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3.9.07

INCIDENTES QUE PUEDEN OCURRIR DURANTE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y CÓMO SOLUCIONARLOS

Vamos en este artículo a relacionar algunos de los incidentes que se pueden producir durante la celebración eucarística, sin ánimo de agotar la casuística posible. En cualquier caso, cuando algo sale mal en el presbiterio hay una regla de oro: debe actuarse siempre con calma y sentido común, sin perturbar al pueblo innecesariamente.

En lo referente a los laicos, el incidente más repetido puede ser referido a las lecturas.
¿Qué hacer si, cuando el lector se acerca al ambón y bien o no está el Leccionario o han colocado un Leccionario equivocado?
Si no hay Leccionario puesto, el lector se dirigirá discretamente al acólito, si lo hay, o al presidente para que éste requiera al encargado de ponerlo o lo tomará, si conoce su ubicación y las lecturas que corresponden al día. Otro caso es que las lecturas que aparezcan en el leccionario abierto no sean las que correspondan. Si los Leccionarios están a la vista y conoce cual tiene que usar lo puede tomar y buscar las lecturas. Es útil tener siempre en el presbiterio los distintos tomos del Leccionario y el Directorio Litúrgico o Calendario litúrgico del ciclo en curso para buscar rápidamente las lecturas que corresponden al día.
Es bueno que los lectores repasen con discreción en el ambón las lecturas y comprueben que el libro está convenientemente preparado.

En lo referente al clero pueden darse varias situaciones.
¿Qué hacer si el sacerdote, después de la Consagración o incluso en el momento de la Comunión, descubre que en el cáliz hay solo agua y no vino?
Este incidente puede ocurrir si se emplea vino blanco o si en la vinajera del vino se ha puesto agua por equivocación. El sacerdote deberá vaciar el cáliz y volver a poner vino y agua repitiendo solamente las palabras que corresponden a la consagración del cáliz.

¿Qué hacer con los purificadores cuando están empapados con la Sangre de Cristo después de, por ejemplo, haber impartido la Comunión bajo las dos especies?
Esos purificadores se deben poner en remojo durante un tiempo y verter posteriormente el agua en el sacrarium, desagüe de una fuente o en un jardín. No es respetuoso verter esa agua en un lavabo común, que va a los desagües generales de la red de saneamiento. Después se pondrán los corporales a secar, hasta que se laven de la manera habitual. El mismo procedimiento se debe seguir si cae la Preciosa Sangre en un corporal o en un ornamento o ropa.

¿Qué hacer cuando se cae un cáliz en el altar o en otro lugar?
Si se derrama algo de la Sangre del Señor se debe lavar el sitio con agua y posteriormente echarse en el sacrarium. Se puede poner un purificador o paño grande donde ha caído la Sangre, para que vaya empapando. Luego, se retira con sumo respeto y se procede como en el punto anterior. Igual procedimiento se sigue si se ha derramado sobre el mantel del Altar.

¿Qué hacer si, durante la comunión, se acaban las sagradas formas y no quedan más en el Sagrario?
En ningún caso puede el sacerdote consagrar más formas. Puede partir las Hostias en pequeños fragmentos. Esta acción es más decorosa hacerla en el Altar, no mientras reparte la Comunión, y solo puede ser ayudado en esta tarea por otro sacerdote. Si las Sagradas Formas no pueden partirse más y quedan fieles sin recibir la Comunión el sacerdote podría ofrecerse a celebrar otra Misa para las personas que no han podido comulgar, si es posible. Es muy conveniente prever con cuidado y revisar el número de formas del Sagrario para evitar en lo posible esas situaciones.

¿Qué hacer si cae al suelo una Hostia?
Si se cae al suelo una Hostia el ministro celebrante (no el comulgante) deberá recogerla de inmediato. La puede depositar sobre el corporal y consumirla posteriormente. El lugar en que cayó la Hostia puede ser purificado posteriormente.

Nota: El sacrarium es un depósito con desagüe directo a la tierra, donde se echa el agua que se ha sobrado de una función sagrada, como el lavado de los objetos sagrados y suele estar en la sacristía. A veces también se le llama "piscina".

El lector interesado puede completar su información consultando el libro de Peter J. Elliot titulado “Guía práctica de Liturgia”.

Jesús Luengo Mena, Lector instituido.




27.8.07

TRATAMIENTOS Y PROTOCOLO ECLESIÁSTICOS

Vamos en este artículo a relacionar los tratamientos más usuales que tienen los eclesiásticos.
En primer lugar el Papa tiene el tratamiento de Su Santidad o Beatísimo Padre, cuyas abreviaturas son S.S. o Btmo. P. Su color propio es el blanco.

Los cardenales tienen el tratamiento de Eminentísimo y Reverendísimo Señor, cuya abreviatura es Emmo. y Rvdmo. Sr. Su color propio es el rojo.

A los arzobispos, obispos y Nuncios Apostólicos (equivalentes a un embajador, en este caso de la Santa Sede) se les trata de Excelentísimo y Reverendísimo Señor, cuya abreviatura es Excmo. y Rvdmo. Sr. Su color propio es el morado.
Reverendísimo Señor es el tratamiento debido al abad o superior de cualquier Orden o Congregación religiosa y su abreviatura es Rvdmo. Sr. También se les puede tratar como Reverendísimo Padre en cuyo caso la abreviatura correspondiente es Rvdmo. P. Tienen sus hábitos propios.

Reverendo Señor, cuya abreviatura es Rvdo. Sr. es el tratamiento debido a los presbíteros y diáconos, por ejemplo a un párroco o capellán. Su color propio es el negro.
Como puede el lector observar, salvo en el caso del Papa, a todos los tratamientos específicos se les añade la palabra Reverendísimo (en superlativo) o Reverendo Señor, que es el tratamiento básico común a todos ellos.

Otros tratamientos particulares se refieren a los canónigos, que tienen el de Muy Ilustre Señor, cuya abreviatura es M. Iltre. Sr. El de Ilustrísimo Señor, cuya abreviatura es Ilmo. Sr. Lo poseen otras autoridades eclesiásticas como el Vicario, Presidente del Tribunal Eclesiástico, Juez del Tribunal Eclesiástico, Fiscal de la Diócesis, Priores de los canónigos regulares y de las órdenes militares y algún otro caso más.
El tratamiento de Monseñor no va con ningún cargo específico y lo concede el Papa como un honor a las personas que por su servicio y fidelidad a la Iglesia considera oportuno. Suele denominarse así también a los prelados.

Al obispo hay que recibirle en la puerta del templo y dirigirle, en primer lugar, a la reserva del Santísimo si lo hay para adorarlo. Después se pasa a la sacristía para revestirse y comenzar la procesión solemne de entrada. La costumbre de dirigirse en primer lugar a adorar al Santísimo está dispuesto para todos los fieles que entran en un templo.
Como signos de respeto y filial obediencia, a los obispos se les besa el anillo. La costumbre de besar la palma de la mano a los presbíteros está hoy día en desuso.

