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27.10.07

LA SEÑAL DE LA CRUZ

Los cristianos hacemos con frecuencia la señal de la cruz sobre nuestras personas o nos la hacen otros ministros, como en el caso del bautismo, de la confirmación, de la penitencia y de las bendiciones. Este acto se llama signarse, persignarse o también santiguarse si es más reducido.
Es un gesto sencillo pero lleno de significado.

La señal de la cruz es una confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de posesión. Al hacer sobre nuestra persona esta señal es como si dijéramos: estoy bautizado, pertenezco a Cristo, él es mi Salvador, la cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana.
El primero que hizo la «señal de la cruz» fue el mismo Cristo, que «extendió sus brazos en la cruz» (Prefacio de la Plegaria Eucarística segunda) y «sus brazos extendidos dibujaron entre el cielo y la tierra el signo imborrable de tu Alianza» (Plegaria Eucarística primera de la Reconciliación). Si en el AT se hablaba de los marcados por el signo de la letra «tau», en forma de cruz (Ez 9,4-6) y el Apocalipsis también nombra la marca que llevan los elegidos (Ap 7,3), nosotros, los cristianos, al trazar sobre nuestro cuerpo el signo de la cruz nos confesamos como la comunidad de los seguidores de Cristo, que nos salvó en la cruz.

Las formas actualmente son dos. Al principio parece que era costumbre hacerla sólo sobre la frente. Luego se extendió poco a poco las dos formas que conocemos: hacer la triple cruz pequeña (persignarse) en la frente, en la boca y el pecho, como en el caso de la escucha del evangelio o hacer la gran cruz (santiguarse) desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho.
Para persignarnos se usa el dedo pulgar de la mano derecha que hace la señal de la cruz en la frente, sobre los labios y en el pecho. Mientras nos persignamos decimos "Por la señal de la Santa cruz, de nuestros enemigos libranos Señor Dios Nuestro”. La gran cruz (santiguarse) se hace desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho mientras se dice solamente : "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". En latín "In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen." En algunos países es costumbre besar al final el dedo pulgar, que ha formado una cruz con el índice.
Al entrar en el templo, los cristianos tenemos la costumbre de santiguarnos con el agua bendita de la pila, como recuerdo de nuestro bautismo. También hay quienes, acertadamente, lo hacen al cruzarse ante un templo o capilla ya que en el templo, en el sagrario, está la presencia real de Cristo.
En la celebración litúrgica hay algunos momentos en los que la señal de la cruz cobra un especial sentido
* Así, en la misa nos santiguamos con la gran cruz al comienzo de la misma junto al sacerdote diciendo: «En el nombre del Padre...». También al disponernos a escuchar el evangelio, al oír las palabras: “Lectura del Santo Evangelio...” En este caso hacemos la triple cruz. El sacerdote también hace la señal sobre el Evangelio y después se signa él. Al recibir la bendición –deberíamos tener la cabeza inclinada– también nos santiguamos con la gran cruz. Sólo el obispo hace la señal de la cruz tres veces cuando da la bendición al final de la misa o en otros ritos. Es costumbre de algunos fieles santiguarse antes de comulgar.
El sacerdote también hace la señal de la cruz sobre las ofrendas durante la Plegaria eucarística.
* en la Liturgia de las Horas, al comienzo del rezo de cada hora y al inicio de los cánticos evangélicos. Cuando la hora matutina empieza con «Señor, ábreme los labios», nos hacemos la señal de la cruz en la boca;
* en el sacramento de la Penitencia, el ministro traza la señal de la cruz sobre el penitente al decir «yo te absuelvo de tus pecados...», y el penitente hace otro tanto al recibir la absolución;
* en la Confirmación el obispo traza una cruz con el santo crisma en la frente de los confirmandos;
* especial importancia tiene la señal de la cruz en el Bautismo, cuando el sacerdote y los padres y padrinos signan al recién bautizado en la frente. El sacerdote signa al bautizado con la señal de Cristo Salvador.
* las bendiciones sobre cosas y personas se suelen expresar con la señal de la cruz. Cuando el sacerdote bendice al pueblo o a algún objeto hace la señal de la cruz, una vez, con su mano derecha, sobre la persona u objeto a bendecir.
Jesús Luengo Mena

21.10.07

LA PLEGARIA EUCARÍSTICA

La Plegaria Eucarística, también llamada anáfora o canon, es la oración central de la Misa, que el presidente proclama en nombre de toda la comunidad. Es el ápice de la celebración. En esta parte se llega a la máxima plenitud de expresión la acción de gracias y la alabanza. Es una oración de bendición que consta de los siguientes elementos:
- La acción de gracias del Prefacio
- La aclamación del Sanctus
- La epíclesis o invocación al Espíritu Santo
- El relato de la institución y la consagración
- La anámnesis o memorial
- La obligación
- Las intercesiones
- La doxología final

Comienza con un bellísimo diálogo introductorio entre sacerdote y pueblo. El sacerdote saluda al pueblo con “El Señor esté con vosotros” respondiendo el pueblo “Y con tu espíritu”. A continuación se nos invita a la alegría: “Levantemos el corazón” –sursum corda– y el pueblo contesta “Lo tenemos levantado hacía el Señor”. Ahora el sacerdote nos invita a dar gracias: “Demos gracias al Señor, nuestro Dios” y le respondemos con un “Es justo y necesario”. El sacerdote toma nuestra última afirmación, ratificándola, y comienza el prefacio con las misma palabras: “En verdad es justo y necesario –tenéis razón–, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar...”.
El prefacio es una alabanza a Dios Padre. Existen muchos prefacios, propios de cada tiempo litúrgico, fiestas y solemnidades. Algunas Misas lo tienen propio. En cualquier caso son siempre piezas bellísimas, que deben oírse siempre con gran atención para apreciar su riqueza teológica y poética.
A continuación viene el Sanctus, aclamación al Señor que siempre debería cantarse. Con esta aclamación nos asociamos a los ángeles y a todo el cosmos en la alabanza a Dios.
En la epíclesis o invocación al Espíritu Santo se pide para que transforme los dones del pan y el vino. Menos la Plegaría I –llamada Canon romano– las demás contienen dos epíclesis: una antes y otra después de la consagración. Continua con el relato de la institución y la consagración, repitiendo las mismas palabras que Jesús pronunció en la Última Cena. Estas palabras son siempre las mismas en todas las plegarias eucarísticas y sería una acción grave cambiarlas por otras. La anámnesis o memorial hace memoria de la donación de Jesús (muerte y resurrección), segunda epíclesis y se termina con las intercesiones (pidiendo por la Iglesia, por los difuntos, por nosotros). Se remata con la llamada doxología final: “Por Cristo, con Él y en Él...” que debe ser pronunciada sólo por el presidente y los concelebrantes, si los hubiera.
¿Cómo participa el pueblo en la Plegaria eucarística? Además de oírla atentamente y sumarse a ella, el pueblo va subrayando con sus aclamaciones los diversos momentos de la oración.
Así, tras la alabanza al Padre del Prefacio el pueblo entona el Sanctus, tras la memoria pascual de Cristo se subraya con “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección. Ven Señor Jesús” u otras de las que propone el Misal. Finalmente, el pueblo remata con un rotundo AMEN la doxología final. No es amen borreguil, es una amen de afirmación, de sumarse con una rúbrica a toda la oración que acaba de proclamarse. Es un amen que compromete. Se cuenta que en los primeros siglos del cristianismo este amen más que decirse se gritaba por parte del pueblo como signo de aceptación. Es, sin duda, el amen más importante de la Misa.
Hasta la reforma litúrgica del Vaticano II en la misa tridentina sólo existía una Plegaria Eucarística, la ahora denominada con el número I (Canon romano). Hoy día hay cuatro formularios (incluida la anterior) que son las más usadas aunque existen otras para ocasiones especiales (misas con niños, reconciliación, etc). En cualquier caso esta plegaria no puede inventarse por parte de los sacerdotes y son las Conferencias episcopales de cada país las autorizadas a introducir nuevas.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

13.10.07

VENI, CREATOR SPÍRITUS (CANTO AL ESPÍRITU SANTO)

Veni, Creator Spiritus, mentes
tuorum visita. Imple superna
gratia quae tu creasti pectora

Qui diceris Paraclitus, Altissimi
donum Dei, fons vivus, ignis,
caritas, et spiritalis unctio.

