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18.7.23

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (VII)

Siguiendo con las solemnidades de la Virgen ahora abordamos el de su  Inmaculada Concepción, creencia piadosa defendida expresamente en Sevilla desde el siglo XVI y declarado dogma por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 mediante la Bula Ineffabilis Deus, día en que se celebra su solemnidad. Esta creencia está íntimamente ligada a la historia de muchas hermandades sevillanas, especialmente a la de Jesús Nazareno (vulgo el Silencio).  Sixto IV introdujo esta fiesta en el calendario romano en 1476. En el Misal de san Pío V figuraba sólo como memoria y no será hasta Pío IX en 1854 cuando se proclame como dogma y se celebre como solemnidad.

La concepción inmaculada de María era especialmente defendida por los franciscanos, siguiendo las enseñanzas de Duns Scotto, y era combatida por los dominicos  que seguían la enseñanza de Santo Tomás en el sentido de que sólo Cristo había estado libre del pecado original y que la Virgen fue purificada en el momento de su concepción. Si Cristo redimió a todos los hombres (redención universal) también redimió a María y si Ella no tuvo pecado original entonces ¿cómo pudo ser redimida? Este razonamiento tomista implicaba que para que la redención fuese universal debía abarcar a toda la Humanidad incluyendo a la Virgen y para que Ella fuera redimida debía haber tenido al menos el llamado «pecado original» que todos los humanos, por el hecho de serlos, traemos al mundo y que se borra con el bautismo.

El dogma hay que entenderlo como un privilegio especial concedido a su Madre, ya que la Virgen tuvo una «redención profiláctica»: Cristo impidió que tuviese pecado pero ese hecho la Virgen se lo debe a Él, luego Ella fue también redimida, aunque de otra forma que el resto de los mortales (como el médico que cura al enfermo o impide preventivamente que alguien contraiga la enfermedad: en ambos casos el médico es quien cura).

En Sevilla hubo grandes controversias sobre el tema llegando a tomar esta idea proporciones de manifestaciones populares cuando en el sevillano convento de Regina, de frailes dominicos un 8 de septiembre de 1613, fiesta de la Natividad de la Virgen, un fraile profeso de ese convento se atrevió a afirmar públicamente que la Virgen María no había sido concebida sin pecado original sino que había sido concebida como ustedes y como yo y como Martín Lutero y que fue santificada después de nacer, contra la opinión extendida en la ciudad a favor de la defensa de la Inmaculada Concepción de María. Este sermón fue al parecer la chispa de un movimiento inmaculadista sin precedentes en la ciudad, que originó innumerables votos, procesiones y funciones a su favor. Incluso se escribieron unas letrillas que pronto se hicieron populares y que decían así:

                                       Aunque se empeñe Molina

                                       y los frailes de Regina

                                       al prior y al provincial,

                                       y al padre de los anteojos

                                       (tenga sacados los ojos

                                       y él colgado de un peral)                                       

                                       María fue concebida

                                       Sin pecado origina

Duros versos que dan una idea de la defensa acérrima de la Pura Concepción de María.

La llamada pía opinión, defensora de la idea de que la Virgen había sido concebida sin pecado original, era claramente defendida por los franciscanos (Duns Scoto), en unos debates que nacen en el siglo XII y en Sevilla era opinión mayoritaria como demuestra el hecho de que  el Cabildo de la catedral celebrara  la fiesta de la Inmaculada desde 1369. Scoto razonaba de la siguiente manera: dado que las Escrituras no aclaran si la Virgen fue o no concebida sin pecado original y que las opiniones sobre este tema pueden ser tres, él defendía la más favorable a la Virgen. Las tres opiniones se resumen en que o bien la Virgen fue concebida por sus padres, Joaquín y Ana, sin pecado original (pía opinión), o bien fue concebida con pecado original y purificada nada más nacer o que fue concebida con pecado original y fue purificada posteriormente.

En 1615 el movimiento inmaculadista en Sevilla llegó a tomar tintes casi de revuelta popular yendo una embajada a Roma encabezada por Mateo Vázquez de Leca y Bernardo del Toro para influir en el Papa al objeto de conseguir la proclamación del dogma, cosa que no lograron de Paulo V pero si al menos que no se defendiera en público la opinión contraria mediante la renovación que hizo el Papa de la Constitución de Sixto IV sobre la Concepción Inmaculada. Esto sucedió el 8 de diciembre de 1616. El poeta Miguel Cid compuso los famosísimos versos en defensa de la Inmaculada: Todo el mundo en general, a voces, Reina escogida, diga que sois concebida sin pecado original.

La posterior Bula de Clemente XIII de 14 de marzo de 1767 por la cual se declaraba a la Inmaculada Patrona principal y Universal de España y las Indias supuso un gran avance en la proclamación del dogma, ya en el S. XIX.

