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30.10.22

LAS MANOS Y SUS ACCIONES CEREMONIALES

 Dentro de la serie de artículos dedicados a los gestos y acciones ceremoniales hoy vamos a ver las manos. Así, podemos decir que todos los gestos litúrgicos ­­que se hacen con las manos son siempre muy significativos.

En ningún caso debe haber dudas acerca de la posición de las manos en cualquier momento de la celebración eucarística o de cualquier acto litúrgico. Como norma general diremos que, en la procesión de entrada –o salida–, las manos de los acólitos y demás ministros van unidas a la altura del pecho por las palmas y el pulgar derecho sobre el izquierdo formando cruz.

El Ceremonial de los Obispos nos indica que Las manos se juntan, palma con palma, con todos los dedos unidos, y el pulgar derecho cruzado sobre el izquierdo. El pulgar derecho debe pegarse al pecho[1]. No es correcto llevar las manos unidas por debajo de la cintura.

Cuando se lleva un objeto con la mano derecha generalmente –incensario, naveta– la otra siempre descansa plana en el pecho con los dedos juntos con naturalidad. Cuando el celebrante, el diácono y los ayudantes están sentados, las manos descansan sobre las rodillas, y los codos están doblados de un modo relajado.

En definitiva, el sacerdote, el diácono y los acólitos deben observar la disciplina de las manos juntas mientras están en el presbiterio y en las proce­siones.

El celebrante realiza con sus manos más acciones ceremoniales que los demás ministros. Dentro de una lógica moderación, el celebrante puede mover las manos como desee en la homilía y cuando lee avisos. Pero no debe aña­dir gestos propios en otros momentos de la celebración eucarística. La OGMR regula todos los gestos e indica con precisión qué hacer con las manos en cada momento.

En el saludo El Señor esté con vosotros, las manos, que estaban unidas, se abren. El gesto debe ser suave y transmitir una sensa­ción de reverencia y control, sin parecer brusco, mecánico o demasiado efusivo. Es un gesto que expresa paz e invitación a la oración y al reco­gimiento.

Las manos se extienden ceremonialmente durante el rezo de determinadas oraciones de petición de misericordia. Es un gesto de las primeras épocas de la Iglesia. Con el desarrollo de la misa de cara al pueblo, este gesto se ha hecho más amplio y relajado pero puede llegar a ser exagerado. No es fácil normalizar este gesto como puede apreciarse en la concele­bración. El celebrante y concelebrantes extienden las manos hacia adelante, las palmas hacía abajo, en la epíclesis de la Plegaría Eucarística. Es un signo de invocación al Espíritu Santo, que tiene su origen en un gesto del Antiguo Testamento. Durante las palabras de la institución, los concelebrantes, si el gesto parece oportuno, extienden su mano derecha hacia el Pan y hacia el cáliz.

Mientras debe de realizarse una acción con una mano (por ejemplo, al bendecir o al cambiar la página del misal), hay que evitar que la otra mano quede en el aire. Para ello, debe colocarla sobre el pecho, cuando el celebrante está en la sede, o sobre el altar, cuando está frente a éste.

En esto último hay una regla: al poner la o las manos sobre el altar, se suele apoyar toda la mano extendida, y entre la consagración y la purificación se pone sobre el corporal; fuera de este periodo, se coloca fuera del corporal[2].

En una bendición solemne u oración sobre el pueblo, las manos del sacerdote se extienden de la misma manera cara al pueblo, sí bien deberían estar un poco más elevadas, con las palmas hacía abajo.

En cambio, parece mejor evitar los siguientes gestos: la anti­gua práctica de manos enfrentadas, las palmas de cara al pueblo en una posición que parece defensiva así como un alargamiento o elevación excesiva de las manos –que no se puede mantener durante mucho tiempo–, o mover las manos hacia arriba y hacia abajo a la par que se va leyendo.

 [1] CO nº 107.

[2] https://liturgiapapal.org/index.php/manual-de-liturgia/acciones-ceremoniales/262-la-posici%C3%B3n-de-las-manos-en-la-liturgia.html

28.10.22

POSTURAS REVERENTES

Dentro de la serie de artículos dedicados a los signos y posturas litúrgicas abordamos hoy las posturas reverenciales.