Tu septiformis munere, digitus
paternae dexterae, tu rite
promissum Patris, sermone ditans
guttura.

Accende lumen sensibus, infunde
amorem cordibus, infirma nostri
corporis, virtute firmans perpeti.

Hostem repellas longius,
pacemque dones protinus, ductore
sic te praevio, vitemus omne
noxium.

Per te sciamus da Patrem,
noscamus atque Filium, teque
utriusque Spiritum credamus omni
tempore.

Deo Patri sit gloria, et Filio qui a
mortuis surrexit, ac Paraclito in
saeculorum saecula. Amen

Ven Espíritu creador; visita las almas de tus fieles. Llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo has creado.
Tú eres nuestro consuelo, don de Dios altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú el dedo de la mano de Dios, Tú el prometido del Padre, pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra frágil carne.
Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto tu paz, siendo Tú mismo nuestro guía evitaremos todo lo que es nocivo.
Por Ti conozcamos al Padre y también al Hijo y que en Ti, que eres el Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo.
Gloria a Dios Padre y al Hijo que resucitó de entre los muertos, y al Espíritu Consolador, por los siglos infinitos. Amén.

7.10.07

EL DOMINGO

El domingo es el día del Señor, Pascua semanal. La palabra domingo viene del latín «dominicus», «dominica dies», Día del Señor. Es el nombre que por primera vez da el Apocalipsis –kyriake hemera– al que hasta entonces se llamaba “día primero después del sábado” o sea, al día en que resucitó Cristo Jesús.
A lo largo de los veinte siglos de su historia, la Iglesia no ha dejado nunca de celebrar este día como día pascual semanal. A partir del siglo IV, con la paz de Constantino, se le fue añadiendo además el aspecto del descanso laboral, que antes no tenía

“La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio cada ocho días, en el día que es llamado, con razón, día del Señor o domingo. En ese día los, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” (SC 106).

No hay ninguna fiesta más importante que el domingo y entre ellos el domingo pascual, eje del año litúrgico. En rigor, todos los domingos del año son domingos pascuales, pascua semanal. La Iglesia desde el S. V ha impuesto la obligación de santificar el día del Señor, día que comienza en las Vísperas, o sea, en la tarde anterior (sábado) siguiendo la costumbre judía de contar los días. Por este motivo la misa vespertina del sábado "vale" para cumplir el precepto dominical porque en rigor ya es domingo (CDC 1247-1248).
Además el domingo, fiesta primordial de precepto, (CDC 1246) y fundamento y núcleo de todo el año litúrgico solamente cede su celebración a las solemnidades y fiestas del Señor excepto en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua que tienen precedencia sobre todas las fiestas y solemnidades, que de coincidir deben ser celebradas el sábado anterior (NUAL nº 5).
De hecho, las solemnidades se equiparan en su celebración a los domingos y no al revés: comienzan en las vísperas, tienen tres lecturas, Credo y Gloria, como los domingos.
También los domingos tienen su propio ciclo del Leccionario (años A, B y C).
Jesús Luengo Mena

3.10.07

EL RITO TRIDENTINO DE LA MISA ¿UN PASO ATRÁS?

A la vista de la polémica que la autorización, siempre considerado como extraordinario, del rito tridentino me gustaría aclarar algunas cuestiones que, seguramente sin mala intención pero sí con algunas dosis de ignorancia, se están escribiendo sobre este tema.

En primer lugar esta autorización del Motu Propio “Summorum Pontificum” lo que hace es levantar las restricciones al uso de ese rito, que nunca ha estado prohibido.
¿Y porqué levanta las restricciones? Pues porque grupos de católicos, como nosotros, consideran que ese rito es tan válido como el actual y lo prefieren. El rito no debe ser motivo de ruptura ni de alejamiento de la comunión eclesial . La Misa siempre es la misma: sacrificio y misterio de nuestra salvación. Nadie piense que a partir de ahora la Misa vuelve a ser en latín ni que los sacerdotes se van a reconvertir en masa al rito tridentino. Siempre serán casos aislados, legítimos y tan respetables como el rito ordinario y cuando los fieles lo pidan expresamente. No hay marcha atrás ni marcha adelante: es otra opción. En días de pluralismo no parece razonable criticarlo desde una perspectiva supuestamente progresista.

En segundo lugar y hablo en general me parece desproporcionada la reacción a esta autorización, por parte de algunos medios de comunicación, más aún cuando viene de personas que ni pertenecen ni están en la comunión eclesial ni asisten a actos de culto ¡Qué gran preocupación se observa entre los que precisamente no quieren saber nada de la Iglesia y a los que no les afecta para nada! Más de un artículo en prensa he leído claramente malintencionado. El rito tridentino no puede ni debe ser demonizado ni descalificado radicalmente. En ese rito rezaron y dieron culto al Señor durante cientos de años millones y millones de hermanos nuestros que nos precedieron en la fe.

En tercer lugar aclararé dos cuestiones, las más criticadas, que veo que son recurrentes: el uso del latín y la postura del sacerdote. El latín es la lengua oficial de la Iglesia y todos los documentos vaticanos (encíclicas, cartas apostólicas, decretos, etc) se publican en latín y luego o simultáneamente se traducen a las lenguas vernáculas. Si hoy se considera como una riqueza la variedad de lenguas y se fomenta su uso a ver si ahora va a resultar que todas las lenguas son una riqueza menos el latín, lengua que se usó durante cerca de mil años en casi toda Europa.
En lo referente a la postura del sacerdote, de espaldas al pueblo casi toda la Misa, no debe interpretarse como un acto de menosprecio ni de indiferencia del sacerdote hacia el pueblo. El sentido litúrgico que tiene es que el sacerdote adopta la misma dirección que tiene el pueblo: todos, sacerdote y pueblo, miran al Oriente, lugar hacia donde debe estar orientada la cabecera de la iglesia (como simbolismo de Cristo, sol naciente que trae al mundo la luz y la salvación).
Termino: el rito ordinario, del Vaticano II, va seguir siendo el mayoritariamente empleado, es el que va más con los tiempos actuales, es más pastoral y en el que yo, salvo alguna excepción, seguiré participando en la Misa. Pero el rito tridentino supone una riqueza cultual y litúrgica y su autorización hace desaparecer un motivo de alejamiento de algunos hermanos. Otros puntos de vista pueden ser respetables pero no cabe ver intenciones ocultas ni fantasmas inexistentes. El Vaticano II supuso un gran avance para la Iglesia y en ello estamos. Pero lo cortés no quita lo valiente.
Jesús Luengo Mena

