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26.8.13

SOBRE ALGUNAS INCORRECCIONES LITÚRGICAS EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

En este artículo vamos a puntualizar algunas incorrecciones, bastante generalizadas, que observamos, en el desarrollo de la Eucaristía.
En primer lugar,  observamos que,  al Evangelio, algunos fieles e incluso a veces el celebrante se santiguan. Lo que está  dispuesto en la OGMR es que “Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice: El Señor esté con vosotros; y el pueblo responde: Y con tu espíritu; y en seguida: Lectura del Santo Evangelio, signando con el pulgar el libro y a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho, lo cual hacen también todos los demás. El pueblo aclama diciendo: Gloria a Ti, Señor (OGMR 134).  Por lo tanto, santiguarse sobra. Aclaramos  que santiguarse es hacer la cruz llevando la mano derecha de la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho.
Más que invitar a rezar el Credo, invitación que algunos sacerdotes hacen a los fieles, es mejor invitar a proclamar nuestra fe. El Credo no es, en sentido estricto, una oración, por lo que difícilmente se puede rezar. Las oraciones van siempre dirigidas a Dios, en cualquiera de sus tres personas, a la Virgen o a los santos, para alabarlos, impetrar su protección, dirigirles peticiones o agradecerles favores recibidos. En el Credo no se hace nada de lo anterior: es una declaración de Fe, de lo que el individuo profesa, una relación de afirmaciones que resumen nuestra fe católica. “El Símbolo se canta o lo dice el sacerdote juntamente con el pueblo, estando todos de pie” (OGMR 137). No se dice nada de rezarlo. No obstante, es habitual incluirlo entre las oraciones cristianas.
También es frecuente permanecer sentados durante la oración colecta. La OGMR indica que hay que permanecer de pie: “Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio; mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal; además desde la invitación Oren, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto lo que se dice más abajo” (OGMR 43). Pero es una costumbre inveterada,  muy difícil de erradicar.
A la invitación del sacerdote de dirigirnos al Padre, en la oración dominical, debemos comenzar a rezar el Padrenuestro desde la primera frase, no esperar a que el sacerdote la comience. De no ser así, estamos eliminando la palabra clave de la oración, la más cariñosa y la que encierra a las demás: que Dios es nuestro Padre.
La costumbre de algunos sacerdotes de purificar los vasos sagrados en el altar también es una costumbre difícil de erradicar. Lo adecuado es en la credencia, o al terminar la misa. Y si le asiste un diácono o un acólito instituido, debe dejar esa función para ellos y permanecer sentado, en el silencio tras la comunión.
Terminamos con unas aclaraciones sobre el color de las velas, tema muy consultado. Partimos de la base de que el color natural de la cera es blanco, por lo tanto, cuando la Liturgia habla de velas, se da por supuesto el color propio. De no ser así, lo dispondría expresamente. Para el culto sacramental no cabe duda de que la Liturgia dispone el color blanco: blanca es la estola con la que el sacerdote o diácono expone el Santísimo, blancas las velas para la exposición (dice el Ritual que sean como las de la misa),  que deben ser cuatro o seis, dependiendo de si la Exposición es en el copón o en la custodia, más solemne), blanco es el paño de hombros para dar la bendición (humeral), blancas las vestiduras en la solemnidad del Corpus Christi, blancas las flores, blanca la capa pluvial.
La costumbre de usar cera roja las hermandades sacramentales pertenece a la tradición y usos propios de las cofradías. Pero ese campo pertenece no a la Liturgia, sino a la piedad popular. Por lo tanto, yo entiendo que en la estación de penitencia pueden llevar los cirios del color que consideren adecuado, ya que no hay una norma clara sobre la cuestión, que yo conozca. La estación de penitencia  no es un acto litúrgico, es una acto de piedad popular, paraliturgias les llaman algunos. En cambio, para la Exposición con el Santísimo si está claro que deben ser velas blancas. “Para la exposición del santísimo Sacramento en la custodia se encienden cuatro o seis cirios de los usuales en la Misa, y se emplea el incienso. Para la exposición enciéndanse por lo menos dos cirios; se puede emplear el incienso” (Ritual nº 85).