Existen dos posturas para indicar reverencia: la inclinación y la genuflexión. Hoy analizamos la inclinación, dejando la genuflexión para otro artículo.

La inclinación indica reverencia y honor a las personas o a los signos que representan. Puede ser de dos tipos: inclinación de cabeza e inclinación de cuerpo o profunda, que se hace desde la cintura.

La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo las tres Divinas Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa[1].

La inclinación de cuerpo o reverencia profunda se le hace al altar, cuando no está allí el sagrario con el Santísimo; también se debe hacer inclinación profunda cada vez que se sirva al obispo o se pase por delante de él.

Saludan al Obispo con inclinación profunda los ministros, los que se acercan a él para servirlo, o terminado el servicio, se retiran, o pasan delante de él.  Cuando la cátedra del Obispo está detrás del altar, los ministros saludan o al altar o al Obispo, según se acerquen al altar o al Obispo, pero eviten, en cuanto sea posible, pasar entre el Obispo y el altar, a causa de la reverencia a ambos. Si acaso en el presbiterio están presentes varios Obispos, se hace reverencia sólo al que preside[2].

Se debe hacer reverencia profunda en el Credo Nicenoconstantinopolitano o Símbolo en las palabras y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre: si se trata del  Credo Apostólico en las palabras que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, arrodillándonos si es la solemnidad de Navidad o la fiesta de la Anunciación del Señor. El diácono hace la misma inclinación cuando pide la bendición antes de la proclamación el Evangelio. Si es un concelebrante quien proclama el Evangelio y preside otro presbítero no tiene que pedirle la bendición, si está el obispo sí.  

Asimismo, la bendición presidencial que concluye la misa se debe recibir con inclinación. Si hay diácono dirá la monición diaconal Inclinaos para recibir la bendición. Al terminar la misa el sacerdote y el diácono, si lo hay, veneran al altar con un beso y hacen reverencia profunda. Los concelebrantes no besan al altar y hacen solo reverencia profunda. También la hacen al despedirse el resto de los ministros (acólitos).

También el pueblo hace reverencia profunda tras la ostensión del Pan y del Vino, si no se ha permanecido de rodillas, al tiempo de la genuflexión que hace el sacerdote.

El turiferario hace reverencia profunda antes y después de las incensaciones y en algunas otras ocasiones en que está dispuesto. Deben hacer inclinación profunda al altar, que simboliza a Cristo, y no al sacerdote, como equivocadamente se hace a veces, todas aquellas las personas que suban al presbiterio para realizar alguna función, como por ejemplo los lectores o los que van a hacer las peticiones de la Oración Universal de los Fieles, que vulgarmente llamamos preces, tanto al llegar como al marcharse. Si está al obispo se le hace a él la reverencia.

Las personas que son incensadas, no por ellas mismas sino por lo que representan, no deben devolver la reverencia al turiferario, como normalmente observo que se hace. La persona reverenciada no hace reverencia al ministro turiferario ya que no tiene sentido.

También el rito de la incensación expresa reverencia y oración.



[1] OGMR 275

[2] Ceremonial de los Obispos  76-78

 

25.10.22

ORAR DE RODILLAS

Dentro de la serie de artículos dedicados a las posturas reverentes hoy vamos a escribir sobre la postura de rodillas. En la tradición judía, la postura propia del orante era de pie y sólo en ocasiones de especial solemnidad o de fervor excepcional se ponían de rodillas. Orar de rodillas es cosa bien distinta de la genuflexión. Es un gesto todavía más elocuente que la genuflexión o la inclinación de cabeza, que puede tener varias connotaciones: a veces es gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado, otras veces es gesto de sumisión y dependencia o bien, sencillamente, puede ser una postura de oración concentrada e intensa. Esta postura la encontramos muchas veces en la Biblia, cuando una persona o un grupo quieren hacer oración o expresan su súplica, como también fue la actitud de Cristo en su agonía en el Huerto de los Olivos del Huerto:

Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,41-42)

