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25.6.12

LA MISA ESTACIONAL DEL OBISPO. LITURGIA EUCARÍSTICA II Y RITOS FINALES

Terminada la doxología de la Plegaria Eucarística, el obispo, con las manos juntas, hace la monición previa al Padrenuestro, que todos lo cantan o lo rezan. Tanto el obispo como los concelebrantes están con las manos extendidas.
El obispo, con las manos extendidas, dice él solo: “Líbranos de todos los males”. Los presbíteros concelebrantes, juntamente con el pueblo, dicen la aclamación final: “Tuyo es el reino”. A continuación, el obispo dice la oración: “Señor Jesucristo, que diste”. Terminada esta, el obispo, dirigiéndose a la asamblea, anuncia la paz diciendo: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”. El pueblo responde: “Y con tu espíritu”. Si se cree oportuno, uno de los diáconos, dirigiéndose a la asamblea, hace a invitación para la paz con estas palabras: “Daos fraternalmente la paz”. El obispo da la paz al menos a los dos concelebrantes más cercanos a él, después al primero de los diáconos. Y todos, según la costumbre de cada lugar, se manifiestan mutuamente la paz y la caridad. El obispo inicia la fracción del pan y la prosiguen algunos de los presbíteros concelebrantes, y entre tanto se repite “Cordero de Dios”, cuantas veces sea necesario para acompañar la fracción del pan. El obispo deja caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto: “El Cuerpo y la Sangre”.
Dicha en secreto la oración antes de la Comunión, el obispo hace genuflexión y toma la patena. Los concelebrantes uno a uno se acercan al obispo, hacen genuflexión, y de él reciben reverentemente el Cuerpo de Cristo, y teniéndolo con la mano derecha, y colocando la izquierda debajo, se retiran a sus lugares. Sin embargo, los concelebrantes pueden permanecer en sus lugares y recibir allí mismo el Cuerpo de Cristo. Luego el obispo toma la hostia, la sostiene un poco elevada sobre la patena, y, dirigiéndose a la asamblea, dice: “Este es el Cordero de Dios”, y prosigue con los concelebrantes y el pueblo diciendo: “Señor, no soy digno”. Mientras el obispo comulga el Cuerpo de Cristo, se inicia el canto de Comunión.
El obispo, una vez que bebió la Sangre de Cristo, entrega el cáliz a uno de los diáconos y distribuye la comunión a los diáconos y también a los fieles.
Los concelebrantes se acercan al altar y beben la Sangre, que los diáconos les presentan. Estos limpian el cáliz con el purificador, después de la comunión de cada uno de los concelebrantes. Acabada la comunión, uno de los diáconos bebe la Sangre que hubiere, lleva el cáliz a la credencia y allí, en seguida, o después de la Misa, lo purifica y arregla. El otro diácono, o uno de los concelebrantes, si hubieren quedado hostias consagradas, las lleva al tabernáculo, y en la credencia purifica la patena o el copón sobre el cáliz, antes de que éste sea purificado. Cuando el obispo, después de la comunión regresa a la cátedra, vuelve a tomar el solideo, y, si es necesario, se lava las manos. Todos sentados, pueden guardar unos momentos de sagrado silencio, o cantar un cántico de alabanza o un salmo. Después el obispo de pie en la cátedra, y sosteniéndole el libro el ministro, o habiendo regresado al altar con los diáconos, canta o dice: “Oremos” y, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión, a la cual puede preceder un breve tiempo de silencio, a no ser que ya lo haya habido después de la comunión. Terminada la oración el pueblo aclama: “Amen”.

RITOS DE CONCLUSION
Terminada la oración después de la Comunión, se dan, si lo hay, breves avisos al pueblo. Finalmente el obispo recibe la mitra, y extendiendo las manos, saluda al pueblo, diciendo: El Señor esté con vosotros, al cual responde el pueblo: Y con tu espíritu. Uno de los diáconos puede invitar a todos diciendo: Inclinaos para recibir la bendición, o algo similar. Y el obispo da la bendición solemne, usando la fórmula más conveniente de entre las que se encuentran en el Misal, en el Pontifical o en el Ritual Romano. Mientras dice las primeras invocaciones, o la oración, tiene extendidas las manos sobre el pueblo. A las invocaciones todos responden: Amén. Luego recibe el báculo, y dice: La bendición de Dios todopoderoso, y haciendo tres veces el signo de la cruz sobre el pueblo, agrega: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero cuando imparte la bendición apostólica, según las normas del derecho, ésta se da en vez de la bendición acostumbrada. La anuncia el diácono y se da según sus propias fórmulas. Dada la bendición uno de los diáconos despide al pueblo, diciendo: Podéis ir en paz; y todos responden: Demos gracias a Dios.
Después el obispo besa el altar, como de costumbre, y le hace la debida reverencia. También los concelebrantes y todos los que están en el presbiterio, saludan el altar, como al principio, y regresan procesionalmente al "secretarium", en el mismo orden en que vinieron. Cuando llegan al "secretarium" todos, a una con el obispo, hacen reverencia a la cruz. Luego los concelebrantes saludan al obispo, y con diligencia dejan las vestiduras en sus sitios. También los ministros, conjuntamente, saludan

15.6.12

LA MISA ESTACIONAL DEL OBISPO. LITURGIA EUCARÍSTICA I

Terminada la oración universal, el obispo se sienta y recibe la mitra. Los concelebrantes y el pueblo igualmente se sientan. Entonces se comienza el canto para la presentación de los dones, que se prolonga por lo menos hasta que los dones sean colocados sobre el altar. Los diáconos y acólitos colocan en el altar el corporal, el purificador, el cáliz y el Misal. Luego se traen las ofrendas. Es conveniente que los fieles manifiesten su participación trayendo pan y vino para la celebración de la Eucaristía, y también otros dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia y de los pobres. Los diáconos o el mismo obispo reciben las ofrendas de los fieles en un lugar adecuado. Los diáconos llevan el pan y el vino al altar, lo demás a un lugar apropiado, preparado con anterioridad.
El obispo va al altar, deja la mitra, recibe del diácono la patena con pan, y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, diciendo en secreto la fórmula correspondiente. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal. Entre tanto, el diácono vierte vino y un poco de agua en el cáliz, diciendo en secreto el agua unida al vino." Después el obispo presenta el cáliz, que tiene con ambas manos un poco elevado sobre el altar, dice en secreto la fórmula establecida, y luego, deja el cáliz sobre el corporal, y el diácono, si se requiere, lo cubre con la palia. Después el obispo, inclinado en medio del altar, dice en secreto acepta, Señor, nuestro corazón contrito.
En seguida, el turiferario se acerca al obispo, el diácono le presenta la naveta, y el obispo pone incienso y lo bendice. Después el obispo mismo recibe del diácono el incensario, y acompañado por este, inciensa las ofrendas, el altar y la cruz, como lo hizo al principio de la Misa. Terminada esta incensación, todos se ponen de pie, el diácono desde un lado del altar inciensa al obispo, el cual está de pie y sin mitra; luego a los concelebrantes y después al pueblo. Téngase cuidado de que la monición Orad, hermanos, y la oración sobre las ofrendas no se digan antes de que haya terminado la incensación.
Una vez incensado el obispo, que se encuentra a un lado del altar y sin mitra, se le acercan los ministros con la jarra del agua, la palangana y la toalla. El obispo se lava y se seca las manos. Si es necesario uno de los diáconos toma el anillo del obispo. Mientras éste se lava las manos dice en secreto: “Lávame, Señor, mis culpas”. Una vez que ha secado las manos y colocado el anillo, el obispo regresa al centro del altar. El obispo, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos invita al pueblo a orar, diciendo: “Orad, hermanos”. Una vez dada la respuesta “El Señor reciba de tus manos”, el obispo, con las manos extendidas, canta o dice la oración sobre las ofrendas. Al final el pueblo aclama: Amén.
Después, el diácono toma el solideo del obispo y lo entrega al ministro. Los concelebrantes se acercan al altar y están de pie cerca de él, de tal manera que no impidan el desarrollo de los ritos y que la acción sagrada pueda ser mirada atentamente por los fieles. Los diáconos están detrás de los concelebrantes, para que cuando sea necesario, uno de ellos sirva en lo referente al cáliz o al misal. Ninguno permanezca entre el obispo y los concelebrantes, o entre estos y el altar.
Entonces el obispo empieza la Plegaria Eucarística con el prefacio. Extendiendo las manos canta o dice: El Señor esté con vosotros, y cuando dice: Levantemos el corazón, eleva las manos, y con ellas extendidas, añade: Demos gracias al Señor nuestro Dios. Después de que el pueblo respondió: Es justo y necesario, el obispo prosigue con el prefacio. Una vez terminado,  junta las manos y canta juntamente con los concelebrantes, los ministros y el pueblo: “Santo”. El obispo prosigue la Plegaria Eucarística. Las partes que dicen todos los concelebrantes a la vez, con las manos extendidas, deben pronunciarlas en voz baja, de modo que la voz del obispo se escuche claramente. En las Plegarias Eucarísticas I, II y III el obispo, después de las palabras: “con tu siervo el Papa N”, añade: “conmigo indigno siervo tuyo”. En la Plegaria Eucarística IV, después de las palabras: “de tu servidor el Papa N.” , añade: “de mí indigno siervo tuyo”. Si el cáliz y el copón están cubiertos, el diácono los descubre antes de la epíclesis. Uno de los diáconos coloca el incienso en el incensario y en cada una de las elevaciones inciensa la hostia y el cáliz. Los diáconos permanecen de rodillas desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz. Después de la consagración el diácono, si se juzga conveniente, vuelve a cubrir el cáliz y el copón. Dicho por el obispo: “Este es el Sacramento de nuestra fe”, el pueblo responde con la aclamación. En la Misa crismal, antes de que el obispo diga en la Plegaria Eucarística I: “Por quien sigues creando todos los bienes”, o antes de la doxología “Por Cristo”, en las otras Plegarias Eucarísticas, se hace la bendición del óleo de los enfermos, como se dice en el Pontifical Romano, a no ser que por razones pastorales, se haya hecho después de la Liturgia de la Palabra. Para la doxología final de la Plegaria Eucarística, el diácono, de pie al lado del obispo, tiene elevado el cáliz, mientras el obispo eleva la patena con la hostia, hasta que el pueblo haya respondido Amén. La doxología final de la Plegaria Eucarística la dice o sólo el obispo, o a una con todos los concelebrantes.

