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1.7.10

EL MAESTRO DE CEREMONIAS

Se conoce por ese nombre a la persona (ministro ordenado o laico) que ejerce la función de organizar el desarrollo de las celebraciones litúrgicas.
La labor del Maestro de Ceremonias ha sido siempre de gran importancia en las celebraciones especiales o de especial complejidad. En la liturgia episcopal su ministerio está regulado en el Ceremonial de los Obispos. Así se dice expresamente que "para que la celebración, especialmente la que preside el Obispo, resplandezca por su decoro, simplicidad y orden, es necesario un maestro de ceremonias que la prepare y dirija en estrecha cooperación con el Obispo y los demás que tienen el oficio de organizar sus partes, sobre todo bajo el aspecto pastoral”.
El maestro de ceremonias debe ser verdaderamente perito en sagrada liturgia, su historia y su índole, sus leyes y preceptos. Pero, además, debe ser versado en pastoral, para que sepa cómo se han de ordenar las sagradas celebraciones, a fin de fomentar tanto la participación activa del pueblo, como para promover su belleza.
El maestro de ceremonias debe procurar que se observen las leyes de las sagradas celebraciones, según su espíritu verdadero y las legítimas tradiciones de la Iglesia particular, que sean de utilidad pastoral.
Debe coordinar oportunamente a los cantores, acólitos, lectores, ministros y celebrantes en aquellas cosas que deben hacer y decir y en qué momento deben hacerlo.
Importante en un maestro de ceremonias es la máxima discreción; no habla nada superfluo; no ocupa el lugar de los diáconos ni de los asistentes al lado del celebrante. Debe actuar con piedad, con paciencia y con diligencia.
Un buen maestro de ceremonias asegura el buen desarrollo de la acción litúrgica sin sobresaltos y da seguridad a todos los ministros que están en el presbiterio al saber que serán avisados en el momento preciso para realizar su función.
En el ejercicio de sus funciones, el maestro de ceremonias se reviste con alba, o sotana y sobrepelliz. Si es diácono, dentro de la celebración puede revestir la dalmática y las demás vestiduras de su orden. Si es canónigo (todas las catedrales tiene un canónigo encargado expresamente de ese papel) viste el hábito coral.
La liturgia papal, aunque se rige por otras leyes, se desenvuelve siempre con la ayuda del Maestro de Ceremonias Pontificio
Como curiosidad añadimos que en tiempos pretéritos y con el objeto de señalar el inicio del texto a leer por el celebrante o cantor, el maestro de ceremonias usaba en España el puntero. Era una especie de batuta, muy útil cuando las dimensiones del libro o la distancia entre el libro y el ceremoniero hacían difícil señalar con la mano, como solía acontecer con los grandes antifonarios corales y el canon pontifical. Así, el puntero se convirtió en la insignia por excelencia del maestro de ceremonias.
Finalizamos con un elogio a la magnífica escuela sevillana de liturgistas y sus cabezas visibles en la catedral, canónigos Ángel Gómez y Luis Rueda, siempre pendientes del buen desarrollo de los ritos y ceremonias.