En lo referente a las siglas con las que se identifica el clero regular perteneciente a Órdenes y Congregaciones religiosas vamos a relacionar algunas, dejando para otro artículo las demás.

Los franciscanos usan las siglas O.F.M. (Ordo Fratrum Minorum)
Los capuchinos O.F.M. Cap (Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum)
Los dominicos O.P. (Ordo Praedicatorum)
Los carmelitas O. Carm (Ordo fratrum Beatissimæ Virginis Mariæ de Monte Carmelo)
Los mercedarios O. de M. (Orde de Mercede)
Los agustinos O.S.A. (Ordo Sancti Augustini)
Los jesuitas S.J. (Societatis Jesu)
Los salesianos S.D.B. (Salesiani don Bosco)
Los escolapios Sch. P. (Ordo Scholarum Piarum)
Los redentoristas C.S.S.R. (Congregatio Sanctissimi Redemptoris)
Los lasallianos F.S.C. (Institutum Fratrum Scholarum Christianarum)
Los maristas F.M.S. (Institutum Fratrum Maristarum)
Los padres blancos SS.CC. (Congregatio Sacrorum Cordium Iesu et Mariae necnon adorationis perpetuae SS. Sacramenti altaris)
Los claretianos C.M.F. (Cordis Mariae Filius)
Los hospitalarios O.H. (Ordo Hospitalarius Sancti Joannis de Deo)

Jesús Luengo Mena, Lector Instituido y Vicette de Jesús Despojado




11.8.07

VELAS Y LÁMPARAS: SU USO LITÚRGICO

El fuego y la luz son uno de los elementos importantes en la Liturgia. En el Antiguo Testamento el fuego se asocia a la presencia de la divinidad. Los primeros cristianos pronto lo asociaron a Cristo resucitado.
Para la celebración de la Eucaristía son necesarias dos, cuatro o seis velas, que se ponen sobre el altar. Se pueden usar dos velas en los días feriales y las memorias, cuatro en las fiestas y seis en los domingos y solemnidades, aunque no es obligatorio. Un número impar de velas, concretamente siete, se ponen solamente cuando oficia el obispo diocesano.
En cuanto al color la costumbre es que sean blancas o de color crema. El uso de velas de colores resulta vulgar y es inadecuado, así como las eléctricas.
El material de que estén fabricadas debe ser de buena calidad, aunque no es obligatorio que lo sean de cera de abeja. Si hay corrientes de aire puede llevar protectores de cristal, siempre transparentes.
Su colocación en el altar debe ser de tal manera que no deben tapar la vista del celebrante. Deben colocarse a lo largo del altar, de manera simétrica, aunque también se ha puesto de moda colocarlas todas en un extremo, sobre todo si el altar es pequeño.
También se usan velas en la Vigilia pascual, tomando el pueblo su luz del cirio pascual y en el sacramento del bautismo.

Una “vela” muy importante litúrgicamente hablando es el cirio pascual (cirio procede de cera). Debe ser de cera de abeja y se enciende en la Vigilia pascual. Se le puede poner cinco granos de incienso para simbolizar las cinco llagas de Cristo y se decora con el alfa y el omega. Debe encenderse en la cincuentena pascual durante todas las celebraciones litúrgicas y en otras determinadas ocasiones, como en los bautismos y las exequias. Así, su luz acompaña al cristiano en el momento de su ingreso en la Iglesia y en su despedida de este mundo. En tiempo pascual estará situado en el presbiterio, cerca del ambón. El resto del año debe colocarse cerca de la pila bautismal.

En las misas solemnes, cuando interviene el cuerpo de acólitos, dos ciriales se colocan a los lados del ambón, durante la proclamación del Evangelio. También se colocan mirando al altar durante la Plegaria eucarística. Esto último no es aconsejable, a mi parecer, si la capilla o templo es pequeño y la presencia de los ciriales pudiese estorbar notablemente la visión del presidente y del altar.

La lámpara que arde perpetuamente junto al sagrario debe estar alimentada por aceite o con cera, aunque el obispo puede autorizar el uso de una lámpara eléctrica por motivos prácticos. En cualquier caso siempre es preferible una llama natural, que expresa ofrenda de luz. La costumbre actual es un vaso de color rojo.
Su posición puede ser sobre una repisa adosada a la pared o sobre un pedestal, aunque la forma más digna y tradicional es colgando. Nunca debe colocarse sobre el sagrario ni delante de la puerta del mismo. Las luces eléctricas o focos que en algunos lugares se disponen dirigidas al sagrario no pueden sustituir en ningún caso a la lámpara eucarística.

Por último, una referencia al uso de los cirios y ciriales en las cofradías. El color de la cera roja se asocia a hermandades sacramentales. En los tramos de Cristo aparece la cera color tiniebla, blanca o morada (penitencial) y excepcionalmente verde o negra. El color de los tramos de la Virgen suele ser blanco, a veces azul o tiniebla aunque el verde (esperanza) es frecuente en sus advocaciones. El cirio puede ser entero de ese color o sólo la cantora, dependiendo de los tramos.
Las velas de los ciriales que anteceden a los pasos deben ser del mismo color que las que lleven los pasos que los preceden.
Jesús Luengo Mena






10.8.07

LA MISA EN RITO TRIDENTINO

En el mes de septiembre se podrá utilizar, como forma extraordinaria de la Misa, el antiguo rito tridentino según el Misal de Juan XXIII de 1962. El Motu Propio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI levanta las restricciones im­puestas por la reforma litúrgi­ca de Pablo VI en 1970 al uso de la liturgia anterior, promulga­da por san Pío V en 1570 si­guiendo las indicaciones del Concilio de Trento frente al protestantismo. Vamos en este artículo a analizar las diferencias de ese rito con el rito del Vaticano II.
A modo de introducción en primer lugar hay que aclarar que la Misa es y ha sido siempre la misma: celebración del misterio de nuestra salvación, sacrificio redentor que vuelve a suceder. Lo único que ha ido variando a lo largo de la historia han sido los ritos, la forma de celebrarla. No obstante lo anterior no excluye que el rito de Trento (así lo llamaremos por ser el que el Misal de san Pío V normalizó en 1570) ponga más hincapié en la Misa como oblación y sacrificio divino y el rito del Vaticano II añada e introduzca la idea de la Misa como asamblea y reunión del pueblo de Dios.