         

2.7.13

EL RITO DE LA INCENSACIÓN

El rito de incensación expresa reverencia y oración. La materia que se coloca en el incensario, debe ser o sólo y puro incienso de olor agradable, o si se le agrega algo, procúrese que la cantidad de incienso sea mucho mayor.
En la Misa Estacional del Obispo (antes llamada de Pontifical) se usa el incienso:
a) durante la  procesión de entrada
b) al comienzo de la misa, para incensar el altar
c) para la procesión y proclamación del Evangelio
d) en la preparación de los dones, para incensar las ofrendas, el altar, la cruz, al Obispo, a los concelebrantes y al pueblo
e) en el momento de mostrar la hostia y el cáliz, después de la consagración.
En otras misas se puede emplear incienso, cuando se juzgue oportuno.
También se usa incienso, como se describe en los libros litúrgicos
a) en la dedicación de una iglesia y de un altar
b) en la consagración del sagrado crisma, cuando se llevan los óleos benditos
c) en la exposición del Santísimo Sacramento con la custodia
d) en las exequias de los difuntos.
Además, el incienso se emplea de ordinario, en las procesiones de la Presentación del Señor, del Domingo de Ramos, de la Misa en la Cena del Señor, de la Vigilia pascual, en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; en la solemne traslación de las reliquias, y en general, en las procesiones que se hacen con solemnidad.
En Laudes y Vísperas solemnes se puede incensar el altar, al obispo y al pueblo, mientras se canta el cántico evangélico.
El Obispo,  si está en la cátedra, o en otra sede, se sienta para poner incienso en el incensario, de no ser así, pone el incienso estando de pie; el diácono le presenta la naveta y el obispo bendice el incienso con el signo de la cruz, sin decir nada. Después, el diácono recibe el incensario de manos del acólito y lo entrega al obispo. Antes y después de incensar, se hace inclinación profunda a la persona u objeto que se inciensa; se exceptúan el altar y las ofrendas para el sacrificio de la Misa.
Sobre la manera de incensar, se hace así: con tres movimientos dobles se inciensa el Santísimo Sacramento, la reliquia de la Santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas solemnemente, también las ofrendas, la cruz del altar, el libro de los Evangelios, el cirio pascual, el obispo o el presbítero celebrante, la autoridad civil que por oficio está presente en la sagrada celebración, el coro y el pueblo, el cuerpo del difunto. Con dos movimientos dobles se inciensan  las reliquias e imágenes de los santos expuestos para pública veneración.
El altar se inciensa con movimientos  sencillos de la siguiente manera
a) Si el altar está separado de la pared, el  obispo lo inciensa pasando alrededor del mismo
b) Si el altar está unido a la pared, el obispo,  mientras va pasando, inciensa primero la parte derecha, luego la parte izquierda del altar. Si la cruz está sobre el altar o cerca de él, se inciensa antes que el mismo altar, de no ser así,  el obispo la inciensa cuando pase ante ella. Las ofrendas  se inciensan antes de la incensación del altar y de la cruz. El Santísimo Sacramento se inciensa de rodillas.
Las reliquias y las imágenes sagradas expuestas a la  veneración pública se inciensan después de la incensación del altar. En la misa, sin embargo, únicamente  al inicio de la celebración.
El obispo,  tanto en el altar como en la cátedra, recibe la incensación estando de pie, sin mitra, a no ser que ya la tenga. El diácono inciensa a todos los concelebrantes al mismo tiempo. Por último, el diácono inciensa al pueblo desde el sitio más conveniente. 
Los canónigos que no concelebran, o reunidos en coro, son incensados todos al mismo tiempo con el pueblo, a no ser que la disposición de los lugares aconseje otra cosa. Lo anterior vale también  para los obispos que acaso estén presentes.
El obispo que preside, sin que celebre la Misa, es incensado después del celebrante o de los concelebrantes. El que preside la Nación, y que viene por oficio a la sagrada celebración, donde existe la costumbre, es incensado después del obispo.
En un próximo  artículo, como continuación de este, señalaremos algunas prácticas habituales en este rito que no se adaptan a las normas litúrgicas.