19.6.10

LA FIGURA DEL PERTIGUERO EN LAS HERMANDADES

Vamos en este artículo a abordar el tema de la figura del pertiguero en los cultos de las hermandades.
En principio hay que decir que esa figura en los cultos internos sobra. La Ordenación general del Misal Romano (OGMR) no le atribuye ninguna función durante la celebración eucarística por lo que su presencia no está contemplada en la Liturgia eucarística.
La figura del pertiguero está tomada del ceremonial litúrgico de las catedrales, ya que el pertiguero, vestido con un ropón negro y portando una pértiga –de ahí su nombre– es quien abre marcha a los canónigos cuando marcan en procesión bien por las naves o desde el coro al presbiterio. Después desaparece.
Sí que se hace preciso en cambio la figura del maestro de ceremonias, como perito de las normas litúrgicas. Puede ser un ministro ordenado o un laico y debe conocer perfectamente la “geografía” del presbiterio así como dominar al dedillo las normas litúrgicas, el desarrollo de los ritos y la función de cada participante en la acción litúrgica. En las celebraciones con el obispo su figura es obligatoria. En las demás funciones, sobre todo si son aparatosas por el número de participantes, es aconsejable.
Vemos que el pertiguero en las funciones de nuestras hermandades se limita a abrir paso al cuerpo de acólitos y ministros en la procesión de enterada (hasta ahí podría valer) para después indicar a los acólitos los movimientos y acciones que tienen que ejecutar (función ya ésta de un maestro de ceremonias). Por cierto que esos golpes de pértiga en el suelo para indicar que hay que alzar los ciriales en determinados momentos (evangelio, bendición, consagración) también sobran ya que el ritual no dice nada de que haya que alzar los ciriales en ningún momento. Así, en el evangelio, se dice que los ciriales acompañan en procesión junto al turiferario y al diácono o sacerdote hasta el ambón. Nada dice de tenerlos alzados durante su proclamación (OGMR 133 y 134).
Más sentido tiene la participación del pertiguero en la cofradía, al mando del cuerpo de acólitos. Sería como un diputado de tramo para mantener la compostura de los acólitos y darles instrucciones.
No obstante, la tradición y la tendencia a la barroquización y ceremoniosidad de las manifestaciones cultuales, que tanto pesan en las hermandades, han hecho que su figura se mantenga y aunque así continúe no está de más conocer sus verdaderas funciones.

15.5.10

LA MATERIA DEL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA II

Comenzamos este artículo contestando a las preguntas que nos hacíamos en el anterior, que ahora recordamos. Eran estas:
¿Qué ocurre si el sacerdote no puede probar el vino, bien porque su salud corra peligro o porque esté en proceso de recuperación de alcoholismo, por ejemplo? De igual manera ¿Qué ocurre si el sacerdote o un fiel es celíaco –intolerante al gluten–, o sea, no puede consumir sin grave riesgo para su salud, las hostias? Y tercera ¿Es lícito comulgar con pan (no con hostias) fabricado por los propios fieles, que lo aportan al Sacrificio Eucarístico, tal como algunas comunidades parece que hacen?
En primer lugar, a los sacerdotes que no pueden consumir vino se les permite recibir la comunión mojando la hostia en el vino, siendo un asistente quien consuma el vino consagrado. También pueden recibir un indulto para usar jugo de uva (mosto) en vez de vino cuando presiden o para recibir sólo la hostia cuando concelebran. Para este indulto el superior del sacerdote debe enviar su petición a la Santa Sede. La petición debe estar acompañada por el testimonio de un doctor que verifique que aun la mínima cantidad de alcohol ingerida en la hostia mojada en el vino pondría en peligro la salud o recuperación del sacerdote.