Como caracteres generales podemos señalar algunas peculiaridades. En primer lugar existen diferencias terminológicas entre ambos ritos: lo que actualmente son los ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se llama en el rito tridentino Misa de los Catecúmenos o Antemisa, porque a esa parte de la Misa podían asistir los que se preparaban para el Bautismo (catecúmenos). La Liturgia Eucarística y los ritos finales se conocen en el anterior rito como Misa de los Fieles y la asistencia a esta parte estaba restringida a los bautizados. Este rito tiene una única Plegaria eucarística, la llamada Canon romano, hoy quizás más conocida como Plegaria Eucarística I.
Otra peculiaridad se refiere al uso exclusivo del latín, ya que ese Misal no tenía traducción vernácula. La posición del sacerdote también varía respecto a la actual: la mayor parte del tiempo está de espaldas al pueblo, aunque los saludos y las lecturas se hacen cara al pueblo. Esa postura venía motivada porque el Altar quedaba adosado al retablo, como aún puede verse en numerosos templos y capillas aunque las exigencias de la reforma litúrgica haya originado la aparición de altares exentos, en el centro del presbiterio. El sacerdote, al oficiar, miraba hacia el oriente, como litúrgicamente estaba orientada la cabecera del templo. El hecho de dar la espalda al pueblo no hay que interpretarlo como desprecio ni nada perecido sino en el sentido de que el sacerdote oficiaba junto con el pueblo.
Asimismo, en el rito tridentino son muy numerosas las oraciones que el sacerdote lee en secreto y las rúbricas (la palabra viene de rojo y son instrucciones escritas en ese color que indican los gestos y posturas que se deben adoptar en cada momento), así como mayor abundancia de genuflexiones.
Siempre, incluidos domingos y solemnidades, se hacen dos lecturas: Epístola y Evangelio, que se leen en sitios diferentes del presbiterio. La Epístola se leía a la derecha del Altar y el Evangelio a la izquierda del Altar. Obviamente, para el pueblo que presencia la Misa los sitios quedan a la inversa de los citados. Característico también de este rito es el Evangelio final, que se leía siempre al acabar la Misa y consistía en el principio del Evangelio de san Juan, salvo que se señalase otro en el calendario litúrgico.
Ritos como el darse la mano en señal de paz o la procesión de las ofrendas no son propios de esta Misa, así como la concelebración, que se limitaba a casos muy concretos.

Misa de los catecúmenos
La Misa tridentina no comenzaba en el Altar, sino en las gradas, con los siguientes ritos: la señal de la cruz, el salmo 42 (Me acercaré al Altar de Dios) y el Confiteor. Entonces se produce la primera subida al Altar, con el Introito, Kiries y Gloria. Acto seguido venía la Colecta, la Epístola, el Gradual, Aleluya o Tracto según los casos y el Evangelio. Los misales tridentinos llevan incorporadas las lecturas o Léctio. De ahí deriva el nombre dado al Leccionario como conjunto de lecturas sagradas que se leen en la Misa, hoy publicado aparte en los distintos tomos separando las lecturas del Misal propiamente dicho. Tras el Sermón y el rezo del Credo, cuando procedía, terminaba la Misa de los Catecúmenos y comenzaba la Misa de los Fieles.

Misa de los fieles
Tiene los siguientes ritos: el ofrecimiento del Pan y el Vino (Ofertorio), el lavabo, la súplica a la Santísima Trinidad, la “secreta” y la Plegaria Eucarística denominada Canon Romano, con el prefacio, Santus y el Te Igitur posterior que daba comienzo al Canon, que finalizaba con la elevación menor y doxología final. Siguen el Pater Noster, la fracción de la Hostia, el Agnus Dei y una oraciones previas a la comunión. Tras la comunión, que se recibía en la boca y arrodillados en el reclinatorio adosado a las verjas que cerraban el presbiterio, se hacen unas oraciones de las abluciones, antífona de poscomunión, el Ite, Misa est y la bendición. La Misa termina con el último Evangelio, ya citado anteriormente.
Jesús Luengo Mena

2.8.07

LA LITURGIA DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS

La Unción es un sacramento propio y especifico para los enfermos a los que se les puede y debe administrar cuando entren en peligro de muerte o en caso de vejez. No es lo mismo que el Viático que está pensado para moribundos sino para dar fuerzas a sobrellevar la enfermedad y vivirla bien, no para ayudarle a morir. El signo más visible de este sacramento es la unción con aceite de oliva debidamente bendecido ungiendo al enfermo en la frente y en las manos. Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden ser los ministros de este sacramento.
Su celebración es como sigue:
RITOS INICIALES
Monición previa
Acto penitencial
LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas

RITO DEL SACRAMENTO
La imposición de manos
La oración del presbítero y de los presentes que es la epíclesis propia de este sacramento
La Unción con su fórmula
Termina con el rezo del Padrenuestro.

El sacerdote puede abreviar más o menos estos ritos a la vista del estado del enfermo. Asimismo, este sacramento puede y debe hacerse dentro de la misa si es posible y no perder nunca de vista el aspecto eclesial y comunitario que tienen todos los sacramentos.
Jesús Luengo Mena

1.8.07

LA LITURGIA DE LA PENITENCIA

El Catecismo llama “sacramentos de curación” a la Penitencia (Reconciliación) y a la Unción de Enfermos.
A la Penitencia se la denomina sacramento de conversión porque realiza la vuelta al Padre del cual el hombre se había alejado por el pecado.
El signo fundamental de este sacramento es el gesto epiclético o imposición de manos sobre el penitente. El ministro de este sacramento es el obispo y los presbíteros aunque, como en todos los sacramentos, es Cristo quien oficia y en este caso quien perdona.
Actualmente hay tres tipos de ritos del sacramento que diferencian:
* una celebración comunitaria con confesión y absolución general, propia de los tiempos fuertes
* comunitaria con confesión y absolución individual
* la propiamente individual, mucho más frecuente y que sirve para reconciliar a un solo penitente.
Vamos a considerar la comunitaria, que es más completa.

LOS RITOS INTRODUCTORIOS.
Canto de entrada
Saludo
Oración
Examen

LITURGIA DE LA PALABRA
Lecturas
RITO DE LA RECONCILIACIÓN
La confesión de los pecados al sacerdote que "constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia".
Preces de arrepentimiento
Rezo del Padrenuestro
Absolución, con las palabras del Ritual.
Acción de gracias por la misericordia divina

RITOS CONCLUSIVOS
Bendición y despedida.

El sacerdote debe llevar puesta la estola morada y este sacramento se debe realizar fuera de la Misa. El penitente debe cumplir la penitencia que se le imponga. "Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año los pecados graves de que tiene conciencia.
Jesús Luengo Mena

27.7.07

LA LITURGIA DE LA CONFIRMACIÓN

La Confirmación es el segundo sacramento de la iniciación cristiana, formando unidad con el Bautismo y la primera Eucaristía.
El sacramento de la Confirmación perfecciona la gracia bautismal, y nos da la fortaleza de Dios para ser firmes en la fe y en el amor a Dios y al prójimo.
Nos da también audacia para cumplir el derecho y el deber, que tenemos por el bautismo, de ser apóstoles de Jesús, para difundir la fe y el Evangelio, personalmente o asociados, mediante la palabra y el buen ejemplo
Se debe recibir la confirmación cuando se ha llegado al uso de razón, o antes, si hay peligro de muerte. En nuestra Iglesia se suele recibir en la adolescencia o primera juventud. En las Iglesias orientales, tanto católicas como ortodoxas, suele administrarse la confirmación inmediatamente después del bautismo, que viene a completar y se le conoce como “crismación”. En la Iglesia latina rige la misma práctica cuando el bautizando ha alcanzado ya el uso de razón en el momento de recibir el bautismo.