16.6.13

SOBRE EL USO DE LA GENUFLEXIÓN

Vamos, en este artículo, a comentar cuando está indicado hacer genuflexión,  tanto dentro como fuera de la misa.
La genuflexión es un típico gesto del rito latino; en otras li­turgias, sobre todo orientales y de varias familias religiosas, se considera una inclinación profunda del cuerpo como máxima reverencia. De hecho, hasta el siglo XVI, el gesto de la genuflexión era desconocido para la Liturgia; en su lugar se hacía una inclinación más o menos profunda. En la Liturgia griega, este gesto se desconoce.
Para nosotros, la genuflexión es el máximo signo de reverencia y adoración que prevé la Liturgia, por lo cual queda reservada al Santísimo Sacramento y a la Cruz, desde los Oficios del Viernes Santo hasta la Vigila Pascual. La OGMR de 2002, dice claramente:
La genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra, significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual.
En la Misa el sacerdote que celebra hace tres genuflexiones, esto es: después de la elevación de la hostia, después de la elevación del cáliz y antes de la comunión. Las peculiaridades que deben observarse en la Misa concelebrada, se señalan en sus lugares (cfr. núms. 210-251).
Pero si el tabernáculo con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la celebración misma de la Misa.
De lo contrario, todos los que pasan delante del Santísimo Sacramento hacen genuflexión, a no ser que avancen procesionalmente.
Los ministros que llevan la cruz procesional o los cirios, en vez de la genuflexión, hacen inclinación de cabeza[1].
Así pues, se explica que la genuflexión se hace con la rodilla derecha. De inclinación de cabeza simultánea no dice nada. Está reservada al Santísimo Sacramento y a la Cruz, en los momentos prescritos.
Durante la misa, el sacerdote debe hacer tres genuflexiones, que se indican con claridad. Dependiendo de si en el del presbiterio está o no el sagrario también se actúa diferente. Si el sagrario está en el presbiterio, la genuflexión al sagrario se hace al principio y al final, "pero no durante la celebración de la Misa". Antes, en la segunda edición típica (1975) se decía que había que hacerla cada vez que los ministros pasaban delante del sagrario.
Por lo tanto, en el caso de que el sagrario esté en el presbiterio y para concretar,   ahí van varias preguntas y respuestas:
1. ¿Deben hacer genuflexión los lectores al ir y volver del ambón? Está claro que no.
2. ¿Si para proclamar el evan­gelio el ministro ordenado tiene que pasar por delante del sagrario, hace genuflexión? No.
3. ¿Se hace genu­flexión cuando se retira el pan consagrado para reservarlo, des­pués de la comunión? No.
4. ¿Se hace genuflexión al abrir o cerrar el sagrario, si hemos tenido necesi­dad de abrirlo para la comunión?  Pues tampoco.
Ahora bien, otro caso diferente es cuando el sagrario no está en el presbiterio, que es lo más usual. Entonces, todos los que pasen delante del sagrario hacen genuflexión, salvo que lo hagan procesionalmente. Lo mismo debe hacer el ministro que acude a la reserva (acólito o ministro ordenado), tanto al abrir como al cerrar el sagrario.
En cualquier caso, queda claro que la genuflexión no debe hacerse nunca a las imágenes de cualquier clase, ni a otros objetos expuestos al culto, tales como reliquias o similares.
La genuflexión doble (con las dos rodillas en el suelo e inclinación), que muchas personas siguen haciendo ante el Santísimo Sacramento solemnemente expuesto en la custodia, está suprimida de la Liturgia.




[1] OGMR 2002, nº 274.

22.5.13

SOBRE CUÁNDO SE PUEDE COMULGAR DOS VECES EL MISMO DÍA.