De igual manera hay fórmulas para los enfermos celíacos (alérgicos al gluten) que no puedan, sin grave riesgo para su salud, consumir las hostias. Si es sacerdote puede comulgar sólo con el Vino y si es laico puede arbitrarse alguna fórmula, con previo conocimiento del sacerdote (comulgar con el Vino mediante una cucharilla de metal noble o directamente del cáliz o de otro cáliz exprofeso). También se pueden elaborar hostias especiales, con el mínimo de gluten, sin que dejen de ser de trigo. En cualquier caso el sacerdote debe tener en cuenta la problemática del feligrés.
La Congregación para la Doctrina de la Fe, el 19 de junio de 1995 dio la normativa a tener en cuenta en estos supuestos.
Respecto al permiso de usar pan con poca cantidad de gluten la licencia puede ser concedida por el Ordinario a los sacerdotes y laicos afectados de celiaca, previa presentación del correspondiente certificado médico.
Las condiciones para la validez de la materia son:
Las hostias especiales «quibus glutinum ablatum est», o sea, sin gluten, son materia inválida para el Sacramento. En cambio son materia válida si en ellas permanece la cantidad de gluten suficiente para obtener la panificación, si no se han añadido materias extrañas y si el procedimiento usado para su confección no desnaturaliza la sustancia del pan.
Respecto al permiso de usar mosto la solución preferible sigue siendo la comunión por intinción (mojando la hostia en el vino), o bien, en la concelebración, la comunión bajo la sola especie del pan. La licencia para el uso del mosto puede ser concedida por el Ordinario a los sacerdotes afectados de alcoholismo o de otra enfermedad que les impida tomar alcohol incluso en mínima cantidad, previa presentación del correspondiente certificado médico.
Por mosto se entiende el zumo de uva fresco o conservado, suspendiendo la fermentación mediante congelamiento u otro método que no altere su naturaleza. A quienes gocen de licencia para el uso del mosto les está impedido en principio presidir la Santa Misa concelebrada, salvo que sea Obispo o Superior General, o bien, con el permiso del Ordinario, en el aniversario de la propia ordenación sacerdotal y en otras ocasiones similares. En estos casos el que preside la Eucaristía hará la comunión bajo la especie del mosto, mientras para los concelebrantes se preparará un cáliz con vino normal. Los aspirantes al sacerdocio afectados de celiaca, alcoholismo o enfermedades análogas, dada la centralidad de la celebración eucarística en la vida sacerdotal, no pueden ser admitidos a las órdenes sagradas.
Y para finalizar, respondiendo a la tercera interrogante que planteábamos, podemos afirmar que sí es lícito que los propios fieles preparen el pan eucarístico, eso sí, cumpliendo estrictamente la normativa al respecto, ya que lo esencial no es quién lo prepare sino la materia de que está hecho. No obstante esta práctica, no habitual pero seguida por algunas comunidades como el camino neocatecumenal, debe ser encargada a personas expertas en su elaboración y que dispongan de los medios oportunos además de exigir una solvencia moral a la persona que lo fabrica. Se entiende pues que cualquiera no debe hacerlo.
Por último no es imprescindible que el pan eucarístico sea en forma de hostia: se puede comulgar recibiendo (no cogiendo ni tomando una parte) del sacerdote un trozo del pan consagrado. No obstante, todos los documentos que se refieren a este tema tienden a identificar pan eucarístico con hostia asimilándolas prácticamente a palabras sinónimas (números 48 y 49 de la Instrucción Redemptionis Sacramentum).