En los primeros siglos no parece que fuera usual entre los cristianos el orar de rodillas. Más aún, el Concilio de Nicea lo prohibió explícita­mente para los domingos y para todo el Tiempo Pascual, tiempo festivo.  En el vigésimo canon del Primer Concilio de Nicea (325) los padres sinodiales establecieron  lo siguiente:

Debido a que hay algunos que se arrodillan en el día del Señor y en los días de Pentecostés [los cincuenta días entre Pascua y el domingo de Pentecostés]:que todas las cosas se realicen uniformemente en todas las parroquias o diócesis, le parece bien al Santo Sínodo que todos hagan las oraciones [tas euchas] a Dios de pie.

San Basilio llamaba al estar de rodillas como penitencia menor, en oposición a la postración o penitencia mayor.

Más bien esta postura de rodillas se reservó para los días penitenciales y, como una costumbre que llegó hasta nuestros días, en las Témporas, cuando se nos invitaba a ponernos de rodillas para la oración después del Kyrie:  flectamus genua (doblemos las rodillas) hasta que el diácono decía: Levate (levantaos). Hoy día esa invitación ha quedado como monición del diácono, en la Oración de los Fieles del Viernes Santo. Actualmente son las conferencias episcopales las que pueden determinar que se conserve esa tradicional monición diaconal.

A partir de los siglos XIII-XIV, la postura de rodillas se convirtió en la más usual para la oración, también dentro de la Eucaristía. La práctica de arrodillarse durante la consagración se introdujo durante la Edad Media, y está en relación con la elevación que se originó en el mismo período

Actualmente durante la Misa sólo se indica este gesto para los fieles durante el momento de la consagración, desde la epíclesis, expresando así la actitud de veneración. Antes de la actual reforma litúrgica se estaba de rodillas durante toda la Plegaria eucarística, así como para recibir la comunión o al recibir la bendición. También se debe recibir la absolución en el sacramento de la penitencia de rodillas.

Orar de rodillas sigue siendo una actitud indicada para la oración per­sonal, sobre todo cuando se hace delante del Santísimo. También se puede orar de rodillas delante de las imágenes de Cristo, la Virgen, de los santos o en cualquier lugar, ya que es una postura del orante para su personal recogimiento.

 


2.10.22

LAS POSTURAS Y LOS SIGNOS LITÚRGICOS

 Tras el paréntesis vacacional reiniciamos con una serie de artículos que trataran sobre las posturas, los gestos y los signos de reverencia que se emplean en la Liturgia.

Y comenzamos recordando las posturas corporales que hay que tener en la misa.

La Ordenación General del Misal Romano –OGMR– da unas normas claras de las posturas corporales que hay que adoptar durante la Eucaristía. Para el Misal Romano La postura corporal que han de observar todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes[1]. De lo anterior se deduce que una postura unánime es también un signo de comunión. 

Las posturas corporales que el Misal Romano indica son las que resumimos a continuación:

* DE PIE Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante la profesión de fe y la oración de los Fieles; y también desde la invitación Orad hermanos que precede a la oración sobre las ofrendas hasta el final de la Misa, excepto en los momentos que luego se enumeran[2].

* SENTADOS En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial que preceden al Evangelio; durante la homilía, y mientras se hace la preparación de los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión.

* DE RODILLAS Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración. La costumbre de algunas personas de permanecer de rodillas durante toda la Plegaria Eucarística debe respetarse.

¿Qué costumbres no respetan estas normas? Pues, por un lado, está la costumbre casi generalizada de permanecer sentados durante la oración sobre las ofrendas. Hay que ponerse en pie al Orad hermanos, no después. Todas las oraciones de la misa se escuchan de pie, que es la postura propia del orante, salvo durante la consagración.

En la consagración, que muchas personas tiene por costumbre permanecer de pie sin motivo aparente, hay que arrodillarse en la primera epíclesis (invocación al Espíritu Santo) y ponerse de pie en la aclamación que la remata, que tiene tres fórmulas que ofrece  el Misal: Este es el sacramento de nuestra fe, dice el presidente y respondemos con la aclamación Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Si el que preside dice: Aclamad el misterio de la redención, la asamblea aclama: Cada vez que comemos de este pan y  bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Y si dice: Cristo se entregó por nosotros la aclamación de la asamblea es:

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor.