Vamos, en este artículo, a comentar las veces que se puede comulgar al día y a hacer un recorrido histórico por la evolución de esta norma.
Hay casos en los que al fiel se le plantea asistir a dos misas en el mismo día. Ante eso ¿qué hacer?
Ante todo, como norma, lo adecuado sería comulgar una vez al día. Pero, de la prohibición de comulgar más de una vez al día se ha ido evolucionando a una mayor permisividad en este aspecto.
Así, en la Instrucción “INMENSAE CARITATIS” de Juan Pablo II, de 29 de enero de 1973, se dejaban claros los supuestos en los que se podía comulgar dos veces al día.
En primer lugar, se mantenían los tres casos que ya estaban vigentes. Podían acercarse a comulgar por segunda vez en el mismo día:
- El sábado por tarde o la víspera de un día de precepto, si se quiere cumplir con la obligación de oír misa, aunque hayan comulgado ya el mismo día por la mañana.
- En la segunda misa del domingo de Pascua, o en una de las misas que se
celebran el día de Navidad, aunque hayan comulgado en las misas de la Vigilia pascual y en la misa de medianoche de Navidad (Misa del Gallo), respectivamente.
- Igualmente en la misa vespertina de la Cena del Señor del día de Jueves Santo, aunque hayan comulgado también en la Misa Crismal, que se habría celebrado en la mañana del Jueves Santo.
Pueden presentarse, sin embargo, circunstancias especiales en la que los fieles, tanto los que ya recibieron ese mismo día la sagrada comunión como los mismos sacerdotes que han celebrado ya la misa, participen después en una celebración comunitaria. A todos ellos les será permitido recibir por segunda vez la sagrada comunión en los casos siguientes:
1. En las misas rituales en las que se administran los sacramentos del bautismo, confirmación, unción de los enfermos, orden, matrimonio, y en la misa en la que se dé la primera comunión.
2. En las misas celebradas para la consagración de una iglesia o de un altar,
para la profesión religiosa y para la colación de una «misión canónica» (por ejemplo, en la toma de posesión de un nuevo párroco).
3. En las siguientes misas de difuntos: misa de exequias, misa celebrada al
«recibir la noticia de la muerte», misa celebrada el día del entierro y del
primer aniversario.
4. Durante la misa principal celebrada en la iglesia catedral o parroquial en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y en el día de la visita pastoral; en la misa celebrada por el superior mayor religioso con ocasión de la visita canónica, de encuentros especiales o de reunión de Capítulos.
5. Durante la misa principal de un Congreso eucarístico o mariano, ya sea
internacional o nacional, regional o diocesano.
6. Durante la misa principal de una reunión, de una peregrinación o de
predicaciones populares.
7. Con ocasión de la administración del viático, durante la cual se puede dar la comunión a los familiares y amigos del enfermo que se hallen presentes.
8. Además de los casos mencionados, los Ordinarios del lugar pueden
conceder ad actum la facultad de recibir la sagrada comunión dos veces
en el mismo día cuando por circunstancias verdaderamente especiales lo
crean plenamente justificado.
Prácticamente, al ampliar los supuestos, quedaban casi todos los casos que se puedan dar dentro de la autorización poder recibir una segunda comunión.
Posteriormente, el CDC, publicado en 1983, en su canon 917, dice que "Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía puede recibirla de nuevo el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe”. Se exceptúa a las personas en peligro de muerte, que no se les pide el requisito de que sea dentro de la misa. Con lo cual, quedan derogadas, de hecho, las limitaciones anteriores, ya de por sí muy cortas.
Así pues, siempre que se participe en la misa, se puede comulgar una segunda vez,  aunque se asista por pura devoción.
Queda para el debate si cabe una tercera vez, que parece clara, solamente para los casos en que haya peligro de profanación o la comunión por viático, en caso urgente.
Todo lo anterior se refiere a los laicos, dejando aparte, lógicamente, los casos de sacerdotes que, con los permisos oportunos, puedan celebrar más de dos misas diarias.
  

8.5.13

SOBRE LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA EL JUEVES SANTO


Aunque ya nos hemos alejado algo de la pasada Semana Santa y del Triduo Pascual, vamos a relatar la normativa que el Misal dispone sobre la celebración de la Eucaristía el Jueves Santo.
El Misal dice que Según una antiquísima tradición de la Iglesia, en este día se prohíben todas las misas sin asistencia del pueblo. 
Por la tarde, en la hora más oportuna, se celebra la misa de la Cena del Señor, en la que participa plenamente toda la comunidad local y en la que todos los sacerdotes y ministros ejercen su propio oficio.
Los sacerdotes que ya han celebrado en la misa crismal[1] para el bien de los fieles pueden concelebrar de nuevo la misa vespertina. Los fieles que han comulgado en la misa crismal pueden también comulgar de nuevo en esta misa.
Donde lo exija el bien pastoral, el Ordinario del lugar puede permitir la celebración de otra misa, por la tarde, en las iglesias u oratorios públicos o semipúblicos; y en caso de verdadera necesidad, incluso por la mañana, pero solamente para los fieles que de ningún modo puedan participar en la misa vespertina. Cuídese que estas misas no se celebren solamente para bien de unos pocos y no perjudiquen en nada la misa vespertina, que es la principal. 
La sagrada comunión solamente se puede distribuir a los fieles dentro de la misa; a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora del día[2].
De lo anterior se deducen varias cosas:
1.     Que siempre se precisa permiso del obispo ordinario para celebrar misas en ese día (se entiende misas que no sean la de la Cena del Señor –Coena in Domini–).
2.     Que solamente se concederá dispensa para celebrar misa por la tarde si lo exige el bien pastoral.
3.     Que, para celebrar misa por la mañana,  sólo se dará dispensa en caso de verdadera necesidad y únicamente para los fieles que, de ninguna manera, puedan asistir a la misa vespertina de la cena del Señor.
4.     La Eucaristía que se celebre no debe ser para bien de unos pocos (comunidad, grupo, hermandad, etc)  y, además, que no ocasione perjuicio a la misa de la Cena del Señor (misma hora o situaciones similares similares).
Visto lo anterior, la pregunta es la siguiente ¿Puede una hermandad del Jueves Santo celebrar una misa matutina, como preparación de su estación de penitencia?
En principio, y siempre con permiso del obispo, sí, pero solo sería para los que de ninguna manera puedan asistir a la misa de la tarde. En este grupo, entiendo que entrarían exclusivamente los componentes de la cofradía (nazarenos, músicos, costaleros, ayudantes) que, por razón de su horario de procesión, no podrían de ninguna manera acudir a la misa vespertina.
Añadir solamente que la rúbrica empleada para componer el artículo es la traducción española de la 2ª Edición típica del Misal y que la 3ª Edición típica del Misal, del año 2002, aún no se ha publicado en español, al igual que los nuevos Leccionarios.