Si en el Bautismo el signo más característico es el agua, en este sacramento el signo esencial es la unción, con el sello que imprime. El ministro ordinario de la celebración es el obispo, aunque puede delegar esta función a otros presbíteros. En peligro de muerte, cualquier presbítero puede administrarlo al que lo urja. Puede recibirlo todo bautizado.

Su celebración es como sigue:

RITO DE ENTRADA:

Monición
Canto adecuado a la celebración
Saludo a la Asamblea
Oración

LITURGIA DE LA PALABRA:
* Lecturas
* Salmo
* Homilía

LITURGIA DEL SACRAMENTO:
* Presentación del Sacramento
* Llamamiento a los candidatos
* Renovación de las promesas bautismales
* Imposición de manos por el obispo
* Crismación (es el rito esencial). El rito católico actual consiste en que el confirmando, junto con su padrino, se acercan al obispo o a la persona capacitada por éste para impartir dicho sacramento, quien haciendo la señal de la cruz en la frente del confirmando con crisma, pronuncia la siguiente frase: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo" (accipe signaculum doni Spiritus Sancti).
* El beso de la paz
* Oración de los fieles
* Liturgia eucarística

RITO DE DESPEDIDA:
Bendición final

De acuerdo con el Catecismo, los efectos de la confirmación son: introducción más profunda en la filiación divina; unión más firme con Cristo; aumento de los dones del Espíritu Santo; perfección mayor de nuestro vínculo con la Iglesia.
El “Ordo Confirmationis” y el “Ordo Initiationis Christianae Adultorum” de 1971 y 1972 respectivamente contienen los ritos celebrativos.
Jesús Luengo Mena

25.7.07

LA LITURGIA DEL BAUTISMO

La Iglesia califica al Bautismo, junto a la Confirmación y a la Eucaristía como sacramentos de la iniciación cristiana, porque "ponen el fundamento de la vida cristiana".

El Bautismo recibe este nombre en razón del rito central que consiste en introducir dentro del agua (bautizar=sumergir). Es sin lugar a dudas el más bello de los dones de Dios pues nos hace hijos suyos de pleno derecho sin ningún mérito por nuestra parte. Los ministros ordinarios del bautismo son el obispo, el presbítero y también el diácono. En caso de necesidad cualquier persona incluso no bautizada puede bautizar siempre que tenga intención de hacerlo. Puede recibirlo todo ser humano.
La celebración tiene estas partes:

RITO DE ACOGIDA:
* la señal de la cruz
* diálogo con los padres y padrinos

LITURGIA DE LA PALABRA:

* El anuncio de la Palabra (lecturas y Evangelio) al que sigue una pequeña homilía con posterior * Oración de los fieles.
* Exorcismos sobre el candidato
* Unción con el óleo de los catecúmenos

LITURGIA DEL SACRAMENTO:

* Consagración del agua bautismal
* Renuncias y profesión de fe
* Rito del agua o Bautismo propiamente dicho (normalmente se echa agua sobre la cabeza) en su triple inmersión o aspersión pronunciando las palabras: Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Es el rito esencial del sacramento.
* La unción con el santo Crisma.
* Effeta (palabra griega que significa "ábrete"), rito que consiste en tocar la boca y los oídos del bautizado, igual que hizo Jesús con el sordomudo. Es símbolo de salvación.
Además se encenderá un cirio en el cirio Pascual (que significa resurrección) y se entregará al neófito vestidura blanca.

CONCLUSIÓN DEL RITO:

Ya puede decir la oración de todos los cristianos: el Padrenuestro y se termina con una bendición.
Jesús Luengo Mena

18.7.07

LA LITURGIA DE LOS SACRAMENTOS

Vamos, a través de una serie de artículos, a analizar la Liturgia sacramental, primero lo que tienen en común todas las celebraciones sacramentales y luego uno a uno.
La palabra "liturgia" significa originariamente "obra o quehacer público", "servicio de parte y en favor del pueblo". En la tradición cristiana quiere decir que el Pueblo de Dios toma parte en la obra de Dios. Por la Liturgia, Cristo nuestro Redentor y Sumo Sacerdote continúa en la Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención. La Liturgia es un lugar privilegiado para la catequesis del Pueblo de Dios y mediante la Liturgia Cristo se hace presente y comunica su obra de salvación "hasta que Él venga". Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos.
La presencia de Cristo se hace patente:
* en el sacrificio de la Misa tanto en la persona del ministro como bajo las especies eucarísticas
* está presente en su Palabra
* está presente en todos los Sacramentos
* se hace presente en el pueblo, congregado en su nombre.
En todos los Sacramentos se celebra el memorial del Misterio de la salvación, el recuerdo pascual está siempre presente como algo intrínseco y sin lo cual quedarían vacíos de contenido.

Los elementos comunes a todos los Sacramentos son:

La Palabra de Dios
La Bendición
La Anamnesis
•La Epíclesis (invocación) que junto con la anterior es el centro de toda celebración sacramental, muy particularmente de la Eucaristía.
Dentro de la Liturgia sacramental hay que delimitar claramente una serie de cuestiones, a saber:
quien celebra
como celebrar
cuándo celebrar
dónde celebrar

Vamos brevemente a contestar a estas cuestiones.

¿Quién celebra? La respuesta es clara y rotunda: Cristo. La Liturgia es acción del Cristo total, y los celebrantes participan por tanto de la liturgia celestial. Cristo es el único sacerdote. Una vez dicho esto es evidente que no todos los miembros de la iglesia tienen la misma función. Cada uno debe hacer lo propio y no lo de los demás. Partiendo de este principio ya expuesto claramente en la Sacrosantum Concilium (SC 28) hay que decir que el ministro por excelencia de las celebraciones sacramentales es el sacerdote, el presbítero ordenado como icono de Cristo Sacerdote, aunque en ocasiones hay ministros extraordinarios que pueden suplir algunas funciones en casos que determine la Iglesia (Bautismo por ejemplo en casos de extrema necesidad) y también existen Ministerios particulares que no precisan del Sacramento del orden (acolitado, lectorado) y que tienen sus funciones bien delimitadas.