1.10.07

EL SAGRARIO

El «sagrario» o «tabernáculo» es un pequeño recinto, a modo de caja o armario, donde se guarda la Eucaristía después de la celebración para que pueda ser llevada a los enfermos o puedan comulgar fuera de la misa los que no han podido participar en ella.
La palabra «sagrario» ya indica que es el lugar donde se guarda lo sagrado. «Tabernaculum» en latín significa «tienda de campaña»: de ahí la fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas de Israel, y sobre todo la «tienda del encuentro» que era su punto de referencia a lo largo de la travesía del desierto. Ahora, la verdadera «tienda» es Cristo mismo (Hb 9,11.24), el Verbo que se ha hecho carne y ha plantado su tienda entre nosotros (Jn 1,14).
En los primeros siglos se guardaba la Eucaristía en casas particulares, con sumo respeto. A partir del S. XI se colocaba en un sagrario encima del altar.
Hoy día el sagrario no se coloca sobre el altar: «la presencia eucarística de Cristo, fruto de la consagración, y que como tal debe aparecer en cuanto sea posible, no se tenga ya desde el principio por la reserva de las especies sagradas en el altar en que se celebra la misa» (ROCE 6: E 986). La Eucaristía se reserva en un solo sagrario en cada iglesia u oratorio, colocado en un lugar noble y destacado, convenientemente adornado, fijado permanentemente sobre un altar, pilar, o bien empotrado en la pared o incorporado al retablo. Debe estar construido de materia sólida (pueden ser metales preciosos como oro, plata, metal plateado, madera, cerámica y similares) y no transparente, cerrado con llave, en un ambiente que haga fácil la oración personal fuera del momento de la celebración, y por tanto mejor en una capilla separada (capilla sacramental).
Sería un grave abuso colocar el sagrario en una capilla o lugar al fondo de la iglesia o detrás de los asientos de los fieles. Para que sea un lugar muy destacado o distinguido debe poder ser visto desde la nave y ser fácilmente localizable.
Es costumbre colocar un corporal dentro y recubrir sus paredes externas con un tejido rico o con oro (conopeo).
Junto al sagrario luce constantemente una lámpara, con la que se indica y honra la presencia de Cristo. La presencia del Señor en el sagrario se indica además, si es el modo determinado por la autoridad competente, por medio del conopeo (cf. IGMR 276-277; RCCE 9-11).
El conopero (del griego Konopeion) es una especie de velo o mosquitera a modo de tienda que cubre el sagrario. Su uso es facultativo y debe ser blanco o del color litúrgico del día, nunca negro. Este velo representa la tienda santa del Señor.
La lámpara que arde perpetuamente junto al sagrario debe estar alimentada con aceite o cera, nunca con otro combustible. Es preferible la luz natural pero el obispo puede autorizar una luz eléctrica.
En definitiva, el sagrario es, en palabras de Pablo VI, el corazón vivo de cada una de nuestras iglesias. Por esa razón, el espacio que rodea al sagrario debe conducir a la adoración y oración personal, con asientos, reclinatorios y libros de espiritualidad eucarísticos que ayuden a adorar a nuestro Señor.
Jesús Luengo Mena

25.9.07

LOS ACTOS LITÚRGICOS

No todos los actos religiosos son actos litúrgicos. Vamos en este artículo a diferenciar lo que es Liturgia de lo que no lo es.
Sólo son actos litúrgicos aquellos que expresan la sacramentalidad de la Iglesia. Los actos litúrgicos tienen que tener sus libros oficiales y ritos propios, aprobados por la Santa Sede y tienen que ser presididos por los ministros autorizados para ello.
Los actos litúrgicos podemos agruparlos en tres categorías: los sacramentos, la Liturgia de las horas y los sacramentales.
Son actos litúrgicos en primer lugar la celebración de los distintos sacramentos: Eucaristía, Bautismo, Reconciliación, Confirmación, Matrimonio. Órden sacerdotal, Unción de enfermos.
También son actos litúrgicos la Liturgia de las horas –con sus momentos más importantes en los Laudes y las Vísperas– y los sacramentales.
Llamamos sacramentales a signos sagrados a modo de sacramentos pero que no han sido instituidos por Cristo sino creados por la Iglesia para preparar, acompañar y prolongar la acción de los sacramentos.
El nombre de “sacramentales” nos trae a la memoria el de “sacramentos” y manifiesta una íntima relación entre unos y otros. Los sacramentales ayudan a los hombres para que se dispongan a recibir mejor los efectos de los sacramentos, efectos que el Concilio llama principales.
¿En qué se diferencian los sacramentales de los sacramentos?Mientras los sacramentos son de institución divina, pues los ha instituido el mismo Jesucristo, los sacramentales son de institución eclesiástica, es decir, los ha creado la Iglesia. Además, en cuanto a los efectos también hay diferencias.
Los sacramentos producen la gracia “ex opere operato”, o sea, todo sacramento obra, tiene eficacia por el hecho de ser un acto del mismo Jesucristo; no obtiene su eficacia o valor esencial ni por el fervor ni por los méritos del ministro o del sujeto que recibe el sacramento. En cambio, los sacramentales obran “ex opere operantis Ecclesiae”, es decir, que reciben su eficacia de la misión mediadora que posee la Iglesia, por la fuerza de intercesión que tiene la Iglesia ante Cristo que es su Cabeza. Los sacramentales producen sus efectos por la fuerza impetratoria de la Santa Iglesia.
A modo de ejemplos podemos citar como sacramentales la dedicación de iglesias, las exequias, coronaciones canónicas, exposición y bendición con el Santísimo, la profesión religiosa, el agua bendita, exorcismos, bendiciones varias, adoración de la Cruz, imposición de la ceniza, etc.

No son actos litúrgicos, aunque tiendan a parecerse a ellos, las prácticas de religiosidad popular. El rezo del rosario, letanías, procesiones, Vía crucis, triduos, novenas, quinarios, setenarios, primeros viernes y demás prácticas de piedad popular no forman parte de la Liturgia de la iglesia, lo cual no quiere decir que no sean acciones piadosas dignas de favorecerse y practicarse.
Hay algunas procesiones que sí tienen categoría de litúrgicas: la del dos de febrero con las candelas, la del Domingo de Ramos (palmas) conmemorando la entrada del Señor en Jerusalén, la del Jueves Santo al llevar a Jesús sacramentado a la reserva, la del Viernes Santo al adorar la Cruz de Cristo, la del Sábado Santo tras el cirio pascual recién encendido o al baptisterio para el bautismo y las procesiones eucarísticas, como la del Corpus Christi.
Asimismo, durante la Misa tienen consideración de procesiones la de entrada de los celebrantes, la del evangelio cuando se va desde el altar al ambón a proclamarlo, la del ofertorio si se llevan los dones por los fieles al altar y la de la comunión, cuando los fieles nos acercamos a comulgar.
Jesús Luengo Mena


