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14.3.21

LA VIGILIA

Vamos en este artículo a analizar el concepto de «vigilia» en su significado litúrgico, ya que también es un término que se usa en el lenguaje ordinario.

En primer lugar diremos que la palabra «vigilia» viene de velar y significa exactamente «noche de vela», o sea, noche que se permanece despierto para realizar alguna acción o espera vigilante. Los judíos lo hacen la noche del 14 de Nisán, en recuerdo de éxodo de Egipto. Los cristianos lo hacemos en la noche pascual.

En el tiempo de Cuaresma es, o más bien era, frecuente oír decir que «hoy es vigilia». Incluso algunos establecimientos de comida, bares y restaurantes lo ponían en un cartel. Ese sentido, que es el que consideramos que actualmente tiene el pueblo de la vigilia, se refiere en realidad a la abstinencia de comer carne en los viernes cuaresmales. Así, hay platos especialmente preparados para estas fechas, menús de vigilia, donde el bacalao, los potajes y la repostería propios de este tiempo (torrijas, pestiños, mantas doblás) son los reyes de la mesa los viernes cuaresmales.

En realidad, el término vigilia se utiliza como sinónimo de abstinencia de carne. Pero el auténtico concepto de vigilia poco tiene que ver con esa idea, salvo identificar abstinencia con penitencia.

La noción de vigila en épocas medievales y posteriores se refería a un día penitencial que precedía a un día festivo. Este concepto ha quedado abolido desde la reforma litúrgica del Vaticano II y ha evolucionado a otros significados.

La oración nocturna ha tenido siempre un lugar importante en la espiritualidad cristiana y en la Liturgia. Expresa y estimula la espera del Señor que vino, que resucitó y que volverá[1].

La Iglesia siempre observó intensamente la vigilia pascual, al principio con una vela de noche entera que culminaba con la celebración de los bautismos y de la eucaristía. A imitación de esta vigila, las Iglesias fueron inaugurando con una vigilia algunas solemnidades, tales como Navidad y Pentecostés. Incluso el aniversario de los santos, celebrados junto a sus tumbas, incluían unas vigilias.

Hoy día, la vigilia, salvo la pascual, se refiere a la «misa de la vigilia», misa que puede celebrarse en la tarde anterior a alguna solemnidad, con rito festivo y/o a algunas celebraciones de la Palabra de Dios.

Solo tienen misa de vigila las solemnidades de Pentecostés y Navidad (en el Propio del tiempo) y las del Nacimiento de san Juan Bautista, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y de la Asunción de la Virgen María (en el Propio de los Santos)[2].

También pueden celebrarse vigilias en torno a la muerte de un cristiano, no necesariamente con carácter nocturno, con salmos, lecturas y oraciones.  Además, en las comunidades contemplativas, se mantienen los Maitines, como evolución del Oficio de Lecturas nocturno, que fue pasando a primera hora de la mañana, a la hora del canto del gallo, gallicinium,  aunque conserva el carácter de alabanza nocturna.

El Ceremonial de los Obispos (CO) recomienda realizar celebraciones de la Palabra en algunas vigilias.

Conviene, por lo tanto, que en las celebraciones de la Palabra de Dios,  sobre todo en las vigilias de las fiestas más solemnes, en algunas ferias de Adviento y Cuaresma y los domingos y día festivos se realicen este tipo de celebraciones, bajo la presidencia del obispo y, preferentemente, en la iglesia catedral[3]. Aquí se entiende que se refiere a la víspera.

Terminamos recordando las leyes sobre el ayuno y la abstinencia.

El CDC dedica los cánones 1249 al 1253 a esta cuestión.

1249 Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.

1250  En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.

1251  Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. (El Sábado Santo se recomienda).

1252 La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.

1253 La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad.

 



[1] A-G. Mortimort, La Iglesia en Oración.

[2] NUAL Capítulo II- 1.

[3] CO 223

7.3.21

UNA DEVOCIÓN PERDIDA: LAS ESTACIONES CUARESMALES

Ante todo, explicamos el sentido de la palabra estación, que viene del latín stare, statio —estar de pie, detenerse—- Así, en el lenguaje común hablamos de estaciones de autobús, de tren, etc. También hablamos de las estaciones del vía crucis o de las estaciones en las procesiones con el Santísimo. Hacer estación es llegar a un lugar, generalmente en procesión, para allí realizar algún acto, en este caso religioso.