[1]  Misa que debería celebrarse, de ordinario, el Jueves Santo, por la mañana, pero en nuestra diócesis se ha pasado al Martes Santo.
[2] Misal Romano marzo 1988, edición Coeditores litúrgicos 2007, pág. 252.

7.4.13

DIFERENCIA EN LA FECHA DE LA PASCUA ENTRE LAS DISTINTAS IGLESIAS


La fiesta de la Pascua es de origen judío. Los judíos la celebran cada año el 14 de Nisán, coincidiendo con la primera luna llena de primavera, sea el día de la semana que sea. Su celebración hace referencia a la intervención de Dios en su historia, al liberarlos de la esclavitud de Egipto en tiempos de Moisés (Ex 12, 1-14).
La pascua cristiana se convirtió en la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesús, por medio de la cual liberó a la humanidad entera de la esclavitud del pecado y de la muerte.
Haciendo un poco de historia diremos que, en los primeros siglos del cristianismo, hubo dos tendencias respecto al día de celebración de la Pascua. En Asia Menor celebraban la Pasión del Señor el 14 de Nisán, igual que el pueblo judío, o sea, el mismo día de la luna llena. Esta tendencia se la conocía como los cuatordecimanos.
En las Iglesias occidentales, influenciadas por la costumbre romana, celebraban la Pascua de Resurrección el domingo tras la primera luna llena de primavera. Roma daba más importancia a la resurrección y las Iglesias asiáticas a la pasión.
Por otra parte, las Iglesias de Antioquía, Alejandría y Roma, que celebraban la Pascua en domingo, no coincidían en el domingo adoptado para tal fiesta. En Antioquía, aceptando el cómputo hebreo, escogían para la Pascua el domingo posterior al 14 de Nisán, por lo cual, en algunas ocasiones, la Pascua caía antes del equinoccio de primavera (21 de marzo). En cambio, en Alejandría y Roma, donde se deseaba marcar distancia con la religión judía, utilizaban cómputos propios para calcular la Pascua de forma que no cayese nunca antes del equinoccio. Pero tampoco en este cálculo había uniformidad, ya que los alejandrinos situaban el equinoccio el 21 de marzo y los romanos lo anticipaban al 18 de marzo.
Con el fin de solucionar estos problemas, en el Concilio de Nicea (325) se establecieron las normas para fijar la fecha de la Pascua:
- que la Pascua se celebrase siempre en domingo;
- que no coincidiese nunca con la Pascua judía, que se celebraba independientemente del día de la semana, para evitar paralelismos o confusiones entre ambas religiones;
- que los cristianos no antepusieran nunca la fiesta de Pascua al equinoccio de primavera.
Ahora, el problema consistía en saber qué día era el equinoccio, el 18 o el 21 de marzo, llegándose al acuerdo de fijarlo el 21 de marzo, por la intervención de Dionisio el Exiguo, monje erudito y matemático del siglo VI, el fundador del cálculo de la era cristiana o Anno Dómini ( †544), que consiguió que la Iglesia romana adoptase el sistema de cálculo de la Pascua seguido por la Iglesia alejandrina.
En aquellos años estaba en uso el calendario juliano,  así llamado porque lo había implantado Julio César en el año 46 a.C. y que fijaba el equinoccio de primavera el día 25 de marzo. Pero resultó que ese calendario no era exacto, ya que daba un desfase anual de 11 minutos al año, que con el paso del tiempo se convirtieron en días.
Para evitar este desfase, el Concilio de Trento (1545-1563) determinó corregir el calendario para que el equinoccio aconteciera el 21 de marzo, como en tiempos del Concilio de Nicea (325),  habiéndose alcanzado una diferencia de 10 días.
El papa Gregorio XIII (1572-1585) reformó el calendario, mediante la bula Inter gravissimas (24 de febrero de 1582), decretando dos cuestiones fundamentales:
*Que se restaran 10 días al calendario, de modo que del 4 de octubre se pasara al 15 de octubre (1582).