20.9.07

LAS ORACIONES DE LA MISA

Durante el desarrollo del rito de la eucaristía el sacerdote desarrolla varias acciones: gestos, saludos (El Señor esté con vosotros), moniciones (unas improvisadas pero en su momento oportuno, otras reguladas como el Oremos), diálogos con el pueblo (como el que introduce al Prefacio), lectura evangélica, homilía y oraciones. En este artículo vamos a tratar de las oraciones que el sacerdote dice en la Misa, excluyendo la Plegaria eucarística “ápice de la celebración”, ya que por su importancia merece un artículo para ella sola.
En primer lugar decir que no todo lo que se dice en la Misa es una oración. Oraciones son palabras que dirigimos a Dios, para alabarle o suplicarle. Así pues, en las oraciones, el sacerdote no se dirige al pueblo sino a Dios. Por eso comienzan con frases del estilo de “Te rogamos, Señor...; Te pedimos...; Escucha Señor... y similares. Se concluyen con una formula trinitaria de las varias que existen.
En la Misa hay que distinguir dos tipos de oraciones: aquellas que el sacerdote dice en voz baja porque no se dirige a Dios en nombre de la comunidad sino en el suyo propio (como por ejemplo la que pronuncia antes del Evangelio, al lavatorio o en la comunión) y aquellas oraciones que dice en voz alta, como portavoz de la asamblea. En este caso habla en plural.
Las oraciones de la Misa son acciones que pertenecen al celebrante principal, que siempre las debe pronunciar él, nunca un concelebrante. Por eso se las llama también oraciones presidenciales. Estas oraciones son: oración colecta, oración sobre las ofrendas, la oración después de la comunión y como más importante la Plegaria eucarística. También el presidente introduce y concluye la Oración de los fieles y el Padrenuestro, que reza toda la asamblea.
Las oraciones se deben escuchar siempre en pie, salvo el momento de la consagración, en que se permanecerá de rodillas.
Veamos brevemente cada una de ellas.
La oración colecta se dice tras el Gloria, si lo hay, o tras el “Señor ten piedad”. Mediante esta oración se expresa la índole de la celebración, o sea, el carácter propio del día. Si es solemnidad, fiesta o memoria se suele citar en la misma el santo que celebramos. Se la llama así porque recolecta las intenciones individuales en una sola oración que se convierte en la oración de la Iglesia. También se la llama a veces oración del día o de la Misa. Se considera la oración más importante de las variables y concluye con la fórmula trinitaria más desarrollada.
En épocas pretéritas, cuando los fieles se reunían en una iglesia y se trasladaban procesionalmente a otra para la Misa, era la oración inicial que se rezaba cuando el pueblo estaba reunido. Actualmente, con la oración colecta concluyen los ritos iniciales y se da paso a la Liturgia de la Palabra.
También se llama colecta a la recaudación monetaria que se hace a favor de los necesitados durante la Misa.
La oración sobre las ofrendas se pronuncia una vez preparados los dones sobre el Altar y tras el lavatorio. El sacerdote nos invita a orar con el “Orad hermanos para que este sacrificio mío y vuestro...” y tras la respuesta del pueblo pronuncia la oración. Es el momento más importante del rito de preparación de los dones.
Hay que hacer notar que durante esta oración se ha generalizado la costumbre del pueblo de permanecer sentados, indebidamente.
La oración de poscomunión se reza tras el momento de silencio y reflexión una vez terminado de repartir el Cuerpo de Cristo. De nuevo el sacerdote nos invita a orar y, el pueblo en pie al mismo tiempo que el sacerdote se levanta, escucha la oración y la concluye, al igual que todas las demás, con un AMEN. Su contenido hace referencia a alguno de los efectos del sacramento recién recibido relacionándolo con la fiesta celebrada o con el tiempo litúrgico.
Otras oraciones como la Oración de los fieles o el Padrenuestro serán objeto de diferentes artículos.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

9.9.07

LOS LIENZOS LITÚRGICOS Y SU USO

En este artículo vamos a enumerar y describir los principales lienzos litúrgicos, entendiendo por tales los que se usan durante la celebración eucarística. Podemos citar varios.

Como más importante tenemos el corporal, que debe emplearse siempre en la celebración de la Misa. Es un paño de forma cuadrada y para guardarlo se pliega habitualmente en nueve secciones. Se despliega al comienzo de la liturgia eucarística (preparación de los dones), para colocar sobre él el cáliz y la patena con la Hostia que será consagrada. En las concelebraciones se puede utilizar un corporal mayor. Es preferible que no lleve adornos, para significar mejor la asociación que tradicionalmente se ha hecho con el santo sudario. No obstante, se suele poner una cruz en el centro del lado más próximo al celebrante, que también le sirve de referencia.
También se debe usar, además de en la Misa, en la Exposición del Santísimo, para colocar encima la custodia o copón y sobre una mesita cuando se lleva la comunión a los enfermos.
Su nombre le viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre ese lienzo.

El purificador es un paño que se suele plegar longitudinalmente, en tres partes, para utilizarlo a modo de toalla en la limpieza de los vasos sagra­dos. No se debe adornar en exceso y debería ser de lino blanco o de otro tejido absorbente.

La palia es una cuadrado de cartón o madera recubierto de lino o tela almidonada que cubre el cáliz, impidiendo que caiga polvo o insectos dentro de él. Su uso es opcional. Conviene emplearla en épocas del año en las que el polvo y los insectos son más frecuentes, o en lugares en los que podría caer alguna cosa dentro del cáliz, por ejemplo: en una Misa celebrada al aire libre. La parte superior de la palia se puede adornar ricamente. Tiene un sentido puramente utilitario e higiénico. La tela y el color normalmen­te hacen juego con los ornamentos, aunque puede ser siempre blanco. Si tiene forma redonda se la llama hijuela.

El cubrecáliz en una tela que cae de la palia, tapando el cáliz. Una forma de subrayar la transición de la liturgia de la palabra a la liturgia eucarística es poner el cubrecáliz durante la liturgia de la palabra y quitarlo en el ofertorio, cuando el altar y las ofrendas están pre­parados.

El manutergio o toalla es un lienzo que sirve para que el sacerdote se seque las manos después del lavabo. Debe ser absorbente y amplio.

Jesús Luengo Mena, Vicette de Jesús Despojado y Lector instituido

3.9.07

INCIDENTES QUE PUEDEN OCURRIR DURANTE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y CÓMO SOLUCIONARLOS

Vamos en este artículo a relacionar algunos de los incidentes que se pueden producir durante la celebración eucarística, sin ánimo de agotar la casuística posible. En cualquier caso, cuando algo sale mal en el presbiterio hay una regla de oro: debe actuarse siempre con calma y sentido común, sin perturbar al pueblo innecesariamente.

En lo referente a los laicos, el incidente más repetido puede ser referido a las lecturas.
¿Qué hacer si, cuando el lector se acerca al ambón y bien o no está el Leccionario o han colocado un Leccionario equivocado?
Si no hay Leccionario puesto, el lector se dirigirá discretamente al acólito, si lo hay, o al presidente para que éste requiera al encargado de ponerlo o lo tomará, si conoce su ubicación y las lecturas que corresponden al día. Otro caso es que las lecturas que aparezcan en el leccionario abierto no sean las que correspondan. Si los Leccionarios están a la vista y conoce cual tiene que usar lo puede tomar y buscar las lecturas. Es útil tener siempre en el presbiterio los distintos tomos del Leccionario y el Directorio Litúrgico o Calendario litúrgico del ciclo en curso para buscar rápidamente las lecturas que corresponden al día.
Es bueno que los lectores repasen con discreción en el ambón las lecturas y comprueben que el libro está convenientemente preparado.

En lo referente al clero pueden darse varias situaciones.
¿Qué hacer si el sacerdote, después de la Consagración o incluso en el momento de la Comunión, descubre que en el cáliz hay solo agua y no vino?
Este incidente puede ocurrir si se emplea vino blanco o si en la vinajera del vino se ha puesto agua por equivocación. El sacerdote deberá vaciar el cáliz y volver a poner vino y agua repitiendo solamente las palabras que corresponden a la consagración del cáliz.