Las aclamaciones se dicen de pie, no se puede aclamar de rodillas. De pie es la postura propia para aclamar, como el Aleluya,

Recordamos que también en la vida civil nos ponemos de pie tras un concierto para aplaudir a la orquesta, una representación teatral,  tras el gol de nuestro equipo o una buena faena de un torero.

 

 

 

 



[1] OGMR 42

[2] OGMR 43

11.6.22

LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 Comenzamos aclarando que, litúrgicamente, la solemnidad está trasladada al domingo, por lo tanto este año de 2022 se celebrará el domingo 19 de junio. La solemnidad es una fiesta variable, que depende del domingo de Pentecostés. Antes de la reforma litúrgica, se celebraba a los diez días después de la solemnidad de Pentecostés. No obstante, en Sevilla y en otras ciudades, como Toledo y Granada, continua saliendo la solemne procesión en jueves, debido al gran arraigo popular de la celebración, procesión a la que se suman representaciones de todas las instituciones y hermandades de penitencia, gloria y sacramentales de la ciudad. Su nombre es el de Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Es una fiesta de origen medieval. Hay dos hechos que influyeron en la creación de esta fiesta: las revelaciones de la beata Juliana de Lieja y el milagro eucarístico acaecido en Bolsena (Viterbo, Italia) en 1263 que consistió en la caída milagrosa de la Sagrada Forma de gotas de sangre al dudar el sacerdote de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, cuando oficiaba misa junto al lago de Bolsena, lo cual hizo aumentar mucho el fervor eucarístico que se produjo a partir del siglo XII.  El papa Urbano IV, mediante la Bula Transiturus de hoc Mundo de 11 de agosto de 1264, la extendió a toda la Iglesia, centrándola en un culto popular. Así pues, la festividad del Corpus se remonta al año 1264, cuando el papa Urbano IV la instituyó por la Bula, siendo Aragón el primer reino español en celebrarla.

La solemnidad se centra en la adoración de la eucaristía en la que Cristo está presente verdadera, real y sustancialmente. Una presencia que se prolonga fuera de la misa en el sagrario. No tiene el mismo sentido que las procesiones eucarísticas que llamamos de «impedidos», en las cuales, de manera solemne, se lleva la comunión en tiempo pascual a los enfermos que la pidan. En el Corpus no se reparte la comunión, es un acto de adoración y reconocimiento de la presencia real y verdadera de Cristo en la Sagrada Forma.

Ese día la colecta se dedica, obligatoriamente, para la caridad.

Peculiar de ese día y la octava, en la catedral de Sevilla, es el baile de los niños seises, con vestidos rojos, ya documentados desde 1508 pero tal como hoy los conocemos datan de 1613 como 10 niños que bailan ante el Santísimo gracias al clérigo Mateo Vázquez de Leca, quien constituyó una fundación para tal fin. En 1665 se incorporó este baile a la Inmaculada y en 1695 se introdujo en el triduo de carnaval. El baile que interpretan los seises, con forma de villancico, aun siendo un sólo baile, tiene como cuatro partes: introducción (con genuflexión descubierta la cabeza), estribillo, copla y repetición del estribillo. El estribillo termina siempre con el toque de castañuelas por parte de los niños seises.

En la liturgia de esa solemnidad es característica la Secuencia Lauda, Sion, Salvatorem que se lee o canta actualmente antes del Aleluya. En la Liturgia actual sólo han quedado cuatro Secuencias: de la Pascua, Pentecostés, Virgen de los Dolores y la del Corpus. La Dies Irae para las misas de Requiem de difuntos se suprimió tal vez por su sentido apocalíptico.

Y termino con una anécdota referida precisamente a la Secuencia.

El papa Urbano IV dispuso que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa de la solemnidad. Solicitó a los más brillantes teólogos que elaboraran una composición en honor del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo y la presentaran días después, con el fin de escoger la mejor. Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás de Aquino. Serena y tranquilamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él.