1.6.12

LA MISA ESTACIONAL DEL OBISPO. LITURGIA DE LA PALABRA

En esta segunda entrega dedicada a la Misa Estacional del obispo vamos a abordar la Liturgia de la Palabra.
Después de terminada la oración colecta, el lector va al ambón y lee la primera lectura, la cual todos escuchan sentados. Al final canta o dice Palabra de Dios y todos responden con la aclamación. El obispo tiene la mitra puesta en las lecturas no evangélicas. Después el lector se retira. Todos en silencio meditan brevemente la lectura escuchada. Luego, el salmista o cantor, o el mismo lector, canta o lee el salmo, según uno de los modos previstos. Otro lector desde el ambón hace la segunda lectura, como se dijo antes, estando todos sentados y escuchando. Sigue el Aleluya u otro canto, según las exigencias del tiempo litúrgico. Al iniciarse el Aleluya todos se ponen de pie, menos el obispo.
Se acerca el turiferario y uno de los diáconos le presenta la naveta. El obispo pone incienso y lo bendice sin decir nada. El diácono que va a proclamar el Evangelio, se inclina profundamente ante el obispo, pide la bendición en voz baja, diciendo: Padre, dame tu bendición. El obispo lo bendice, diciendo: El Señor esté en tu corazón. El diácono se signa con el signo de la cruz y responde: Amén. Entonces el obispo, dejada la mitra, se levanta. El diácono se acerca al altar y allí van también el turiferario con el incensario humeante, y los acólitos con los cirios encendidos. El diácono hace inclinación al altar y toma reverentemente el Evangeliario, y omitida la reverencia al altar, llevando solemnemente el libro, se dirige al ambón, precedido por el turiferario y los acólitos con cirios. En el ambón, el diácono, teniendo las manos juntas, saluda al pueblo. Al decir las palabras Lectura del santo Evangelio, signa el libro y luego se signa a sí mismo, en la frente, la boca y el pecho, lo cual hacen todos los demás. Entonces el obispo recibe el báculo. El diácono inciensa el libro y proclama el Evangelio, estando todos de pie y vueltos hacia el diácono, como de costumbre.
Terminado el Evangelio, el diácono lleva el libro al obispo para que lo bese. Este dice en secreto: Por la lectura de este Evangelio; o también el mismo diácono besa el Evangeliario, diciendo en secreto la misma fórmula. Por último, el diácono y los ministros regresan a sus sitios. El Evangeliario se lleva a la credencia u otro lugar apropiado. Luego, estando todos sentados, el obispo, con mitra y báculo, si lo considera oportuno, y sentado en la cátedra, hace la homilía, a no ser que haya otro lugar más adecuado para ser visto y oído cómodamente por todos. Terminada la homilía, se puede tener algún momento de silencio. Después de la homilía, a no ser que en este momento se celebre algún rito sacramental o consecratorio o de bendición, según las normas del Pontifical o del Ritual Romano, el obispo deja la mitra y el báculo, se levanta y, todos de pie, se canta o se reza el Credo, según las rúbricas. A las palabras y por obra del Espíritu Santo se encarnó ... todos se inclinan, pero en las solemnidades de la Anunciación y de Navidad, todos se arrodillan. Terminado el Credo, el obispo de pie en la cátedra, con las manos juntas, invita con la monición a los fieles a participar en la oración universal. Después uno de los diáconos o el cantor o lector u otro, desde el ambón o desde otro lugar apropiado, dice las intenciones, y el pueblo participa según le corresponde. Por último el obispo, con las manos extendidas, concluye las preces con la oración.

22.5.12

LA MISA ESTACIONAL DEL OBISPO. RITOS INICIALES.

Vamos, en una serie de cuatro artículos, a analizar la liturgia de la Misa Estacional del obispo, misa que antes se llamaba “de Pontifical”. El Ceremonial de los Obispos es el libro litúrgico que detalla el rito.
La principal manifestación de la Iglesia local tiene lugar cuando el obispo, gran sacerdote de su grey, celebra la Eucaristía sobre todo en la iglesia catedral, rodeado por su presbiterio y los ministros, con plena y activa participación de todo el pueblo santo de Dios. Esta Misa, llamada Estacional, manifiesta tanto la unidad de la Iglesia local, como la diversidad de ministerios alrededor del obispo y de la Sagrada Eucaristía. Por lo tanto, convóquese a ella la mayor cantidad de fieles; los presbíteros concelebren con el obispo; los diáconos ejerzan su ministerio, los acólitos y lectores desempeñen su oficio propio. Esta forma de celebrar la Misa se ha de conservar sobre todo en las mayores solemnidades del año litúrgico, en la Misa Crismal y en la Misa vespertina en la Cena del Señor –Jueves Santo–, en las celebraciones del santo fundador de la iglesia local o del patrono de la diócesis; en el día natalicio del obispo, en las grandes reuniones del pueblo cristiano y también en la visita pastoral.
La Misa Estacional se celebrará con canto. Conviene que haya por lo menos tres diáconos, que sean verdaderamente tales, uno que sirva al Evangelio y al altar, y otros dos que asistan al obispo. Si son varios distribúyanse entre sí los diversos ministerios, y por lo menos uno de ellos preocúpese de la participación activa de los fieles. Si hay capítulo en la iglesia catedral, conviene que todos los canónigos concelebren con el obispo la Misa Estacional, sin que por ello queden excluidos otros presbíteros. Otros obispos que se encuentren presentes, y los canónigos que no concelebren, usarán sus vestiduras corales.
LLEGADA Y PREPARACION DEL OBISPO
Después de que haya sido recibido el obispo, este, ayudado por los diáconos asistentes y otros ministros, los cuales ya tienen puestas las vestiduras litúrgicas antes de que él llegue, deja en el "secretarium" la capa o la muceta, y según el caso, también el roquete, se lava las manos y se reviste con amito, alba, cruz pectoral, estola, dalmática y casulla. Después, uno de los dos diáconos coloca la mitra al obispo. Pero si es arzobispo, antes de recibir la mitra, el primer diácono le coloca el palio. Entre tanto los presbíteros concelebrantes y los otros diáconos, que no sirven al obispo, se ponen sus vestiduras.
Cuando ya todos están preparados, se acerca el acólito turiferario, uno de los diáconos le presenta la naveta al obispo, el cual pone incienso en el incensario y lo bendice con el signo de la cruz. Luego recibe el báculo, que le presenta el ministro. Uno de los diáconos toma el Evangeliario, que lleva cerrado y con reverencia en la procesión de entrada.
RITOS INICIALES
Mientras se canta el canto de entrada, se hace la procesión desde el "secretarium" hacia el presbiterio, de esta manera: el turiferario abre la procesión con el incensario humeante; un acólito que lleva la cruz, con la imagen del crucifijo puesta en la parte anterior; va entre siete, o por lo menos dos acólitos, que llevan candeleros con velas encendidas; el clero de dos en dos; el diácono que lleva el Evangeliario; los otros diáconos, si los hay, de dos en dos; los presbíteros concelebrantes, de dos en dos; el obispo, que va solo, lleva la mitra y el báculo pastoral en la mano izquierda, mientras bendice con la derecha; un poco detrás del obispo, dos diáconos asistentes; por último los ministros del libro, de la mitra y del báculo.
Si la procesión pasa delante de la capilla del Santísimo Sacramento, no se detiene ni se hace genuflexión. Es recomendable que la cruz llevada procesionalmente se coloque cerca del altar, de tal manera que se constituya en la cruz del mismo altar. De lo contrario, se guarda. Los candeleros se colocan cerca del altar, o sobre la credencia, o cerca del presbiterio. El Evangeliario se coloca sobre el altar.
Todos al entrar al presbiterio, de dos en dos, hacen profunda reverencia al altar. Los diáconos y los presbíteros concelebrantes suben al altar, lo besan y luego se dirigen a sus sitios. Cuando el obispo llega al altar, entrega al ministro el báculo pastoral, y dejada la mitra,  junto con los diáconos y los otros ministros que lo acompañan, hace profunda reverencia al altar. En seguida sube al altar y, a una con los diáconos, lo besa. Después, si es necesario, el acólito pone de nuevo incienso en el incensario y el obispo, acompañado por los dos diáconos, inciensa el altar y la cruz. Una vez incensado el altar, el obispo acompañado por los ministros, se dirige a la cátedra por la vía más corta. Dos diáconos se colocan de pie, uno a cada lado, cerca de la cátedra para estar preparados a servir al obispo. Si no lo hay,  los suplen dos presbíteros concelebrantes. Después el obispo, los concelebrantes y los fieles, de pie, se signan con la señal de la cruz, mientras aquél, de cara al pueblo, dice: En el nombre del Padre. Luego, el obispo, extendiendo las manos, saluda a la asamblea, diciendo: La paz sea con vosotros, u otra de las fórmulas que se encuentran en el Misal. Después el mismo obispo, el diácono o uno de los concelebrantes puede hacer a los fieles una breve introducción sobre la Misa del día. En seguida el obispo invita al acto penitencial, que concluye diciendo: Dios Todopoderoso tenga misericordia. Si es necesario el ministro sostiene el libro ante el obispo. Cuando se emplea la tercera fórmula del acto penitencial, el obispo, el diácono, u otro ministro idóneo dice las invocaciones.
El domingo, en vez del acto penitencial acostumbrado, se recomienda hacer la bendición y la aspersión del agua. Después del saludo, el obispo, de pie cerca a la cátedra, de cara al pueblo y teniendo delante de sí un recipiente con agua para ser bendecida, que le llevó el ministro, invita al pueblo a orar, y después de un breve tiempo de silencio, dice la oración de bendición. Donde la tradición del pueblo aconseje que se conserve el uso de mezclar sal al agua, el obispo bendice también la sal, y después la vierte en el agua.
El obispo recibe del diácono el aspersorio, se rocía a sí mismo y a los concelebrantes, a los ministros, al clero y al pueblo y, según las circunstancias, recorre la iglesia acompañado por los diáconos. Entre tanto se canta el canto que acompaña a la aspersión.
El obispo vuelve a la cátedra, v terminado el canto, de pie y con las manos extendidas dice la oración conclusiva.
Terminado lo anterior, cuando está prescrito, se canta o reza el himno Gloria a Dios en el cielo. Después del acto penitencial se dice el Señor, ten piedad, a no ser que se hubiera hecho la aspersión con agua, o se hubiera empleado la tercera fórmula del acto penitencial, o las rúbricas determinen en otra cosa. El himno Gloria a Dios en el cielo se dice según las rúbricas. Lo puede iniciar o el obispo, o uno de los concelebrantes, o los cantores. Mientras se dice el himno, todos están de pie. Luego el obispo, invita al pueblo a orar, y teniendo las manos juntas, canta o dice: Oremos; y luego de unos instantes de silencio, con las manos extendidas, dice la oración colecta. Para ello tiene ante sí el libro que le presenta el ministro. El obispo junta las manos cuando concluye la oración, y dice Por nuestro Señor Jesucristo..., u otras palabras. Al final el pueblo aclama: Amén.
En seguida el obispo se sienta y, como de costumbre, de uno de los diáconos recibe la mitra. Y todos se sientan. Los diáconos y los demás ministros se sientan según la disposición del presbiterio, pero de tal manera que se note la diferencia de grado con los presbíteros.

18.5.12

SOBRE LA VALIDEZ Y LICITUD DE UN SACRAMENTO

A veces aparecen en la prensa noticias referidas a que un falso sacerdote ha estado ejerciendo acciones pastorales y litúrgicas en templos –recientemente en la diócesis de Sevilla, por ejemplo– . En este artículo vamos a aclarar en qué estado quedan las personas que, supuestamente y de buena fe, han recibido lo que pensaban era un sacramento. Aunque el tema de la validez, nulidad y anulación es un tema largo, propio de Derecho Canónico y que tal vez abordemos con más serenidad y detalle en otro momento, vamos ahora simplemente a aclarar algunos conceptos y situaciones que originan esas actuaciones.
En primer lugar debemos conocer que no es lo mismo licito que valido. Lícito son aquellos actos que están prescritos o permitidos por la ley, ya sea civil o eclesiástica. Se distingue de valido, que sería aquello que produce el efecto deseado. No todo lo que es válido es lícito. Por ejemplo, un sacerdote que celebra la Santa Misa donde el obispo no se le permite, celebra ilícitamente, aunque la misa sea válida, es decir, verdaderamente es misa. Es un error pensar que cualquier sacerdote, por el hecho de serlo, puede administrar todos los sacramentos sin limitaciones ni trabas de ningún tipo, en cualquier sitio o lugar, aunque no es ahora el momento de analizarlo. El supuesto que ahora analizamos es parecido, aunque las personas implicadas no estén ordenados. No olvidemos que, en determinadas condiciones y con permiso del Ordinario, un laico podría tanto bautizar como casar –en realidad los cónyuges son los ministros de su boda.
 En lo referido a los sacramentos del Bautismo y Matrimonio, según una propia nota del arzobispado dice que “son claramente válidos, si bien son ilícitos. En consonancia, las parejas que han contraído matrimonio en ceremonias oficiadas por la persona en cuestión, lo han hecho válidamente”. Se basa en el canon 144 del Código de Derecho Canónico, que textualmente dice así: “En el error común de hecho o de derecho, así como en la duda positiva y probable de derecho o de hecho, la Iglesia suple la potestad ejecutiva de régimen, tanto para el fuero externo como para el interno”. (144 § 1). Este canon es como una especie de garantía que la Iglesia proporciona a los que, de buena fe, contraen por desconocimiento o error un sacramento que piensan que es efectivo.
¿Cómo se interpreta este canon en este caso concreto? Pues que, aunque faltaba competencia en el ministro –supuesto ministro en este caso–, se dio un hecho público y notorio que parece atribuir competencia al que carecía de ella, y que este hecho fue de suyo un acto apto para inducir al error. Así, cuando una persona se presenta revestido en la Iglesia para asistir a un matrimonio, la generalidad de los asistentes juzga  –la tenga o no– que posee competencia para celebrarlo. Máxime si previamente se ha solicitado la celebración del matrimonio y todas las circunstancias han sido normales: con los trámites oportunos y abierto el expediente matrimonial. Por lo tanto, el matrimonio es válido, los cónyuges permanecen casados aunque, eso sí, en su matrimonio no se cumplieron todas las condiciones que impone le ley eclesiástica, que la propia Iglesia suple aplicando el canon citado. Lo mismo puede aplicarse para el Bautismo.
Caso bien distinto es en el de los sacramentos de la Eucaristía, Penitencia y Unción de Enfermos. Aquí son actos inválidos, o sea, no se han producido. La razón estriba en que son sacramentos que requieren la potestad del Orden. Por lo tanto, no ha podido consagrar y los que han recibido la comunión en las hostias supuestamente consagradas no han recibido el Cuerpo de Cristo. De igual manera, ni el perdón ni el efecto sacramental de la Unción ha tenido lugar.

6.5.12

LAS VESTIDURAS E INSIGNIAS DEL OBISPO

El hábito coral del obispo consta de la sotana de color violáceo, una banda de seda del mismo color con flecos, también de seda, como adorno en ambos extremos –sin borlas–, roquete de lino o de otro tejido semejante, muceta de color violáceo sin cogulla, o sea, sin capucha, cruz pectoral sostenida sobre la muceta por un cordón de color verde entretejido con oro, solideo también de color violáceo, bonete del mismo color, con borla.
Cuando el obispo lleve la sotana violácea, también usa medias de ese color. Sin embargo, es absolutamente facultativo el uso de las medias moradas cuando se usa sotana negra adornada con un ribete.
La capa magna violácea, sin armiño, sólo puede ser usada en su diócesis y en las festividades más solemnes, aunque está en desuso.
Las vestiduras del obispo en la celebración litúrgica son las mismas que las del presbítero. Pero es conveniente que en la celebración solemne, según la antigua costumbre, debajo de la casulla vista la dalmática, que podrá ser siempre blanca, sobre todo en las ordenaciones, en la bendición del abad y de la abadesa, y en la dedicación de una iglesia y de un altar.
Las insignias pontificales que lleva el obispo son: el anillo, el báculo pastoral, la mitra, la cruz pectoral, y, además, el palio si le corresponde por derecho. Aclaramos que el palio es una banda estrecha de lana blanca cosida en forma circular de la cual caen dos tiras cortas en sentido vertical, sobre el pecho y espalda. Va adornado con seis cruces negras,  cuatro de ellas en la banda circular y las otras dos en los extremos; se lleva sobre la casulla, por encima, colgado de los hombros. Lo usan los arzobispos y algunos obispos como signo de autoridad y jurisdicción.
El anillo, insignia de fe y de unión nupcial con la Iglesia, su esposa, debe llevarlo siempre el obispo.
El báculo, signo de su ministerio pastoral, lo usa el obispo en su territorio. Pero puede usarlo, con consentimiento del obispo del lugar, cualquier obispo que celebra solemnemente. Sin embargo, cuando varios obispos están presentes en la misma celebración, sólo el obispo que preside usa el báculo.
El obispo usa el báculo con la curvatura dirigida hacia el pueblo, o sea vuelta ante sí. El obispo lo usa de ordinario en la procesión, para escuchar la lectura del Evangelio, para hacer la homilía si lo ve oportuno, para recibir los votos, promesas o la profesión de fe y, por último, para bendecir las personas, a no ser que deba hacer imposición de manos.
La mitra, que será una sola en cada acción litúrgica, es simple u ornamentada, conforme a la celebración. El obispo la usará de ordinario: cuando está sentado, cuando hace la homilía, cuando saluda, cuando habla o hace las moniciones, a no ser que inmediatamente después deba dejarla; cuando bendice solemnemente al pueblo, cuando realiza gestos sacramentales y cuando acompaña las procesiones. El obispo no usa la mitra: para las preces introductorias; las oraciones; la oración universal; la Plegaria Eucarística; la lectura del Evangelio; para los himnos, si se cantan estando de pie; en las procesiones en las cuales se lleva el Santísimo Sacramento o las reliquias de la Santa Cruz del Señor y en presencia del Santísimo Sacramento expuesto. Le está permitido al obispo no usar la mitra y el báculo si va de un lugar a otro y el espacio entre ellos es pequeño.
La cruz pectoral se usa debajo de la casulla o de la dalmática o del pluvial; en cambio, se usa sobre la muceta.
El arzobispo residencial que haya recibido ya del Romano Pontífice el palio, lo lleva sobre la casulla, dentro del territorio de su jurisdicción, cuando celebra Misa Estacional, o por lo menos con gran solemnidad, y también cuando hace las ordenaciones, la bendición de un abad, de una abadesa, la consagración de vírgenes y la dedicación de una iglesia y de un altar.
La cruz arzobispal se emplea cuando, después de haber recibido el palio, se dirige a la iglesia a celebrar alguna acción litúrgica.

22.4.12

LA IGLESIA CATEDRAL


Llamamos iglesia catedral a aquella en la cual el obispo tiene situada la cátedra, signo del magisterio y de la potestad del pastor de la Iglesia particular, como también signo de unidad de los creyentes en aquella fe, que el obispo anuncia como pastor de la grey. En la iglesia catedral, el obispo preside la Liturgia los días más solemnes y, a no ser que circunstancias pastorales aconsejen otra cosa, consagra el santo crisma, y hace las ordenaciones. Por tanto, la iglesia catedral debe ser considerada el centro de la vida litúrgica de la diócesis, y los fieles deben sentir hacia ella amor y veneración. Para esto es muy conveniente la celebración anual de su dedicación. Lógicamente, solo hay una catedral por diócesis.
La iglesia catedral debe manifestar y servir de ejemplo a las demás iglesias de la diócesis en todo lo referente al ornato, disposiciones litúrgicas y culto. Además, debe ser manifestación de la imagen expresa y visible de la Iglesia de Cristo que predica, canta y adora en toda la extensión de la tierra. Debe ser considerada ciertamente como imagen del Cuerpo místico de Cristo, cuyos miembros se unen mediante un único vínculo de caridad, alimentados por los dones que descienden como el rocío del cielo.
La cátedra debe ser única y fija, colocada de tal manera que se vea que el obispo preside verdaderamente toda la comunidad de los fieles. Excepto los casos previstos en el derecho, en la cátedra se sienta el obispo diocesano o el obispo al cual él mismo se lo haya concedido. A los demás obispos o prelados presentes, se les preparan sedes en un lugar conveniente, que no sean, sin embargo, erigidas a modo de cátedra.
El altar se construye y se adorna según las normas del derecho. Sobre todo se debe atender a que el altar ocupe un lugar que verdaderamente sea el centro al cual se dirija espontáneamente la atención de la asamblea de los fieles. El altar de la iglesia catedral de ordinario ha de ser fijo y dedicado, separado de las paredes para que se pueda fácilmente pasar alrededor de él y se pueda realizar la celebración de cara al pueblo. Sin embargo, cuando el altar antiguo esté situado de tal manera que haga difícil la participación del pueblo y no se pueda trasladar sin detrimento de su valor artístico, eríjase otro altar fijo, artístico y dedicado ritualmente y sólo sobre él realícense las sagradas celebraciones.
No se debe adornar el altar con flores desde el Miércoles de Ceniza hasta el himno Gloria a Dios en el cielo de la Vigilia Pascual, ni tampoco en las celebraciones de difuntos. Se exceptúa el Domingo Laetare (Domingo IV de Cuaresma) y las solemnidades y las fiestas.
Se recomienda que el tabernáculo para la reserva eucarística, según una tradición antiquísima conservada en las iglesias catedrales, se coloque en una capilla separada de la nave central. Si en algún caso particular el tabernáculo se encuentra sobre el altar en el cual va a celebrar el obispo, trasládese el Santísimo Sacramento a otro lugar digno.
El presbiterio, o sea el lugar donde ejercen su ministerio el obispo, los presbíteros y los ministros, debe distinguirse en forma conveniente de la nave, ya sea, por alguna elevación, o por alguna estructura peculiar u ornato, de tal manera que por su misma disposición muestre el carácter jerárquico de los ministros. Su amplitud debe ser tal que los ritos sagrados puedan desarrollarse y verse cómodamente.
En el presbiterio se dispondrán convenientemente sillas, u otro tipo de asientos para los canónigos y presbíteros que quizás no concelebren, pero que asisten con vestido coral, y también para los ministros, de tal manera que también se favorezca el recto desempeño de la función de cada uno. Durante las celebraciones litúrgicas no debe entrar al presbiterio ningún ministro que no lleve el vestido sagrado o sotana y sobrepelliz y otra vestidura legítimamente aprobada. Por supuesto, no se permite a ningún ministro (concelebrante por ejemplo) que se incorpore con la celebración ya comenzada.
La iglesia catedral ha de tener ambón, construido según las normas vigentes. Sin embargo, el obispo habla al pueblo de Dios desde su cátedra, a no ser que la condición del lugar aconseje otra cosa. El cantor, el comentador y el director de coro, como norma, no deben usar el ambón, sino desempeñar su oficio desde otro lugar conveniente. La iglesia catedral debe tener bautisterio, aunque no sea parroquia, para que al menos se celebre el bautismo en la noche pascual.
En la iglesia catedral no debe faltar el "secretarium", es decir una sala digna, en lo posible cercana a la entrada de la iglesia, en la cual el obispo, los concelebrantes y los ministros puedan ponerse los vestidos litúrgicos, y de la cual se inicie la procesión de entrada. También debe existir la sacristía, que será de ordinario diferente del "secretarium"; en ella se guarda el ajuar sagrado, y en ella los días ordinarios el celebrante y los ministros se pueden preparar para la celebración. Para que pueda hacerse una reunión de fieles, debe procurarse, cuanto sea posible, que cerca de la iglesia catedral, se pueda disponer de otra iglesia, o sala apta, o plaza, o claustro donde se haga la bendición de las candelas, de los ramos, del fuego y otras celebraciones preparatorias, y de donde se inicien las procesiones

3.4.12

LA MISA CRISMAL

Se llama Misa Crismal a la que celebra el obispo con todos los presbíteros y diáconos de su diócesis. La Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo, que ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. En dicha misa se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. Esta solemne liturgia se ha convertido en ocasión para reunir a todo el presbiterio alrededor de su obispo y hacer de la celebración una fiesta del sacerdocio.
El origen de la bendición de los santos óleos y del sagrado crisma procede de ambiente romano, aunque el rito tenga huella galicana. Parece ser que hasta el final del siglo VII, la bendición de los óleos se hacía durante la Cuaresma, y no el Jueves Santo. Haberla fijado en este día no se debe al hecho de que el Jueves Santo sea el día de la institución de la eucaristía, sino sobre todo a una razón práctica: poder disponer de los santos óleos, sobre todo del óleo de los catecúmenos y del Santo Crisma, para la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana durante la Vigilia Pascual. Sin embargo, no se debe olvidar que este motivo de utilidad no resta nada a la teología de los sacramentos, que los ve a todos unidos a la eucaristía.
La palabra crisma proviene de latín chrisma, que significa unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo mezclados que el obispo consagra en esta misa, que en la archidiócesis de Sevilla se realiza el Martes Santo por la mañana, por razones de conveniencia pastoral, aunque su día propio es el Jueves Santo por la mañana, tal como el Misal dispone. Con esos óleos serán ungidos los nuevos bautizados y se signará a los que reciben el sacramento de la Confirmación. También son ungidos los obispos y los sacerdotes en el día de su ordenación sacramental. Así pues, el Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los sacerdotes y obispos.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa "el ungido del Señor". Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.
La materia apta para el sacramento debe ser aceite de oliva u otro aceite sacado de plantas. El crisma se hace con óleo y aromas o materia olorosa. Su consagración es competencia exclusiva del obispo. Es conveniente recordar que no es lo mismo el Santo Crisma (que se utiliza en el Bautismo y en la Confirmación y es consagrado) que el óleo de los catecúmenos y de los enfermos (que solo es bendecido y puede serlo por otros ministros en algunos casos).
El rito de esta misa, que debe ser siempre concelebrada, incluye la renovación de las promesas sacerdotales, tras la homilía. No se dice el Credo. Tras la renovación de las promesas sacerdotales se llevan en procesión los óleos al altar donde el obispo los puede preparar, si no lo están ya. En último lugar se lleva el Santo Crisma, portado por un diácono o un presbítero. Tras ellos se acercan al altar los portadores del pan, el vino y el agua para la eucaristía. Mientras avanza la procesión se entona el O Redémptor u otro canto apropiado. El obispo recibe los óleos. La misa prosigue como una misa concelebrada normal.
Tras el Santus se bendicen el óleo de los enfermos y tras la oración después de la comunión se bendice el óleo de los catecúmenos y se consagra el Santo Crisma. También todos estos ritos se pueden hacer tras la Oración de los Fieles. En la procesión de salida, los óleos serán llevados inmediatamente después de la Cruz, mientras se cantan estrofas del O Redémptor u otro canto apropiado.

28.3.12

EL EJERCICIO DEL QUINARIO

Estamos terminando el periodo más denso de la actividad cultual de las hermandades: la Cuaresma y los meses anteriores. No olvidemos que el culto está en la raíz misma de la hermandad, es su fin primordial, sin olvidar la caridad, la formación y la catequesis de sus miembros. Vamos, ahora que estamos culminando esta intensa época cultual, a hacer una reflexión sobre el sentido de uno de los ejercicios de culto más generalizado: los quinarios.
Dentro de los cultos que las hermandades dedican a sus titulares, en la Cuaresma, destaca el quinario, generalmente dedicado a las imágenes cristíferas, aunque no en exclusiva. El quinario es un culto perteneciente al ámbito de la religiosidad popular, por lo cual no se puede considerar como acto litúrgico.
En primer lugar decir que los quinarios –cinco días– parecen hacer referencia a las cinco llagas de Cristo, de ahí su duración, nombre y especial dedicación a las imágenes cristíferas. En siglos pasados, la celebración del quinario tenía un carácter penitencial y misional: durante cinco días, los cofrades se preparaban, mediante ejercicios de piedad, meditación, escucha de la Palabra de Dios y sermón, para culminar con el día más importante: la Función Principal de Instituto, en la cual sí que se celebraba la misa y se hacía ejercicio de comunión general. Así pues, para el ejercicio del quinario no hace falta la celebración eucarística. La Hermandad de los Estudiantes de Sevilla así lo sigue haciendo: su quinario es auténtico, con Liturgia de la Palabra, sermón –parte importante del quinario– y adoración al Santísimo.
Por eso,  la llamada Función Principal recibía ese nombre: porque se celebraba la eucaristía y los cofrades comulgaban. El ayuno eucarístico, hoy reducido a una hora antes de comulgar, era en aquellos años muy penoso, ya que había que guardar doce horas –desde la noche anterior–. La práctica de la comunión frecuente no entraba en las prácticas religiosas del pueblo, debido a ese riguroso ayuno previo, y las misas vespertinas eran inexistentes.
En la actualidad, aunque las hermandades sigan celebrando quinarios, se ha perdido de hecho su primitiva estructura y función. Muchas hermandades llaman quinario a celebrar la eucaristía, eso sí, con rezo previo del rosario la mayoría de las veces. Otras, tras el rosario, hacen el ejercicio del quinario, que suele constar de oración, meditación breve, peticiones al titular y poco más, siempre con prisa y en escasos minutos. Una ocasión perdida, ya que el quinario si que es un acto de culto, no litúrgico, eso sí, pero específicamente dedicado al titular de la hermandad, propio de esa advocación e imagen.
La eucaristía ocupa, prácticamente, todo el tiempo del quinario, ya inexistente en muchas cofradías aunque lo sigan llamando así.
También el concepto de Función Principal sufre esa evolución y ha perdido algo de su sentido original. Si siempre se celebra la eucaristía, en rigor no puede decirse de una eucaristía que sea más principal ni importante que otra.
Aunque no se trata de volver a prácticas ya en desuso no estaría de más recuperar el llamado “ejercicio del quinario” por las hermandades que lo han perdido. Es una ocasión única para honrar a su titular, dedicándole oraciones y meditaciones propias e individualizadas.

4.3.12

SOBRE ALGUNAS INCORRECCIONES EN LA EUCARISTÍA OBSERVADAS POR PARTE DE LOS SACERDOTES

Si en un artículo anterior hacíamos observaciones sobre algunas costumbres de los laicos que no eran correctas, litúrgicamente hablando, tampoco los sacerdotes se libran, en algunos casos, de cometer irregularidades. Relacionamos algunas, siempre con el ánimo de que nuestras celebraciones litúrgicas sean cada vez más auténticas.
Ante todo, el sacerdote que preside la eucaristía tiene que cuidar su apariencia externa. Debe revestirse con alba, cíngulo (si le es preciso para ceñir el alba), estola y casulla. La casulla es obligatoria, aunque a veces se vea a sacerdotes presidiendo solo con alba y estola. El calor no es excusa para no ponérsela. Si, en cambio, les está permitido a los concelebrantes vestir alba y estola solamente. Asimismo, debe procurar que el cuello queda bien cubierto y no se vea la camisa o corbata, si la lleva. Para evitar esa circunstancia existe el amito, paño blanco que pocos usan, que cubre la zona del cuello. Igual observación vale para todos los ministros del presbiterio, incluidos acólitos. Igualmente, debe calzar unos zapatos adecuados, de color negro preferentemente. Más de un cura he visto oficiar en zapatillas deportivas.
Si lleva teléfono móvil, como hoy es habitual, debe tener especial atención en desconectarlo o dejarlo en silencio. Si en una misa siempre suena algún teléfono a los fieles (lógico por otra parte, al llevarlos todo el mundo, pero no por ello menos censurable) más grave es que le suene al sacerdote, algo que he presenciado en más ocasiones de las debidas. Y, por supuesto, siempre le suena en el momento más importante: la consagración.
Al llegar al presbiterio hará reverencia al altar (no a la cruz) y lo besará. Sobre el uso del incienso también habría que hacer varias observaciones. Al comienzo de la misa, el sacerdote inciensa al altar, a la cruz con tres golpes dobles y a las imágenes que estén expuestas de manera solemne, como en un altar de cultos o besapié/besamanos. En el resto de la misa no se vuelve a incensar a las imágenes, si en cambio a la cruz, tras la preparación de los dones. La OGMR (nº 75) dice claramente que “El sacerdote pone el pan y el vino sobre el altar mientras dice las fórmulas establecidas. El sacerdote puede incensar las ofrendas colocadas sobre el altar y después la cruz y el mismo altar, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso. Después son incensados, sea por el diácono o por otro ministro, el sacerdote, en razón de su sagrado ministerio, y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal.”
En cuanto a la forma de incensar siempre ha de hacerse con movimientos dobles únicamente. Con tres movimientos dobles se inciensa: el Santísimo Sacramento (que ha de hacerse de rodillas), la reliquia de la Santa Cruz, las imágenes del Señor que estén expuestas solemnemente (en besamanos por ejemplo), los dones para el sacrificio, la cruz del altar, el Evangeliario, el cirio Pascual, el ministro celebrante y el pueblo (donde se incluyen las autoridades que estén presentes de manera oficial y el coro). Con dos movimientos dobles se inciensan las reliquias e imágenes (incluidas las de la Virgen) expuestas a la veneración pública y sólo al principio de la celebración, después de incensar el altar. Antes y después de la incensación se debe hacer una reverencia profunda a la persona u objeto que se inciensa, a excepción del altar y los dones para el sacrificio de la Misa. En cualquier caso, los golpes de incensario siempre son dobles, que se repiten dos o tres veces. Yo he presenciado numerosos líos en este tema. Lo más pintoresco fue en una misa, en la cual el sacerdote incensó con tres golpes triples a la imagen de Cristo, con dos golpes dobles a la imagen de la Virgen y con un golpe simple a San Juan. Se conoce que tenía muy clara la jerarquía de valores y fue disminuyendo el número de golpes según su criterio.
Ninguna de las lecturas, en principio, son competencia del presidente. Las no evangélicas las hará un lector y el Evangelio el diácono, o un concelebrante. Solo si el sacerdote no tiene ayudantes ni hay lectores adecuados podrá hacerlas todas.
Sobre el Aleluya nos dice claramente la OGMR (nºs 62 y 63) que “después de la lectura que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya, u otro canto establecido por la rúbrica, según las exigencias del tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye de por sí un rito o un acto con el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor que les va a hablar en el Evangelio, y profesa su fe con el canto. Lo cantan todos de pie precedidos de la schola o del cantor, y, si procede, se repite; el verso lo canta el coro o un cantor. El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, fuera de la Cuaresma. Los versículos se toman del Leccionario o del Gradual. En el tiempo de Cuaresma, en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el Leccionario antes del Evangelio." Y más adelante se aclara que, si no se canta, puede omitirse.
Se debe leer siempre del Leccionario, evitando papeles y hojitas de subsidios litúrgicos.
Un rito que es obligatorio, pero que se omite muchas veces, generalmente por comodidad, en el lavabo. El rito es posterior a la incensación de los dones y del pueblo. La OGMR es clara al respecto (76): “A continuación, el sacerdote se lava las manos en el lado del altar. Con este rito se expresa el deseo de purificación interior”. Comprendemos que, si el sacerdote está solo en el presbiterio, puede resultarle un rito molesto sin ayudante, pero debe hacerse.
Para terminar, si no tiene acólito que le ayude, debe purificar los vasos sagrados en un extremo del altar, o mejor en la credencia, evitando usar el centro del altar y que no parezca en ningún caso que es como una segunda comunión. A veces, la minuciosidad de la que algunos sacerdotes hacen gala cuando purifican el cáliz da la impresión de que es un rito muy importante, cuando en realidad se trata de un acto litúrgicamente irrelevante. Se trata solo de lavar los vasos, después del banquete pascual (al igual que se lavan los platos tras una comida) y evitar que queden partículas de las hostias consagradas.

21.2.12

SIGNIFICADO DEL CARNAVAL

La palabra carnaval viene de carne, carne, y levare, quitar, o sea, quitar la carne y se celebra en los días que preceden al comienzo de la Cuaresma. Aunque hay investigadores que quieren encontrar precedentes en fiestas griegas o romanas, incluso anteriores, lo cierto es que el carnaval está ligado a la Iglesia Católica, fundamentalmente. Su origen se remonta a los tiempos pretéritos en los que, por falta de métodos de refrigeración adecuados, las personas tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período, no sólo la carne, sino también la leche, huevos y similares. La alternativa era perderlos.
Con esta excusa, en muchos sitios se comenzaron a organizar, días antes al Miércoles de Ceniza, fiestas populares llamadas carnavales, en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la Cuaresma. Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se "arrepentirían" durante la Cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nueva Orleans.
Justamente, como reacción a los excesos que se cometían en los carnavales, fue tomando cuerpo el realizar un triduo de reparación y desagravio por los excesos cometidos, dedicado al Santísimo Sacramento, llamado Triduo de Carnestolendas o de Carnaval. En la actualidad, en Sevilla ese triduo lo organiza la Real Congregación de Luz y Vela, que lo celebra tres días antes del Miércoles de Ceniza, estando el Santísimo expuesto en la Parroquia de Santa Cruz, con turnos de adoración y vela de una hora por distintas asociaciones y hermandades de la ciudad. Durante los tres días, a las 21 horas, hay bendición con el Santísimo Sacramento y, en el último día, Procesión Claustral con S.D.M. bajo palio. También, el cabildo de la catedral organiza el Triduo de Carnaval, con baile de seises.
Acabamos, recordando las normas vigentes sobre el ayuno y la abstinencia. La abstinencia de carne o de otro alimento dispuesto por la Conferencia Episcopal se debe guardar todos los viernes del año, que tienen siempre carácter penitencial y no sólo los viernes de Cuaresma, como suele creerse. Ayuno y abstinencia serán solamente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a los mayores de 14 años y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años. El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, y algo de alimento por la mañana y por la noche. La abstinencia se refiere a productos de carne u otros. El sentido es de renuncia voluntaria a algo que nos agrada y ofrecerlo para los necesitados, además de un sentido penitencial. No se trata pues de hacer un sacrificio por el hecho de hacerlo. El ayuno y la abstinencia no son un fin en sí mismo, más bien deben ser un reflejo de la actitud interior de conversión. Como la ley del ayuno es única e indivisible, una vez quebrantada –culpable o inculpablemente–, se podría seguir comiendo sin que por ello se cometiera una nueva falta. No sucede lo mismo con el precepto de la abstinencia, ya que se faltaría a ella cuantas veces se quebrantara ese día. Las respectivas Conferencias Episcopales pueden determinar la manera en que se cumple el ayuno y la abstinencia, y sustituirlo en todo o en parte por obras de caridad y prácticas piadosas. –CDC nº 1251 y siguientes–.

14.2.12

REQUISITOS PARA SER INSTITUIDO DE LECTOR Y/O ACÓLITO EN LA ARCHIDIÓCESIS DE SEVILLA

Recientemente se ha publicado por el Arzobispado de Sevilla un directorio donde se concreta el itinerario formativo y reglamentario para poder ser instituido en los ministerios laicales de lector y/o acólito. Para los interesados, lo pongo a continuación, con un breve comentario al final.

DIRECTORIO PARA LA FORMACION Y ADMISION DE LOS VARONES LAICOS, NO ASPIRANTES AL DIACONADO O AL PRESBITERADO, QUE SOLICITEN SER INSTITUIDOS EN LOS MINISTERIOS DE LECTOR O ACOLITO.

Primero

Por decreto de fecha 8 de noviembre de 2011 (Prot. n. 3112/11), las competencias en el discernimiento, selección, formación y admisión a la institución de los varones laicos que, sin aspirar al Diaconado o al Presbiterado, solicitan ser instituidos en los ministerios de Lector o Acolito, ha quedado asignada al Vicario General, a quien auxiliará en la gestión de solicitudes y en las acciones formativas la Delegación Diocesana de Liturgia.

Segundo

Para ser admitida, la solicitud de institución en los Ministerios Laicales, deberá entregar los siguientes documentos, que se presentaran en el Registro General de la Archidiócesis;

1. Solicitud de institución en el Ministerio, dirigida al arzobispo de Sevilla.

Z. Fotocopia del DNI, que acredite haber cumplido 25 años de edad.

3. Partidas de bautismo y confirmación (o constancia de la misma en nota marginal de la partida bautismal).

4. Carta de su párroco recomendando su institución.

5. Curriculum vitae sobre su formación, estado, vida laboral e inserción eclesial, con fotografía.

6. Certificado del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Isidoro y San Leandro de haber cursado y aprobado la asignatura de “Introducción a la Sagrada Escritura" para los aspirantes al Lectorado, y la de "Eucaristia" para los aspirantes al Acolitado.

7. Certificado del Instituto de Liturgia San Isidoro de haber cursado y aprobado el Primer Ciclo para los aspirantes al Lectorado, y el Primer y Segundo Ciclos para los aspirantes al Acolitado.

Tercero

Los aspirantes cuya solicitud haya sido admitida por cumplir los requisitos anteriormente relacionados mantendrán una entrevista con el vicario general, quien determinara la preadmisión o no del aspirante. Esta preadmisión no origina derecho a la institución en el ministerio.

2. Los aspirantes preadmitidos serán convocados a un cursillo especifico sobre el ministerio solicitado, impartido por el Instituto de Liturgia San Isidoro, el cual culminará con una prueba practica sobre el desempeño del ministerio, en la que estará presente el vicario general.

3. Atendiendo al resultado obtenido por el aspirante, tanto en el cursillo como en la prueba práctica final, el vicario general aprobará o no la inclusión del aspirante en la relación de los admitidos a la institución en el ministerio solicitado.

4. Los aspirantes que hayan sido admitidos a la institución en el ministerio solicitado mantendrán una entrevista con el arzobispo.

Sevilla, veinte de enero de dos mil doce

El documento viene firmado por Teodoro León Muñoz, vicario general de la Archidiócesis de Sevilla y por Francisco Román Castro, como secretario general y canciller.

¿Qué novedades aporta la nueva normativa respecto a la anterior? Fundamentalmente se exige ahora mayor formación, al ser requisito cursar una asignatura en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Isidoro y San Leandro (dependiendo se lector o acólito) y las distintas entrevistas, así como la prueba práctica de ejercicio del ministerio. En definitiva, una apuesta del Arzobispado por seleccionar más rigurosamente a los aspirantes a los ministerios laicales.
Añadir que, estos requisitos, se refieren exclusivamente a la archidiócesis sevilla. Cada diócesis tiene sus propias normas, aunque, lógicamente, las diferencias no serán enormes.

8.2.12

SOBRE ALGUNAS COSTUMBRES INCORRECTAS OBSERVADAS EN LA EUCARISTÍA

Vamos en este artículo a exponer y recordar algunos hábitos bastante generalizados y no litúrgicos que los fieles tenemos durante la celebración eucarística.
En primer lugar diremos que es habitual que, durante la ostensión del Pan y del Vino, tras las palabras consecratorias, los fieles mantengan la cabeza inclinada, a manera de reverencia. Lo propio en ese momento es mirar a la hostia recién consagrada y al cáliz que contiene la Sangre del Señor. Para eso precisamente el sacerdote lo muestra al pueblo. Si procede, en cambio, una reverencia profunda en aquellos fieles que hayan permanecido de pie, cuando las Sagradas especies se colocan en el altar, tal como el sacerdote hace al realizar la genuflexión correspondiente. Igual reverencia hacen los sacerdotes concelebrantes. Recordamos que la postura que el misal indica durante la consagración es de rodillas, salvo que el estado físico de la persona, aglomeración, incomodidad manifiesta o causa similar impida arrodillarse.
Otra costumbre que tienen algunos lectores, en el salmo y/o en la Oración de los Fieles, se refiere a decir frases del estilo “Al salmo o a las peticiones respondemos todos…” o cosas por el estilo. No es preciso decirlo, basta con leer la respuesta y que el pueblo la repita. Por cierto que, cuando el equipo de liturgia prepare la Oración de los Fieles, debe tener en cuenta que esas peticiones se dirigen siempre al Padre, no a la Virgen ni a los santos. Cierto es que se puede responder también pidiendo la intercesión de la Virgen, al tipo de “Madre Inmaculada, intercede por nosotros”. También es bueno aclarar que la palabra “fieles” no hace referencia al pueblo, como diferenciándolo de los ministros, sino que fieles son todos lo que participan en la eucaristía, incluido el sacerdote.
Costumbre generalizada y difícil de erradicar es la de escuchar la Oración sobre las Ofrendas sentados. Todas las oraciones de la misa se deben escuchar de pie, que es la actitud propia del orante.
Al recibir la comunión en la mano se debe recibir con la palma de la mano izquierda abierta y tomarla y llevarla a la boca con la mano derecha, que estaría colocada debajo de la izquierda hasta ese momento. Se debe comulgar delante del ministro del que se ha recibido la comunión, y no retirarse con la sagrada forma en la mano. Si antes de comulgar se hace una reverencia de cabeza, mejor. Hay que procurar que la actitud y gestos externos reflejen lo importante de ese acto. Algunas personas parece, dicho sea con todo respeto, que comulgan como el que se mete un caramelo o chicle en la boca.
Cuando suban dos lectores al presbiterio, para leer desde el ambón las lecturas, deben hacerlo al mismo tiempo y, de igual modo, retirarse los dos juntos. Así pues, el primer lector, esperará que el segundo lector termine. Igual sucederá en la Oración de los Fieles, si sube más de un peticionista. Las manos puestas sobre el ambón es la mejor postura del lector.
Si se está realizando la colecta por las filas de los fieles, debe interrumpirse durante la consagración. La costumbre, llena de buena intención, de hacer ruido agitando el cepillo o bolsa petitoria, debe desterrarse.
Otras indicaciones prácticas podrían hacerse de menos trascendencia. Así, cuando haya pocos fieles y la iglesia sea grande, debemos ocupar los lugares más cercanos al presbiterio y concentrarnos en pocos bancos. Escasos fieles desperdigados por una nave amplia da la impresión de desunión e individualismo.
Finalmente, recordamos que las palabras de la doxología que remata la Plegaria Eucarística “Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos” solo las dice el presidente y los sacerdotes concelebrantes, si los hay. El pueblo solo responde AMEN. Un Amen que es muy importante en la misa, ya que significa ratificar todo lo anterior, o sea, la Plegaria Eucarística. Es un Amen de aceptación y compromiso.

16.1.12

EL LECCIONARIO DEL CICLO DOMINICAL

Este nuevo año litúrgico (2012), recién comenzado, es ciclo B. Seguramente, algunos lectores interesados por el tema de la Liturgia, pueden preguntarse qué significa eso de ciclo A, B o C y qué significado tiene dicha clasificación. En este artículo vamos a analizar el Leccionario en su ciclo dominical, su ritmo y contenido.
El Leccionario, que comprende VIII tomos, es el libro litúrgico que contiene las lecturas de la misa en sus distintos tiempos litúrgicos, así como para misas rituales y para fiestas de los santos, dicho resumidamente. También existe un Leccionario para misas marianas y otro para niños. En definitiva, es el libro –en varios tomos– que proporciona todas las lecturas para la celebración eucarística.
El Leccionario ha sido, sin duda, uno de los mejores frutos de la reforma litúrgica que impulsó el concilio Vaticano II, con unos criterios que ahora no vamos a analizar, centrándonos solo en los domingos. El domingo, día primordial del cristiano y pascua semanal, tiene un ritmo de lecturas diferentes a los demás días de la semana –ferias–. Como todos saben, ese día se hacen tres lecturas, más el salmo. Tradicionalmente, las lecturas se nombran como profeta, apóstol y evangelista.
Para los domingos y fiestas del Señor hay establecido un ciclo de lecturas de TRES AÑOS, conocido por las letras A, B y C. Se ha procurado que la primera lectura tenga siempre relación con los Evangelios, que son también los sinópticos. En el año A se lee el evangelio de Mateo, el año B se lee a Marcos y el año C a Lucas, ya que el evangelio de san Juan se deja para parte de la Cuaresma y Pascua –en los tres años– y para completar al de san Marcos en el año B.
Para averiguar que ciclo toca cada año se divide el año en curso por el número tres: si la división da de resto cero –división exacta– corresponderá a año C. A partir de ahí se deduce que, cuando el resto de la división sea uno, será año A, y si el resto es dos, será año B. Así pues, resumiendo, la misa dominical comprende tres lecturas, que son obligatorias: la primera, del AT, excepto en tiempo pascual, que se toma los Hechos de los Apóstoles; la segunda, del apóstol, o sea, de las cartas apostólicas y del Apocalipsis, y la tercera, del evangelio.
Recordamos que las lecturas no pueden ni suprimirse ni sustituirse arbitrariamente por otras, aunque el sacerdote las considere más adecuadas. Cometería un abuso litúrgico grave.

11.12.11

DOMINGO DE GAUDETE

El tercer domingo de Adviento tiene un nombre específico: Domingo de Gaudete. Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca). Y efectivamente, en este tercer domingo, que marca la mitad del Adviento, la llegada del Señor se ve cercana. Cuando nos acercamos a la celebración del Nacimiento de Jesús, la palabra de Dios nos recuerda cómo las profecías han sido ya cumplidas; que estamos en lo que los teólogos llaman el "ya, pero todavía no".
El Domingo de Gaudete por lo tanto, hace un alto, como el Domingo del Laetare (IV de Cuaresma), a medio camino a través de un tiempo que de otra manera es de carácter penitencial, y significa la cercanía de la venida del Señor. De las "estaciones" que se mantienen en Roma para representar los cuatro domingos de Adviento, la correspondiente a la basílica Vaticana se le asigna al Gaudete, ya que es el más importante de los cuatro domingos
Por ese motivo, en este domingo los signos penitenciales que, moderadamente, se dan en Adviento, hoy se eliminan. Se deben poner más flores, sonar la música y, como más característico, se pueden usar vestiduras de color rosado. Lógicamente, si el templo o parroquia no dispone de ese color, se usa el propio del tiempo, o sea, el morado.
Haciendo algo de historia, diremos que el Adviento ha conservado muchas de las características penitenciales que tuvo en su origen, en que se consideraba como una especie de Cuaresma para preparar la llegada del Señor y que comenzaba también cuarenta días antes, el día después de la fiesta de San Martín (12 de noviembre), de aquí que a menudo se le llamara también la "Cuaresma de San Martín", nombre por el que el Adviento fue conocido desde el siglo V. Tanto en el Oficio como en la Misa a través del Adviento, se hace referencia continua a la segunda venida de nuestro Señor, y se enfatiza en el tercer domingo por medio de la adición de signos permitidos para ese día, como una expresión de alegría.
El Domingo de Gaudete está marcado por un Nuevo Invitatorio, la Iglesia no invita ya a los fieles meramente a adorar "al Señor que va a venir", sino que les llama a una liturgia de alegría porque "el Señor está ahora aquí y al alcance de la mano". La alegría de la espera se enfatiza por las constantes Aleluyas tanto en el Oficio como en la Misa a través de todo el Adviento. La Epístola, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5, 16-24), nos incita a regocijarnos “Hermanos: Vivan siempre alegres” y nos urge a prepararnos para encontrarnos con el Salvador a través de oraciones y súplicas y de acciones de gracia, mientras que el Evangelio de Juan (1, 6-8. 19-28) nos habla del Bautista y nos advierte que el Cordero de Dios está ahora entre nosotros, aunque parezca que no le conocemos “Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan”.
El espíritu del Oficio y de la Liturgia a través de todo el Adviento es de espera y de preparación para la fiesta de Navidad así como para la segunda venida de Cristo, y los ejercicios penitenciales, que han sido adecuados para ese espíritu, son suspendidos en el Domingo de Gaudete para simbolizar la alegría y el regocijo por la Redención Prometida, las cuales nunca deben estar ausentes del corazón del fiel.

28.11.11

CALENDARIO LITÚRGICO 2011-2012

Ayer, veintisiete de noviembre de 2012, fue primer domingo de Adviento, comenzando un nuevo Año Litúrgico. Con la fijación cada año del primer domingo de Adviento y del domingo pascual se puede confeccionar el resto del calendario.
Cada año litúrgico comienza siempre el domingo más próximo al treinta de noviembre, fiesta de San Andrés apóstol. El domingo pascual, núcleo del año litúrgico, quedó fijado por el Concilio de Nicea reunido el año 325 que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena que haya después del 22 de marzo. La Pascua de Resurrección es, por lo tanto, fiesta variable y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores) con su remate en la solemnidad de Pentecostés y el tiempo cuaresmal (cuarenta y cuatro días atrás si contamos desde el Miércoles de Ceniza al Jueves Santo), además de las solemnidades dependientes del domingo pascual y de Pentecostés: Ascensión, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón.

Este año queda establecido así:
I Domingo de Adviento: 27 de noviembre de 2011.
Sagrada Familia: Viernes, 30 de diciembre de 2011 (se traslada al viernes para no coincidir con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios). Fiesta.
Bautismo del Señor: Domingo, 8 de enero de 2012 (Comienza el Tiempo Ordinario). Fiesta.
Miércoles de Ceniza: 22 de febrero de 2012.
La Anunciación del Señor: 26 de marzo de 2012 (trasladada por coincidir su día con el 5º Domingo de Cuaresma). Solemnidad.
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: 1 de abril de 2012.
Domingo de Resurrección (Pascua del Señor): 8 de abril de 2012.
Ascensión del Señor: Domingo, 20 de mayo de 2012
Domingo de Pentecostés: 27 de mayo de 2012. Solemnidad
Santísima Trinidad: Domingo, 3 de junio de 2012. Solemnidad
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Domingo, 10 de junio de 2012 (En Sevilla se mantiene la procesión y Liturgia el jueves anterior). Solemnidad
Sagrado Corazón de Jesús: Viernes, 15 de junio de 2012. Solemnidad
Jesucristo, Rey del Universo: Domingo 25 de noviembre de 2012. Solemnidad
En el año 2012, el Tiempo Ordinario comprende 34 semanas, de las cuales siete se celebran antes de Cuaresma, comenzando el 9 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 21 de febrero, día anterior al Miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordinario en la semana VIII el día 28 de mayo, lunes después del domingo de Pentecostés, hasta el sábado 1 de diciembre, víspera del I Domingo de Adviento del nuevo Año Litúrgico..

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA

- 1 enero Santa María, Madre de Dios. Solemnidad
- 6 enero Epifanía del Señor. Solemnidad
- 19 marzo San José, esposo de la Virgen María. Solemnidad
- 25 julio Santiago, apóstol. Solemnidad en España
- 15 agosto La Asunción de la Virgen María. Solemnidad
- 1 noviembre Todos los Santos. Solemnidad
- 8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María. Solemnidad
- 25 diciembre La Natividad del Señor. Solemnidad

Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el obispo.
Recordamos que son días de abstinencia TODOS los viernes del año, no solo los de Cuaresma y ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La ley de la abstinencia obliga a todos los mayores de 14 años en adelante y la del ayuno a los mayores de edad hasta los 59 años (CDC cánones 1251 y siguientes).

LIBROS QUE SE UTILIZAN DURANTE ESTE AÑO
Liturgia de las Horas
Volumen I, II, III y IV y Diurnal
Misa
Misal Romano.
Leccionario II: ciclo B (domingos).
Leccionario VII: Ferias de Tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Leccionario IV: Ferias del Tiempo Ordinario.
Leccionario V: Santoral.
Leccionario VIII: Rituales