* Que fueran bisiestos aquellos años cuyas dos últimas cifras sean divisibles por 4, exceptuando los múltiplos de 100 (1700, 1800, 1900...), de los que se exceptúan a su vez aquellos que también sean divisibles por 400 (1600, 2000, 2400...).
Este calendario, llamado gregoriano por el papa Gregorio, tiene un pequeño error que se convierte en un día cada 3.300 años.
Lo que interesa para determinar la Pascua es que, a partir de este cambio gregoriano, dejó de haber uniformidad en la fecha pascual, ya que este cambio de calendario no fue asumido en los países donde no seguían el credo católico, tales como ortodoxos, protestantes y anglicanos, calendario que tardó años e incluso siglos, en ser implantado.  
La reforma gregoriana quebró la unidad de celebración del mundo cristiano. A partir de ese momento comenzó a determinarse el domingo pascual de manera separada. Hoy día, a nivel mundial,  el calendario gregoriano está implantado civilmente, pero las Iglesias ortodoxas, prácticamente en su totalidad, siguen utilizando el calendario juliano para fijar sus fiestas litúrgicas. Por esta razón, Oriente y Occidente no celebran la Pascua el mismo domingo dado que aplican los principios fijados por el concilio de Nicea 325 a calendarios distintos.
Los ortodoxos siguen computando la Pascua con el calendario juliano y los romanos con el gregoriano. De momento, el calendario juliano tiene 13 días de retraso respecto del gregoriano, y, en el año 2100, la diferencia será de 14 días. Es decir, la fecha del equinoccio de primaveral que se ha fijado, según el calendario juliano, el 21 de marzo, corresponde, según el calendario gregoriano, al 3 de abril. El domingo de Pascua puede coincidir en ambas Iglesias cuando la luna llena que sigue al equinoccio de primavera caiga tan tarde que corresponda también a la primera luna llena tras el 21 de marzo del calendario juliano (para nosotros sería el 3 de abril). Esto no ocurre con regularidad. Sin embargo, se ha producido en los últimos años: 2001, 2004, 2007, 2010 y 2011. Y se producirá nuevamente en los próximos años en 2014 y 2017, pero después será necesario esperar hasta 2034.  En definitiva, la Semana Santa ortodoxa puede ser posterior a la católica o coincidir, pero nunca anterior.
Los intentos de unificar las fechas del calendario litúrgico han fracasado hasta ahora, y aunque algunas Iglesias –Constantinopla, Grecia, Rumanía, Chipre, Alejandría, Antioquía y Bulgaria– han adoptado el calendario gregoriano para el Año Litúrgico, mantienen para determinar la fiesta de Pascua el calendario juliano, con el fin de mantener la unidad en las Iglesias ortodoxas.
La Iglesia católica trató el tema en el concilio Vaticano II y así quedó recogido en el número 20 del decreto sobre las Iglesias orientales católicas Orientalium Ecclesiarum (21 de noviembre de 1964): Mientras llega el deseado acuerdo de todos los cristianos de celebrar el mismo día la festividad de la Pascua, y para fomentar entre tanto esa unidad entre los cristianos de la misma región o país, se concede a los patriarcas o a las supremas autoridades locales la facultad de proceder unánimemente y de acuerdo con todos aquellos a quienes interesa celebrar la Pascua en una mismo domingo. Incluso los padres conciliares manifestaron no ser contrarios a que se adoptase un domingo fijo para la Pascua, siempre y cuando estuvieran de acuerdo todos los que estén interesados, llegando a proponerse como día de la Pascua al domingo siguiente al segundo sábado del mes de abril, obteniendo el beneplácito del occidente cristiano pero no de las Iglesias orientales.
El Consejo Ecuménico de las Iglesias ha debatido el tema de la determinación de una misma fecha para la Pascua en todas las Iglesias cristianas sin obtener, de momento, resultado alguno.
Los interesados pueden ampliar esta cuestión visitando  http://www.lexorandi.es/TeologiaLiturgica/astronomialiturgia.html

25.3.13

SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS CLÉRIGOS.