8.5.10

LA MATERIA DEL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA I

La Iglesia enseña que "la materia para la confección de la Eucaristía es el pan de trigo y vino de la vid". Esta es una verdad de fe, que fue definida en el Concilio de Trento. El CDC ( 924 & 2-3) lo dice claramente. Así pues el pan que se emplea en el Santo Sacrificio de la Eucaristía debe ser ázimo (o sea, no fermentado), de sólo trigo y hecho recientemente, para que no haya ningún peligro de que se corrompa. Por consiguiente, no puede constituir materia válida, para la realización del Sacrificio y del Sacramento eucarístico, el pan elaborado con otras sustancias, aunque sean cereales, ni aquel que lleva mezcla de una sustancia diversa del trigo, en tal cantidad que, según la valoración común, no se puede llamar pan de trigo. Es un abuso grave introducir, en la fabricación del pan para la Eucaristía, otras sustancias como frutas, azúcar o miel. Es claro que las hostias deben ser preparadas por personas que no sólo se distingan por su honestidad, sino que además sean expertas en la elaboración y dispongan de los instrumentos adecuados.
De igual manera, el vino del Sacramento debe ser de uva. No es preciso que sea del que popularmente llamamos “vino de Misa”. El vino que se utiliza en la celebración del Santo Sacrificio Eucarístico debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la misma celebración de la Misa se le debe mezclar un poco de agua. El añadir agua al vino era práctica habitual entre los judíos y con seguridad así lo hizo Jesucristo, sin contar también con una carga simbólica de unión entre Cristo (sangre) y el hombre (agua).
Debe cuidarse de que el vino destinado a la Eucaristía se conserve en perfecto estado y no se avinagre. Está totalmente prohibido utilizar un vino del que se tiene duda en cuanto a su carácter genuino o a su procedencia, pues la Iglesia exige certeza sobre las condiciones necesarias para la validez de los sacramentos. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género, que no constituyen una materia válida.
Y ¿por qué se usan estos elementos? Pues porque tenemos la seguridad de que Jesús utilizó estos dos elementos en la Última Cena (Cfr. Mt 26,26-28; c 14,22-25; Lc 22,19-20; 1Cor 11,23-26).
Queda absolutamente prohibido consagrar el pan o el vino solo sin el otro elemento o consagrarlos fuera de la celebración Eucarística. Si el sacerdote al comulgar descubre que el cáliz tenía solo agua, debe poner el agua en otro recipiente, poner vino y agua en el cáliz y consagrarlo diciendo solo la parte de la consagración del cáliz.
Así pues, para que el Sacramento de la Eucaristía sea válido es necesario que:
* El pan sea substancialmente de trigo (amasado con harina de trigo y agua natural, y cocido al fuego). Si tiene algún elemento añadido no puede ser tal que el pan no sea considerado como de trigo según el estimado común.
De modo que sería materia inválida el pan de cebada, de arroz, de maíz, etc., o el amasado con aceite, leche, etc. Si el pan se ha corrompido de tal manera que su naturaleza esta substancialmente alterada y no se puede considerar pan, constituye materia inválida.
* El vino debe ser natural, puro de uva y no corrompido. Debe ser vino y no jugo. Vino que no es de uva o que fue hecho químicamente o al que se le añadió una cantidad igual o mayor de agua, es materia inválida. El vino se considera alterado o corrompido cuando ha perdido las cualidades por las que comúnmente se reconoce como vino. Si es tan amargo que se reconoce como vinagre en la estima general de las personas, es materia inválida. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género
Si el sacramento es invalido, no hay Eucaristía. Es decir, no está realmente Cristo presente. ¿Qué hacer si somos testigos de un abuso contra la Eucaristía? Afortunadamente no se conocen casos en nuestra diócesis pero no está de más saber cómo actuar.
En primer lugar informar al sacerdote. Si no hace caso, informe al obispo que actuará en consecuencia. Si se continúa confeccionando la Eucaristía con materiales que la hacen inválida, habría que ir a misa a otra iglesia católica.
Generalmente, en la Misa sólo el sacerdote comulga –obligatoriamente además– bajo las dos especies, aunque en cada una de las dos especies, tanto en el Pan como en el Vino, se encuentra plena y completamente el Cuerpo divino (transubstanciación). Al repartir la comunión a los fieles conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico que resultan de la fracción del pan (o sea, de la hostia grande que el sacerdote comulga) se distribuyan al menos a algunos fieles, en la Comunión. No obstante, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo requiere el número de los que van a recibir la sagrada Comunión, u otras razones pastorales lo exijan; más bien, según la costumbre, deben usarse sobre todo formas pequeñas, que no necesitan ser fraccionadas.
Terminamos este artículo con tres interesantes preguntas: ¿Qué ocurre si el sacerdote no puede probar el vino, bien porque su salud corra peligro o porque esté en proceso de recuperación de alcoholismo, por ejemplo? De igual manera ¿Qué ocurre si el sacerdote o un fiel es celíaco –intolerante al gluten–, o sea, no puede consumir sin grave riesgo para su salud, las hostias? Y tercera ¿Es lícito comulgar con pan (no con hostias) fabricado por los propios fieles, que lo aportan al Sacrificio Eucarístico, tal como algunas comunidades parece que hacen?
En un próximo artículo daremos respuesta a estas cuestiones.

3.5.10

ICONOGRAFÍA DE LOS APÓSTOLES II

Continuamos en este artículo con la iconografía de los apóstoles restantes que dejamos en el anterior artrículo.
A San Felipe se le suele representar con un libro en una mano y un crucifijo en la otra o bien con una cruz, ya que fue crucificado amarrado a una cruz con cuerdas. También se le suele representar llevando una cruz en forma de "T", instrumento con el que, según la leyenda, obró durante su vida muchos milagros. Su fiesta: tres de mayo, junto a Santiago el Menor.

De San Bartolomé también llamado Natanael dice la tradición que fue despellejado vivo y luego decapitado. Se le representa con un cuchillo utilizado en su martirio, que consistió en arrancarle la piel con vida y posteriormente fue decapitado por orden del rey Astyages. Según la tradición este martirio ocurrió en Abanopolis, ciudad situada en la costa occidental del Mar Caspio. Su símbolo apostólico es tres cuchillos paralelos. La devoción a san Bartolomé está muy extendida en la provincia de Sevilla, especialmente en la zona de los Alcores, siendo patrono de Mairena del Alcor, Aguadulce o Real de la Jara, además de la localidad aljarafeña de Umbrete. También a veces lleva un diablo encadenado por un episodio apócrifo según el cual el santo se presentó ante un templo en cuyo interior, dentro de una escultura, vivía el demonio Astaroth, que según se suponía curaba a los enfermos. El apóstol demostró su ineficacia y expulsó de dicho lugar al diablo consagrando el templo a Cristo. Celebramos su fiesta el veinticuatro de agosto.