Fray Buenaventura, franciscano, al escuchar aquella composición de fray Tomás tomó su composición y la rasgo en dos. Los demás teólogos lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera a fray Tomás de Aquino con su hermosa composición. Dicha composición es la que comienza así:

Alaba, Sión, a tu Salvador;

alaba a tu guía y pastor

con himnos y cánticos.

 

5.6.22

PENTECOSTÉS: SIGNIFICADO Y LITURGIA.

 A los cincuenta días después de la Pascua la Iglesia celebra, como solemnidad, Pentecostés, la venida del Espíritu sobre el Colegio Apostólico presidido por la Virgen y que en Andalucía tiene su plasmación festiva con la romería del Rocío, el lunes de Pentecostés (la Blanca Paloma).

También Pentecostés es una fiesta judía, en la cual el pueblo de Israel conmemora la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley en el monte Sinaí, la Alianza de Yahvé con el pueblo judío a los cincuenta días de su salida de Egipto.  Al principio se llamaba fiesta de la cosecha o de los primeros frutos, celebrándose a los 49 días de Pascua, y al incluir los rabinos en el cómputo de días el mismo día de Pascua la llamaron fiesta de los cincuenta días que es lo que en definitiva significa en griego Pentecostés. En España la llamamos también Pascua granada, términos que al igual que el de Pascua florida para Resurrección son inequívocamente agrícolas. 

En la Iglesia Católica sólo es festivo actualmente el domingo de Pentecostés, habiéndose suprimido primero la octava desde 1970 en que pasó a tres días y posteriormente sólo al lunes, día grande en el Roció. El sentido actual de la fiesta de Pentecostés hay que enmarcarla como final del ciclo pascual, como colofón de la cincuentena y no como una segunda Pascua. Hay que evitar que parezca una fiesta aparte, sin relación con el ciclo pascual del cual se convierte en su final. No es tampoco una fiesta del Espíritu Santo, muy presente ese día, sino la culminación de ese único gran día festivo que es la Pascua.

La recientemente pasada solemnidad de la Ascensión del Señor, que antes se celebraba a los 40 días de la Pascua, se pasó al domingo siguiente, y era uno de los «tres jueves que resplandecen más que el sol», junto al Jueves Santo y al Corpus Christi. En la actualidad hay cuatro domingos consecutivos con solemnidades importantes del Señor relacionadas con el ciclo de Resurrección: Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad y Corpus, estas dos últimas ya en el llamado Tiempo Ordinario. Asimismo, en España se celebra el jueves posterior a Pentecostés la fiesta de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, introducida para España en 1973. Estamos pues en la época más densa del ciclo de las fiestas del Señor.

La liturgia nos ofrece en Pentecostés Misa para la vigilia y para el día. En el leccionario del día la primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles: «Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar». Hermosísimo es el salmo: «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra». Todas las lecturas hacen referencia al Espíritu que se nos envía. El evangelio de Juan nos presenta a Jesús apareciéndose en el Cenáculo y exhalando su aliento sobre los apóstoles. Característica de este día es la lectura de la invocación al Espíritu Santo en la llamada «Secuencia» que comienza: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo”, que se lee antes del Evangelio. Con Pentecostés se acaba el tiempo pascual y comienza la segunda parte del Tiempo Ordinario, que nos llevará a un nuevo Adviento.

Las vestiduras de los ministros (casulla y estolas) ese día son rojas. Terminamos relacionando los siete dones y los frutos del Espíritu Santo. Como dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad, y Temor de Dios. Los frutos del Espíritu Santo: Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Longanimidad, Bondad, Benignidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Continencia y Castidad.

¡Que el Señor los derrame en abundancia sobre nosotros!

29.5.22

EL RITO DE LA INCENSACIÓN III

Terminamos esta serie de artículos sobre la incensación con unos consejos prácticos dirigidos al turiferario.