En este artículo vamos a exponer la vestidura habitual o de calle que los ministros ordenados deben llevar, completando el que ya hemos dedicado a la vestimenta de los obispos, basándonos en el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, en su número 66, aprobado por Juan Pablo II el 31 de enero de 1994 y en el Apéndice I del Ceremonial de los obispos.
Este Directorio dice que, en una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero — hombre de Dios, dispensador de sus misterios — sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel—más aún, por todo hombre— su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia.
Por esta razón, el clérigo debe llevar un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legítimas costumbres locales.  El traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal.
La vestidura básica de los clérigos, en su ropaje ordinario, debe ser, bien la sotana, bien el clerigman con alzacuellos. La sotana o hábito talar –así llamada por llegar hasta los talones– siempre será negra, salvo la del Papa, que la usa blanca. También se llama a la sotana traje o hábito piano en recuerdo del papa Pío IX que fue quien estableció su uso. La sotana de los sacerdotes lleva los botones negros, la de los obispos está ribeteada en morado, con  botones del mismo color y la de los cardenales tiene ribetes y botones en rojo. Los fajines son negros, morados o rojos para los sacerdotes, obispos o cardenales, respectivamente. También pueden llevar fajín morado los protonotarios apostólicos, los prelados de honor y otras dignidades. A veces, los seminaristas lo llevan azul.
Después del Vaticano II  la sotana acabó, en la mayoría de los casos, en el armario, por lo que el sacerdote se distingue cada vez menos. También es cierto que, desde hace algunos años, sobre todo entre los sacerdotes jóvenes, se registra una corriente a favor de recuperar su uso.
El clerigman es un traje, gris o negro, con alzacuellos blanco. Al comienzo de su uso hubo ciertas reticencias debido a que es una vestimenta que introdujeron los pastores protestantes. Si la vestidura clerical es obligatoria para todos, los clérigos que prestan servicio en la Curia, diocesana o romana están especialmente obligados a usarla.
El cardenal Tarcisio Bertone, actual Secretario de Estado Vaticano ya que ha sido ratificado por el papa Francisco, remitió una carta circular el 15 de octubre de 2012 a todos los responsable de los dicasterios, oficinas y tribunales de la Santa Sede, donde indicaba que  los cardenales, obispos y sacerdotes que prestan servicio en la Curia Romana deben acudir al trabajo con la vestimenta  adecuada, sotana o traje negro o gris con alzacuellos blanco (clergyman), y, cuando se presenten ante el Papa, todos han de llevar la sotana correspondiente al cargo. El cardenal resalta la importancia que tiene que el personal que presta servicio en el Vaticano vista adecuadamente. Literalmente dice que "en una época (la actual) en la que cada uno está llamado a renovar la conciencia y la coherencia de su propia identidad todo eclesiástico y religioso que trabaja en la Curia Romana debe vestir regularmente y con dignidad el hábito que le corresponde". Bertone agrega que han de ir con sotana o con clergyman  en cualquier época del año y que,  al igual que el personal que presta servicio en la Curia, también es conveniente  que los miembros de los episcopados de todo el mundo y otros religiosos que visiten la Curia Romana y la Ciudad del Vaticano vistan de esa manera.
Asimismo recordó, para evitar equivocaciones, que el uso de la sotana es obligatorio para asistir a cualquier acto que presida el Papa, como para acudir a las asambleas plenarias de los dicasterios vaticanos y a las visitas "ad limina apostolorum", la que están obligados a realizar al Papa todos los obispos del mundo cada cinco años.
Terminamos con la afirmación del Directorio citado, cuando dice que por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legitimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente,  y añade que, exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia.
Solo añadir que la sotana también es prenda de vestir por los clérigos de la Iglesia ortodoxa, los anglicanos y otros credos cristianos y que, en siglos pasados, no era prenda exclusivamente clerical, ya que la usaban también los doctores, gentes de letras, profesores de universidades y similares.