¿Qué hacer con los purificadores cuando están empapados con la Sangre de Cristo después de, por ejemplo, haber impartido la Comunión bajo las dos especies?
Esos purificadores se deben poner en remojo durante un tiempo y verter posteriormente el agua en el sacrarium, desagüe de una fuente o en un jardín. No es respetuoso verter esa agua en un lavabo común, que va a los desagües generales de la red de saneamiento. Después se pondrán los corporales a secar, hasta que se laven de la manera habitual. El mismo procedimiento se debe seguir si cae la Preciosa Sangre en un corporal o en un ornamento o ropa.

¿Qué hacer cuando se cae un cáliz en el altar o en otro lugar?
Si se derrama algo de la Sangre del Señor se debe lavar el sitio con agua y posteriormente echarse en el sacrarium. Se puede poner un purificador o paño grande donde ha caído la Sangre, para que vaya empapando. Luego, se retira con sumo respeto y se procede como en el punto anterior. Igual procedimiento se sigue si se ha derramado sobre el mantel del Altar.

¿Qué hacer si, durante la comunión, se acaban las sagradas formas y no quedan más en el Sagrario?
En ningún caso puede el sacerdote consagrar más formas. Puede partir las Hostias en pequeños fragmentos. Esta acción es más decorosa hacerla en el Altar, no mientras reparte la Comunión, y solo puede ser ayudado en esta tarea por otro sacerdote. Si las Sagradas Formas no pueden partirse más y quedan fieles sin recibir la Comunión el sacerdote podría ofrecerse a celebrar otra Misa para las personas que no han podido comulgar, si es posible. Es muy conveniente prever con cuidado y revisar el número de formas del Sagrario para evitar en lo posible esas situaciones.

¿Qué hacer si cae al suelo una Hostia?
Si se cae al suelo una Hostia el ministro celebrante (no el comulgante) deberá recogerla de inmediato. La puede depositar sobre el corporal y consumirla posteriormente. El lugar en que cayó la Hostia puede ser purificado posteriormente.

Nota: El sacrarium es un depósito con desagüe directo a la tierra, donde se echa el agua que se ha sobrado de una función sagrada, como el lavado de los objetos sagrados y suele estar en la sacristía. A veces también se le llama "piscina".

El lector interesado puede completar su información consultando el libro de Peter J. Elliot titulado “Guía práctica de Liturgia”.

Jesús Luengo Mena, Lector instituido.




27.8.07

TRATAMIENTOS Y PROTOCOLO ECLESIÁSTICOS

Vamos en este artículo a relacionar los tratamientos más usuales que tienen los eclesiásticos.
En primer lugar el Papa tiene el tratamiento de Su Santidad o Beatísimo Padre, cuyas abreviaturas son S.S. o Btmo. P. Su color propio es el blanco.

Los cardenales tienen el tratamiento de Eminentísimo y Reverendísimo Señor, cuya abreviatura es Emmo. y Rvdmo. Sr. Su color propio es el rojo.

A los arzobispos, obispos y Nuncios Apostólicos (equivalentes a un embajador, en este caso de la Santa Sede) se les trata de Excelentísimo y Reverendísimo Señor, cuya abreviatura es Excmo. y Rvdmo. Sr. Su color propio es el morado.
Reverendísimo Señor es el tratamiento debido al abad o superior de cualquier Orden o Congregación religiosa y su abreviatura es Rvdmo. Sr. También se les puede tratar como Reverendísimo Padre en cuyo caso la abreviatura correspondiente es Rvdmo. P. Tienen sus hábitos propios.

Reverendo Señor, cuya abreviatura es Rvdo. Sr. es el tratamiento debido a los presbíteros y diáconos, por ejemplo a un párroco o capellán. Su color propio es el negro.
Como puede el lector observar, salvo en el caso del Papa, a todos los tratamientos específicos se les añade la palabra Reverendísimo (en superlativo) o Reverendo Señor, que es el tratamiento básico común a todos ellos.

Otros tratamientos particulares se refieren a los canónigos, que tienen el de Muy Ilustre Señor, cuya abreviatura es M. Iltre. Sr. El de Ilustrísimo Señor, cuya abreviatura es Ilmo. Sr. Lo poseen otras autoridades eclesiásticas como el Vicario, Presidente del Tribunal Eclesiástico, Juez del Tribunal Eclesiástico, Fiscal de la Diócesis, Priores de los canónigos regulares y de las órdenes militares y algún otro caso más.
El tratamiento de Monseñor no va con ningún cargo específico y lo concede el Papa como un honor a las personas que por su servicio y fidelidad a la Iglesia considera oportuno. Suele denominarse así también a los prelados.

Al obispo hay que recibirle en la puerta del templo y dirigirle, en primer lugar, a la reserva del Santísimo si lo hay para adorarlo. Después se pasa a la sacristía para revestirse y comenzar la procesión solemne de entrada. La costumbre de dirigirse en primer lugar a adorar al Santísimo está dispuesto para todos los fieles que entran en un templo.
Como signos de respeto y filial obediencia, a los obispos se les besa el anillo. La costumbre de besar la palma de la mano a los presbíteros está hoy día en desuso.

En lo referente a las siglas con las que se identifica el clero regular perteneciente a Órdenes y Congregaciones religiosas vamos a relacionar algunas, dejando para otro artículo las demás.

Los franciscanos usan las siglas O.F.M. (Ordo Fratrum Minorum)
Los capuchinos O.F.M. Cap (Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum)
Los dominicos O.P. (Ordo Praedicatorum)
Los carmelitas O. Carm (Ordo fratrum Beatissimæ Virginis Mariæ de Monte Carmelo)
Los mercedarios O. de M. (Orde de Mercede)
Los agustinos O.S.A. (Ordo Sancti Augustini)
Los jesuitas S.J. (Societatis Jesu)
Los salesianos S.D.B. (Salesiani don Bosco)
Los escolapios Sch. P. (Ordo Scholarum Piarum)
Los redentoristas C.S.S.R. (Congregatio Sanctissimi Redemptoris)
Los lasallianos F.S.C. (Institutum Fratrum Scholarum Christianarum)
Los maristas F.M.S. (Institutum Fratrum Maristarum)
Los padres blancos SS.CC. (Congregatio Sacrorum Cordium Iesu et Mariae necnon adorationis perpetuae SS. Sacramenti altaris)
Los claretianos C.M.F. (Cordis Mariae Filius)
Los hospitalarios O.H. (Ordo Hospitalarius Sancti Joannis de Deo)

Jesús Luengo Mena, Lector Instituido y Vicette de Jesús Despojado




11.8.07

VELAS Y LÁMPARAS: SU USO LITÚRGICO

El fuego y la luz son uno de los elementos importantes en la Liturgia. En el Antiguo Testamento el fuego se asocia a la presencia de la divinidad. Los primeros cristianos pronto lo asociaron a Cristo resucitado.
Para la celebración de la Eucaristía son necesarias dos, cuatro o seis velas, que se ponen sobre el altar. Se pueden usar dos velas en los días feriales y las memorias, cuatro en las fiestas y seis en los domingos y solemnidades, aunque no es obligatorio. Un número impar de velas, concretamente siete, se ponen solamente cuando oficia el obispo diocesano.
En cuanto al color la costumbre es que sean blancas o de color crema. El uso de velas de colores resulta vulgar y es inadecuado, así como las eléctricas.
El material de que estén fabricadas debe ser de buena calidad, aunque no es obligatorio que lo sean de cera de abeja. Si hay corrientes de aire puede llevar protectores de cristal, siempre transparentes.
Su colocación en el altar debe ser de tal manera que no deben tapar la vista del celebrante. Deben colocarse a lo largo del altar, de manera simétrica, aunque también se ha puesto de moda colocarlas todas en un extremo, sobre todo si el altar es pequeño.
También se usan velas en la Vigilia pascual, tomando el pueblo su luz del cirio pascual y en el sacramento del bautismo.