Durante los primeros años del cristianismo existía la costumbre de reunirse la comunidad en los días de ayuno y oración —miércoles y viernes— pero sobre todo se aplicó a las convocatorias comunitarias de Roma, que, presididas por el Papa, se tenían en determinadas iglesias en Cuaresma[1]. Posteriormente comenzó a llamarse así a toda celebración presidida por el obispo, para subrayar el sentido teológico de la comunidad en torno a su pastor, como afirma Aldazábal. De ahí viene el nombre de «misa estacional» a las celebradas por el obispo en determinadas circunstancias y de la misa statio orbis con que finalizan los congresos eucarísticos internacionales.

En Roma las estaciones consistían en la reunión del pueblo en una iglesia menor y de allí, presididos por el Papa, tras unas oraciones, marchaban en procesión a una iglesia de más importancia (al principio a Letrán o a San Pedro, dependiendo del tiempo litúrgico).

La reunión del clero y de los fieles (collecta) se hacía en una iglesia determinada, desde la cual se iba en procesión, cantando salmos y letanías, hasta la iglesia de la estación donde el Papa celebraba la misa[2].

Esta costumbre fue imitada en otras ciudades, en las que el obispo era quien presidía la estación. En los años iniciales del Concilio Vaticano II esta práctica cayó en clara decadencia, por ser consideradas obsoletas y anacrónicas por una parte del clero. Hoy podemos decir que viven una época de progresiva recuperación.

Se practican hoy en la urbe —Roma— cuarenta y cuatro estaciones cuaresmales y ocho pascuales, con dos celebraciones, una matutina, y otra vespertina, ésta solemne celebrada por un obispo o, cuando es posible, por el mismo cardenal titular[3].

La primera de las estaciones cuaresmales, la única que actualmente preside el Papa, se realiza el Miércoles de Ceniza. El Papa comienza esta liturgia —cuando las circunstancias lo permiten— en el templo de San Anselmo del Aventino, seguida de la procesión penitencial a la basílica de Santa Sabina.

El Ceremonial de los Obispos dedica su capítulo V a «Las Asambleas Cuaresmales». Allí se recomienda conservar y fomentar las celebraciones litúrgicas cuaresmales a modo de las antiguas estaciones romanas y que se mantengan y se impulsen las asambleas de la Iglesia local, al menos en las ciudades más importantes y hacerlo en domingo u otro día oportuno junto a los sepulcros de los santos o en las iglesias más importantes de la ciudad. También, en su número 261, describe pormenorizadamente el desarrollo del rito, que es como sigue:

En un lugar adecuado, el obispo se reviste con los ornamentos sagrados de color morado, necesarios para la misa. En lugar de casulla puede llevar capa pluvial, que deja cuando finalice la procesión. Recibe la mitra sencilla y el báculo, y, con los ministros y, si es el caso, con los concelebrantes revestidos para la misa, se dirige al lugar donde se encuentra reunida la asamblea, mientras se canta un canto adecuado.

Finalizado el canto, el obispo deja la mitra y el báculo, y saluda al pueblo. Después, tras una breve monición que hace él mismo, el concelebrante o el diácono, el obispo, con las manos extendidas, dice la oración colecta sobre el misterio de la Santa Cruz, o por la remisión de los pecados, o por la Iglesia, especialmente la local, o pronuncia una de las oraciones sobre el pueblo que hay en el Misal. Luego, el obispo, recibida la mitra, si es oportuno, pone incienso en el incensario y el diácono anuncia: «Vayamos en paz»; se ordena la procesión hacia la iglesia, mientras se cantan las letanías de los santos. En el lugar correspondiente se pueden intercalar las invocaciones al santo patrón, del fundador y de los santos de la Iglesia local. Una vez que la procesión llega a la iglesia, todos se colocan en los lugares que tienen asignados. El obispo, cuando llega al altar, deja la mitra y el báculo, y venera e inciensa el altar. Después, se dirige a la cátedra, donde deja la capa pluvial, si la llevaba en la procesión, y recibe la casulla; y, omitidos los ritos iniciales y, si es oportuno, el Señor, ten piedad, dice la oración colecta de la misa. Luego continúa la misa como de costumbre (CO 261).

Finalizamos con una observación de Ramón de la Campa, que señala que es importante recordar que debemos situar aquí —en las estaciones cuaresmales romanas— el antecedente de nuestros desfiles procesionales de Semana Santa, que se configuran también como estaciones penitenciales[4].

 



[1] José Aldazábal, Vocabulario básico de Liturgia

[2] A.G. Martimort, La Iglesia en oración, pág 817

[3] Ramón de la Campa en Revista Cabildo, Murcia, 2014, pág 83.