21.3.13

BUSCADOR EN EL BLOG

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14.3.13

EL MINISTERIO DE LECTOR: CONSEJOS ÚTILES



El ministerio de lector es uno de los dos ministerios instituidos propios de los laicos que la Carta Apostólica, en forma de Motu Proprio, MINISTERIA QUAEDA de Pablo VI estableció –el otro ministerio es el acolitado–. Pero, no cabe duda, de que el ministerio de lector se presta más a que lo ejerzan, si no de derecho, sí de hecho, muchos fieles laicos, hombres o mujeres, que colaboran en la Liturgia proclamando la Palabra de Dios. 
Teniendo en cuenta la cantidad de fieles que ejercen ese ministerio, que no siempre se hace bien y para el que no basta la buena voluntad o el ofrecimiento, la Delegación Diocesana de Liturgia del Arzobispado de Sevilla ha redactado un documento,    dirigido a quienes lo ejercen y válido para otras diócesis, recordando algunas pautas que se deben tener en cuenta.
El documento –letra en cursiva–  dice literalmente así:
- Recuerda que eres el altavoz de Dios en la asamblea, porque cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo.
- Utiliza siempre los Leccionarios. En ellos encontrarás siempre la seguridad de que la traducción de la Biblia cuenta con el apoyo de los Obispos que son garantes de la fe de la Iglesia. No cualquier traducción es apta para ser leída en la liturgia.
- Cuida bien los Leccionarios. Procura que se guarden en lugares dignos cuando no se utilizan. En la Liturgia  todo entra por los sentidos. Unos libros sucios y desencuadernados poco dicen de la dignidad e importancia de la Palabra de Dios.
- Prepara antes de la celebración la lectura de los textos, incluso leyéndolos en voz alta. Ello te dará luego seguridad y entonación adecuada a la naturaleza propia de lo que vas a proclamar.
- Si has de leer en una iglesia distinta de la que te es habitual, comprueba la situación acústica y la megafonía. No todas las instalaciones son iguales, no todos los micrófonos recogen igual la voz.
- No empieces a correr hacia el ambón cuando todavía el sacerdote está terminando de pronunciar la oración colecta. Espera a que termine y se siente en la sede. Empieza entonces a acercarte al ambón, despacio.
- Si para acercarte al ambón tienes que cruzar por delante del altar, haz una reverencia. Y si está el Santísimo en el sagrario,  haz una genuflexión.
- Algunos lectores parecen conductores novatos agarrados nerviosamente al volante por el modo en que se aferran al ambón. Las manos puedes colocarlas suavemente a los lados del libro. Nunca atrás ni en los bolsillos, que no son maneras dignas para la alta tarea que estás realizando.
- Antes de comenzar a leer, espera a que todo el mundo esté sentado y perfectamente acomodado. Aun así, espera un instante manteniendo la mirada hacia la asamblea. Ello  crea la expectación necesaria.
- Lo que en el leccionario aparece escrito en letras rojas está prohibido leerlo. ¡Acuérdate de los semáforos en luz roja! Por eso no digas: primera lectura, etc.
- No empieces a leer directamente el texto. La asamblea tiene derecho a saber de qué libro de la Biblia se va a hacer la proclamación. Por ello comienza, según te indique el Leccionario: Lectura de la carta, etc.
- Al final de la lectura no digas «Es» palabra de Dios. Sólo di: Palabra de Dios.
- Al leer, no olvides que te estás dirigiendo a una asamblea. Tienes que mirar de vez en cuando a los que te escuchan. Es  una forma elemental de mantener la calidad de la comunicación. Aprende de los buenos locutores de televisión que siempre miran a las cámaras. ¿Comprendes por qué hay que preparar la lectura con antelación?
- No lee mejor quien más corre leyendo, sino quien mejor vocaliza y mantiene el ritmo de la lectura, con sus correspondientes pausas.
- Y, sobre todo, asimila mediante la oración lo que vas a leer y sé el primero que testimonies con tu vida la verdad de lo que proclamas.
 A estos consejos, podemos añadir que la costumbre de leer de un papel o folio no es litúrgica y, al menos en apariencia, minusvalora la Palabra y le quita significación. También, señalar que hay textos de especial dificultad, con nombres bíblicos de difícil pronunciación y que no es lo mismo una lectura narrativa, histórica, que una con diálogos o poética, por lo que la costumbre de repasar antes la lectura antes es muy recomendable. No obstante, es frecuente “repartir” las lecturas en el momento mismo de comenzar la Eucaristía.
Tampoco está de más comprobar que el Leccionario esté abierto por la lectura del día que corresponde. Más de una vez hay despistes y situaciones incómodas por no cerciorarse antes. Para ello, es bueno tener a mano el Calendario Litúrgico-Pastoral del año en curso. 
Y, para finalizar, yo entiendo que, aunque no esté expresamente dispuesto, cuando deban subir dos lectores al ambón desde la nave, que lo hagan al mismo tiempo y se retiren de igual manera.

5.3.13

En breve, mi nuevo libro sobre "Liturgia, culto y cofradías".
Está prevista su presentación el día 14 de marzo.

http://abeceditores.blogspot.com.es/2013/02/liturgia-cultos-y-cofradias-manual-de.html