Esta solemnidad, en la que se permite el color azul en los ornamentos, se celebra justo nueve meses antes de la fiesta que celebra el nacimiento de la Virgen, la Natividad de María el 8 de septiembre, los nueve meses que van de la concepción al nacimiento.

 

17.7.23

Las Solemnidades de la Virgen. María, Madre de Dios. (VI)

 

Siguiendo con la serie de artículos sobre el culto a la Virgen abordamos ahora sus celebraciones de mayor importancia, sus solemnidades. Y antes de comentarlas hay que decir que el día más importantes del Año Litúrgico es el domingo pascual y el resto de los domingos, pascua semanal, son como un eco de ese gran domingo. La Iglesia, cuando quiere celebrar una fiesta que considera muy importante le da el nombre de solemnidad, que se celebra como si fuera un domingo: comienza en las Vísperas, tiene misa propia en el Misal, tres lecturas más el salmo, todo como un domingo y prefacio propio. También figura oficio propio en la Liturgia de las Horas.    

Las solemnidades de la Virgen son tres. La primera, cronológicamente hablando, se produce a raíz de la proclamación del dogma de la maternidad divina de María en el Concilio de Éfeso del año 431 siendo a partir de entonces cuando el culto a la Virgen se desarrolla de manera clara. Mucho después aparece después el dogma de la Inmaculada Concepción de María en el siglo XIX y a mediados del siglo XX se proclamó el dogma de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma.

El 1 de enero de cada año celebramos la solemnidad de María, Madre de Dios –antes fiesta de la Circuncisión–. Es dogma de fe desde que el  Concilio de Éfeso en 431 así lo proclamara. Esta fiesta está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la santa Madre de Dios, por la que merecimos recibir al autor de la vida (MC 5). Ese día se celebra también la Jornada mundial por la Paz, instituida por Pablo VI.

Ocho días después del nacimiento de un niño los judíos practicaban el rito de  la circuncisión, signo visible de la pertenencia al pueblo escogido y de la Alianza con Yahvé, fiesta que la Iglesia recordaba en la octava de Navidad, primer día del año conjuntamente con la solemnidad de la Maternidad de María como Madre de Dios.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. (Lc 2, 21). La Circuncisión del Señor es un tema que ha sido ampliamente tratado por la pintura, no faltando en nuestra ciudad buenos ejemplos de ello. Podemos citar al enorme lienzo de Roelas con ese tema pintado para el retablo mayor de la iglesia de la antigua Casa Profesa de los jesuitas en Sevilla, actual iglesia de la Anunciación y sede de la Hermandad del Valle, cuadro fechado en 1606 y que permanece en la citada iglesia. También, un siglo antes, Alejo Fernández pintó ese tema, hoy en el Museo sevillano. Hay toda una serie de leyendas y discusiones teológicas sobre el paradero y la existencia misma de la reliquia del Santo Prepucio muy curiosas.

Fue el Concilio de Éfeso –431– el que proclamó a María no solo como Madre de Cristo sino como Madre de Dios gracias entre otros a san Cirilo que defendió el dogma en contra de la opinión de Nestorio.  Así, María no es solo Madre de Cristo sino Theotokos, en latín Dei Genitrix, o sea, Madre de Dios. En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se expone un cuadro del discípulo de Murillo, Francisco Meneses Osorio, fechado en 1701, donde se representa a san Cirilo en el Concilio de Éfeso defendiendo la Maternidad Divina de María, dejando ver un papel con las palabras  NON SOLUM MATER CHRISTI, SED THEOTOCOS.

 El título de la Virgen como Madre de Dios fue el primero que la Iglesia reconoció, siendo el último otro que también hace referencia a su aspecto de Madre, el de Madre de la Iglesia, que comentaremos más adelante.

Pero ya antes así se consideraba, como lo demuestra la antífona mariana Sub tuum praesídium, fechada sobre el año 250, la oración más antigua a la Virgen que se conoce. Es una prueba definitiva que muestra la anterioridad del título de Madre de Dios –Theotokos– al Concilio de Éfeso de 431. Evidentemente, este descubrimiento descolocó sobremanera a los teólogos protestantes, que consideran el culto a María como una invención tardía de la Iglesia Católica. La oración dice así:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen Gloriosa y Bendita!

 

16.7.23

EL CULTO A MARÍA (V)

 Tras haber conocido la vida terrenal de María abordamos ahora sus fiestas y el culto que la Iglesia la profesa.

Además de los grandes ciclos festivos, con el paso del tiempo van apareciendo otras festividades que no están dedicadas al Señor.