[4] Ibidem  pág 83

23.1.21

SOBRE EL NOMBRAMIENTO DE LOS OBISPOS DIOCESANOS

En este articulo vamos a abordar un cuestión  que no es de Liturgia, sino de Código de Derecho Canónico, pero de actualidad, porque siempre hay alguna sede vacante que cubrir o un obispo dimisionario a quien sustituir. Cuando un obispo dimite, bien por edad o por enfermedad el pueblo se pregunta ¿Por qué no viene ya el sustituto, por qué la Iglesia (no sólo la Iglesia) es tan lenta en tomar decisiones?

Bien, vamos a analizar lo que dispone el Código de Derecho Canónico al respecto. El procedimiento es complejo y laborioso, necesariamente lento.   

En primer lugar veamos el canon 401 § 1.Al Obispo diocesano que haya cumplido setenta y cinco años de edad se le ruega que presente la renuncia de su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias.

 § 2.    Se ruega encarecidamente al Obispo diocesano que presente la renuncia de su oficio si por enfermedad u otra causa grave quedase disminuida su capacidad para desempeñarlo.

Así pues vemos que hay dos motivos para presentar la renuncia: la edad y la causa grave de salud. Ambos requisitos se dan en don Juan José.

Y sigue: 402 § 1.    El Obispo a quien se haya aceptado la renuncia de su oficio conserva el título de Obispo dimisionario de su diócesis, y, si lo desea, puede continuar residiendo en ella, a no ser que en casos determinados por circunstancias especiales la Sede Apostólica provea de otra manera.

 § 2.    La Conferencia Episcopal debe cuidar de que se disponga lo necesario para la conveniente y digna sustentación del Obispo dimisionario, teniendo en cuenta que la obligación principal recae sobre la misma diócesis a la que sirvió.

El canon 376 dispone que Se llaman diocesanos, los Obispos a los que se ha encomendado el cuidado de una diócesis; los demás se denominan titulares. Y en el siguiente se dispone que  El Sumo Pontífice nombra libremente a los Obispos, o confirma a los que han sido legítimamente elegidos.

Bien, pero ¿Cuál es el procedimiento para la sustitución de un obispo? En esta cuestión en el canon 377 § 3 se indica la manera de proceder: A no ser que se establezca legítimamente de otra manera, cuando se ha de nombrar un Obispo diocesano o un Obispo coadjutor, para proponer a la Sede Apostólica una terna, corresponde al Legado pontificio investigar separadamente y comunicar a la misma Sede Apostólica, juntamente con su opinión, lo que sugieran el Arzobispo y los Sufragáneos de la provincia, a la cual pertenece la diócesis que se ha de proveer o con la cual está agrupada, así como el presidente de la Conferencia Episcopal; oiga además el Legado pontificio a algunos del colegio de consultores y del cabildo catedral y, si lo juzgare conveniente, pida en secreto y separadamente el parecer de algunos de uno y otro clero, y también de laicos que destaquen por su sabiduría.

Aclaramos. Al Papa le presenta una terna el Legado pontificio (en este caso ese papel lo asume el Nuncio), al que le corresponde investigar (se entiende que la idoneidad de los propuestos) debiendo trasmitir a la Santa Sede su propia opinión, la del presidente de la Conferencia Episcopal y la de los obispos de la provincia eclesiástica a la que pertenezca la diócesis a cubrir (en el caso de Sevilla sería a  los obispos de Sevilla, Córdoba, Huelva, Asidonia-Jerez, Cadiz-Ceuta, Tenerife y Canarias). También puede consultar a otros miembros del clero e incluso a laicos. La idoneidad definitiva corresponde a la Santa Sede

Interesante es el apartado 377 § 5.   En lo sucesivo no se concederá a las autoridades civiles ningún derecho ni privilegio de elección, nombramiento, presentación y designación de Obispos. Con esta disposición se liquida el privilegio que tenían algunos gobiernos de proponer ternas y similares y/o vetar nombres.

Una vez que el elegido recibe las cartas apostólicas (nombramiento) tiene dos meses para tomar posesión si ya es obispo o cuatro meses si no lo es, ya que tiene ser ordenado de obispo. 382  § 2.  A no ser que se halle legítimamente impedido, quien ha sido promovido al oficio de Obispo diocesano debe tomar posesión canónica de su diócesis dentro del plazo de cuatro meses a partir del momento en que recibe las letras apostólicas, si aún no había recibido la consagración episcopal, y dentro del plazo de dos meses, si ya estaba consagrado.

El canon 382 §4 dispone que Es muy aconsejable que la toma de posesión canónica tenga lugar en la iglesia catedral, con un acto litúrgico al que asisten el clero y el pueblo.

De lo cual se deduce que un presbítero puede ser nombrado obispo diocesano, debiendo ser previamente ordenado, como es lógico.

20.1.21

SOBRE LA CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE«MOTU PROPRIO SPIRITUS DOMINI

  

El pasado 10 de enero, fiesta del Bautismo del Señor, el papa Francisco ha decretado la modificación del canon 230 § 1 del Código de Derecho Canónico, ordenando su nueva redacción: Los laicos que tengan la edad y los dones determinados por decreto de la Conferencia Episcopal podrán ser asumidos establemente, mediante el rito litúrgico establecido, en los ministerios de lectores y acólitos; sin embargo, tal atribución no les da derecho al sustento ni a la remuneración por parte de la Iglesia.

Hasta este día, el canon concretaba que solo los varones laicos podían ser llamados a los ministerios del lectorado y acolitado. ¿Qué transcendencia tiene el eliminar la palabra varones y dejar solo la palabra laicos? Pues muy importante, ya que esta modificación da acceso a los ministerios instituidos a las mujeres.

Y ¿Qué son y qué funciones tienen estos ministerios laicales? A este asunto vamos a dedicar un par de artículos. Antes de comenzar hay que aclarar que esta modificación no se refiere a los llamados «acólitos» de las hermandades, ya que éstos no son acólitos propiamente dichos, sino que ejercen algunas de sus funciones. Es evidente que, si ya salían en los cultos internos y en la estación de penitencia sin ningún reparo, ahora ya no cabe duda.

Mediante el Motu Proprio Ministeria Quaedam –15-VIII-72– el papa san Pablo VI suprimió el subdiaconado y las cuatro órdenes menores –Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado–, estableciendo en su lugar los ministerios laicales del Lectorado y del Acolitado. Se estableció así una frontera clara y diáfana entre ministerios ordenados, que se confieren mediante la imposición de manos (diaconado, presbiterado y episcopado) y los demás ministerios, que pueden ser instituidos o simplemente confiados a los laicos, de manera estable u ocasional, como el caso de la persona que sale a leer o a decir unas preces. 

El Motu Proprio relaciona las funciones de cada ministro: El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura. El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor, así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

Respecto a las funciones del acólito indica: El Acólito queda instituido para ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el servicio del altar, asistir al diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del CDC o están imposibilitados por enfermedad, avanzada edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga al pueblo. Podrá también -–cuando sea necesario–  cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma. El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el iglesia sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

  

29.11.20

CALENDARIO LITÚRGICO 2021

 

El domingo 29 de noviembre de 2020 es primer domingo de Adviento, dando pues comienzo un nuevo Año Litúrgico.

Cada año litúrgico comienza siempre en las vísperas del  domingo más próximo al 30 de noviembre, fiesta del apóstol San Andrés.

El domingo pascual, núcleo del año litúrgico, quedó fijado por el Concilio de Nicea, reunido el año 325, que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena que haya después del 22 de marzo. La  Pascua de Resurrección es, por lo tanto, una fiesta variable y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores) con su final en la solemnidad de Pentecostés y el tiempo cuaresmal (cuarenta y cuatro días atrás si contamos desde el Miércoles de Ceniza al Jueves Santo), además de las solemnidades dependientes del Domingo Pascual y de Pentecostés: Ascensión, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón. 

Este año que comienza es Ciclo B, año impar.

En este nuevo año litúrgico, las festividades móviles quedan establecidas así:

Comienza el Adviento

I Domingo de Adviento: 29 de noviembre de 2020.
La Sagrada Familia: Domingo, 27 de diciembre de 2020. Fiesta.
Bautismo del Señor: Domingo, 10 de enero de 2021.  Fiesta. Finaliza el tiempo de Navidad y comienza el Tiempo Ordinario, primera parte.
Comienza la Cuaresma

Miércoles de Ceniza: 17 de febrero de 2021

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 28 de marzo de 2021.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: 4 de abril de 2021. Comienza el Tiempo Pascual.

Ascensión del Señor: Domingo, 16 de mayo de 2021. Solemnidad.
Domingo de Pentecostés: 23 de mayo de 2021. Solemnidad. Termina el Tiempo Pascual y se reanuda el Tiempo Ordinario, segunda parte.
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote: Jueves 27 de mayo de 2021. Fiesta.