El turiferario debe tener en cuenta que el incienso siempre lo pone el sacerdote que preside y lo pondrá antes de cada momento en que tenga que usarlo. Así pues, el turiferario ofrecerá en los momentos oportunos el incensario al sacerdote. Debe saber que el sacerdote bendecirá el incienso recién impuesto, sin decir nada, por lo que debe esperar a este rito para retirar o entregarle el incensario.  De igual forma el turiferario (sea diácono o acolito) siempre hará reverencia a la persona que vaya a incensar, antes y después de realizada la acción –sólo incensará, si procede, al sacerdote, al pueblo y en el momento de la ostensión del Pan y el Vino recién consagrados. No debe hacer reverencia en el momento de ofrecer el incensario para que se ponga incienso sino solamente cuando va a incensar, excepto si sirve al obispo. Si hay presencia de diácono, el turiferario se limitará a pasárselo en los momentos oportunos y en este caso su misión se limita transportar el incensario, darlo y retirarlo. También debe saber que, salvo los momentos prescritos para incensar, el resto del tiempo no debe mover el incensario.
Hacemos un recorrido por su servicio en el supuesto, el más frecuente, de que no haya diácono.
a) En la sacristía ofrecerá el incensario al sacerdote para que éste ponga incienso.
b) En la procesión de entrada, el turiferario abre marcha. Lleva el incensario con su mano derecha, moviéndolo de atrás para adelante, siempre en el sentido de la marcha y nunca de derecha a izquierda, para evitar golpear a otros. Su mano izquierda irá colocada en el pecho. A su izquierda va el portador de la naveta.
c) Al llegar al presbiterio hace reverencia al altar y sube por su izquierda, colocándose en un lugar discreto. Al llegar el sacerdote le ofrece el incensario para que ponga incienso y se lo entrega para que el sacerdote inciense al altar, la cruz y las imágenes. Acabado el rito recoge de manos del sacerdote el incensario y se retira a su sitio.
d) En el momento del Aleluya el turiferario se acercará de nuevo al sacerdote y se lo ofrecerá para que ponga incienso. En el momento preciso se dirigirá al ambón encabezando la procesión del Evangelio y se situará a la derecha del sacerdote –o diácono– para entregárselo cuando lo pida para incensar al Evangelio, tras las palabras «Lectura del Santo Evangelio según ...». Después lo recoge y se retira. Debe moverlo moderadamente durante la proclamación del Evangelio.
e) Una vez preparadas las ofrendas procede su incensación. En este momento el turiferario se acerca al sacerdote para que ponga incienso. El sacerdote incensará a las ofrendas, a la cruz y al altar, por ese orden, A continuación, entregará el incensario al acólito turiferario. Éste incensará al sacerdote con tres golpes dobles (su nombre técnico sería tres ductus de dos ictus cada uno). Posteriormente incensará a los concelebrantes, si los hubiese, y después, dirigiéndose al centro del presbiterio y cara al pueblo lo incensará, siempre con tres golpes dobles. Primero al centro, luego a la izquierda y finalmente a la derecha. Acabado el rito se retira a su sitio.
f) El último momento del empleo del incienso en la celebración eucarística llega en el momento de la consagración. Tras el santus el turiferario se colocará de rodillas delante del altar e incensará en el momento de la elevación (ostensión) del Pan y del Vino, también con tres golpes dobles. Se levantará tras la elevación del cáliz de manera que en la frase «Este es el sacramento de nuestra fe» y la posterior aclamación del pueblo esté ya en pie. Después se retira a su sitio.
g) Desde ese momento solamente interviene si hay Salve o se canta algún himno a una imagen expuesta solemnemente, ofreciendo el incensario al sacerdote para que inciense a la imagen mariana y retirándolo posteriormente.
h) En la procesión de salida procede igual que en la de entrada.
Como hemos visto, salvo al Santísimo que se le inciensa de rodillas, en los demás casos siempre es de pie.

 

 

18.5.22

EL RITO DE LA INCENSACIÓN II

 No es fácil precisar exactamente cuándo se introdujo el incienso en la Liturgia de la Iglesia. No hay pruebas disponibles que muestren su uso durante los primeros cuatro siglos de la Iglesia, aunque hay referencias de su empleo en el Nuevo Testamento. Lucas, al inicio de su Evangelio, habla sobre el nacimiento de Juan Bautista y escribe:

 En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón, cuyo nombre era Isabel. 6Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. 7No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada. 8Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, 9según la costumbre de los sacerdotes, le tocó en suerte a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; 10la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso. 

También los Reyes Magos ofrecieron al Niño oro, incienso y mirra.

La primera referencia de su uso en el servicio de la Iglesia se encuentra en Seudo-Dionisio Areopagita, teólogo y místico bizantino del siglo V y VI. El uso tardío del incienso entre los cristianos tal vez se debió para que el pueblo no lo asimilara como un culto pagano.  

El incienso es un sacramental, utilizado para santificar, bendecir y venerar. El humo del incienso es símbolo del misterio de Dios.

El rito de incensación expresa reverencia y oración. La materia que se coloca en el incensario, debe ser incienso puro o si se le agrega algo, procúrese que la cantidad de incienso sea mucho mayor.

En la misa se usa en estos momentos:

a) durante la  procesión de entrada

b) al comienzo de la misa, para incensar el altar, la cruz y la imagen que esté expuesta de manera solemne

c) para la procesión y al Evangeliario en la proclamación del Evangelio

d) en la preparación de los dones, para incensar las ofrendas, cruz y altar, al obispo o presidente de la celebración,  a los concelebrantes y al pueblo

e) en el momento de la ostensión de la hostia y el cáliz, después de la consagración.

f) En la procesión de salida. Si se canta la Salve u otro himno a una imagen solemnemente expuesta también se la inciensa.

También se usa incienso, como se describe en los libros litúrgicos, a saber:

a) en la dedicación de una iglesia y de un altar

b) en la consagración del sagrado crisma, cuando se llevan los óleos benditos

c) en la exposición del Santísimo Sacramento con la custodia

d) en las exequias de los difuntos.

Además, el incienso se emplea de ordinario, en las procesiones de la Presentación del Señor, del Domingo de Ramos, en la Misa en la Cena del Señor, de la Vigilia pascual para incensar al cirio pascual (se colocan cinco granos de incienso en el Cirio Pascual).

e) en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; en la solemne traslación de las reliquias, y en general, en las procesiones que se hacen con solemnidad.

En Laudes y Vísperas solemnes se puede incensar el altar, al Obispo y al pueblo, mientras se canta el cántico evangélico.

El obispo,  si está en la cátedra, o en otra sede, se sienta para poner incienso en el incensario, de no ser así, pone el incienso estando de pie; el diácono le presenta la naveta y el obispo o presidente toma, de ordinario, tres cucharaditas de incienso, lo coloca en el turíbulo y bendice el incienso con el signo de la cruz, sin decir nada. Después, el diácono recibe el incensario de manos del acólito y lo entrega al obispo para que inciense las ofrendas, la cruz y el altar. Antes y después de incensar, se hace inclinación profunda a la persona u objeto que se inciensa; se exceptúan el altar y las ofrendas para el sacrificio de la Misa.

Sobre la manera de incensar, se hace así: con tres movimientos dobles se inciensa al Santísimo Sacramento, la reliquia de la Santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas solemnemente, también las ofrendas, la cruz, el Evangeliario el cirio pascual, el obispo o el presbítero celebrante, la autoridad civil que por oficio está presente en la sagrada celebración y el pueblo, sí como el cuerpo del difunto.

Con dos movimientos dobles se inciensan  las reliquias e imágenes de los santos expuestos para pública veneración.

El altar se inciensa con movimientos  sencillos de la siguiente manera

a) Si el altar está separado de la pared, el  obispo lo inciensa pasando alrededor del mismo

b) Si el altar está unido a la pared, el obispo,  mientras va pasando, inciensa primero la parte derecha, luego la parte izquierda del altar. Si la cruz está sobre el altar o cerca de él, se inciensa antes que el mismo altar, de no ser así,  el obispo la inciensa cuando pase ante ella. Las ofrendas  se inciensan antes de la incensación del altar y de la cruz. El Santísimo Sacramento se inciensa de rodillas.

Las reliquias y las imágenes sagradas expuestas a la  veneración pública se inciensan después de la incensación del altar. En la misa, sin embargo, únicamente  al inicio de la celebración.

