen había sido concebida sin pecado original, era opinión mayoritaria, como demuestra el hecho de que  el cabildo de la catedral hispalense celebrara la fiesta de la Inmaculada desde 1369.
Scoto razonaba de la siguiente manera: dado que las Escrituras no aclaran si la Virgen fue o no concebida sin pecado original y que las opiniones sobre este tema pueden ser tres, él defendía la más favorable a la Virgen. Las tres opiniones se resumen en que o bien la Virgen fue concebida sin pecado original –pía opinión–, o bien fue concebida con pecado original y purificada nada más nacer –opinión tomista– o, en tercer lugar, que fue concebida con pecado original y fue purificada posteriormente.
En 1615 el movimiento inmaculadista en Sevilla casi llegó a tomar carácter  de revuelta popular, acudiendo una embajada a Roma encabezada por Mateo Vázquez de Leca y Bernardo del Toro para influir en el Papa al objeto de conseguir la proclamación del dogma, cosa que no lograron de Paulo V.
En cambio, sí lograron que, al menos, que no se defendiese en público la opinión contraria, mediante la renovación que hizo el papa de la Constitución de Sixto IV sobre la Concepción Inmaculada. Esto sucedió el 8 de diciembre de 1616. La posterior bula de Clemente XIII, de 14 de marzo de 1767, por la cual se declaraba a la Inmaculada Patrona Principal y Universal de España y las Indias supuso un gran avance en la proclamación del dogma, ya en el siglo XIX. Pero lo mismo podría contarse de muchas ciudades y pueblos españoles, que defendían acaloradamente esta idea de la Pureza de María.
La Liturgia concede a esta fiesta la máxima categoría, al calificarla como solemnidad. Esa calificación implica que se equipara a un domingo (fiesta primordial del cristiano). Tiene misa propia, con sus antífonas, oraciones, prefacio y lecturas. Lo más llamativo es el privilegio concedido a España y Latinoamérica de poder usar ese día el color azul en las vestiduras sagradas. En Sevilla se solemniza especialmente con la celebración de una octava, cuyo aspecto más llamativo es el baile de los niños seises, vestido con los colores inmaculadistas: azul y blanco.

Terminar diciendo que este año de 2013, aunque el 8 de diciembre caía en el II Domingo de Adviento y, según las normas litúrgicas debería pasarse al lunes, ya que los domingo de Adviento tienen preferencia sobre la celebración de solemnidades y fiestas, la solemnidad se celebró en su día, por petición expresa de la Conferencia Episcopal española a la Santa Sede que, gustosamente, concedio la dispensa oportuna, debido al arraigo popular de esa fecha en el calendario del pueblo español y latinoamericano.

6.12.13

Poema a la Inmaculada Concepión de María


Amigos, os dejo una bellísima composición de Ignacio Montaño, antiguo alumno salesiano de Triana, pregonero de la Semana Santa de Sevilla y gran poeta, dedicada a esa gran devoción sevillana y universal que es la Inmaculada.

LA PURA Y LIMPIA

Todo el mundo en general
a voces, Reina escogida,
diga que sois concebida
sin pecado original.
Y el anuncio celestial
que del mismo Dios emana,
abandere la mañana
con su argumento sagrado:
¡Pura y Limpia, sin pecado
concebida y sevillana!

Todo el mundo en general
proclame con regocijo
que quiso nacer el Hijo
en tan humilde portal.
Criatura sin igual
que el Espíritu engalana
cuando, por Amor, se afana
el Verbo en ser encarnado
¡en Madre tan sin pecado
concebida y sevillana!

A voces Reina escogida
toda Sevilla defienda
la blancura de la tienda
que aguarda la misma Vida.
Aurora de luz ungida
con la gloria más temprana
y primicia en la besana
de Dios, que por su cuidado
¡nace pura, sin pecado
concebida y sevillana!

Diga que sois concebida
más luminosa que el sol
y que tu rostro es crisol
de pureza sin medida.
Más que Tú, Rosa encendida,
sólo el Dios que en ti se humana.
Voces de seise y campana
se inclinan ante tu estrado,
¡Virgen pura, sin pecado
concebida y sevillana!

Sin pecado original,
sin mancha en tu resplandor,
la más admirable flor
del más radiante rosal.
Remedio de todo mal
por divina y por cercana,
obra cumbre y soberana
entre todo lo creado,
¡la más pura, sin pecado
concebida y sevillana!