¿Cómo celebrar? A esta cuestión se responde que para celebrar usamos signos y símbolos, palabras y acciones, canto y música, imágenes sagradas.
Partir el pan, lavarse, ungir, el fuego, el agua, el incienso, los gestos, etc son las formas que usa la Liturgia para hacer visible el misterio pascual ya que el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás.
La Liturgia de la Palabra es parte integrante de las celebraciones sacramentales. Los signos de la Palabra deben ser puestos de relieve: el Leccionario o Evangelario se veneran, se inciensan y se proclaman desde su sitio adecuado y exclusivo que debe ser el ambón.
También el canto y la música son signos que deben ser expresivos, colectivos y solemnes según la ocasión. Las imágenes sagradas también son iconos de Cristo. En definitiva, todos los signos de la celebración litúrgica deben hacer referencia a Cristo.
¿Cuándo celebrar? Para temporizar el "círculo anual" está el año litúrgico, con sus tiempos llamados fuertes(Adviento-­Navidad y Cuaresma-Semana Santa-Tiempo Pascual) y las diferentes solemnidades y fiestas que se van intercalando a lo largo del año.
¿Dónde celebrar? Aunque en rigor el culto no está ligado a un lugar exclusivo, en el templo es donde por lo general se debe celebrar y donde se reserva la Eucaristía. En la casa de oración se debe disponer del altar, el tabernáculo, el ambón, la sede, y debe reservar un lugar para algunas celebraciones sacramentales como la penitencia, o el bautismo.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

16.7.07

LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA II

La Iglesia exhorta a los hombres y mujeres homosexuales a que acudan a la Iglesia, a la oración y a la fuente de la gracia, que fortalecerán su compromiso de vivir una vida casta. El apoyo de la comunidad cristiana y los sacramentos son las fuentes primarias del cuidado pastoral para la persona homosexual. Nunca debemos subestimar el poder de estos medios sobrenaturales en la vida de la persona homosexual o de ninguna persona. Asimismo, debemos siempre recordar que la persona homosexual que está tratando de llevar una vida casta, forma parte esencial del Cuerpo de Cristo. Por medio de esta aceptación heroica de su propio sufrimiento, están dando testimonio de castidad.

¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al Señor? Sustancialmente, estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición. Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento de Cristo.

Según esto: ¿Puede una persona homosexual acceder al sacerdocio? Naturalmente que sí. Sólo en el caso de que su tendencia homosexual sea de tal índole insuperable (tendencia profundamente arraigada) que no sea capaz de mantenerse en castidad debe abstenerse de aspirar a ser ministro ordenado o también si pretende hacer ostentación de su militancia “gay”. En definitiva, igual que una persona heterosexual que aspire al sacerdocio, que también debe mantener una continencia perfecta.
Para más información pueden los lectores consultar la “Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual” y la Carta sobre “La atención pastoral a las personas homosexuales”, ambas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, así como la “Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes Sagradas”, de 4 de noviembre de 2005.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA I

Vamos en dos artículos a exponer la doctrina oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad.
Para la Iglesia, los actos homosexuales son moralmente injustificables. En nuestros días, fundándose en observaciones de orden psicológico, se ha llegado a juzgar con indulgencia, e incluso a excusar completamente, las relaciones entre personas del mismo sexo, en contraste con la doctrina constante del Magisterio y con el sentido moral del pueblo cristiano. Hay que distinguir entre los homosexuales cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos y de otras causas análogas, es transitoria o, a lo menos, reversible y aquellos otros homosexuales que lo son por un instinto innato o de constitución que se tiene por irremediable.
En cuanto a las personas de esta segunda categoría, piensan algunos que su tendencia es natural hasta tal punto que debe ser considerada en ellos como justificativa de relaciones homosexuales en una sincera comunión de vida y amor análoga al matrimonio, mientras se sientan incapaces de soportar una vida solitaria. Indudablemente, estas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y no pueden recibir aprobación en ningún caso.
Aunque para la moral de la Iglesia los actos homosexuales son un desorden objetivo, la orientación homosexual no es moralmente mala por sí misma. Son los actos y los deseos homosexuales deliberados, los que son considerados malos e inmorales. La persona homosexual, que trata de llevar una vida casta, no difiere de cualquier otra persona y por lo tanto merece el mismo respeto, amor cristiano y dignidad. Se distingue pues, claramente, entre la persona y sus actos. La persona no es rechazada, sus actos sí.

Por otra parte, la Iglesia considera deplorable que la persona homosexual sea objeto de abusos verbales o físicos, o que sea privada de sus derechos humanos básicos. El prejuicio y la discriminación contra la persona homosexual constituyen no sólo una falta de caridad, sino que además son una injusticia. Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, donde quiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por los demás, que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones. Sin embargo, esto no significa que se puedan decretar leyes que traten de legitimar la actividad homosexual. De la misma forma, cualquier plan educacional que trata de inculcar en los niños la creencia de que el estilo de vida homosexual es aceptable, debe ser considerado una afrenta inmoral a los derechos naturales de nuestros niños y a su dignidad
Jesús Luengo Mena

10.7.07

LA MISA EN LATÍN

Benedicto XVI ha puesto fin a un largo debate al firmar el sábado siete de julio de 2007 el Motu Propio “Summorum Pontificum” que levanta las restricciones im­puestas por la reforma litúrgi­ca de Pablo VI en 1970 al uso de la liturgia anterior, promulga­da por san Pío V en 1570 si­guiendo las indicaciones del Concilio de Trento frente al protestantismo, Misal puesto al día por el beato Juan XXIII en 1962.
Lo que Benedicto XVI permitirá a partir del próxi­mo catorce de septiembre es la vuel­ta al Misal anterior, llamado trentino o de san Pío V, siempre con la consideración de “extraordinaria”. Por lo tanto, no es que se autoricen las misas en latín, que siempre lo han estado, sino que se autoriza el regreso a la liturgia de Trento.
Las diferencias de la Misa trentina con la del Vaticano II son varias:
* en primer lugar el uso del latín, que tal vez sea lo más llamativo
* la plegaria eucarística es única, siempre la misma, la llamada “Canon romano
* las lecturas son también distintas, pues inclu­ye menos del Antiguo Testa­mento y podrán hacerse en lengua vernácula
* además varía la posición del sacerdote respecto al pueblo, que le da la espalda

Resumidos, sus artículos establecen lo siguiente:
1. El Misal Romano de Pablo VI es "la expresión ordinaria" de la Misa; mientras que el Misal Romano de 1962 "como la expresión extraordinaria". Estas dos expresiones "de ninguna manera llevan a una división en la ley de la oración (lex orandi) de la Iglesia".
2. Cualquier sacerdote de Rito Latino puede usar el Misal Romano antiguo cualquier día excepto durante el Triduo Pascual.
3. Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica pueden usar el Misal anterior en una celebración conventual o comunitaria en sus propios oratorios, siempre en conformidad con sus estatutos.
4. Los laicos pueden ser admitidos a la Santa Misa mencionada en el artículo dos.
5. Se establece el derecho los laicos a contar con la Misa de 1962 en sus parroquias durante los días de semana, y una sola los domingos y días de fiesta; y el derecho a celebraciones tridentinas para matrimonios o funerales.
6. En las Misas según el modo extraordinario, las lecturas pueden ser proclamadas en lengua vernácula.
7. Los laicos que no obtienen el permiso parroquial, pueden apelar al Obispo y, en última instancia, a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.
8. El mismo derecho de recurrir a la Pontificia Comisión tiene el Obispo que "por diversas razones se ve impedido" de aplicar las reformas.
9. También pueden celebrarse según el rito anterior los sacramentos del Bautismo, Matrimonio, Penitencia, la Unción de los Enfermos y la Confirmación; mientras que los sacerdotes pueden usar el Breviario Romano de 1962.
10. Un Obispo puede erigir una parroquia personal para las celebraciones del antiguo Rito Romano.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido






7.7.07

LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS EN LA LITURGIA III

Además de los ministerios instituidos existen "ministerios de hecho" que son los que ejercen la mayoría de los laicos de manera más o menos estable.
Se trata del organista, el servicio de acogida a los fieles, el animador musical, el coro, los acólitos o monaguillos, el lector, los cantores y el salmista, el animador de la celebración o monicionista, el sacristán o capiller e incluso laicos que distribuyan la comunión cuando estén autorizados para ello y se den las condiciones oportunas que serían ministros extraordinarios de la comunión. (SC 29).
Así pues, aunque los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son los obispos, presbíteros y diáconos el acólito instituido es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa y sólo en casos muy especiales e imprevistos el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso “ad actum”, o sea, para ese momento, a un fiel laico: en casos de aglomeración excesiva de fieles que quieran recibir la comunión o por razones de indisposición transitoria, etc.
Y ahora veamos cómo participa el resto de los fieles.
El resto de los fieles, la gran mayoría, participa en los cauces establecidos que deben ser: manifestando un profundo sentido religioso y caritativo, evitando particularismos, formando un solo cuerpo, cantando, orando en común, en la oración de los fieles, aclamando, respondiendo al sacerdote, guardando el sagrado silencio cuando sea requerido, con gestos, acciones y posturas corporales etc. Así pues no todos podemos hacer de todo sino cada uno lo suyo propio.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

LA PARTICIPACION DE LOS LAICOS EN LA LITURGIA II

La Iglesia es toda ella ministerial, es decir, estructurada y diferenciada en ministerios, oficios y funciones. Los que realizan estas funciones lo hacen en virtud de un carisma recibido en el sacramento del Orden (ministerios ordenados) o en virtud de la institución de la Iglesia (ministerios instituidos como el Acolitado o el Lectorado)) o en virtud de un encargo hecho de manera más o menos permanente. En todo caso son verdaderas diaconías en el sentido literal de la palabra (diakonía=servicio).

La participación de los laicos en los actos de culto de la Iglesia ha crecido de manera espectacular tras la renovación que supuso el Concilio Vaticano II. Actualmente en la comunidad cristiana hay dos tipos de ministerios estables: ministerios ordenados (diaconado, presbiterado y episcopado) y ministerios instituidos (lector y acólito según el CDC 230). Estos dos ministerios son propios de varones exclusivamente.
"Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lector y de acólito" (CDC). También, el CDC, establece que "donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros" los laicos pueden desempeñar funciones de ministerios instituidos tales como el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho. En concreto, las lecturas bíblicas (salvo la evangélica) y la oración universal de los fieles son acciones propias de los laicos y no le deben ser escamoteadas por el Presidente, salvo en el caso de que no haya personas disponibles o adecuadas para ello.

Mediante el motu propio Ministeria Quaedam (15-VIII-72) el papa Pablo VI suprimió el subdiaconado y las cuatro órdenes menores (Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado), estableciendo en su lugar los ministerios antes citados de Lectorado y Acolitado. Se establece así una frontera clara y diáfana entre ministerios ordenados (que se confieren mediante la imposición de manos) y los demás ministerios, que pueden ser instituidos o simplemente confiados a los laicos, de manera estable u ocasional (caso típico del que sale a leer o a decir unas preces en una ceremonia concreta).

Centrándonos en los ministerios laicales instituidos diremos que se instituyen en una ceremonia litúrgica que establece a un varón como lector, salmista o al servicio del altar como ayudante del sacerdote, como ministro extraordinario de la Comunión y de la Exposición del Santísimo. Esta institución la hace el obispo o el superior de una Orden religiosa generalmente dentro de la Misa. Al lector se le hace entrega de una Biblia y al acólito de patena con pan y cáliz con vino, simbolizando su función. Ambos ministerios son propios de laicos, por lo que su desempeño no les hace pertenecer al orden clerical.

Las funciones de cada uno de ellos son claras:

LECTOR. FUNCIONES
Proclamación de la palabra, excepto el Evangelio.
Salmista
Director de canto.
Intencionista en la Oración de los fieles.
Monitor o comentador.
Catequista litúrgico.
Instructor de lectores ocasionales.

ACÓLITO. FUNCIONES
Servicio del altar. Es lo suyo propio.
Ministro extraordinario de la Eucaristía.
Suplir la falta de presbíteros, en los siguientes casos:
* Llevar la comunión a enfermos e impedidos
* Exposición del Santísimo
* Presidir la Asamblea en caso de falta de sacerdotes
Jesús Luengo Mena, Lector instituido

2.7.07

LA SITUACIÓN DE LOS DIVORCIADOS EN LA IGLESIA II

Otro caso diferente es el de los casados sacramentalmente y posteriormente divorciados y vueltos a casar.
La Iglesia se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder alguno para dispensar. Es necesario iluminar a los fieles interesados para que no crean que su participación en la vida de la Iglesia se reduce exclusivamente a la cuestión de la recepción de la Eucaristía. Se debe ayudar a los fieles a profundizar su comprensión del valor de la participación al sacrificio de Cristo en la Misa, de la comunión espiritual, de la oración, de la meditación de la palabra de Dios, de las obras de caridad y de justicia.
Los pastores están llamados, en efecto, a hacer sentir la caridad de Cristo y la materna cercanía de la Iglesia; los acogen con amor, exhortándolos a confiar en la misericordia de Dios y, con prudencia y respeto, sugiriéndoles caminos concretos de conversión y de participación en la vida de la comunidad eclesial.
Ahora bien, si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación.
Esta norma no debe entenderse que tenga carácter punitivo o discriminatoria, sino que expresa más bien una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión eucarística: «Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio».
Para los fieles que permanecen en esa situación, el acceso a la Comunión eucarística sólo se abre por medio de la absolución sacramental, que puede ser concedida «únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, -como, por ejemplo, la educación de los hijos- no pueden cumplir la obligación de la separación, "asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos"». En este caso pueden acceder a la Comunión eucarística, permaneciendo firme sin embargo la obligación de evitar el escándalo.
Finalmente la situación de los divorciados que no han vuelto a casarse admite dos situaciones. Aquellos que son causantes de la separación de un matrimonio y del fracaso de la reconciliación, de ser esta posible, son culpables y han cometido falta grave. Tienen la obligación de arrepentirse y confesar sus pecados antes de recibir la Comunión, como haría cualquier pecador. La persona inocente de la ruptura tiene la misma posibilidad abierta de recibir la Comunión como cualquier otro católico.
Los interesados pueden consultar tanto el Catecismo de la Iglesia Católica como el Código de Derecho Canónico, buscando en sus índices temáticos los términos matrimonio y divorcio, así como la “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados vueltos a casar” de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 14 de septiembre 1994.
Jesús Luengo Mena