San Mateo, evangelista, ya fue tratado en el anterior artículo. El veintiuno de septiembre es su fiesta.

Santo Tomás es representado con una escuadra de arquitecto. Según los "Hechos de Tomás", escrito apócrifo del siglo III, el apóstol habría sido arquitecto. Invitado por un rey de la India (Gundoforo, Gondoforo o Gundafar) a levantarle un palacio, el apóstol recibe el dinero para la construcción y lo reparte entre los necesitados. Cuando el rey quiere ver el palacio, Tomás le anuncia que, al dar el dinero a los pobres, le edificó al monarca un palacio en el cielo. El rey, irritado, lo arroja en prisión, pero más tarde lo perdona. A raíz de este episodio legendario, Tomás es representado frecuentemente con una escuadra de arquitecto. Gracias a investigaciones recientes, se han hallado monedas de mediados del siglo I con el nombre del rey Gundafar, lo que da algún sustento histórico a esta tradición.
Otra leyenda piadosa afirma que como se negaba a creer en la asunción de María, hace abrir su tumba y la encuentra llena de flores. Entonces la Virgen, desde el cielo, desanuda su cinturón y lo deja caer en manos de Tomás, quien nuevamente cree "por haber visto". Por este motivo, Tomás es representado a veces con el "sagrado cinto" entre sus manos. Su fiesta: tres de julio.

Santiago el Menor es llamado "hermano" del Señor, es decir, primo o pariente cercano. Por eso se le representa con rasgos parecidos a los de Cristo (según algunos autores, se le parecía tanto que ese fue el motivo de que Judas tuviera que darle un beso al verdadero Jesús para que los romanos apresaran a la persona correcta). Otra tradición se refiere a su muerte. Cuando estaba predicando el Evangelio cerca del Templo de Jerusalén, es arrojado desde el pináculo del Templo por orden del Sumo Sacerdote. Santiago sobrevive, pero es lapidado y rematado por un batanero, que le aplasta el cráneo de un mazazo. Este episodio le vale su principal atributo, que es una maza de batanero. También se le suele representa junto a Felipe, cuya fiesta comparte.

De San Simón apodado el Zelote (por pertenecer a esa secta) o el Cananeo (por provenir de Caná), la tradición cuenta que en su martirio fue cortado con una sierra de leñador por los adoradores del sol en Persia. El atributo de la sierra es el más clásico desde el siglo XV. Por ello, lo invocan como patrono los aserradores; también lo hacen los tintoreros, porque según una leyenda él mismo era tintorero. Su fiesta se celebra el veintiocho de octubre, junto a San Judas.

San Judas Tadeo es un apóstol que despierta mucha devoción popular, ya que se le atribuye la ayuda en trances desesperados e imperiosos. En la catedral de Sevilla cada veintiocho de mes se celebra Misa en su honor. También una imagen del apóstol, como abogado de los casos difíciles, se encuentra en el atrio de San Antonio Abad (Hermandad del Silencio) habiéndose convertido en una de las devociones populares más extendidas en Sevilla. Se le representa a veces con una imagen de Cristo en el pecho, a causa de su parentesco con el Señor, de quien –según la leyenda– era muy parecido. Otro atributo más clásico es la maza, supuesto instrumento de su martirio (hasta el siglo XIV se lo representaba con espada, alabarda y hacha). Se le considera hermano de Santiago el Menor y de Simón, por lo que de ser cierto este parentesco serían primos hermanos de Jesús, ya que sus padres serían Alfeo (asimilado a Cleofás) y María la de Cleofás (hermana de la Virgen). Puede que Judas fuera el esposo de la bodas de Caná, lo que justificaría la presencia de Jesús y María en la boda. Celebramos su fiesta el veintiocho de octubre. Como curiosidad añadimos que aunque es un santo muy popular, pocos padres ponen ese nombre a sus hijos (seguramente por recuerdo del otro Judas Iscariote)