Dios proclama tu figura
madre y modelo del hombre;
y Nazaret te da el nombre
y Sevilla la hermosura.
Y con doctrina segura
y refrendo universal,
¡todo el mundo en general
a voces, Reina escogida,
diga que sois concebida
sin pecado original!

Como homenaje a la Madre que Dios quiso compartir con nosotros,
y en la memoria de la Ciudad Mariana y de sus hijos poetas.
Ignacio Montaño Jiménez.
VIGILIA DE LA INMACULADA, 2013.

3.12.13

CALENDARIO LITÚRGICO 2013-2014

El pasado 1de diciembre de 2013 fue el primer domingo de Adviento, dando comienzo a un nuevo Año Litúrgico. Con la fijación cada año del primer domingo de Adviento y del domingo pascual se puede confeccionar el resto del calendario.
Cada año litúrgico comienza siempre el domingo más próximo al treinta de noviembre, fiesta de San Andrés apóstol. El domingo pascual, núcleo del año litúrgico, quedó fijado por el Concilio de Nicea reunido el año 325 que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena que haya después del 22 de marzo. La  Pascua de Resurrección es, por lo tanto, fiesta variable y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores) con su remate en la solemnidad de Pentecostés y el tiempo cuaresmal (cuarenta y cuatro días atrás si contamos desde el Miércoles de Ceniza al Jueves Santo), además de las solemnidades dependientes del domingo pascual y de Pentecostés: Ascensión, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón. 
Este año es Ciclo A, año par.

Este año, las festividades móviles quedan establecidas así:
I Domingo de Adviento:1 de diciembre de 2013.
Sagrada Familia: Domingo, 29  de diciembre de 2013. Fiesta.
Bautismo del Señor: Domingo, 12 de enero de 2014. Fiesta. 
Miércoles de Ceniza: 5 de marzo de 2014. Comienza la Cuaresma.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 13 de abril de 2014.
Domingo de Resurrección: 20 de abril de 2014. Comienza el Tiempo Pascual.
Ascensión del Señor: Domingo, 1 de junio de 2014. Solemnidad.
Domingo de Pentecostés: 8 de junio de 2014. Solemnidad. Termina el Tiempo Pascual. 
Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote: Jueves 12 de junio

Santísima Trinidad: Domingo, 15 de junio de 2014. Solemnidad
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 22 de junio de 2014. En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior. Solemnidad.

Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 27 de junio de 2014. Solemnidad
Jesucristo, Rey del Universo: 23 de noviembre de 2014. Solemnidad


Las fiestas de Navidad (25 de diciembre), Epifanía del Señor (6 de enero), Transfiguración del Señor (6 de agosto) y Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) tienen fecha fija, al  igual que las principales fiestas de la Virgen María: Inmaculada Concepción (8 de diciembre), Natividad de María (8 de septiembre), Maternidad Divina (1 de enero) y Asunción a los Cielos (15 de agosto). También es fija la solemnidad litúrgica de la Encarnación y Anunciación (25 de marzo), como acontece con todo el Santoral o fiestas de los santos.
En el año 2014, el Tiempo Ordinario comprende 33 semanas, de las cuales las ocho primeras se celebran antes de Cuaresma, comenzando el 13 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 4 de marzo, día anterior al Miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordinario con la X Semana, el día 9 de junio, lunes después del domingo de Pentecostés, hasta el sábado 29 de noviembre, víspera del I Domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico. Se omite la novena semana del Tiempo Ordinario.

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA
- 1 enero Santa María, Madre de Dios. Solemnidad
- 6 enero Epifanía del Señor. Solemnidad
- 19 marzo San José, esposo de la Virgen María. Solemnidad
- 25 julio Santiago, apóstol. Solemnidad en España
- 15 agosto La Asunción de la Virgen María. Solemnidad
- 1 noviembre Todos los Santos. Solemnidad
- 8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María. Solemnidad
- 25 diciembre La Natividad del Señor. Solemnidad


Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo.
Recordamos que son días de abstinencia TODOS los viernes del año, no solo los de Cuaresma y ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a todos los mayores de 14 años en adelante y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años (CDC cánones 1251 y siguientes).