LA SITUACIÓN DE LOS DIVORCIADOS EN LA IGLESIA I

El tema de los divorciados en la Iglesia católica es polémico y seguramente objeto de alguna revisión.
Antes de analizar las diversas situaciones que se pueden presentar a los divorciados es conveniente dejar sentadas algunas premisas.
Primera: el matrimonio canónico válidamente contraído es indisoluble. Sólo la muerte rompe ese vínculo. Los divorciados que se hubieran casado sacramentalmente y vueltos a casar (civilmente por supuesto) viven, canónicamente hablando, en adulterio.
Segunda: los bautizados tienen obligación de contraer matrimonio sacramental, o sea, a casarse por la Iglesia. La Iglesia no considera válidos los matrimonios efectuados sólo ante la autoridad civil, por lo que los considera nulos. Los cónyuges vivirían en concubinato.
Tercera: los divorciados civilmente que se han casado sacramentalmente no son expulsados de la Iglesia ni sufren ninguna pena que se parezca a excomunión. La Iglesia siente una especial preocupación por la situación de estos fieles que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la comunión eclesial.
A partir de estas premisas se pueden dar varias casuísticas, que vamos a analizar.
Comenzamos por aquellos bautizados que contraen matrimonio sólo civilmente. El derecho canónico considera solteros a ambas personas, por lo tanto el divorcio que pudieran obtener no es reconocible por la Iglesia. No obstante y entendida como una acción moral, la separación consciente o abandono de uno de los cónyuges, es un error grave. Ambos siguen solteros ante la Iglesia y ante Dios, en virtud de la nulidad del matrimonio civil. Por lo tanto, podrían contraer posteriormente matrimonio canónico, bien entre ellos mismos o con otra persona, aunque con algunas cautelas. No es que el derecho canónico reconozca el divorcio en este caso: simplemente, lo que no reconoce es el matrimonio de que trae causa el divorcio. Ciertamente, así considerado no se altera la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. Estas personas, casadas sólo por civil y divorciadas posteriormente, pueden comulgar siempre que cumplan los requisitos generales para ser admitidos a la Comunión. En definitiva, el divorcio civil no es un obstáculo para recibir la comunión. Por ser un acto civil, todo lo que hace es lograr un acuerdo sobre los resultados civiles y legales del matrimonio (distribución de las propiedades y patrimonio, custodia y educación de los hijos, etc).
Jesús Luengo Mena

5.6.07

LA EUCARISTÍA: ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Vamos en este artículo a aclarar algunas dudas y preguntas que podemos hacernos sobre la participación en la Eucaristía.

¿Puede negarse la Eucaristía a alguien que se acerca a comulgar?
Según el canon 843,1 del CDC no se puede negar los sacramentos a nadie que los pida a tiempo, esté bien dispuesto y no tenga prohibiciones por la ley. Toda persona bautizada no prohibida por la ley debe ser admitida a la sagrada comunión. El canon 915 establece las faltas que no admiten a la Eucaristía: los excomulgados ni los que estén en entredicho después de la imposición de la pena, así como los que persistan obstinadamente en un pecado grave. Tampoco deben recibirla los fieles que tengan conciencia de hallarse en un pecado grave, salvo motivo grave. Si no existe en el individuo plena comunión con la Iglesia no tiene sentido acercase a recibir la Eucaristía.
¿Pueden comulgar las personas discapacitas síquicas?
Los niños o adultos discapacitados necesitan una preparación especial conforme a su situación particular pero también pueden recibirla. En general bastará que puedan reconocer que al recibir la comunión entran de alguna manera en una comunicación especial con Dios y que el pan eucarístico no es un pan común. Por ejemplo, que reconozcan que alimentarse de ese Pan les ayuda a ser más buenos o mejores.
¿Puede un no católico recibir la comunión en una Eucaristía católica?
Los ministros católicos puedan administrar los sacramentos de la reconciliación, de la Eucaristía y de la unción de los enfermos a los miembros de las Iglesias Orientales (ortodoxas) cuando ellos los piden y están dispuestos de recibirlos (can.844, 3). A otros cristianos se les puede administrar los mismos sacramentos cuando están en peligro de muerte o por otra razón grave a juicio del obispo o de la Conferencia Episcopal. Los requisitos son: que ellos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad, que lo pidan personalmente, que están bien dispuesto para recibirlo y que manifiesten creer lo que la fe católica manifiesta en estos sacramentos(can.844, 4).
¿ Se puede recibir la comunión fuera de la misa?
Sí, en los siguientes casos: en las celebraciones dominicales sin sacerdote; lo mismo los enfermos en las casas o en los hospitales ya que hay una justa causa que impide a los enfermos acudir a la celebración eucarística.
¿Se puede comulgar más de una vez al día?
El fiel que haya recibido la Eucaristía puede recibirla otra vez en el mismo día siempre que sea dentro de la celebración eucarística en la que participe. Incluso se recomienda hacerlo a los que estén en peligro de muerte mientras dure tal situación.
¿Pueden los divorciados acercarse a recibir la comunión?
Polémica pregunta. Debemos distinguir dos actitudes. Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado de conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido. La parte inocente de la ruptura matrimonial, tiene la misma posibilidad abierta de recibir la comunión como cualquier otro católico (mientras permanezca en esa situación, o sea, sin volver a casarse), bajo las condiciones usuales (estar libre de pecado mortal y cumplir con el ayuno Eucarístico). Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral.
¿Qué ocurre si el divorciado se vuelve a casar?
La persona que recibe un decreto de Nulidad está libre para volverse a casar en la Iglesia ya que el primer matrimonio no fue válido desde el principio. La persona que se vuelve a casar en estas condiciones en la Iglesia puede recibir los Sacramentos en las condiciones usuales.
Aquellos que se han divorciado y vuelto a casar sin un Decreto de Nulidad, para el primer matrimonio (indistintamente si fue realizado dentro o fuera de la Iglesia), se encuentran en una relación eclesial de adulterio, que no les permite arrepentirse honestamente, para recibir la absolución de sus pecados y recibir la Santa Comunión. Hasta que no se resuelva la irregularidad matrimonial por el Tribunal de los Procesos Matrimoniales, u otros procedimientos que se aplican a los matrimonios de los no bautizados, no pueden acercarse a los Sacramentos de la Penitencia ni a la Eucaristía.
Como dice el Papa Juan Pablo II en el documento de la Reconciliación y de la Eucaristía, la Iglesia desea que estas parejas participen de la vida de la Iglesia hasta donde les sea posible (y esta participación en la Misa, adoración Eucarística, devociones y otros serán de gran ayuda espiritual para ellos) mientras trabajan para lograr la completa participación sacramental. Esta es la doctrina oficial de la Iglesia.
En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús.
Para más detalles recomendamos a los interesados leer la “CARTA A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LA RECEPCIÓN DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICAPOR PARTE DE LOS FIELES DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR, publicada por la CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE DE 14 DE SEPTIEMBRE 1994.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido y Vicette de Jesús Despojado

15.5.07

REGINA CAELI

En tiempo pascual en lugar del Ángelus se dice el Regina Caeli.
Esta oración es así:
Reina del cielo, alégrate, aleluya.
Porque el Señor, a quien has merecido llevar,
aleluya,
ha resucitado según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
Alégrate, Virgen María, aleluya,
porque ha resucitado el Señor, aleluya.