Santísima Trinidad: Domingo, 30 de mayo de 2021. Solemnidad
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 6 de junio de 2021. En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior, 3 de junio de 2021. Solemnidad.

Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 11 de junio de 2021. Solemnidad
Jesucristo, Rey del Universo: Domingo  21 de noviembre de 2021. Solemnidad

 La Natividad del Señor (25 de diciembre), Epifanía del Señor (6 de enero), Transfiguración del Señor (6 de agosto) y Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) tienen fecha fija, al  igual que las solemnidades y fiestas de la Virgen María: Inmaculada Concepción (8 de diciembre), Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios (1 de enero) y Asunción a los Cielos (15 de agosto).

En el año 2021 el Tiempo Ordinario comprende 33 semanas, de las cuales las seis primeras se celebran antes de Cuaresma, comenzando el 11 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 16 de febrero, día anterior al Miércoles de Ceniza. Se reanuda de nuevo el tiempo ordinario con la VIII semana, el  24 de  mayo, lunes después del domingo de Pentecostés, hasta el sábado  27 de noviembre de 2021, vísperas del I Domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico. Este año se omite la VII semana del Tiempo Ordinario.

 FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA

- 1 enero: Santa María, Madre de Dios.

- 6 enero: Epifanía del Señor.

- 19 marzo: San José, esposo de la bienaventurada Virgen María.

- 25 julio: Santiago, apóstol.

- 15 agosto: La Asunción de la Virgen María.

- 1 noviembre: Todos los Santos.

- 8 diciembre: Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María.
- 25 diciembre: La Natividad del Señor.

Todos los días anteriores se celebran como solemnidad.

 Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo. La Iglesia considera como días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma.

Recordamos que son días de abstinencia TODOS los viernes del año (CDC canon 1251), no sólo los de Cuaresma (excepto si coinciden con alguna solemnidad), que puede sustituirse por  cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia: lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.) y mortificaciones corporales. Ayuno y abstinencia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a todos los mayores de 14 años en adelante y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años (CDC cánones 1249 y siguientes).

 

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO

Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV.

Misa
Misal Romano.
Leccionario dominical I-B
Leccionario II: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario III-impar: Ferias del Tiempo Ordinario.

Leccionario IV: Propio de los santos y misas comunes.

Leccionario V: Para las misas rituales y de difuntos
Leccionario VI: Para las misas por diversas necesidades y votivas

Oración de los fieles.

Libro de la Sede.

16.11.20

LA SEPULTURA CATÓLICA

 En este artículo vamos a tratar sobre el entierro católico, en un mes en que el pueblo dedica especialmente a rezar y recordar a sus difuntos.

En primer lugar hay que decir que, tanto la inhumación (del latín «in» (en) y «humus» (tierra) o sepultura, así como la cremación son prácticas admitidas por la Iglesia. 

El Código de Derecho Canónico (CDC) dice que  Los fieles difuntos han de tener exequias eclesiásticas conforme al derecho.  Las exequias eclesiásticas, con las que la Iglesia obtiene para los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos, y a la vez proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se han de celebrar según las leyes litúrgicas.  La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana (CDC 1176).

La cremación no es pues algo simplemente tolerado, puesto que no es intrínsecamente mala ni se exige causa justa para elegirla; pero la Iglesia prefiere la inhumación. Así pues, la Iglesia admite ambas formas, aunque aconseja la sepultura.

Otra cuestión es la referida a los cementerios.

Son lugares sagrados aquellos que se destinan al culto divino o a la sepultura de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita por los libros litúrgicos (CDC 1205). De ahí el nombre de «camposantos» a los cementerios debidamente bendecidos.

El CDC, en cánones del 1240 al 1243 nos indica que  Donde sea posible, la Iglesia debe tener cementerios propios, o al menos un espacio en los cementerios civiles bendecido debidamente, destinado a la sepultura de los fieles. Si esto no es posible, ha de bendecirse individualmente cada sepultura. Las parroquias y los institutos religiosos pueden tener cementerio propio. También otras personas jurídicas o familias pueden tener su propio cementerio o panteón, que se bendecirá a juicio del Ordinario del lugar.

Y añade que  No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos».

Añadimos que, hasta la construcción de cementerios en las afueras de las ciudades  los difuntos solían enterrarse en las plazas aledañas a las iglesias y, los que podían costeárselo, generalmente nobles o burgueses adinerados, se enterraban en capillas propias dentro de las iglesias instituyendo capellanías. Hoy día, la bella y loable costumbre de acompañar al difunto desde su domicilio a la iglesia y, posteriormente, al cementerio se mantiene en pequeñas localidades donde la distancia entre la iglesia y el cementerio es asumible.

Un tema espinoso es el referido a quién se debe denegar las exequias y la sepultura eclesiástica.

El Código de Derecho Canónico establece,  en los números 1184 y 1185 lo siguiente: Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

 1) a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

 2) a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

 3) a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles. En el caso de que surja alguna duda, hay que consultar al Ordinario del lugar, y atenerse a sus disposiciones. Sigue diciendo el Código que a quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se le negará también cualquier misa exequial. Sin embargo, en este caso se pueden decir misas privadas en sufragio de su alma, apelando a la infinita misericordia de Dios.

En el anterior Código se incluía entre las personas que no podían enterrase en sagrado a los suicidas, prohibición que ya no aparece en el actual Código de 1983, lo que permite afirmar que un suicida puede recibir exequias cristianas y enterramiento en camposanto.



 

8.11.20

LAS EXEQUIAS

 En este mes de noviembre, que el pueblo dedica especialmente a los difuntos, vamos a dedicar un par de artículos a los ritos y sacramentales referidos a los fieles difuntos. En el segundo hablaremos del entierro católico.

En primer lugar hay que definir las exequias. Podemos decir que es un sacramental, consistente en una celebración litúrgica en la cual despedimos a un hermano cristiano que ha muerto y lo encomendamos a Dios, para que le perdone sus pecados y le conceda vivir eternamente la resurrección futura que esperamos al lado de Dios. Se pueden celebrar dentro o fuera de la  Eucaristía. Si se celebra misa se la llamará misa exequial.

El rito de exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana y debe responder mejor a las circunstancias y tradiciones de cada país, aún en lo referente al color litúrgico (Sacrosanctum Concilium  81).

La celebración se inicia en la iglesia con la recepción del cuerpo del difunto por el ministro en la puerta del templo, revestido con alba y estola o con casulla, su va a oficiar misa. Tras unas palabras de saludo a los acompañantes, le rocía con agua bendecida. El difunto es conducido hasta el pie del presbiterio. El cirio pascual debe estar colocado en la cabecera del difunto, no en el ambón. El ministro saluda a la asamblea y se dirige al pueblo con unas palabras. El que preside puede encender en este momento el cirio pascual, recordando la esperanza en la resurrección que Cristo nos trae, diciendo la siguiente fórmula: Junto al cuerpo, ahora sin vida, de nuestro hermano…

Luego se lee una letanía por el difunto o el salmo 113 Dichosos los que mueren en el Señor. Se omite el acto penitencial y los kyrie y se reza la oración colecta. Después tiene lugar la Liturgia de la Palabra. La esperanza de la resurrección es el tema central en las exequias y a ella se refieren constantemente las lecturas, las antífonas y las oraciones. Puede haber tres lecturas. Después del evangelio, tiene lugar la homilía, que es obligatoria, y seguidamente la oración de los fieles. Si hay misa, sigue la liturgia eucarística como de costumbre, hasta la oración de postcomunión. Se toma el prefacio de difuntos. Después de la oración de comunión tiene lugar el rito de despedida. Si no hay misa, después de la oración de los fieles se dice la oración del Padrenuestro, y a continuación el rito de despedida.

El rito de despedida se inicia con una monición pidiendo a Dios el perdón de los pecados del difunto (Según la costumbre cristiana daremos sepultura al cuerpo de nuestro hermano….)Un familiar puede dirigirse brevemente a los presentes para agradecer la asistencia al funeral.  Seguidamente el que preside rodea el féretro asperjándolo con agua bendita. Luego, pone incienso, lo bendice y da una segunda vuelta perfumando el cadáver con el incienso. Mientras tanto, uno de los presentes puede recitar unas invocaciones, a las que el pueblo responde: Señor, ten piedad, o bien: Kýrie, eléison. Finalmente, tiene lugar una larga oración final en que se pide a Dios que abra las puertas del cielo al difunto y a los que estamos aquí nos dé el consuelo y la esperanza.

Posteriormente, el cuerpo del difunto es conducido al cementerio, donde recibe sepultura cristiana. Allí, si es posible, se hará una breve oración.

Se deben tener en cuenta los siguientes detalles:

- El cuerpo del difunto se coloca mirando hacia el altar. Si el difunto es un obispo o un presbítero, el cuerpo es colocado mirando hacia el pueblo. De esta manera recordamos que el obispo o presbítero presidía la asamblea litúrgica y en el caso del laico difunto, asistía y participaba en la asamblea litúrgica, cada uno desde su lugar.

-El color litúrgico de las exequias es el morado. En la octava de Pascua el color es el blanco, así como en las exequias de niños.

-El agua bendita que el sacerdote derrama sobre el cadáver alude al bautismo, y la incensación, a la resurrección. Son, pues, gestos pascuales.

- Los elogios fúnebres y alabanzas de las virtudes del difunto no deben sustituir nunca a la homilía. Se puede aludir, brevemente, al testimonio de vida cristiana del difunto.

- No se debe hacer acepción de personas por razón de su posición económica, cultural o social pues todos los cristianos son igualmente hijos de Dios y de la Iglesia y poseen la misma dignidad bautismal. Sí se permite realzar la solemnidad de las exequias de las personas que tienen autoridad civil o poseen el orden sagrado, ya que la distinción se refiere a lo que significan esas personas, no a las mismas personas.

La constitución del Vaticano II, Lumen Gentium, nos enseña que La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz del Señor de ninguna manera se interrumpe. Más bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales […] Por eso, la Iglesia guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos, para que queden libres de sus pecados (LG 49-50). 

¿Cuál es el sentido de las exequias cristianas? La Iglesia celebra en ellas el misterio pascual para que quienes fueron incorporados a Cristo, muerto y resucitado por el bautismo, pasen con Él a la vida, sean purificados y recibidos en el cielo, y aguarden el triunfo definitivo de Cristo y la resurrección de los muertos. Las exequias son una magnífica ocasión para que la comunidad cristiana reflexione y ahonde en el significado profundo de la vida y de la muerte; y para que los pastores de almas realicen una eficaz acción evangelizadora.

Finalizamos diciendo que el rito exequial pocas veces se hace completo, ya que el Ritual contempla una vigila por el difunto, procesión a la iglesia y procesión al cementerio. También se pueden celebrar las exequias en casa del difunto y en el cementerio con arreglo al Ritual. 

1.11.20

LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

 Cada año, el dos de noviembre, la Iglesia conmemora a los fieles difuntos. Tras celebrar, el día anterior, la solemnidad de Todos los Santos para celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección y por todos los difuntos desde el principio del mundo cuya fe solo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha de pecado y asociados a los ciudadanos celestes puedan gozar de la felicidad de la visión de la felicidad eterna.

Aunque la Iglesia siempre ha orado por los difuntos, fue a partir del dos de noviembre de 998 cuando se creó un día especial para ellos. Fue instituido por San Odilón, abad benedictino de la abadía de Cluny (Francia). Su idea fue adoptada por Roma en el siglo XVI y de ahí se difundió al mundo entero.

Para la Iglesia católica, se trata de una conmemoración, un recuerdo que la Iglesia hace en favor de todos los que han muerto a este mundo (fieles difuntos), pero aún no pueden gozar de la presencia de Dios, porque están purificando, en el Purgatorio, los efectos que ocasionaron sus pecados.

Las oraciones a favor de los difuntos reciben el nombre de «sufragios». La celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla mediante oraciones y por el sacrificio de la misa. 

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica 1030). La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos.

La misa del día tiene todo propio: antífonas, oraciones, prefacio así como lecturas, a elegir dos, entre las de las misas de difuntos (Leccionario IV).

El color de las vestiduras es morado y no se permiten otras celebraciones, salvo la misa exequial.

Es uno de los pocos días del año en que el  sacerdote está autorizado a trinar, o sea, decir tres misas (igual pasa en Navidad). Está dispuesto que, caso de decir las tres misas, sólo puede recibir estipendio por una de ellas, debiendo aplicar la segunda por todos los difuntos y la tercera por las intenciones del Papa.    

Los fieles, si asisten a dos misas, pueden comulgar en las dos ese día, siempre dentro de la celebración eucarística. No es día de precepto y a los fieles que visiten el cementerio u oren mentalmente por los difuntos entre los días del uno al ocho de noviembre se les concede indulgencia plenaria, aplicable a las almas del purgatorio. También el día de la conmemoración de los fieles difuntos o el domingo anterior o posterior o en la solemnidad de Todos los Santos, con el consentimiento del obispo, también se puede ganar indulgencia plenaria en todos los oratorios e iglesias.

En la precedencia de los días litúrgicos esta conmemoración se sitúa inmediatamente después de las solemnidades del Señor, de la Santísima Virgen María y de los Santos.

No se ofrecen sufragios por los niños muertos antes del uso de razón ni por los que no han llegado a nacer. Se puede celebrar misa cuando muere un niño, pero no de sufragio sino de gloria, como se suele llamar. Tampoco se dice misa de difuntos por las almas de los santos beatificados o canonizados, ya que la misa de difuntos es para pedir por sus almas, y ellos ya no lo necesitan. Se celebra la misa de la fiesta correspondiente, que siempre es de acción de gracias, solicitando la ayuda de Dios por la intercesión de los mismos.

Recordamos que la Iglesia considera a los cementerios, debidamente ritualizados, como lugares sagrados, al igual que las iglesias. De ahí su nombre de «camposantos» y la calificación de profanación a los actos que atenten contra ellos (canon 1211). El Código de Derecho Canónico, en su canon 1205 dispone que Son lugares sagrados aquellos que se destinan al culto divino o a la sepultura de los fieles mediante la dedicación o bendición prescrita por los libros litúrgicos.

Lo anterior no excluye la existencias de cementerios civiles o de otros credos o religiones.

6.5.20

SOBRE LA VALIDEZ DE LA MISA OÍDA O VISTA POR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN



Estamos inmersos en estas semanas en las que, a causa de la pandemia del coronavirus, se ha suprimido en España la celebración pública de la Santa Misa con asistencia de fieles en todos los templos de las diócesis. 
En la archidiócesis de Sevilla, a la que referiré en este artículo pero que es similar a las demás, se hizo por decreto arzobispal de 14 de marzo de 2020, atendiendo al confinamiento obligado por las autoridades civiles para evitar la expansión de la pandemia del coronavirus. 
Muchas personas seguimos la misa dominical por alguno de los medios de redes sociales o por retransmisiones de televisión. Enseguida nos asalta una pregunta: ¿Sirven esas misas para cumplir el precepto dominical? ¿Da lo mismo estar presente en la iglesia que verla por TV? Nos vamos a referir, en este artículo, a la mayoría de los fieles que, habitualmente, acudimos a las iglesias a participamos de la eucaristía, dejando aparte los casos de enfermos, imposibilitados y sus cuidadores, falta de sacerdotes y situaciones similares, que están dispensados por imposiblidad física.
Veamos en primer lugar que dispone el Código de Derecho Canónico (CDC) al respecto. En su canon 1247 dice: El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa; y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo. Y en el canon siguiente aclara: Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde.
Por otra parte, el Catecismo de la Iglesia Católica, al enumerar los mandamientos de la Iglesia, afirma, en su número 2042 lo siguiente: El primer mandamiento («oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles») exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística en la que se congrega la comunidad cristiana y descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de esos días.
En definitiva, para cumplir el precepto se exige la presencia física. El decreto arzobispal de 13 de marzo de 2020, previo al citado anteriormente, hace referencia al Catecismo, que indica que La vida y la salud física son bienes preciosos, confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común.
Por otra parte, el CDC, en su canon 87 § 1 indica que  El Obispo diocesano, siempre que, a su juicio, ello redunde en bien espiritual de los fieles, puede dispensar a éstos de las leyes disciplinares tanto universales como particulares promulgadas para su territorio o para sus súbditos por la autoridad suprema de la Iglesia; pero no de las leyes procesales o penales, ni de aquellas cuya dispensa se reserva especialmente a la Sede Apostólica o a otra autoridad.
A la vista de lo anterior, el arzobispo nos ha dispensado de la asistencia a la celebración dominical a todos los fieles en la Archidiócesis y también nos recomienda seguir la santa Misa por radio, televisión o internet, haciendo la comunión espiritual, práctica tradicional de la Iglesia que exhortamos a recuperar como medio de santificación y de comunión eclesial.   
En definitiva, seguir la misa por algún medio de comunicación no sirve para cumplir el precepto, del cual estamos dispensados. La dispensa no procede del hecho de seguirla por los medios como sustitución alternativa sino por decreto arzobispal a la vista de la excepcionalidad del momento, ni significa que haya dos formas de seguir la misa ni se equiparan o convalidan ambas formas. Obsérvese que el arzobispo recomienda, no obliga, seguir la misa por medios de comunicación, por lo que si algunos fieles no la siguen no por eso no les alcanza la dispensa. En cuanto las circunstancias sean favorables decaerá el decreto y la dispensa.
Termino añadiendo que la intención al escribir este artículo es únicamente para advertir que solo hay una forma de participar en la misa, que es con la presencia física, no vayamos a pensar que, por acostumbrarnos a la comodidad de seguirla desde casa, vale tanto lo uno como lo otro.