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO
Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV y Diurnal
Misa
Misal Romano.
Leccionario I: ciclo A (domingos).
Leccionario VII: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario IV: Ferias del Tiempo Ordinario.
Leccionario V: Santoral.
Leccionario VIII: Rituales

Oración de los fieles
Libro de la Sede




28.11.13

EL ESTIPENDIO DE LA MISA II

Continuando con el artículo anterior, pasamos a comentar  la  normativa sobre el estipendio de la misa a la luz del Decreto de la Congregación para el Clero de 22 de febrero de 1991 Mos Iugiter sobre los estipendios en la Misa y del Decreto de 2001 de la Provincia Eclesiástica de Sevilla. También, el lector puede consultar los cánones del 945 al 958 del CDC, donde se regulan y tratan estas cuestiones.
Así pues, resumiendo las normativas, se dispone que:
* Deben ser aplicadas «misas distintas según las intenciones de aquellos por los cuales el estipendio dado, aunque exiguo, ha sido aceptado». Por lo tanto, el sacerdote que acepta el estipendio por la celebración de una santa misa por una intención particular, está obligado en justicia a satisfacer personalmente la obligación asumida (cfr. CIC can. 949), o bien a encomendar su cumplimiento a otro sacerdote, según las condiciones establecidas por el derecho (cfr. CIC cáns. 954-955). En definitiva, se ha de celebrar una misa distinta por cada intención para la que se ha ofrecido y se ha aceptado un estipendio (cn. 948).
 * Contravienen, por lo tanto, esta norma, y asumen la correspondiente responsabilidad moral, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para la celebración de misas según particulares intenciones y, acumulándolos en una única oferta sin conocimiento de los fieles, lo satisfacen con una única santa misa celebrada según una intención llamada «colectiva».
* Si los oferentes, previa y explícitamente advertidos, consienten libremente que sus estipendios sean acumulados con otros en un único estipendio, se puede satisfacer con una sola santa misa, celebrada según una única intención «colectiva». Lógicamente los oferentes deben ser avisados convenientemente sobre la fecha de la celebración de la misa. En este caso, al sacerdote le es lícito retener sólo la limosna establecida en la diócesis (cfr. CIC can. 951), y la suma restante que exceda del estipendio será consignada al ordinario, que la destinará a los fines establecidos por el derecho.
* En cualquier caso, los obispos en cuyas diócesis se verifiquen estos casos, tomarán cuenta de este uso, que constituye una excepción a la vigente ley canónica, y en el caso en que se extienda debe ser considerado un abuso y podría generar progresivamente en los fieles el desuso de ofrecer el óbolo para la celebración de santas misas según intenciones individuales, extinguiendo una antiquísima costumbre saludable para cada alma y para toda la Iglesia.
 * La Eucaristía con intención y estipendio colectivos no puede celebrarse más de dos veces por semana. En tal caso es necesario que se indique públicamente el lugar y la hora en que esa misa se celebrará.(cf. Decreto de la S. Congregación para el Clero, 1991, Art.2).
 El sacerdote que celebre más de una misa el mismo día, puede aplicar cada una de ellas por la intención para la que se ha entregado la ofrenda; sin embargo, exceptuado el día de Navidad, quédese sólo con la ofrenda de una misa, y destine las demás a los fines determinados por el Ordinario, aunque puede también recibir alguna retribución por un título extrínseco. Esta prohibición de quedarse con más de un estipendio diario se impone para evitar toda apariencia  y tentación de lucro.
Por las misas de binación o trinación concelebradas el sacerdote no puede percibir estipendio alguno.
De acuerdo con lo establecido en el co. 958, los párrocos y rectores de iglesias donde se suelen recibir estipendios de misas llevarán obligatoriamente un libro especial para este fin, en el que se anotará diligentemente el número de misas que se han de celebrar, intención, estipendio ofrecido y cumplimiento del encargo. Es oportuno anotar también, las intenciones y sus estipendios, que no pudiendo celebrarse en el lugar donde se reciben, son entregados a otros celebrantes. El Ordinario tiene la obligación, por si o por otros delegados, el revisar esos libros.
En definitiva, el sacerdote que admite un estipendio de un oferente adquiere un grave compromiso moral de satisfacerlo.
Y ahora algunas preguntas que se pueden plantear.
¿Qué ocurre si un sacerdote acepta estipendios de numerosas misas que, por circunstancias, no las pueda celebrar? Si sabe que no las va a poder celebrar dentro de un año, no le es lícito aceptarlas. Pero, en vez de rechazarlas, frustrando la pía voluntad de los oferentes y apartándolos de su buen propósito, debe transmitirlas a otros sacerdotes (cfr. CIC can. 955) o bien al propio ordinario (cfr. CIC can. 956).
¿Y si una persona no dispone de recursos para abonar un estipendio o tasa parroquiales? El decreto de los obispos establece que "por razón de las diversas aportaciones económicas, no se podrán hacer diferencias en las celebraciones, y ninguno de los fieles quedará privado de servicios parroquiales, en igual forma que a todos, por su situación de pobreza”. Y el CDC, en su artículo 954.2 dice: Se recomienda encarecidamente a los sacerdotes que celebren la misa por las intenciones de los fieles, sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ninguna ofrenda.