A la Virgen se dedica, desde tiempos remotos, un recuerdo especial el sábado, y más modernamente un mes, el de mayo. Se puede afirmar que es a raíz de la proclamación del dogma de la Maternidad Divina de María en el Concilio de Éfeso del año 431 cuando el culto a la Virgen se desarrolla de manera clara, aunque haya autores que remontan el culto mariano al siglo I y se manifiesta en Roma ya en el siglo II. En todo caso, parece claro que el culto oficial a la Virgen aparece después que del de los mártires.

La presencia actual de María en la Liturgia católica ha quedado claramente definida fundamentalmente por dos documentos: por un lado por la Constitución promulgada por el Vaticano II sobre la Iglesia denominada Lumen Gentium, de 21 de noviembre de 1964, que dedica su capítulo VIII a la «Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia» y por otro lado la Exhortación Apostólica Marialis Cultus para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen, dada por el papa Pablo VI en Roma, el 2 de febrero de 1974. Juan Pablo II también ha contribuido a enriquecer el culto mariano con su Encíclica Redemptoris Mater de 25 de marzo de 1987, y con las Misas de la Virgen María, que han completado esta presencia de María en la Liturgia católica, dejando el culto a la Virgen claramente establecido y en su justo lugar. Estas misas están especialmente dirigidas para la memoria sabatina y para los santuarios marianos de la Cristiandad.

La presencia del culto a la Virgen en la Iglesia católica se deja ver:

En el AÑO LITÚRGICO.  La Virgen no tiene un ciclo propio dentro del Año Litúrgico. La SC del Vaticano II nos dice en el apartado 103: En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la BIENAVENTURADA MADRE DE DIOS, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y contempla, como en la más purísima imagen, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser. 

No obstante, hay un tiempo litúrgico en el cual la presencia de María es muy clara: en Adviento y Navidad. En Adviento se celebra la solemnidad de la Inmaculada el 8 de diciembre y en tiempo de Navidad la solemnidad de la María, Madre de Dios, el 1 de enero. La última semana del Adviento, en las ferias del  17 al 24 de diciembre, es toda una eclosión de María que se refleja en las lecturas y un momento especialmente apto para celebrar el culto a la Madre de Dios. La Cuaresma y el tiempo pascual tienen en la Liturgia actual escaso color mariano. Sin embargo, en Semana Santa la presencia de la Virgen al pie de la cruz se hace  patente, así como en Pentecostés, cuando los apóstoles, presididos por la Virgen, reciben el Espíritu.

En CADA DÍA se la recuerda durante la misa en la Plegaria Eucarística, que es el centro de la celebración, ya sea en numerosos prefacios o ya sea en las intercesiones cuando la Iglesia hace memoria de los Santos.  También se la recuerda en el Credo  y nació de Santa María Virgen– y en el acto penitencial –si se escoge  la fórmula del Yo Confieso en la frase por eso ruego a Santa María, siempre Virgen–. También en la antífona mariana que cierra el rezo de las Completas cada día.

En CADA SEMANA en la memoria libre antigua y discreta de Santa María en Sábado, día en el cual se pueden decir una de las misas de Santa María Virgen. Desde la Edad Media se ha considerado el sábado como día dedicado a la Virgen –en las Liturgias orientales lo es el miércoles–. El fundamento de tal elección hay que buscarlo en la tradición, que considera que el sábado, día en que Jesús permanece muerto, es el día en que la Fe y la Esperanza de la Iglesia estuvieron puestas en María como presidenta del Colegio Apostólico. El Misal contiene seis misas del Común de Santa María Virgen para usar en la memoria de Santa María en sábado y en misas votivas. 

En el MES DE MAYO, tradicionalmente el pueblo cristiano ha tenido un recuerdo especialmente ligado a la memoria de María, nacido de elementos de la piedad popular. Al coincidir con el tiempo pascual, hay que saber conjugar la presencia de María con la de Cristo, ya que María es, en definitiva, el fruto más espléndido de la Pascua que nos trae Jesús.

Pero especialmente, a María se la recuerda en sus celebraciones propias, que son:

* cuatro solemnidades: María Madre de Dios, la Inmaculada Concepción y la Asunción. A estas se puede sumar la Anunciación del Señor, que se considera una solemnidad del Señor y de la Virgen, conjuntamente.

* tres fiestas: Natividad de María y Visitación. Se añade otra fiesta conjunta: la de la Presentación de Jesús en el templo. También, en el calendario español se suma Nuestra Señora del Pilar.

* once memorias: Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora del Rosario, Santa María Virgen Reina, Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia, y la Presentación de Nuestra Señora como memorias obligatorias y Nuestra Señora de Lourdes, el Inmaculado Corazón de María, Nuestra Señora del Carmen, bienaventurada Virgen María de Loreto y la Dedicación de la basílica de Santa María como memorias libres.

Hay que tener en cuenta que el Calendario Romano general no recoge las celebraciones marianas propias de las distintas iglesias locales y diócesis, que se suman a las que celebran las diferentes familias religiosas.

 

 

3.5.23

MARÍA, MADRE DE JESÚS DE NAZARET. Sucinta biografía. (III)

Antes de entrar de lleno en el culto a la Virgen, en sus solemnidades, fiestas y memorias, así como en los ejercicios de piedad popular que el pueblo dedica a la Virgen, vemos oportuno dedicar un par de artículos a hacer una pequeña semblanza biográfica de María, la Madre de Jesús.

Para conocer muchos de los elementos históricos de la vida terrenal de María, algunos plenamente asumidos por la comunidad creyente, tenemos que recurrir necesariamente a documentos extrabíblicos. Una de las fuentes en las que se han basado generaciones enteras para conocer la vida de María, sobre todo antes de la Anunciación, han sido los evangelios apócrifos, en especial el llamado Protoevangelio de Santiago, que ha sido sin duda la narración que más influencia ha tenido en la posteridad. Escrito, al parecer, entre los siglos II al IV en lengua griega, conocido también como Libro de Santiago, consta de 25 capítulos, en los cuales se narra el nacimiento y vida de María hasta los 16 años, para contar posteriormente el nacimiento de Jesús y la matanza de los Inocentes. En el epílogo que nos presenta a Santiago el Menor como autor del texto. El objetivo del libro es exaltar la figura de María y su virginidad. 

Otro libro esencial para la difusión de las leyendas e historias sobre la Virgen es el Evangelio del Pseudo Mateo, por atribuirse a dicho evangelista y siendo san Jerónimo su supuesto traductor del hebreo al latín. Este evangelio apócrifo ha sido una fuente muy importante para la iconografía mariana y los aspectos literarios sobre la Virgen, especialmente en época medieval. Detalles tan asumidos hoy día como el nombre de los padres de la Virgen, la Presentación de la Virgen al templo, el nacimiento de Jesús en una cueva y apoyado en un pesebre, la vejez y viudez de san José o la vara florecida de José son elementos que proceden de estos apócrifos. Hemos de aclarar al lector que el término «apócrifo» no es sinónimo de falso sino simplemente que son escritos que la Iglesia no reconoce como verdad revelada, lo cual no excluye que en todo o en parte puedan narrar hechos ciertos. Recordamos que no es hasta el siglo IV en que quedan fijados en 27 el número de libros que componen el Nuevo Testamento. Así pues, algunas de las cosas que sabemos de María a través de estos escritos se pueden considerar dentro del campo de las leyendas y tradiciones y otras no. La Iglesia nunca los ha aceptado como escritos canónicos. No obstante, lo que sí conocemos son los usos y costumbres de los judíos de esa época y algunos datos evangélicos sobre los cuales vamos a construir, aunque sea en precario, su biografía, especificando datos reales de los supuestos.

Los Evangelios únicamente narran la genealogía de José, no la de María (Mt 1, 1-16) lo cual es acorde con la tradición judía en la cual el papel de la mujer en la sociedad era muy secundario. Los padres de María se llamaban al parecer Joaquín y Ana y posiblemente vivían en Nazaret. Una tradición nos habla de que Joaquín nació en una aldea de Galilea llamada Séforis. Los apócrifos coinciden en señalar que Joaquín era hombre rico, de la tribu de Judá, y que tras muchos años de casado no tenía descendencia, lo cual era considerado oprobioso en la época, por considerarlo como no bendecido por el Señor al no haber dado vástagos a la casa de Israel. Tras retirarse en soledad al desierto y pedirlo insistentemente, un ángel del Señor le anuncia su paternidad y Ana, su esposa, da a luz a una niña a la que llamaran Mariam y que nacería en Jerusalén. Sobre la infancia de María nada sabemos, aunque los apócrifos coinciden en que a la edad de tres años fue presentada y entregada al servicio del Templo, al que sirvió hasta los doce años lo cual no implica que necesariamente viviera en el Templo ya que también pudo vivir con sus padres en Jerusalén o en Nazaret. Las niñas entregadas al Templo permanecían allí hasta comenzar su menstruación.

Entre los parientes de la Virgen, aunque no se citen con precisión, podemos citar a Isabel, que sería su prima y madre de Juan el Bautista y a la que la Virgen visitó viviendo con ella al menos tres meses en la aldea de Ain-Karin que era el domicilio de Isabel. El evangelista Lucas nos lo narra con cierto detalle (Lc 1, 39-56). El Magnificat, espléndido canto mariano entonado por la Virgen en esa ocasión, constituye un magnífico regalo de la Virgen a las generaciones posteriores. Por otra parte, Marcos y Mateo nos hablan de otros parientes, a los que llaman hermanos y hermanas de Jesús (Mc 6,3; Mt 13, 55). En la Edad Media se difundió la leyenda de la parentela de la Virgen, leyenda hoy desautorizada, según la cual Ana, al enviudar, se volvería a casar por dos veces originando una numerosa parentela que podría quedar así: María de Cleofás era hermana de María (Jn 19, 25) y esposa de Alfeo cuyos hijos serían Santiago el Menor, Simón, Judas Tadeo y José. Otra hermana de la Virgen sería María Salomé, esposa de Zebedeo cuyos hijos serían Santiago el Mayor y Juan y que serían llamados por Jesús para el grupo inicial de apóstoles (Mc 1, 16-20). Así pues, Jesús tendría parientes próximos, primos y tíos seguramente. El espléndido retablo renacentista de la parroquia trianera de Santa Ana nos presenta en el ático a toda esta parentela, haciéndose eco de la tradición. También debemos aclarar que el término hermano o hermana debe entenderse en sentido amplio, como sinónimo de parientes. La teología católica no admite que la Virgen tuviese más hijo que Jesús, el Unigénito. En cualquier caso este punto referido a los parientes de la Virgen y de Jesús queda muy confuso y se nutre mucho de conjeturas ya que las Escrituras no aclaran mucho al respecto.

María debía tener entre 14 y 16 años cuando se casó con José puesto que esa era la edad habitual en la que las muchachas hebreas contraían matrimonio.

Siguiendo la costumbre judía María habría realizado su desposorio (parte legal del matrimonio judío en el cual se obtienen todos los derechos y obligaciones de los esposos) con un joven que tendría entre 18 y 25 años llamado José, originario de Belén. La tradición ha difundido la idea sobre José como la de un viejecito viudo incluso con hijos al casarse con María, idea seguramente surgida con el fin de proteger la virginidad de María, que no parece ajustarse a la realidad y que justificaría el nombre de hermanos de Jesús. Sabemos que tras la Anunciación del arcángel Gabriel  y la concepción de Jesús inmediatamente María se puso en camino para visitar a su prima (Lc 1,39), lo que indica que la visita ocurrió dentro del mismo año. La localidad donde vivía Isabel debía ser la ya citada ciudad de Ain-Karim, en las montañas cerca de Jerusalén.

 

1.5.23

EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN (II)

Continuamos con esta serie de artículos sobre el culto a la Virgen, encuadrándolo en el culto litúrgico que la Iglesia rinde a la figura de la Madre de Dios.

La Iglesia católica distingue claramente tres clases de cultos: el de LATRíA o de adoración, el de DULíA o de veneración, y el de HIPERDULíA. El culto de Latría, adoración,  es exclusivo de Dios. Sólo Dios puede ser adorado y sólo Cristo, Dios hecho hombre, es el Salvador.  El mismo Cristo, cuando era tentado en el desierto,  nos lo dijo: Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto[1]. El culto de Latría al Santísimo Sacramento tiene un hito importante al instituirse la fiesta del Corpus Christi por Urbano IV, habiendo la Iglesia previamente impuesto la obligación, por decisión del IV Concilio de Letrán en 1215 de confesar y comulgar al menos una vez al año, en tiempo pascual.

El culto de Dulía ─Veneración─ es el propio que se debe a los santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir subiéndolos a los altares. Al patriarca bendito san José se le considera el primero de los santos, dedicándosele un culto de protodulía. San José es proclamado patrono universal de la Iglesia por Pío IX en 1870. Sin duda que en los orígenes del culto a los santos está la influencia profunda y ejemplar de los mártires. De ellos celebramos su dies natalis, o sea, el día en que nacen para la eternidad, día de su martirio. Celebramos con el grado de solemnidad las fiestas del Nacimiento de san Juan Bautista, san José, los apóstoles Pedro y Pablo y Todos los Santos.

El culto de Hiperdulía, la Dulía llevada al máximo extremo, es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos y al límite de la adoración, pero sin llegar a la Latría. El punto de inflexión del culto a la Virgen lo constituyó el Concilio de Éfeso, al proclamar a María como Madre de Dios. El culto que la iglesia católica dedica a María es específico de nuestra fe católica, ya que otros hermanos cristianos no le rinden culto, aunque sí respetan su figura.

Tras el Vaticano II y la reforma litúrgica que el mismo Concilio impulsó, sobre todo con la promulgación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia ─Sacrosantum Concilium─ y la Lumen Gentium, en su capítulo VIII dedicado a la Virgen, el documento más importante para el culto a la Virgen es la Exhortación Apostólica Marialis Cultus,  de Pablo VI, dada en Roma el 2 de febrero de 1974.  Tras la reforma litúrgica se pasa a considerar como fiestas del Señor tanto la Anunciación ─25 de marzo─ como la Presentación ─2 de febrero, Candelaria─, antes fiestas marianas, mudando en cambio la fiesta de la Circuncisión del Señor en la de la Maternidad de María.

La Lumen Gentium[2] nos enseña claramente que es necesario además que los ejercicios de culto con que los fieles expresan su veneración a la Madre del Señor pongan claramente de manifiesto el puesto que Ella ocupa en la Iglesia: el más alto y más próximo a nosotros después de Cristo. En cualquier caso es fundamental siempre tener en cuenta que el único culto que la Iglesia tributa a Dios es el culto cristiano, queriéndose decir con esto que el culto a la Virgen y el debido a los Santos está siempre supeditado y en subordinación al culto que se tributa a Cristo, que es su punto necesario e imprescindible de referencia. Sin el culto a Cristo lo demás no tiene sentido.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 



[1] Mt 4, 10

[2] LG 54

15.4.23

EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN (I)

Comenzamos una serie de artículos dedicados al culto que la Iglesia dedica a la Santísima Virgen, tanto litúrgico como de piedad popular.

Debemos comenzar diciendo que la devoción a la Virgen María es un elemento distintivo del culto mismo de la Iglesia católica. En efecto, esta devoción, en sus varias expresiones, pone de manifiesto con un nexo íntimo el designio salvador de Dios: se rinde un culto singular a María porque en el designio de Dios Ella ocupa un lugar también singular. Con estas palabras del Pablo VI en la Introducción a la «Marialis Cultus» se pone claramente de manifiesto la importancia del culto mariano en la Iglesia católica.

La perspectiva del culto a la Virgen debe tener una triple dimensión: trinitaria, cristológica y eclesial. El culto cristiano es, por su misma naturaleza, un culto dirigido al Padre, al Hijo y al Espíritu, o como se dice en la liturgia al Padre por Cristo en el Espíritu» lo cual hace referencia al carácter trinitario[1].  En la Virgen María todo está referido a Cristo y todo depende de Él (aspecto cristológico). El aspecto eclesial del culto mariano debe encuadrarse teniendo como telón de fondo la presencia de María en el Cenáculo cuando el Espíritu Santo desciende sobre la naciente Iglesia.  La acción de la Iglesiaiva corr en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María. La MC (Marialis Cultus) ha dejado claro el papel de la Virgen en la historia de la salvación y ha fijado la perspectecta de su culto. Es el documento clave para entender el culto hiperdúlico a la Virgen María.

No se puede negar que, para un espectador neutral que se acercara al fenómeno religioso católico, a veces el culto  a la Virgen se ha rodeado de algunos excesos que parecen convertirla en una diosa. Baste recordar el entusiasmo que el pueblo profesa a algunas imágenes marianas de la Madrugá sevillana o la ingente multitud que abarrota el paso de la Virgen del Rocío el lunes de Pentecostés en la aldea de Almonte. Tras la Reforma luterana, que negaba el papel de María en la historia de la Salvación y eliminaba su culto, Trento reafirmó todo lo que los luteranos negaban.

La fe que los cristianos profesamos es en Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos (Ef 5, 5-6.)

Nosotros no creemos en un Dios Padre y una Diosa Madre. La Virgen no es una diosa sino una persona humana, escogida por Dios para ser Madre del Salvador, pero no es persona divina, por lo tanto no se la adora. Se la tributa un culto llamado de hiperdulía, que es la veneración llevada al extremo pero sin llegar a la latría.  Es evidente que las muestras de amor y cariño del pueblo hacia la Madre del Salvador son las causantes de ese fervor que a veces puede parecer excesivo. Una adecuada catequesis ayudaría a poner las cosas en su justo término.

A partir de ahí todos los calificativos que podamos aplicarla se quedan cortos: santa entre las santas (santísima la llamamos sólo a Ella), mujer limpia de toda mancha, concebida sin pecado original, sagrario, protectora del género humano, mediadora universal y así todo un repertorio de cualidades, que el amor no tiene límites. Y el título más importante: Madre de toda la Humanidad.

También podemos decir que el culto a la Virgen es un elemento esencial  de la Iglesia católica. También las iglesias orientales le rinden culto en sus iconos (no suelen tener imágenes escultóricas) y la veneran sin ninguna advocación concreta sino como Teothocos, o sea, la Madre de Dios.