Una “vela” muy importante litúrgicamente hablando es el cirio pascual (cirio procede de cera). Debe ser de cera de abeja y se enciende en la Vigilia pascual. Se le puede poner cinco granos de incienso para simbolizar las cinco llagas de Cristo y se decora con el alfa y el omega. Debe encenderse en la cincuentena pascual durante todas las celebraciones litúrgicas y en otras determinadas ocasiones, como en los bautismos y las exequias. Así, su luz acompaña al cristiano en el momento de su ingreso en la Iglesia y en su despedida de este mundo. En tiempo pascual estará situado en el presbiterio, cerca del ambón. El resto del año debe colocarse cerca de la pila bautismal.

En las misas solemnes, cuando interviene el cuerpo de acólitos, dos ciriales se colocan a los lados del ambón, durante la proclamación del Evangelio. También se colocan mirando al altar durante la Plegaria eucarística. Esto último no es aconsejable, a mi parecer, si la capilla o templo es pequeño y la presencia de los ciriales pudiese estorbar notablemente la visión del presidente y del altar.

La lámpara que arde perpetuamente junto al sagrario debe estar alimentada por aceite o con cera, aunque el obispo puede autorizar el uso de una lámpara eléctrica por motivos prácticos. En cualquier caso siempre es preferible una llama natural, que expresa ofrenda de luz. La costumbre actual es un vaso de color rojo.
Su posición puede ser sobre una repisa adosada a la pared o sobre un pedestal, aunque la forma más digna y tradicional es colgando. Nunca debe colocarse sobre el sagrario ni delante de la puerta del mismo. Las luces eléctricas o focos que en algunos lugares se disponen dirigidas al sagrario no pueden sustituir en ningún caso a la lámpara eucarística.

Por último, una referencia al uso de los cirios y ciriales en las cofradías. El color de la cera roja se asocia a hermandades sacramentales. En los tramos de Cristo aparece la cera color tiniebla, blanca o morada (penitencial) y excepcionalmente verde o negra. El color de los tramos de la Virgen suele ser blanco, a veces azul o tiniebla aunque el verde (esperanza) es frecuente en sus advocaciones. El cirio puede ser entero de ese color o sólo la cantora, dependiendo de los tramos.
Las velas de los ciriales que anteceden a los pasos deben ser del mismo color que las que lleven los pasos que los preceden.
Jesús Luengo Mena






10.8.07

LA MISA EN RITO TRIDENTINO

En el mes de septiembre se podrá utilizar, como forma extraordinaria de la Misa, el antiguo rito tridentino según el Misal de Juan XXIII de 1962. El Motu Propio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI levanta las restricciones im­puestas por la reforma litúrgi­ca de Pablo VI en 1970 al uso de la liturgia anterior, promulga­da por san Pío V en 1570 si­guiendo las indicaciones del Concilio de Trento frente al protestantismo. Vamos en este artículo a analizar las diferencias de ese rito con el rito del Vaticano II.
A modo de introducción en primer lugar hay que aclarar que la Misa es y ha sido siempre la misma: celebración del misterio de nuestra salvación, sacrificio redentor que vuelve a suceder. Lo único que ha ido variando a lo largo de la historia han sido los ritos, la forma de celebrarla. No obstante lo anterior no excluye que el rito de Trento (así lo llamaremos por ser el que el Misal de san Pío V normalizó en 1570) ponga más hincapié en la Misa como oblación y sacrificio divino y el rito del Vaticano II añada e introduzca la idea de la Misa como asamblea y reunión del pueblo de Dios.

Como caracteres generales podemos señalar algunas peculiaridades. En primer lugar existen diferencias terminológicas entre ambos ritos: lo que actualmente son los ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se llama en el rito tridentino Misa de los Catecúmenos o Antemisa, porque a esa parte de la Misa podían asistir los que se preparaban para el Bautismo (catecúmenos). La Liturgia Eucarística y los ritos finales se conocen en el anterior rito como Misa de los Fieles y la asistencia a esta parte estaba restringida a los bautizados. Este rito tiene una única Plegaria eucarística, la llamada Canon romano, hoy quizás más conocida como Plegaria Eucarística I.
Otra peculiaridad se refiere al uso exclusivo del latín, ya que ese Misal no tenía traducción vernácula. La posición del sacerdote también varía respecto a la actual: la mayor parte del tiempo está de espaldas al pueblo, aunque los saludos y las lecturas se hacen cara al pueblo. Esa postura venía motivada porque el Altar quedaba adosado al retablo, como aún puede verse en numerosos templos y capillas aunque las exigencias de la reforma litúrgica haya originado la aparición de altares exentos, en el centro del presbiterio. El sacerdote, al oficiar, miraba hacia el oriente, como litúrgicamente estaba orientada la cabecera del templo. El hecho de dar la espalda al pueblo no hay que interpretarlo como desprecio ni nada perecido sino en el sentido de que el sacerdote oficiaba junto con el pueblo.
Asimismo, en el rito tridentino son muy numerosas las oraciones que el sacerdote lee en secreto y las rúbricas (la palabra viene de rojo y son instrucciones escritas en ese color que indican los gestos y posturas que se deben adoptar en cada momento), así como mayor abundancia de genuflexiones.
Siempre, incluidos domingos y solemnidades, se hacen dos lecturas: Epístola y Evangelio, que se leen en sitios diferentes del presbiterio. La Epístola se leía a la derecha del Altar y el Evangelio a la izquierda del Altar. Obviamente, para el pueblo que presencia la Misa los sitios quedan a la inversa de los citados. Característico también de este rito es el Evangelio final, que se leía siempre al acabar la Misa y consistía en el principio del Evangelio de san Juan, salvo que se señalase otro en el calendario litúrgico.
Ritos como el darse la mano en señal de paz o la procesión de las ofrendas no son propios de esta Misa, así como la concelebración, que se limitaba a casos muy concretos.

Misa de los catecúmenos
La Misa tridentina no comenzaba en el Altar, sino en las gradas, con los siguientes ritos: la señal de la cruz, el salmo 42 (Me acercaré al Altar de Dios) y el Confiteor. Entonces se produce la primera subida al Altar, con el Introito, Kiries y Gloria. Acto seguido venía la Colecta, la Epístola, el Gradual, Aleluya o Tracto según los casos y el Evangelio. Los misales tridentinos llevan incorporadas las lecturas o Léctio. De ahí deriva el nombre dado al Leccionario como conjunto de lecturas sagradas que se leen en la Misa, hoy publicado aparte en los distintos tomos separando las lecturas del Misal propiamente dicho. Tras el Sermón y el rezo del Credo, cuando procedía, terminaba la Misa de los Catecúmenos y comenzaba la Misa de los Fieles.