20.11.13

EL ESTIPENDIO DE LA MISA I


Vamos, en una serie de artículos, a abordar el tema de las distintas celebraciones de la misa y del estipendio, basándonos en decretos de la Santa Sede y de la propia archidiócesis.
Llamamos estipendio de la misa a la cantidad que un fiel debe abonar al sacerdote que oficia una misa por una intención determinada, no necesariamente en sufragio de un difunto. En este sentido, las misas pueden ser intención individual o colectiva. En este artículo y en el siguiente vamos sobre todo, a ver las misas por intenciones colectivas, dejando para otros próximos las misas pro-populo y las de intención individual.
Lo primero que habría que preguntarse es lo siguiente: si la misa tiene un valor infinito ¿Cómo es que hay que pagar un estipendio para que una misa se aplique por determinadas intenciones? Esta costumbre del estipendio, que puede escandalizar a algunos, necesita aclaraciones.
De entrada hay que decir que con el estipendio no se compra el sacramento, no se compra ni se paga la misa, que de por sí tiene un valor infinito. Tampoco es comparable a un salario ni a una retribución. El estipendio hay que entenderlo como una ofrenda que se deposita en manos de la Iglesia, para que con ella haga el bien, y contribuya al sostenimiento de los ministros y de su actividad apostólica. 
La Congregación para el Clero emitió el Decreto Mos Iugiter, de fecha 22 de febrero de 1991, sobre los estipendios en la Misa en el cual argumenta y reglamenta su uso. Así, dicho decreto nos recuerda que Es costumbre constante en la Iglesia -como escribe Pablo VI en el motu proprio Firma in traditione- que «los fieles, impulsados por su sentido religioso y eclesial, quieran unir, mediante una más activa participación en la celebración eucarística, un concurso personal, contribuyendo así a las necesidades de la Iglesia y particularmente al sostenimiento de sus ministros.
De esa costumbre, que antes era sobre todo de dones, hoy ha pasado a ser casi exclusivamente pecuniario, aunque las motivaciones y las finalidades de los ofrecimientos de los fieles han permanecido iguales y han sido sancionadas también en el Código de Derecho Canónico. Desde el momento en que esta cuestión toca directamente el augusto sacramento, cualquier apariencia de lucro o de simonía causaría escándalo. Por ello, la Santa Sede ha seguido siempre con atención el desarrollo de esta pía tradición, interviniendo oportunamente para cuidar sus adaptaciones a las mudables situaciones sociales y culturales, con el fin de prevenir o de corregir, cuando ha sido necesario, eventuales abusos conexos a tales adaptaciones (cfr. CIC cáns. 947 e 1385).
Es necesario que los fieles seamos instruidos en esta materia, mediante una catequesis específica, cuyos ejes principales son:
 a) el alto significado teológico del estipendio dado al sacerdote para la celebración del sacrificio eucarístico, con la finalidad sobre todo de prevenir el peligro de escándalo por la apariencia de un comercio con cosas sagradas.
b) la importancia ascética de la limosna en la vida cristiana, enseñada por Jesús mismo, de la cual el estipendio para la celebración de santas misas es una forma excelente.
c) la participación de todos en los bienes, por la cual mediante el ofrecimiento de intenciones de misas los fieles ayudan al sostenimiento de los ministros sagrados y a la realización de las actividades apostólicas de la Iglesia.
Para evitar que parezca que hay intención de lucro, el decreto reglamenta muy detalladamente las llamadas “misas colectivas”, o sea, las que se aplican por varias personas o colectivos a la vez. Los fieles somos libres de unir nuestras intenciones y estipendios para la celebración de una sola santa misa. Cosa distinta es que un sacerdote, recogiendo indistintamente los estipendios de los fieles destinados a la celebración de santas misas según intenciones particulares, los acumule en un único estipendio y, sin conocimiento o consentimiento de los oferentes, los satisfaga con una única santa misa, celebrada según una intención llamada precisamente «colectiva», algo que no le está permitido.
La propia Provincia Eclesiástica de Sevilla, que es a la que pertenezco, ha completado la normativa con el Decreto sobre el estipendio de la Misa, del 5 de noviembre de 2001, que analizaremos en un próximo artículo y que, lógicamente, no puede diferir mucho de las que otras diocesis hayan publicado.
Para terminar, añadir que actualmente, en la Provincia Eclesiástica de Sevilla, se establece, como referencia indicativa para la aportación de los fieles, la cantidad de 9 euros como estipendio de las misas manuales y 330 euros como estipendio de las “misas gregorianas”, que consisten en una serie de treinta misas consecutivas aplicadas por un difunto y que explicaremos próximamente.
Los estipendios citados tienen carácter indicativo, por lo que no se excluye la posibilidad de estipendios de mayor o menor cuantía, dependiendo de la generosidad o situación económica del oferente. 
Quedan preguntas interesantes por contestar, como:
¿Y si una persona no dispone de dinero para el estipendio?
¿Puede el sacerdote quedarse con los estipendios de varios oferentes si dice una sola misa con intención colectiva?
¿Y qué pasa si el sacerdote acepta aplicar más misas de las que, por circunstancias posteriores que le surgan, actuando de buena fe, no las puede celebrar?
En el próximo artículo las contestaremos.
   