Las iglesias protestantes no dan culto a María. En los últimos tiempos la iglesia anglicana ha tenido un acercamiento a la figura de María y en un documento conjunto firmado por la ARCIC en 2005 (Comisión internacional anglicano-católico) titulado «María: gracia y esperanza en Cristo» se aprecia un acercamiento significativo de los anglicanos a las posturas católicas sobre el papel de la Virgen María, a la cual consideran como «el ejemplo humano más completo de la vida de gracia» así como reconocen que la práctica de pedir a María y a los santos que rueguen por nosotros no debe ser objeto de división de la comunión.

 



[1] MC 25

12.3.23

FORMAS DE CULTO Y DE PIEDAD POPULAR (II). EL STABAT MATER.

 Dentro de las prácticas de la piedad popular en este tiempo cuaresmal dedicamos este artículo al Stabat Mater.

Y necesariamente hay que introducir el asunto hablando de la Secuencia, ya que los versos del Stabat Mater componen una de las cuatro secuencias que la Liturgia hoy día ha conservado en la misa.

En su origen, la secuencia era una composición litúrgico musical, que surgió como la prolongación del Aleluya, como una larga vocalización de la «a» final del Aleluya. Al ser de tono festivo se llamaron inicialmente jubilus, y más tarde se llamaron sequentia, porque eran como una continuación del canto del Aleluya. El momento de mayor florecimiento de estas composiciones litúrgicas fue durante los siglos de la Edad Media, donde fueron muy abundantes.

Del jubilus se pasó a un nuevo texto melódico, la sequentia cum prosa, que solía separarse en versos pero desiguales y sin forma rítmica, y se cantaban alternativamente por dos coros, uno de voces blancas y otro de hombres.

En el siglo XI se da lugar a una forma más independiente del Alleluia y ya como poesía rítmica. Surgen las Secuencias que hoy conocemos, de las cuales, la más popular es el Victimae Paschali, atribuida a Wipo de Burugundia († 1048).

Las Secuencias gozaron del favor popular, por su forma simple, silábica, sin la complicación de los interminables jubilus melismáticos, de más difícil ejecución. Las Secuencias se prestaban al canto colectivo, tanto  dentro como fuera de la iglesia. Por este motivo, las Secuencias dieron un gran impulso a lo que hoy llamamos canto religioso popular, es decir los cantos populares de Misa, conformando uno de los tres géneros de la música litúrgica, junto con la polifonía sacra y el gregoriano, que ocupa el primer lugar.

El papa san Pío V (1570), dejó solamente cuatro Secuencias para la Liturgia: Victimae Paschali para la Pascua; Veni Sancte Spiritus para Pentecostés; Lauda Sion para el Corpus Christi y el Dies Irae para las misas de Requiem de difuntos. Posteriormente se añadió por Benedicto XIII el Stabat Mater, para la memoria de Nuestra Señora de los Dolores que hoy se celebra el 15 de septiembre. En la actual reforma litúrgica se suprimió el Dies Irae, tal vez por su tono apocalíptico, quedando como obligatorias sólo la de Pascua y la de Pentecostés, y las otras dos ad libitum. La Secuencia, que fuera de los días de Pascua y Pentecostés, es facultativa, se canta antes del Aleluya[1].

La Secuencia del Stabat Mater se conoce con ese nombre porque sus primeros versos comienzan así:

 

Stabat Mater dolorosa

Iuxta crucem lacrimosa,

Dum pendebat filius.

Estaba la Madre sufriendo
llorando junto a la cruz
de la que pendía su Hijo.

Toda la Secuencia la forman unos versos bellísimos y expresivos que se atribuyen al poeta y fraile franciscano Jacopone da Todi (†1306). Esta plegaria, que comienza en latín con las palabras Stabat Mater dolorosa medita sobre el sufrimiento de María, la Madre de Jesús, durante la crucifixión de su Hijo y el inmenso dolor y traspaso que padece al ver a su Hijo colgado de la Cruz. Iconográficamente se representa esta escena con la Virgen arrodillada o en pie, sola ante la Cruz con su Hijo crucificado. Esa dolorosa escena es fuente inagotable de meditaciones y sermones, muy propios de Semana Santa. No confundirlo con la escena, muy parecida, de la Soledad de María, que aparece sola ante la Cruz vacía o con el sudario.

En Sevilla, la Hermandad de Santa Cruz ha recuperado esa escena, en su primer paso.

El Stabat Mater ha tenido también una gran repercusión en el campo del arte, tanto en la pintura y la escultura como en la música, siendo innumerables las composiciones y los autores que han armonizado esos patéticos versos. Por citar a algunos nombraremos a Pergolesi (el más famoso), Vivaldi, Palestrina, Scarlatti o Haydn así hasta sumar cerca de 200 composiciones musicales.

Litúrgicamente, en la actualidad se sitúa su canto o recitación antes del Aleluya, no detrás, como fue en su origen. Y surge una pregunta: ¿Qué postura corporal debemos adoptar los fieles durante la Secuencia? Actualmente la OGMR no aclara nada, por lo que parece que se debería cantar o escuchar su recitado estando sentados.