Misa de los fieles
Tiene los siguientes ritos: el ofrecimiento del Pan y el Vino (Ofertorio), el lavabo, la súplica a la Santísima Trinidad, la “secreta” y la Plegaria Eucarística denominada Canon Romano, con el prefacio, Santus y el Te Igitur posterior que daba comienzo al Canon, que finalizaba con la elevación menor y doxología final. Siguen el Pater Noster, la fracción de la Hostia, el Agnus Dei y una oraciones previas a la comunión. Tras la comunión, que se recibía en la boca y arrodillados en el reclinatorio adosado a las verjas que cerraban el presbiterio, se hacen unas oraciones de las abluciones, antífona de poscomunión, el Ite, Misa est y la bendición. La Misa termina con el último Evangelio, ya citado anteriormente.
Jesús Luengo Mena

2.8.07

LA LITURGIA DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS

La Unción es un sacramento propio y especifico para los enfermos a los que se les puede y debe administrar cuando entren en peligro de muerte o en caso de vejez. No es lo mismo que el Viático que está pensado para moribundos sino para dar fuerzas a sobrellevar la enfermedad y vivirla bien, no para ayudarle a morir. El signo más visible de este sacramento es la unción con aceite de oliva debidamente bendecido ungiendo al enfermo en la frente y en las manos. Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden ser los ministros de este sacramento.
Su celebración es como sigue:
RITOS INICIALES
Monición previa
Acto penitencial
LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas

RITO DEL SACRAMENTO
La imposición de manos
La oración del presbítero y de los presentes que es la epíclesis propia de este sacramento
La Unción con su fórmula
Termina con el rezo del Padrenuestro.

El sacerdote puede abreviar más o menos estos ritos a la vista del estado del enfermo. Asimismo, este sacramento puede y debe hacerse dentro de la misa si es posible y no perder nunca de vista el aspecto eclesial y comunitario que tienen todos los sacramentos.
Jesús Luengo Mena

1.8.07

LA LITURGIA DE LA PENITENCIA

El Catecismo llama “sacramentos de curación” a la Penitencia (Reconciliación) y a la Unción de Enfermos.
A la Penitencia se la denomina sacramento de conversión porque realiza la vuelta al Padre del cual el hombre se había alejado por el pecado.
El signo fundamental de este sacramento es el gesto epiclético o imposición de manos sobre el penitente. El ministro de este sacramento es el obispo y los presbíteros aunque, como en todos los sacramentos, es Cristo quien oficia y en este caso quien perdona.
Actualmente hay tres tipos de ritos del sacramento que diferencian:
* una celebración comunitaria con confesión y absolución general, propia de los tiempos fuertes
* comunitaria con confesión y absolución individual
* la propiamente individual, mucho más frecuente y que sirve para reconciliar a un solo penitente.
Vamos a considerar la comunitaria, que es más completa.

LOS RITOS INTRODUCTORIOS.
Canto de entrada
Saludo
Oración
Examen

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas
RITO DE LA RECONCILIACIÓN
La confesión de los pecados al sacerdote que "constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia".
Preces de arrepentimiento
Rezo del Padrenuestro
Absolución, con las palabras del Ritual.
Acción de gracias por la misericordia divina

RITOS CONCLUSIVOS
Bendición y despedida.

El sacerdote debe llevar puesta la estola morada y este sacramento se debe realizar fuera de la Misa. El penitente debe cumplir la penitencia que se le imponga. "Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año los pecados graves de que tiene conciencia.
Jesús Luengo Mena

27.7.07

LA LITURGIA DE LA CONFIRMACIÓN

La Confirmación es el segundo sacramento de la iniciación cristiana, formando unidad con el Bautismo y la primera Eucaristía.
El sacramento de la Confirmación perfecciona la gracia bautismal, y nos da la fortaleza de Dios para ser firmes en la fe y en el amor a Dios y al prójimo.
Nos da también audacia para cumplir el derecho y el deber, que tenemos por el bautismo, de ser apóstoles de Jesús, para difundir la fe y el Evangelio, personalmente o asociados, mediante la palabra y el buen ejemplo
Se debe recibir la confirmación cuando se ha llegado al uso de razón, o antes, si hay peligro de muerte. En nuestra Iglesia se suele recibir en la adolescencia o primera juventud. En las Iglesias orientales, tanto católicas como ortodoxas, suele administrarse la confirmación inmediatamente después del bautismo, que viene a completar y se le conoce como “crismación”. En la Iglesia latina rige la misma práctica cuando el bautizando ha alcanzado ya el uso de razón en el momento de recibir el bautismo.

Si en el Bautismo el signo más característico es el agua, en este sacramento el signo esencial es la unción, con el sello que imprime. El ministro ordinario de la celebración es el obispo, aunque puede delegar esta función a otros presbíteros. En peligro de muerte, cualquier presbítero puede administrarlo al que lo urja. Puede recibirlo todo bautizado.

Su celebración es como sigue:

RITO DE ENTRADA:

Monición
Canto adecuado a la celebración
Saludo a la Asamblea
Oración

LITURGIA DE LA PALABRA:
* Lecturas
* Salmo
* Homilía

LITURGIA DEL SACRAMENTO:
* Presentación del Sacramento
* Llamamiento a los candidatos
* Renovación de las promesas bautismales
* Imposición de manos por el obispo
* Crismación (es el rito esencial). El rito católico actual consiste en que el confirmando, junto con su padrino, se acercan al obispo o a la persona capacitada por éste para impartir dicho sacramento, quien haciendo la señal de la cruz en la frente del confirmando con crisma, pronuncia la siguiente frase: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo" (accipe signaculum doni Spiritus Sancti).
* El beso de la paz
* Oración de los fieles
* Liturgia eucarística

RITO DE DESPEDIDA:
Bendición final

De acuerdo con el Catecismo, los efectos de la confirmación son: introducción más profunda en la filiación divina; unión más firme con Cristo; aumento de los dones del Espíritu Santo; perfección mayor de nuestro vínculo con la Iglesia.
El “Ordo Confirmationis” y el “Ordo Initiationis Christianae Adultorum” de 1971 y 1972 respectivamente contienen los ritos celebrativos.
Jesús Luengo Mena

25.7.07

LA LITURGIA DEL BAUTISMO

La Iglesia califica al Bautismo, junto a la Confirmación y a la Eucaristía como sacramentos de la iniciación cristiana, porque "ponen el fundamento de la vida cristiana".

El Bautismo recibe este nombre en razón del rito central que consiste en introducir dentro del agua (bautizar=sumergir). Es sin lugar a dudas el más bello de los dones de Dios pues nos hace hijos suyos de pleno derecho sin ningún mérito por nuestra parte. Los ministros ordinarios del bautismo son el obispo, el presbítero y también el diácono. En caso de necesidad cualquier persona incluso no bautizada puede bautizar siempre que tenga intención de hacerlo. Puede recibirlo todo ser humano.
La celebración tiene estas partes:

RITO DE ACOGIDA:
* la señal de la cruz
* diálogo con los padres y padrinos

LITURGIA DE LA PALABRA:

* El anuncio de la Palabra (lecturas y Evangelio) al que sigue una pequeña homilía con posterior * Oración de los fieles.
* Exorcismos sobre el candidato
* Unción con el óleo de los catecúmenos

LITURGIA DEL SACRAMENTO:

* Consagración del agua bautismal
* Renuncias y profesión de fe
* Rito del agua o Bautismo propiamente dicho (normalmente se echa agua sobre la cabeza) en su triple inmersión o aspersión pronunciando las palabras: Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Es el rito esencial del sacramento.
* La unción con el santo Crisma.
* Effeta (palabra griega que significa "ábrete"), rito que consiste en tocar la boca y los oídos del bautizado, igual que hizo Jesús con el sordomudo. Es símbolo de salvación.
Además se encenderá un cirio en el cirio Pascual (que significa resurrección) y se entregará al neófito vestidura blanca.