14.10.13

La bendición de imágenes de la Virgen

Ante todo, hay que comenzar diciendo que la Iglesia dispone de un libro litúrgico, llamado Bendicional, en el cual se explican y ordenan los ritos a seguir en los diferentes tipos de bendiciones, quienes son los ministros adecuados y demás aspectos a tener en cuenta.
Así, la Iglesia, para que los fieles podamos contemplar más profundamente el misterio de la gloria de Dios, nos invita a venerar piadosamente las imágenes sagradas, que deben tener un decoro y arte adecuado.
Las imágenes no sólo traen a la memoria de los fieles a Jesucristo y a los santos que representan, sino que en cierta medida los ponen ante sus ojos, ya que cuanto mayor es la frecuencia con que se miran, más los que las contemplan se sienten atraídos hacia el recuerdo y deseo de sus originales. Cuando se expone a la pública veneración de los fieles una nueva imagen sagrada, sobre todo en las iglesias, es conveniente bendecirla con el rito peculiar que el Bendicional propone.
Esta bendición no debe hacerse dentro de la Misa. Si, en cambio, cabe dentro del rezo de Vísperas. Otro caso distinto es la bendición de imágenes para uso y devociones privadas, del que aquí no vamos a tratar.
El ministro adecuado puede ser el presbítero, como cabeza de la comunidad a la que sirve, si el obispo no preside.
Si la imagen a bendecir y poner al culto tiene relevancia para la Iglesia diocesana, se hace con especial solemnidad y con gran afluencia de fieles es conveniente que sea el obispo quien presida el rito.
Es aconsejable siempre la presencia del pueblo. El ministro debe revestirse de alba y estola. Cuando se lleva traje talar, el alba puede sustituirse por el sobrepelliz. En las celebraciones más solemnes puede usarse la capa pluvial.
El color de los ornamentos será el blanco o el que esté en consonancia con el tiempo o la fiesta litúrgica
La celebración típica de la bendición consta de dos partes: la primera es la proclamación de la palabra de Dios, la segunda la alabanza de la bondad divina y la impetración del auxilio celestial.
Normalmente, la celebración se abre y se concluye con unos breves ritos.
EL RITO
El RITO DE LA BENDICIÓN DE UNA IMAGEN DE SANTA MARÍA VIRGEN consiste, básicamente, en unos ritos iniciales (canto de entada, saludo del celebrante y una monición breve que explique el sentido del rito.
A continuación viene una LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS, tomada de los que proponen el Leccionario del Misal romano o de la Liturgia de las Horas en el Común o en el Propio de santa María Virgen, intercalando u otras lecturas que propone el propio Ritual. Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.
A continuación, el celebrante, según las circunstancias, hace la homilía. En ella explica las lecturas bíblicas y el papel de santa María Virgen en la historia de la salvación, para que el significado de la celebración sea percibido por la fe.
Se termina esta Liturgia de la Palabra con una Oración de los Fieles. A continuación se pasa a la
ORACIÓN DE BENDICIÓN
El celebrante, con las manos extendidas, dice una de las oraciones que propone el Bendicional.
Después de la oración de bendición, el celebrante, según las circunstancias, pone incienso e inciensa la imagen, mientras se canta un salmo o un himno que guarde relación con el título de santa María Virgen representado en la imagen, o, por ejemplo, una antífona mariana.
CONCLUSIÓN DEL RITO
El celebrante bendice al pueblo, con la fórmula del Bendicional. Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.



26.8.13

SOBRE ALGUNAS INCORRECCIONES LITÚRGICAS EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

En este artículo vamos a puntualizar algunas incorrecciones, bastante generalizadas, que observamos, en el desarrollo de la Eucaristía.
En primer lugar,  observamos que,  al Evangelio, algunos fieles e incluso a veces el celebrante se santiguan. Lo que está  dispuesto en la OGMR es que “Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El Señor esté con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu; y en seguida: Lectura del Santo Evangelio, signando con el pulgar el libro y a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho, lo cual hacen también todos los demás. El pueblo aclama diciendo: Gloria a Ti, Señor (OGMR 134).  Por lo tanto, santiguarse sobra. Aclaramos  que santiguarse es hacer la cruz llevando la mano derecha de la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho.
Más que invitar a rezar el Credo, invitación que algunos sacerdotes hacen a los fieles, es mejor invitar a proclamar nuestra fe. El Credo no es, en sentido estricto, una oración, por lo que difícilmente se puede rezar. Las oraciones van siempre dirigidas a Dios, en cualquiera de sus tres personas, a la Virgen o a los santos, para alabarlos, impetrar su protección, dirigirles peticiones o agradecerles favores recibidos. En el Credo no se hace nada de lo anterior: es una declaración de Fe, de lo que el individuo profesa, una relación de afirmaciones que resumen nuestra fe católica. “El Símbolo se canta o lo dice el sacerdote juntamente con el pueblo, estando todos de pie” (OGMR 137). No se dice nada de rezarlo. No obstante, es habitual incluirlo entre las oraciones cristianas.
También es frecuente permanecer sentados durante la oración colecta. La OGMR indica que hay que permanecer de pie: “Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio; mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal; además desde la invitación Oren, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto lo que se dice más abajo” (OGMR 43). Pero es una costumbre inveterada,  muy difícil de erradicar.
A la invitación del sacerdote de dirigirnos al Padre, en la oración dominical, debemos comenzar a rezar el Padrenuestro desde la primera frase, no esperar a que el sacerdote la comience. De no ser así, estamos eliminando la palabra clave de la oración, la más cariñosa y la que encierra a las demás: que Dios es nuestro Padre.
La costumbre de algunos sacerdotes de purificar los vasos sagrados en el altar también es una costumbre difícil de erradicar. Lo adecuado es en la credencia, o al terminar la misa. Y si le asiste un diácono o un acólito instituido, debe dejar esa función para ellos y permanecer sentado, en el silencio tras la comunión.
Terminamos con unas aclaraciones sobre el color de las velas, tema muy consultado. Partimos de la base de que el color natural de la cera es blanco, por lo tanto, cuando la Liturgia habla de velas, se da por supuesto el color propio. De no ser así, lo dispondría expresamente. Para el culto sacramental no cabe duda de que la Liturgia dispone el color blanco: blanca es la estola con la que el sacerdote o diácono expone el Santísimo, blancas las velas para la exposición (dice el Ritual que sean como las de la misa),  que deben ser cuatro o seis, dependiendo de si la Exposición es en el copón o en la custodia, más solemne), blanco es el paño de hombros para dar la bendición (humeral), blancas las vestiduras en la solemnidad del Corpus Christi, blancas las flores, blanca la capa pluvial.
La costumbre de usar cera roja las hermandades sacramentales pertenece a la tradición y usos propios de las cofradías. Pero ese campo pertenece no a la Liturgia, sino a la piedad popular. Por lo tanto, yo entiendo que en la estación de penitencia pueden llevar los cirios del color que consideren adecuado, ya que no hay una norma clara sobre la cuestión, que yo conozca. La estación de penitencia  no es un acto litúrgico, es una acto de piedad popular, paraliturgias les llaman algunos. En cambio, para la Exposición con el Santísimo si está claro que deben ser velas blancas. “Para la exposición del santísimo Sacramento en la custodia se encienden cuatro o seis cirios de los usuales en la Misa, y se emplea el incienso. Para la exposición enciéndanse por lo menos dos cirios; se puede emplear el incienso” (Ritual nº 85).