OREMOS:
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
has llenado el mundo de alegría: concédenos, por intercesión de su Madre,
la Virgen Maria, que nosotros lleguemos también
a alcanzar los gozos eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

REGÍNA CAELI (Latín)
Regina caeli,
Laetáre, allelúia:
Quia quem meruísti
Portáre, allelúia:
Resurréxit
Sicut dixit, allelúia:
Ora pro nobis Deum, allelúia.

LA ICONOGRAFÍA MARIANA EN SU VERTIENTE DOLOROSA


La iconografía de la Virgen admite algunas variantes aunque es menos rica que las escenas cristíferas pasionarias. Se puede reducir a estos modelos: Amargura, Dolorosa, Quinta Angustia, Piedad, Virgen Afligida y Soledad
La Amargura es una composición en la que iconográficamente debe aparece con san Juan en el paso, escenificando su caminar por la Vía Dolorosa al encuentro de su Hijo que el discípulo predilecto le señala con el dedo. Representa el momento en que la Virgen, acompañada de san Juan y ajena aún a la condena de su Hijo escucha en la llamada Sacra Conversación la noticia que le comunica el apóstol sobre la situación de Jesús y ambos se dirigen a la calle de la Amargura para contemplar el paso de Jesús cargado con la cruz camino del Gólgota. La escena que se nos presenta no es evangélica y solamente Lucas narra el encuentro de Jesús con las mujeres de Jerusalén (Lc 23, 27-31) pero no con su Madre. “La fuente hay que buscarla en uno de los textos más influyentes en la conformación iconográfica de la Pasión: el Evangelio de Nicodemo. En su recensión B (una versión tardomedieval del original) se nos dice que Juan había seguido el cortejo de Jesús y los soldados para luego correr en busca de la Madre que nada sabía. Al oír ésta el relato quedó transida de dolor y acompañada del apóstol, María Magdalena, Marta y Salomé se dirigió a la calle de la Amargura.
Es la representación mariana más frecuente en nuestras hermandades y aunque acompañada por san Juan aparece hoy día solamente en seis pasos en siglos pasados fue mucho más frecuente, incluso con la compañía de la Magdalena. Para un mayor lucimiento de la imagen de la Virgen con el paso del tiempo se han ido retirando esas figuras.
La Dolorosa es una Virgen en el Calvario, presenciando el suplicio y muerte de su Hijo. En este modelo iconográfico la Virgen puede aparecer con más figuras y asimismo puede o no ir bajo palio. La Virgen lleva pañuelo para secar sus lágrimas y puñal en el pecho. Esta devoción a los dolores de la Virgen hunde sus raíces en la época medieval y fue especialmente propagado por la Orden servita, fundada en 1233. También hay varias imágenes con la advocación de Dolores o Mayor Dolor que procesionan bajo palio.
La Quinta Angustia representa el momento del descendimiento de la cruz para ser colocado el cuerpo del Hijo en el regazo de la madre.

A continuación aparecería la Piedad que es el momento en que la Virgen tiene a Cristo muerto en su regazo. La más universal es la que cinceló Miguel Ángel para el Vaticano.

La Virgen Afligida es la de la traslación al Sepulcro y por último la Soledad, sola al pie de la cruz.
No obstante lo anterior, se suelen denominar popularmente como “dolorosas” a prácticamente todas las imágenes marianas que procesionan en Semana Santa, lo hagan o no bajo palio.
No abordamos en este artículo otros modelos iconográficos marianos como la Letífica (en actitud alegre), Glicophiloussa (acariciando al Niño) o la Galactotrophoussa (amamantando al Niño) y otras más ya que son propias de imágenes de gloria.

Jesús Luengo Mena, Vicette de la Hdad de Jesús Despojado y Lector instituido

8.5.07

LAS MISAS DE DIFUNTOS

La OGMR trata en su apartados del 379 al 385 sobre la Misas de difuntos.
Dice así: “El sacrificio eucarístico de la Pascua de Cristo lo ofrece la Iglesia por los difuntos, a fin de que, por la comunión entre todos los miembros de Cristo, lo que a unos consigue ayuda espiritual, a otros les otorgue el consuelo de la esperanza”.

Entre las Misas de difuntos, la más importante es la Misa exequial que se puede celebrar todos los días, excepto las solemnidades de precepto, el Jueves Santo, el Triduo pascual y los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua. Debe hacerse una pequeña homilía, excluyendo los elogios fúnebres. Se entiende por Misa exequial (del latín ex-sequi, ex-sequia que significa seguir, acompañar) aquella en la que la comunidad cristiana acompaña a sus difuntos y los encomienda a la bondad de Dios. En sentido estricto sería aquella Misa en la que está presente el difunto recién fallecido o también la primera Misa ofrecida por él.
Si la Misa exequial está directamente unida con el rito de las exequias, una vez dicha la oración después de la sagrada Comunión, se omite todo el rito conclusivo y en su lugar se reza la última recomendación o despedida; este rito solamente se hace cuando está presente el cadáver. También la Misa del primer aniversario del fallecimiento tiene una especial consideración litúrgica.
Así pues, la Misa de difuntos, después de recibida la noticia de la muerte, o con ocasión de la sepultura definitiva o la del primer ani­versario, dice la OGMR que puede celebrarse en la octava de Navidad y en los días en que hay una memoria obligatoria o en una feria que no sea el miércoles de Ceniza o una feria de Semana Santa.
Las otras Misas de difuntos, o Misas «cotidianas», en las que solamente se hace mención del difunto en las oraciones se pueden cele­brar en las ferias del tiempo ordinario en que cae alguna memoria.
Estas Misas se celebran en “sufragio” de los difuntos. Sufragios son, en lenguaje litúrgico, los actos piadosos que se realizan para ayudar a los difuntos.

El Misal exhorta a los fieles, sobre todo a los familiares del difunto, a que participen en el sacrificio eucarístico ofrecido por él, también acercándose a la Comunión. También han de tenerse en cuenta al ordenar y seleccionar las partes de la Misa de difun­tos, sobre todo la Misa exequial, los motivos pastorales respecto al difunto, a su familia, a los presentes.
Finaliza lo dispuesto sobre las Misas de difuntos exhortando a los sacerdotes a que pongan especial cuidado con aquellas personas que asisten a las celebra­ciones litúrgicas y oyen el Evangelio, personas que pueden no ser católicas o que son católicos que nunca o casi nunca participan en la Eucaristía, o que incluso parecen haber perdido la fe. Se recuerda a los sacer­dotes que son ministros del Evangelio de Cristo para todos.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido