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3.5.23

MARÍA, MADRE DE JESÚS DE NAZARET. Sucinta biografía. (III)

Antes de entrar de lleno en el culto a la Virgen, en sus solemnidades, fiestas y memorias, así como en los ejercicios de piedad popular que el pueblo dedica a la Virgen, vemos oportuno dedicar un par de artículos a hacer una pequeña semblanza biográfica de María, la Madre de Jesús.

Para conocer muchos de los elementos históricos de la vida terrenal de María, algunos plenamente asumidos por la comunidad creyente, tenemos que recurrir necesariamente a documentos extrabíblicos. Una de las fuentes en las que se han basado generaciones enteras para conocer la vida de María, sobre todo antes de la Anunciación, han sido los evangelios apócrifos, en especial el llamado Protoevangelio de Santiago, que ha sido sin duda la narración que más influencia ha tenido en la posteridad. Escrito, al parecer, entre los siglos II al IV en lengua griega, conocido también como Libro de Santiago, consta de 25 capítulos, en los cuales se narra el nacimiento y vida de María hasta los 16 años, para contar posteriormente el nacimiento de Jesús y la matanza de los Inocentes. En el epílogo que nos presenta a Santiago el Menor como autor del texto. El objetivo del libro es exaltar la figura de María y su virginidad. 

Otro libro esencial para la difusión de las leyendas e historias sobre la Virgen es el Evangelio del Pseudo Mateo, por atribuirse a dicho evangelista y siendo san Jerónimo su supuesto traductor del hebreo al latín. Este evangelio apócrifo ha sido una fuente muy importante para la iconografía mariana y los aspectos literarios sobre la Virgen, especialmente en época medieval. Detalles tan asumidos hoy día como el nombre de los padres de la Virgen, la Presentación de la Virgen al templo, el nacimiento de Jesús en una cueva y apoyado en un pesebre, la vejez y viudez de san José o la vara florecida de José son elementos que proceden de estos apócrifos. Hemos de aclarar al lector que el término «apócrifo» no es sinónimo de falso sino simplemente que son escritos que la Iglesia no reconoce como verdad revelada, lo cual no excluye que en todo o en parte puedan narrar hechos ciertos. Recordamos que no es hasta el siglo IV en que quedan fijados en 27 el número de libros que componen el Nuevo Testamento. Así pues, algunas de las cosas que sabemos de María a través de estos escritos se pueden considerar dentro del campo de las leyendas y tradiciones y otras no. La Iglesia nunca los ha aceptado como escritos canónicos. No obstante, lo que sí conocemos son los usos y costumbres de los judíos de esa época y algunos datos evangélicos sobre los cuales vamos a construir, aunque sea en precario, su biografía, especificando datos reales de los supuestos.

Los Evangelios únicamente narran la genealogía de José, no la de María (Mt 1, 1-16) lo cual es acorde con la tradición judía en la cual el papel de la mujer en la sociedad era muy secundario. Los padres de María se llamaban al parecer Joaquín y Ana y posiblemente vivían en Nazaret. Una tradición nos habla de que Joaquín nació en una aldea de Galilea llamada Séforis. Los apócrifos coinciden en señalar que Joaquín era hombre rico, de la tribu de Judá, y que tras muchos años de casado no tenía descendencia, lo cual era considerado oprobioso en la época, por considerarlo como no bendecido por el Señor al no haber dado vástagos a la casa de Israel. Tras retirarse en soledad al desierto y pedirlo insistentemente, un ángel del Señor le anuncia su paternidad y Ana, su esposa, da a luz a una niña a la que llamaran Mariam y que nacería en Jerusalén. Sobre la infancia de María nada sabemos, aunque los apócrifos coinciden en que a la edad de tres años fue presentada y entregada al servicio del Templo, al que sirvió hasta los doce años lo cual no implica que necesariamente viviera en el Templo ya que también pudo vivir con sus padres en Jerusalén o en Nazaret. Las niñas entregadas al Templo permanecían allí hasta comenzar su menstruación.

Entre los parientes de la Virgen, aunque no se citen con precisión, podemos citar a Isabel, que sería su prima y madre de Juan el Bautista y a la que la Virgen visitó viviendo con ella al menos tres meses en la aldea de Ain-Karin que era el domicilio de Isabel. El evangelista Lucas nos lo narra con cierto detalle (Lc 1, 39-56). El Magnificat, espléndido canto mariano entonado por la Virgen en esa ocasión, constituye un magnífico regalo de la Virgen a las generaciones posteriores. Por otra parte, Marcos y Mateo nos hablan de otros parientes, a los que llaman hermanos y hermanas de Jesús (Mc 6,3; Mt 13, 55). En la Edad Media se difundió la leyenda de la parentela de la Virgen, leyenda hoy desautorizada, según la cual Ana, al enviudar, se volvería a casar por dos veces originando una numerosa parentela que podría quedar así: María de Cleofás era hermana de María (Jn 19, 25) y esposa de Alfeo cuyos hijos serían Santiago el Menor, Simón, Judas Tadeo y José. Otra hermana de la Virgen sería María Salomé, esposa de Zebedeo cuyos hijos serían Santiago el Mayor y Juan y que serían llamados por Jesús para el grupo inicial de apóstoles (Mc 1, 16-20). Así pues, Jesús tendría parientes próximos, primos y tíos seguramente. El espléndido retablo renacentista de la parroquia trianera de Santa Ana nos presenta en el ático a toda esta parentela, haciéndose eco de la tradición. También debemos aclarar que el término hermano o hermana debe entenderse en sentido amplio, como sinónimo de parientes. La teología católica no admite que la Virgen tuviese más hijo que Jesús, el Unigénito. En cualquier caso este punto referido a los parientes de la Virgen y de Jesús queda muy confuso y se nutre mucho de conjeturas ya que las Escrituras no aclaran mucho al respecto.

María debía tener entre 14 y 16 años cuando se casó con José puesto que esa era la edad habitual en la que las muchachas hebreas contraían matrimonio.

Siguiendo la costumbre judía María habría realizado su desposorio (parte legal del matrimonio judío en el cual se obtienen todos los derechos y obligaciones de los esposos) con un joven que tendría entre 18 y 25 años llamado José, originario de Belén. La tradición ha difundido la idea sobre José como la de un viejecito viudo incluso con hijos al casarse con María, idea seguramente surgida con el fin de proteger la virginidad de María, que no parece ajustarse a la realidad y que justificaría el nombre de hermanos de Jesús. Sabemos que tras la Anunciación del arcángel Gabriel  y la concepción de Jesús inmediatamente María se puso en camino para visitar a su prima (Lc 1,39), lo que indica que la visita ocurrió dentro del mismo año. La localidad donde vivía Isabel debía ser la ya citada ciudad de Ain-Karim, en las montañas cerca de Jerusalén.

 

1.5.23

EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN (II)

Continuamos con esta serie de artículos sobre el culto a la Virgen, encuadrándolo en el culto litúrgico que la Iglesia rinde a la figura de la Madre de Dios.

La Iglesia católica distingue claramente tres clases de cultos: el de LATRíA o de adoración, el de DULíA o de veneración, y el de HIPERDULíA. El culto de Latría, adoración,  es exclusivo de Dios. Sólo Dios puede ser adorado y sólo Cristo, Dios hecho hombre, es el Salvador.  El mismo Cristo, cuando era tentado en el desierto,  nos lo dijo: Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto[1]. El culto de Latría al Santísimo Sacramento tiene un hito importante al instituirse la fiesta del Corpus Christi por Urbano IV, habiendo la Iglesia previamente impuesto la obligación, por decisión del IV Concilio de Letrán en 1215 de confesar y comulgar al menos una vez al año, en tiempo pascual.

El culto de Dulía ─Veneración─ es el propio que se debe a los santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir subiéndolos a los altares. Al patriarca bendito san José se le considera el primero de los santos, dedicándosele un culto de protodulía. San José es proclamado patrono universal de la Iglesia por Pío IX en 1870. Sin duda que en los orígenes del culto a los santos está la influencia profunda y ejemplar de los mártires. De ellos celebramos su dies natalis, o sea, el día en que nacen para la eternidad, día de su martirio. Celebramos con el grado de solemnidad las fiestas del Nacimiento de san Juan Bautista, san José, los apóstoles Pedro y Pablo y Todos los Santos.

El culto de Hiperdulía, la Dulía llevada al máximo extremo, es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos y al límite de la adoración, pero sin llegar a la Latría. El punto de inflexión del culto a la Virgen lo constituyó el Concilio de Éfeso, al proclamar a María como Madre de Dios. El culto que la iglesia católica dedica a María es específico de nuestra fe católica, ya que otros hermanos cristianos no le rinden culto, aunque sí respetan su figura.

Tras el Vaticano II y la reforma litúrgica que el mismo Concilio impulsó, sobre todo con la promulgación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia ─Sacrosantum Concilium─ y la Lumen Gentium, en su capítulo VIII dedicado a la Virgen, el documento más importante para el culto a la Virgen es la Exhortación Apostólica Marialis Cultus,  de Pablo VI, dada en Roma el 2 de febrero de 1974.  Tras la reforma litúrgica se pasa a considerar como fiestas del Señor tanto la Anunciación ─25 de marzo─ como la Presentación ─2 de febrero, Candelaria─, antes fiestas marianas, mudando en cambio la fiesta de la Circuncisión del Señor en la de la Maternidad de María.

La Lumen Gentium[2] nos enseña claramente que es necesario además que los ejercicios de culto con que los fieles expresan su veneración a la Madre del Señor pongan claramente de manifiesto el puesto que Ella ocupa en la Iglesia: el más alto y más próximo a nosotros después de Cristo. En cualquier caso es fundamental siempre tener en cuenta que el único culto que la Iglesia tributa a Dios es el culto cristiano, queriéndose decir con esto que el culto a la Virgen y el debido a los Santos está siempre supeditado y en subordinación al culto que se tributa a Cristo, que es su punto necesario e imprescindible de referencia. Sin el culto a Cristo lo demás no tiene sentido.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 



[1] Mt 4, 10

[2] LG 54

15.4.23

EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN (I)

Comenzamos una serie de artículos dedicados al culto que la Iglesia dedica a la Santísima Virgen, tanto litúrgico como de piedad popular.

Debemos comenzar diciendo que la devoción a la Virgen María es un elemento distintivo del culto mismo de la Iglesia católica. En efecto, esta devoción, en sus varias expresiones, pone de manifiesto con un nexo íntimo el designio salvador de Dios: se rinde un culto singular a María porque en el designio de Dios Ella ocupa un lugar también singular. Con estas palabras del Pablo VI en la Introducción a la «Marialis Cultus» se pone claramente de manifiesto la importancia del culto mariano en la Iglesia católica.

La perspectiva del culto a la Virgen debe tener una triple dimensión: trinitaria, cristológica y eclesial. El culto cristiano es, por su misma naturaleza, un culto dirigido al Padre, al Hijo y al Espíritu, o como se dice en la liturgia al Padre por Cristo en el Espíritu» lo cual hace referencia al carácter trinitario[1].  En la Virgen María todo está referido a Cristo y todo depende de Él (aspecto cristológico). El aspecto eclesial del culto mariano debe encuadrarse teniendo como telón de fondo la presencia de María en el Cenáculo cuando el Espíritu Santo desciende sobre la naciente Iglesia.  La acción de la Iglesiaiva corr en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María. La MC (Marialis Cultus) ha dejado claro el papel de la Virgen en la historia de la salvación y ha fijado la perspectecta de su culto. Es el documento clave para entender el culto hiperdúlico a la Virgen María.

No se puede negar que, para un espectador neutral que se acercara al fenómeno religioso católico, a veces el culto  a la Virgen se ha rodeado de algunos excesos que parecen convertirla en una diosa. Baste recordar el entusiasmo que el pueblo profesa a algunas imágenes marianas de la Madrugá sevillana o la ingente multitud que abarrota el paso de la Virgen del Rocío el lunes de Pentecostés en la aldea de Almonte. Tras la Reforma luterana, que negaba el papel de María en la historia de la Salvación y eliminaba su culto, Trento reafirmó todo lo que los luteranos negaban.

La fe que los cristianos profesamos es en Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos (Ef 5, 5-6.)

Nosotros no creemos en un Dios Padre y una Diosa Madre. La Virgen no es una diosa sino una persona humana, escogida por Dios para ser Madre del Salvador, pero no es persona divina, por lo tanto no se la adora. Se la tributa un culto llamado de hiperdulía, que es la veneración llevada al extremo pero sin llegar a la latría.  Es evidente que las muestras de amor y cariño del pueblo hacia la Madre del Salvador son las causantes de ese fervor que a veces puede parecer excesivo. Una adecuada catequesis ayudaría a poner las cosas en su justo término.

A partir de ahí todos los calificativos que podamos aplicarla se quedan cortos: santa entre las santas (santísima la llamamos sólo a Ella), mujer limpia de toda mancha, concebida sin pecado original, sagrario, protectora del género humano, mediadora universal y así todo un repertorio de cualidades, que el amor no tiene límites. Y el título más importante: Madre de toda la Humanidad.

También podemos decir que el culto a la Virgen es un elemento esencial  de la Iglesia católica. También las iglesias orientales le rinden culto en sus iconos (no suelen tener imágenes escultóricas) y la veneran sin ninguna advocación concreta sino como Teothocos, o sea, la Madre de Dios.

Las iglesias protestantes no dan culto a María. En los últimos tiempos la iglesia anglicana ha tenido un acercamiento a la figura de María y en un documento conjunto firmado por la ARCIC en 2005 (Comisión internacional anglicano-católico) titulado «María: gracia y esperanza en Cristo» se aprecia un acercamiento significativo de los anglicanos a las posturas católicas sobre el papel de la Virgen María, a la cual consideran como «el ejemplo humano más completo de la vida de gracia» así como reconocen que la práctica de pedir a María y a los santos que rueguen por nosotros no debe ser objeto de división de la comunión.

 



[1] MC 25

12.3.23

FORMAS DE CULTO Y DE PIEDAD POPULAR (II). EL STABAT MATER.

 Dentro de las prácticas de la piedad popular en este tiempo cuaresmal dedicamos este artículo al Stabat Mater.

Y necesariamente hay que introducir el asunto hablando de la Secuencia, ya que los versos del Stabat Mater componen una de las cuatro secuencias que la Liturgia hoy día ha conservado en la misa.

En su origen, la secuencia era una composición litúrgico musical, que surgió como la prolongación del Aleluya, como una larga vocalización de la «a» final del Aleluya. Al ser de tono festivo se llamaron inicialmente jubilus, y más tarde se llamaron sequentia, porque eran como una continuación del canto del Aleluya. El momento de mayor florecimiento de estas composiciones litúrgicas fue durante los siglos de la Edad Media, donde fueron muy abundantes.

Del jubilus se pasó a un nuevo texto melódico, la sequentia cum prosa, que solía separarse en versos pero desiguales y sin forma rítmica, y se cantaban alternativamente por dos coros, uno de voces blancas y otro de hombres.

En el siglo XI se da lugar a una forma más independiente del Alleluia y ya como poesía rítmica. Surgen las Secuencias que hoy conocemos, de las cuales, la más popular es el Victimae Paschali, atribuida a Wipo de Burugundia († 1048).

Las Secuencias gozaron del favor popular, por su forma simple, silábica, sin la complicación de los interminables jubilus melismáticos, de más difícil ejecución. Las Secuencias se prestaban al canto colectivo, tanto  dentro como fuera de la iglesia. Por este motivo, las Secuencias dieron un gran impulso a lo que hoy llamamos canto religioso popular, es decir los cantos populares de Misa, conformando uno de los tres géneros de la música litúrgica, junto con la polifonía sacra y el gregoriano, que ocupa el primer lugar.

El papa san Pío V (1570), dejó solamente cuatro Secuencias para la Liturgia: Victimae Paschali para la Pascua; Veni Sancte Spiritus para Pentecostés; Lauda Sion para el Corpus Christi y el Dies Irae para las misas de Requiem de difuntos. Posteriormente se añadió por Benedicto XIII el Stabat Mater, para la memoria de Nuestra Señora de los Dolores que hoy se celebra el 15 de septiembre. En la actual reforma litúrgica se suprimió el Dies Irae, tal vez por su tono apocalíptico, quedando como obligatorias sólo la de Pascua y la de Pentecostés, y las otras dos ad libitum. La Secuencia, que fuera de los días de Pascua y Pentecostés, es facultativa, se canta antes del Aleluya[1].

La Secuencia del Stabat Mater se conoce con ese nombre porque sus primeros versos comienzan así:

 

Stabat Mater dolorosa

Iuxta crucem lacrimosa,

Dum pendebat filius.

Estaba la Madre sufriendo
llorando junto a la cruz
de la que pendía su Hijo.

Toda la Secuencia la forman unos versos bellísimos y expresivos que se atribuyen al poeta y fraile franciscano Jacopone da Todi (†1306). Esta plegaria, que comienza en latín con las palabras Stabat Mater dolorosa medita sobre el sufrimiento de María, la Madre de Jesús, durante la crucifixión de su Hijo y el inmenso dolor y traspaso que padece al ver a su Hijo colgado de la Cruz. Iconográficamente se representa esta escena con la Virgen arrodillada o en pie, sola ante la Cruz con su Hijo crucificado. Esa dolorosa escena es fuente inagotable de meditaciones y sermones, muy propios de Semana Santa. No confundirlo con la escena, muy parecida, de la Soledad de María, que aparece sola ante la Cruz vacía o con el sudario.

En Sevilla, la Hermandad de Santa Cruz ha recuperado esa escena, en su primer paso.

El Stabat Mater ha tenido también una gran repercusión en el campo del arte, tanto en la pintura y la escultura como en la música, siendo innumerables las composiciones y los autores que han armonizado esos patéticos versos. Por citar a algunos nombraremos a Pergolesi (el más famoso), Vivaldi, Palestrina, Scarlatti o Haydn así hasta sumar cerca de 200 composiciones musicales.

Litúrgicamente, en la actualidad se sitúa su canto o recitación antes del Aleluya, no detrás, como fue en su origen. Y surge una pregunta: ¿Qué postura corporal debemos adoptar los fieles durante la Secuencia? Actualmente la OGMR no aclara nada, por lo que parece que se debería cantar o escuchar su recitado estando sentados.

¿Se trata de una laguna normativa? Es evidente que no se la menciona. Ahora bien, en realidad, la Secuencia tiene un carácter meditativo, es una recreación de tipo dramático del misterio que se celebra, y como tal, debe cantarse u oírse sentados. En conclusión, si vamos al espíritu, las Secuencias deberían cantarse o escuchar su recitado de pie; si estamos a las normas actuales, habría que cantarlas u oírlas sentados, más por deducción que por claridad en la norma.



[1] OGMR 64

5.3.23

FORMAS DE CULTO Y DE PIEDAD POPULAR (I). LAS SIETE PALABRAS.

 

En este tiempo cuaresmal, tan propicio para los actos de piedad popular, vamos a dedicar varios artículos a estas formas de piedad no litúrgicas pero recomendadas por la Iglesia en nuestro camino para celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Así, veremos el Vía Crucis cuaresmal, ejercicio de devoción muy querido por las hermandades y parroquias, las meditaciones sobre el Stabat Mater y las meditaciones sobre las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, difundidas en el siglo XVII, sobre todo gracias al tratado que sobre dicho asunto escribió el cardenal jesuita san Roberto Belarmino, hoy doctor de la Iglesia (De septem Verbis a Christo in cruce prolatis).

En el presente artículo nos fijamos en Las Siete Palabras.

El sermón sobre las Siete Palabras es fuente importante de reflexión durante los días cuaresmales. Pero una buena pregunta sería ¿Y cuáles son esas Siete Palabras? En realidad no son palabras sino las frases que Jesucristo pronunció estando ya crucificado y que los evangelistas han recogido.

Estas frases tienen un orden que, tradicionalmente, es el siguiente:

 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)

Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 27Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19, 26-27)

Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Mt 27,46; Mc 15,34;

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19,28)

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30)

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. (Lc 23,46)

Algunas de estas frases las dirigió Jesús al Padre, otra al Buen Ladrón, a su Madre y a san Juan y otras propias.

En próximos artículos abordaremos más en detalle el Stabat Mater y el piadoso ejercicio del Vía Crucis.

14.12.22

SOBRE EL NÚMERO DE NAVES Y LA ORIENTACIÓN DE LAS IGLESIAS.

En este artículo vamos a abordar el número de naves en las iglesias y su orientación litúrgica.

En cuanto al número de naves, lugar para los fieles, tradicionalmente las iglesias conventuales tienen una sola nave, con alguna excepción, y las iglesias parroquiales, que suelen tener tres naves (disposición basilical), aunque hoy no hay nada dispuesto al respecto, priorizando siempre, en las nuevas iglesias, que los fieles puedan ver al sacerdote y sus ministros con facilidad y que puedan adoptar las posturas que en cada momento la Liturgia dispone, así como que puedan acercarse con comodidad a recibir la comunión. También la nave puede ser un único espacio dispuesto como un gran salón,  mirando al presbiterio, como ocurre en la basílica sevillana de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, construida a imitación del Panteón romano.

También es costumbre que las iglesias parroquiales tengan una torre coronada por un cuerpo de  campanas y las iglesias conventuales lleven una espadaña, en vez de torre. La espadaña del monasterio de Santa Paula, la más bella y airosa de Sevilla.

A veces aparecen dos torres, flanqueando la fachada principal, como ocurre en la parroquia sevillana de San Ildefonso.

También se dispone expresamente que se dispongan los medios de megafonía adecuados para que los fieles tengan una perfecta audición.

Otro elemento a tener en cuenta es la orientación del iglesia, que siempre ha sido en la tradición cristiana  mirando al oriente –oriens significa oriente y orientarse es dirigirse al oriente, al este–. El ábside, la cabecera de la iglesia litúrgicamente orientada debe mirar al punto por donde sale el sol. Así, Cristo es el sol naciente que trae la luz y la salvación al mundo. Si los judíos orientan sus sinagogas mirando a Jerusalén y los musulmanes sus mezquitas mirando hacia la Meca, así los cristianos hemos tenido la costumbre, considerada como tradición apostólica desde tiempos de la primitiva Iglesia, de mirar mientras oramos hacia el oriente, de tal manera que el pueblo e incluso hasta hace poco también el sacerdote y el pueblo convergían sus miradas en esa dirección. Cristo está simbolizado por el sol naciente que volverá en el último amanecer de la historia. En la Liturgia anterior a la reforma vaticana se suele decir que el sacerdote estaba de espaldas al pueblo. Cierto, pero lo relevante no era que le diera la espalda sino que miraba, junto con el pueblo, a la misma dirección. Todos miraban al oriente.

 

27.11.22

CALENDARIO LITÚRGICO 2022-2023.

El domingo 27 de noviembre de 2022 es primer domingo de Adviento, dando pues comienzo un nuevo Año Litúrgico.

Cada año litúrgico comienza siempre en las vísperas del  domingo más próximo al 30 de noviembre, fiesta del apóstol San Andrés.

El domingo pascual, núcleo del año litúrgico, quedó fijado por el Concilio de Nicea, reunido el año 325, que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena que haya después del 22 de marzo. La  Pascua de Resurrección es, por lo tanto, una fiesta variable y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores) con su final en la solemnidad de Pentecostés y el tiempo cuaresmal (cuarenta y cuatro días atrás si contamos desde el Miércoles de Ceniza al Jueves Santo), además de las solemnidades dependientes del Domingo Pascual y de Pentecostés: Ascensión, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón. 

Este año que comienza es Ciclo A, año impar.

En este nuevo año litúrgico, las festividades móviles quedan establecidas así:

Comienza el Adviento

I Domingo de Adviento: 27 de noviembre de 2022.
La Sagrada Familia: Viernes, 30 de diciembre de 2022. Fiesta.
Bautismo del Señor: Domingo, 8  de enero de 2023.  Fiesta. Finaliza el tiempo de Navidad y comienza el Tiempo Ordinario, primera parte.
Comienza la Cuaresma

Miércoles de Ceniza: 22 de febrero de 2023. Ayuno y abstinencia.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 2 de abril de 2023.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: 9 de abril de 2023. Comienza el Tiempo Pascual.

Ascensión del Señor: Domingo, 21de mayo de 2023. Solemnidad.
Domingo de Pentecostés: 28 de mayo de 2023. Solemnidad. Termina el Tiempo Pascual y se reanuda el Tiempo Ordinario, segunda parte.
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote: Jueves 1 de junio de 2023. Fiesta.

Santísima Trinidad: Domingo, 4 de junio de 2023. Solemnidad
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 11 de junio de 2023. En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior, 8 de junio de 2023. Solemnidad.

Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 16 de junio de 2023. Solemnidad
Jesucristo, Rey del Universo: Domingo 26 de noviembre de 2023. Solemnidad

 La Natividad del Señor (25 de diciembre), Epifanía del Señor (6 de enero), Transfiguración del Señor (6 de agosto) y Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) tienen fecha fija, al  igual que las solemnidades y fiestas de la Virgen María: Inmaculada Concepción (8 de diciembre), Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios (1 de enero) y Asunción a los Cielos (15 de agosto).

En el año 2023 el Tiempo Ordinario comprende 34 semanas, de las cuales las siete primeras se celebran antes de Cuaresma, comenzando el 9 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 21 de febrero, día anterior al Miércoles de Ceniza. Se reanuda de nuevo el tiempo ordinario con la VIII semana, el 29 de mayo, lunes después del domingo de Pentecostés, hasta el sábado 2 de diciembre de 2023, vísperas del I Domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico.

Para 2023 corresponde como número áureo el 10, Epacta: VIII, Letra dominical: A y letra del Martirologio: h.

 FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA

- 1 enero: Santa María, Madre de Dios.

- 6 enero: Epifanía del Señor.

- 19 marzo: San José, esposo de la bienaventurada Virgen María.

- 25 julio: Santiago, apóstol.

- 15 agosto: La Asunción de la Virgen María.

- 1 noviembre: Todos los Santos.

- 8 diciembre: Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María.
- 25 diciembre: La Natividad del Señor.

Todos los días anteriores se celebran como solemnidad.

 Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo. La Iglesia considera como días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma.

Recordamos que son días de abstinencia TODOS los viernes del año, no sólo los de Cuaresma (excepto si coinciden con alguna solemnidad), que puede sustituirse por  cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia: lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.) y mortificaciones corporales. Ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a todos los mayores de 14 años en adelante y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años (CDC cánones 1249 y siguientes).

 

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO

Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV.

Misa
Misal Romano.
Leccionario dominical I-A

Año A
Leccionario II: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario III-Año impar: Ferias del Tiempo Ordinario para los años impares.

Leccionario IV: Propio de los santos y misas comunes.

Leccionario V: Para las misas rituales y de difuntos
Leccionario VI: Para las misas por diversas necesidades y votivas

Oración de los fieles.

Libro de la Sede.

En el siguiente enlace está completo el Calendario Litúrgico pastoral publicado por la Conferencia episcopal española. 

file:///C:/Users/Propietario/Downloads/CLP-y-salmos-responsoriales-2022-2023_internet%20(1)%20(1).pdf

19.11.22

EL AMBÓN Y LA SEDE

 Dentro de los elementos que componen una iglesia vamos ahora a fijarnos en el ambón. Se dice que, en la misa, hay dos mesas; la de la Palabra y la de la Eucaristía. Si durante la Liturgia eucarística el centro celebrativo está en el altar, en la Liturgia de la Palabra el centro celebrativo está en el ambón.

A la izquierda del altar, en el llamado lado del Evangelio, en el presbiterio se sitúa el ambón, lugar destinado para la celebración de la Palabra que se puede adornar con un paño del color del tiempo litúrgico que puede estar decorado llamado antipendio .

La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un lugar conveniente desde el que se proclame, y al que durante la Liturgia de la Palabra, se dirija espontáneamente la atención de los fieles. Conviene que por lo general este sitio sea un ambón estable, no un simple atril portátil. El ambón, según la estructura de la iglesia, debe estar colocado de tal manera que los ministros ordenados y los lectores puedan ser vistos y escuchados convenientemente por los fieles[1].

Desde el ambón se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; pueden también hacerse desde él la homilía y las intenciones de la oración universal[2].  Es conveniente que el nuevo ambón se bendiga antes de destinarlo al uso litúrgico, según el rito descrito en el Ritual Romano.

Desde el ambón no deben decirse avisos ni moniciones y reservarlo fundamentalmente para la Palabra.

La sede es el lugar donde se sienta el presbítero que preside la Eucaristía y suele colocarse al fondo del presbiterio, mirando al pueblo.

La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico[3]. Podemos decir que la sede tiene, además del aspecto puramente funcional, un sentido simbólico en su papel del presidente como representante de Cristo y ministro eclesial de la comunidad reunida.

Asimismo, se deben disponer en el presbiterio las sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren (caso del maestro de ceremonias, por ejemplo). Los acólitos deben situarse cerca para servir al altar pero sin sentarse con los ministros ordenados, de manera que no produzcan confusión a los fieles entre los diversos ministerios.

Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los demás ministros, colóquense las sillas de tal manera que claramente se distingan de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado.

Desde la sede —o en el ambón o en otro lugar adecuado—, el presidente, de pie, pronuncia la homilía. También, desde la sede, introduce y pronuncia la oración conclusiva de la Oración de los Fieles y saluda a los fieles. Permanece en la sede mientras se prepara el altar y desde allí —o desde el altar—puede pronunciar la oración después de la comunión y despedir al pueblo.

 



[1] OGMR 309

[2] OGMR 309

[3] OGMR 310

16.11.22

EL BESO EN LA LITURGIA.

 El beso es uno de los gestos más universalmente utilizados en nuestra vida social. También en la Liturgia, más veces de las que a primera vista parece, besamos a las personas o a los objetos sagrados. En casi todos los sacramentos se besa a las personas como sig­no de lo que quieren comunicar eficazmente. Respecto al beso de objetos sagrados, son el altar y el libro de los Evangelios los que más expresiva­mente reciben este símbolo de aprecio.

Según la costumbre tradicional, la veneración del altar y del Evangeliario se expresa con el beso[1]. Al comienzo de la Eucaristía se usa el beso como signo de veneración al altar. Es costumbre antiquísima en la Liturgia cristiana: al menos desde el siglo IV. Su sentido es expresar simbólicamente el aprecio que se tiene a la mesa del Señor, la mesa en la que va a realizarse la Eucaristía y donde vamos a ser invitados a participar del Cuerpo y Sangre del Señor. Es co­mo un saludo simbólico, hecho de fe y de respeto, al comenzar la cele­bración. Actualmente han quedado sólo dos besos al altar:

- el del comienzo de la celebración, que es el más antiguo, y que realizan no sólo el presidente, sino también el diácono y todos los conce­lebrantes.

- y el de despedida, que da sólo el presidente y el diácono, y no los concelebrantes. 

También besa el Evangeliario el que proclama la lectura del Evangelio, mientras dice en voz baja: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. El beso al Evangeliario se inserta dentro de una serie de acciones simbólicas y ritos en tor­no al Evangelio: procesión al ambón, escucharlo de pie, reservarlo al ministro ordenado, hacer al principio la señal de la cruz, incensarlo, acompañarlo con dos luces mientras se proclama.

El beso de paz antes de la comunión es uno de los modos de realizar el gesto de la paz. La paz se puede dar con una simple inclinación de cabeza, o con un apretón de manos, pero sobre todo en grupos más reducidos, o entre familiares, o en una comunidad religiosa, es más expresivo el beso. El ósculo de paz, como se llamaba en los primeros siglos, es algo más que un saludo o un signo de amistad. Es un deseo de unidad, una oración, un acto de fe en la presencia de Cristo y en la comunión que Él construye, un compromiso de fraternidad antes de acudir a la Mesa del Señor. Un beso que ha quedado en la celebración litúrgica, por su particular significado, es el beso de los pies en el lavatorio del Jueves Santo.

El beso a la Cruz es también frecuente. El Viernes Santo ha quedado un beso lleno de sentido: el que damos a la cruz en el rito de su adoración. También besa la cruz el obis­po, en la recepción en su iglesia catedral o al comienzo de la visita pastoral en una parroquia. Lo mismo en el rito de bendición de una nueva cruz.

También son significativos otros besos, no litúrgicos, pero igualmen­te llenos de fe, como puede ser el beso al Niño en las celebraciones de la Navidad, o el beso al crucifijo o a las imágenes sagradas, que mu­chos cristianos tenemos todavía la costumbre de dar. El rito de besapié y besamanos forma parte importante de los ritos de hermandades y asociaciones.

Además de la Eucaristía, hay otras muchas celebraciones en que el beso se vuelve litúrgico para expresar valores que contienen los diversos sacramentos. Sobre todo son significativos aquellos besos que se presentan como una bienvenida o una acogida oficial cuando una persona entra en un estado diferente dentro de su camino de fe:

- así, en las ordenaciones, al nuevo diácono le besan el obispo y los diáconos presentes; al nuevo presbítero, el obispo y los presbíteros presentes; al nuevo obispo, el obispo consagrante y los demás obispos presentes;

– en la Confirmación, el Ritual dice que el obispo saluda y desea la paz al confirmado, pero invita a las Conferencias Episcopales que piensen si es oportuno que le dé esa paz con algún gesto, que bien podría ser un beso;

– en la celebración del Matrimonio, como una especie de ra­tificación del matrimonio, los mismos esposos se dan la paz, según se juz­gue oportuno. En muchos casos, este modo oportuno y espontáneo suele ser el besarse.

La misma idea de acogida y bienvenida tiene el que los religiosos que profesan sus votos perpetuos sean abrazados y besados por los que ya los ha­bían hecho con anterioridad.

Fuera de la Liturgia, hemos besado muchas veces la mano de los sacer­dotes –costumbre hoy en desuso– y muchos lo seguimos haciendo con el anillo episcopal. Es preciso aclarar que, en aquellos lugares en los que el beso no se considere una forma de reverencia, se sustituirá este gesto por otro de reverencia de la cultura propia.

 



[1]  OGMR 273