CONCLUSIÓN DEL RITO:

Ya puede decir la oración de todos los cristianos: el Padrenuestro y se termina con una bendición.
Jesús Luengo Mena

18.7.07

LA LITURGIA DE LOS SACRAMENTOS

Vamos, a través de una serie de artículos, a analizar la Liturgia sacramental, primero lo que tienen en común todas las celebraciones sacramentales y luego uno a uno.
La palabra "liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere decir que el Pueblo de Dios toma parte en la obra de Dios. Por la Liturgia, Cristo nuestro Redentor y Sumo Sacerdote continúa en la Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención. La Liturgia es un lugar privilegiado para la catequesis del Pueblo de Dios y mediante la Liturgia Cristo se hace presente y comunica su obra de salvación "hasta que Él venga". Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos.
La presencia de Cristo se hace patente:
* en el sacrificio de la Misa tanto en la persona del ministro como bajo las especies eucarísticas
* está presente en su Palabra
* está presente en todos los Sacramentos
* se hace presente en el pueblo, congregado en su nombre.
En todos los Sacramentos se celebra el memorial del Misterio de la salvación, el recuerdo pascual está siempre presente como algo intrínseco y sin lo cual quedarían vacíos de contenido.

Los elementos comunes a todos los Sacramentos son:

La Palabra de Dios
La Bendición
La Anamnesis
•La Epíclesis (invocación) que junto con la anterior es el centro de toda celebración sacramental, muy particularmente de la Eucaristía.
Dentro de la Liturgia sacramental hay que delimitar claramente una serie de cuestiones, a saber:
quien celebra
como celebrar
cuándo celebrar
dónde celebrar

Vamos brevemente a contestar a estas cuestiones.

¿Quién celebra? La respuesta es clara y rotunda: Cristo. La Liturgia es acción del Cristo total, y los celebrantes participan por tanto de la liturgia celestial. Cristo es el único sacerdote. Una vez dicho esto es evidente que no todos los miembros de la iglesia tienen la misma función. Cada uno debe hacer lo propio y no lo de los demás. Partiendo de este principio ya expuesto claramente en la Sacrosantum Concilium (SC 28) hay que decir que el ministro por excelencia de las celebraciones sacramentales es el sacerdote, el presbítero ordenado como icono de Cristo Sacerdote, aunque en ocasiones hay ministros extraordinarios que pueden suplir algunas funciones en casos que determine la Iglesia (Bautismo por ejemplo en casos de extrema necesidad) y también existen Ministerios particulares que no precisan del Sacramento del orden (acolitado, lectorado) y que tienen sus funciones bien delimitadas.

¿Cómo celebrar? A esta cuestión se responde que para celebrar usamos signos y símbolos, palabras y acciones, canto y música, imágenes sagradas.
Partir el pan, lavarse, ungir, el fuego, el agua, el incienso, los gestos, etc son las formas que usa la Liturgia para hacer visible el misterio pascual ya que el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás.
La Liturgia de la Palabra es parte integrante de las celebraciones sacramentales. Los signos de la Palabra deben ser puestos de relieve: el Leccionario o Evangelario se veneran, se inciensan y se proclaman desde su sitio adecuado y exclusivo que debe ser el ambón.
También el canto y la música son signos que deben ser expresivos, colectivos y solemnes según la ocasión. Las imágenes sagradas también son iconos de Cristo. En definitiva, todos los signos de la celebración litúrgica deben hacer referencia a Cristo.
¿Cuándo celebrar? Para temporizar el "círculo anual" está el año litúrgico, con sus tiempos llamados fuertes(Adviento-­Navidad y Cuaresma-Semana Santa-Tiempo Pascual) y las diferentes solemnidades y fiestas que se van intercalando a lo largo del año.
¿Dónde celebrar? Aunque en rigor el culto no está ligado a un lugar exclusivo, en el templo es donde por lo general se debe celebrar y donde se reserva la Eucaristía. En la casa de oración se debe disponer del altar, el tabernáculo, el ambón, la sede, y debe reservar un lugar para algunas celebraciones sacramentales como la penitencia, o el bautismo.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

16.7.07

LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA II

La Iglesia exhorta a los hombres y mujeres homosexuales a que acudan a la Iglesia, a la oración y a la fuente de la gracia, que fortalecerán su compromiso de vivir una vida casta. El apoyo de la comunidad cristiana y los sacramentos son las fuentes primarias del cuidado pastoral para la persona homosexual. Nunca debemos subestimar el poder de estos medios sobrenaturales en la vida de la persona homosexual o de ninguna persona. Asimismo, debemos siempre recordar que la persona homosexual que está tratando de llevar una vida casta, forma parte esencial del Cuerpo de Cristo. Por medio de esta aceptación heroica de su propio sufrimiento, están dando testimonio de castidad.

¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al Señor? Sustancialmente, estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición. Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento de Cristo.

Según esto: ¿Puede una persona homosexual acceder al sacerdocio? Naturalmente que sí. Sólo en el caso de que su tendencia homosexual sea de tal índole insuperable (tendencia profundamente arraigada) que no sea capaz de mantenerse en castidad debe abstenerse de aspirar a ser ministro ordenado o también si pretende hacer ostentación de su militancia “gay”. En definitiva, igual que una persona heterosexual que aspire al sacerdocio, que también debe mantener una continencia perfecta.
Para más información pueden los lectores consultar la “Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual” y la Carta sobre “La atención pastoral a las personas homosexuales”, ambas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, así como la “Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes Sagradas”, de 4 de noviembre de 2005.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA I

Vamos en dos artículos a exponer la doctrina oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad.
Para la Iglesia, los actos homosexuales son moralmente injustificables. En nuestros días, fundándose en observaciones de orden psicológico, se ha llegado a juzgar con indulgencia, e incluso a excusar completamente, las relaciones entre personas del mismo sexo, en contraste con la doctrina constante del Magisterio y con el sentido moral del pueblo cristiano. Hay que distinguir entre los homosexuales cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos y de otras causas análogas, es transitoria o, a lo menos, reversible y aquellos otros homosexuales que lo son por un instinto innato o de constitución que se tiene por irremediable.
En cuanto a las personas de esta segunda categoría, piensan algunos que su tendencia es natural hasta tal punto que debe ser considerada en ellos como justificativa de relaciones homosexuales en una sincera comunión de vida y amor análoga al matrimonio, mientras se sientan incapaces de soportar una vida solitaria. Indudablemente, estas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y no pueden recibir aprobación en ningún caso.
Aunque para la moral de la Iglesia los actos homosexuales son un desorden objetivo, la orientación homosexual no es moralmente mala por sí misma. Son los actos y los deseos homosexuales deliberados, los que son considerados malos e inmorales. La persona homosexual, que trata de llevar una vida casta, no difiere de cualquier otra persona y por lo tanto merece el mismo respeto, amor cristiano y dignidad. Se distingue pues, claramente, entre la persona y sus actos. La persona no es rechazada, sus actos sí.

Por otra parte, la Iglesia considera deplorable que la persona homosexual sea objeto de abusos verbales o físicos, o que sea privada de sus derechos humanos básicos. El prejuicio y la discriminación contra la persona homosexual constituyen no sólo una falta de caridad, sino que además son una injusticia. Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, donde quiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por los demás, que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones. Sin embargo, esto no significa que se puedan decretar leyes que traten de legitimar la actividad homosexual. De la misma forma, cualquier plan educacional que trata de inculcar en los niños la creencia de que el estilo de vida homosexual es aceptable, debe ser considerado una afrenta inmoral a los derechos naturales de nuestros niños y a su dignidad
Jesús Luengo Mena