¿Se trata de una laguna normativa? Es evidente que no se la menciona. Ahora bien, en realidad, la Secuencia tiene un carácter meditativo, es una recreación de tipo dramático del misterio que se celebra, y como tal, debe cantarse u oírse sentados. En conclusión, si vamos al espíritu, las Secuencias deberían cantarse o escuchar su recitado de pie; si estamos a las normas actuales, habría que cantarlas u oírlas sentados, más por deducción que por claridad en la norma.



[1] OGMR 64

5.3.23

FORMAS DE CULTO Y DE PIEDAD POPULAR (I). LAS SIETE PALABRAS.

 

En este tiempo cuaresmal, tan propicio para los actos de piedad popular, vamos a dedicar varios artículos a estas formas de piedad no litúrgicas pero recomendadas por la Iglesia en nuestro camino para celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Así, veremos el Vía Crucis cuaresmal, ejercicio de devoción muy querido por las hermandades y parroquias, las meditaciones sobre el Stabat Mater y las meditaciones sobre las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, difundidas en el siglo XVII, sobre todo gracias al tratado que sobre dicho asunto escribió el cardenal jesuita san Roberto Belarmino, hoy doctor de la Iglesia (De septem Verbis a Christo in cruce prolatis).

En el presente artículo nos fijamos en Las Siete Palabras.

El sermón sobre las Siete Palabras es fuente importante de reflexión durante los días cuaresmales. Pero una buena pregunta sería ¿Y cuáles son esas Siete Palabras? En realidad no son palabras sino las frases que Jesucristo pronunció estando ya crucificado y que los evangelistas han recogido.

Estas frases tienen un orden que, tradicionalmente, es el siguiente:

 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)

Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 27Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19, 26-27)

Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Mt 27,46; Mc 15,34;

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19,28)

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30)

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. (Lc 23,46)

Algunas de estas frases las dirigió Jesús al Padre, otra al Buen Ladrón, a su Madre y a san Juan y otras propias.

En próximos artículos abordaremos más en detalle el Stabat Mater y el piadoso ejercicio del Vía Crucis.

14.12.22

SOBRE EL NÚMERO DE NAVES Y LA ORIENTACIÓN DE LAS IGLESIAS.

En este artículo vamos a abordar el número de naves en las iglesias y su orientación litúrgica.

En cuanto al número de naves, lugar para los fieles, tradicionalmente las iglesias conventuales tienen una sola nave, con alguna excepción, y las iglesias parroquiales, que suelen tener tres naves (disposición basilical), aunque hoy no hay nada dispuesto al respecto, priorizando siempre, en las nuevas iglesias, que los fieles puedan ver al sacerdote y sus ministros con facilidad y que puedan adoptar las posturas que en cada momento la Liturgia dispone, así como que puedan acercarse con comodidad a recibir la comunión. También la nave puede ser un único espacio dispuesto como un gran salón,  mirando al presbiterio, como ocurre en la basílica sevillana de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, construida a imitación del Panteón romano.

También es costumbre que las iglesias parroquiales tengan una torre coronada por un cuerpo de  campanas y las iglesias conventuales lleven una espadaña, en vez de torre. La espadaña del monasterio de Santa Paula, la más bella y airosa de Sevilla.

A veces aparecen dos torres, flanqueando la fachada principal, como ocurre en la parroquia sevillana de San Ildefonso.

También se dispone expresamente que se dispongan los medios de megafonía adecuados para que los fieles tengan una perfecta audición.

Otro elemento a tener en cuenta es la orientación del iglesia, que siempre ha sido en la tradición cristiana  mirando al oriente –oriens significa oriente y orientarse es dirigirse al oriente, al este–. El ábside, la cabecera de la iglesia litúrgicamente orientada debe mirar al punto por donde sale el sol. Así, Cristo es el sol naciente que trae la luz y la salvación al mundo. Si los judíos orientan sus sinagogas mirando a Jerusalén y los musulmanes sus mezquitas mirando hacia la Meca, así los cristianos hemos tenido la costumbre, considerada como tradición apostólica desde tiempos de la primitiva Iglesia, de mirar mientras oramos hacia el oriente, de tal manera que el pueblo e incluso hasta hace poco también el sacerdote y el pueblo convergían sus miradas en esa dirección. Cristo está simbolizado por el sol naciente que volverá en el último amanecer de la historia. En la Liturgia anterior a la reforma vaticana se suele decir que el sacerdote estaba de espaldas al pueblo. Cierto, pero lo relevante no era que le diera la espalda sino que miraba, junto con el pueblo, a la misma dirección. Todos miraban al oriente.