El obispo, tanto en el altar como en la cátedra, recibe la incensación estando de pie, sin mitra, a no ser que ya la tenga. El diácono o el acólito inciensa después a todos los concelebrantes al mismo tiempo. Por último, el diácono o el acólito inciensa al pueblo desde el sitio más conveniente. 

El que preside la Nación, y que viene por oficio a la sagrada celebración, donde existe la costumbre, es incensado después del obispo.

4.5.22

EL RITO DE LA INCENSACIÓN (I)

En una serie de tres artículos vamos a analizar el rito de la incensación. Comenzaremos diciendo que el incienso es una sustancia aromática que se obtiene de ciertos árboles resinosos y se emplea principalmente con fines de culto religioso. La palabra también se utiliza para señalar el humo o perfume que surge cuando se quema el incienso. Del latín «incendere» deriva incensario, y de la raíz griega «thus» proviene turíbulo y turiferario.

 SU USO EN LAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS

Las religiones han empleado desde hace mucho tiempo el incienso en sus ceremonias litúrgicas. Heródoto ya da noticias de su uso entre los asirios y babilonios, mientras que en relieves egipcios se representa a los reyes y dioses recibiendo el incienso, como signo de honor y respeto.

 Estos incensarios, con forma de brazo humano, sostenían un cuenco lleno de carbón. El oficiante seleccionaba las bolitas de resina de un pequeño compartimento situado a lo largo y las echaba en el cuenco. Los faraones llegaban incluso a cultivar árboles de incienso, o se importaban las resinas para los templos y tumbas egipcias. Al incienso se le atribuían múltiples propiedades, como la fertilidad o la capacidad de dar la vida.

El incienso significa reverencia y oración, pero en un nivel más profundo evoca incluso la presencia real de la divinidad mediante la creación de la «fragancia de los dioses»[1].

 Los romanos también quemaban incienso y perfumes en sus ritos domésticos durante las celebraciones privadas como bodas y funerales, pero también para solicitar favores o dar las gracias a los dioses.

 EL INCIENSO EN EL PUEBLO JUDIO

El uso del incienso entró extensamente al ritual judío, en el cual se utilizaba especialmente en relación con las ofrendas eucarísticas de aceite, frutas y vino o los sacrificios incruentos. Por mandato de Dios, Moisés construyó un altar del incienso (Éx. 30), sobre el cual se quemaban las especies y gomas más dulces, y la función de la renovación diaria se le encomendó a una rama especial de la tribu levítica (1 Crón. 9,29). El incienso aparece en el Talmud y se menciona numerosas veces en la Biblia. La utilización del incienso en el culto judío continuó mucho después del comienzo del cristianismo y fue una influencia evidente en el uso de la Iglesia católica en las celebraciones litúrgicas.

 Así lo narra el libro del Éxodo: Harás un altar para quemar el incienso; lo harás de madera de acacia. 2Medirá medio metro de largo por medio metro de ancho; será cuadrado y tendrá un metro de alto. De él arrancarán unos salientes. 3Revestirás de oro puro la parte superior, sus lados y sus salientes, y le harás alrededor una cenefa de oro. 4Debajo de la moldura, a sus dos costados, le harás dos anillas, por las que se meterán los varales para transportarlo. 5Harás los varales de madera de acacia y los revestirás de oro. 6Colocarás el altar delante del velo que tapa el Arca del Testimonio y delante del propiciatorio que cubre el Testimonio, donde me encontraré contigo. 7Aarón quemará sobre él incienso aromático; lo quemará cada mañana, cuando prepare las lámparas; 8también lo quemará al atardecer, cuando Aarón encienda las lámparas. Será un incienso perpetuo, de generación en generación, ante el Señor. 9No ofreceréis sobre él incienso profano, ni holocausto, ni ofrendas, ni derramaréis sobre él libación alguna. 10Una vez al año Aarón hará la expiación sobre los salientes del altar; con la sangre de la víctima expiatoria hará sobre él expiación una vez al año en vuestras sucesivas generaciones. Este altar será muy santo para el Señor».

 



[1] http://www.historiayarqueologia.com/2016/09/el-incienso-en-el-antiguo-egipto-algo.html