San Matías fue elegido por los Once, encabezados por Pedro, para desempeñar el ministerio del apostolado en el lugar dejado por Judas. Apenas sabemos nada a ciencia cierta de su vida. La literatura apócrifa abunda en detalles acerca de su martirio: fue hecho prisionero por antropófagos, cegado, curado y liberado por Andrés, y finalmente decapitado. Esas leyendas le han valido diversos atributos: espada, alabarda, piedras, cruz, hacha. Esta última ha prevalecido en general. El catorce de mayo es su fiesta.
El color litúrgico en las fiestas de los santos mártires, apóstoles y evangelistas es el rojo, excepto en San Juan Evangelista (blanco) porque no murió mártir.

24.4.10

ICONOGRAFÍA DE LOS EVANGELISTAS Y APÓSTOLES I

Vamos en dos artículos de temática no litúrgica a abordar los símbolos con los que se representan a los cuatro evangelistas y a los doce apóstoles. Conocer su símbolo parlante, o sea, su signo distintivo, nos ayuda a identificarlos en retablos, cartelas, imágenes y pinturas.

Comenzamos por los evangelistas. En primer lugar decir que es frecuente la representación de los cuatro símbolos acompañando a Cristo en el Pantocrátor, rodeándole formando el Tetramorfos (cuatro formas), muy propio del románico y del gótico.

A San Mateo se le representa por un ángel que le inspira la escritura de su evangelio o por un hombre, porque nos presenta en el primer capítulo de su evangelio la genealogía humana de Jesús. Simboliza el Nacimiento y en el tetramorfos se sitúa arriba y a la derecha de Cristo.

San Marcos se representa por un león porque su Evangelio comienza con la predicación de Juan el Bautista, comparado al rugido del león del desierto. Simboliza la Resurrección y se sitúa a la derecha de Cristo, debajo del ángel. Es titular de la hermandad servita.

San Lucas es representado por un toro porque su Evangelio comienza con el sacrificio que oficia el sacerdote Zacarías (padre de Juan el Bautista). El toro es animal de sacrificios y Lucas trata extensamente el sacrificio de Cristo en la Cruz. Se sitúa a la izquierda de Cristo. Sobre San Lucas existe la tradición de que pintó a la Virgen, por lo que es el patrón de los pintores. Simboliza la Pasión. Es titular de la Hermandad de la Redención.

San Juan Evangelista es representado por un águila porque en su prólogo sabe volar más alto que estas aves, consideradas como las que vuelan más alto. El Evangelio de San Juan está considerado como el de más altura espiritual. Se sitúa a la izquierda de Cristo, encima del toro. Ampliamos más adelante al tratarlo como apóstol.

En cuanto a los apóstoles:

San Pedro, representado con una llave en la mano por ser quien tendrá las llaves para “atar y desatar”. A veces también lleva un gallo, por las negaciones que hizo de conocer a Jesús. Su símbolo apostólico es una cruz invertida (murió crucificado boca abajo) y dos llaves cruzadas: una de oro (poder de absolución) y otra de plata (poder de excomunión).

San Andrés lleva como símbolo la cruz en aspa (cruz de San Andrés) en la que fue atado hasta morir. También se usa un símbolo de dos peces cruzados, por ser pescador.

Santiago el Mayor es representado por una concha de vieira colgada al cuello, con callado y calabaza (ropaje de peregrino). Su símbolo apostólico es tres caparazones de crustáceo, por su peregrinación por el mar. La tradición nos lo presenta enterrado en Santiago de Compostela y como evangelizador de España.

A San Juan Evangelista, cuyo símbolo es el águila como ya vimos, se le representa con un cáliz del que sale una serpiente. Esta iconografía se debe a que Aristodemus, el sumo sacerdote de Diana en Efeso, lanzó un reto a San Juan para que bebiese de una copa que contenía un líquido envenenado. El Apóstol tomó el veneno sin sufrir daño alguno y, a raíz de aquel milagro, convirtió a muchos, incluso al Sumo Sacerdote. También se le representa escribiendo el Apocalipsis en la isla de Patmos adonde fue desterrado por el emperador Domiciano o en una tina de aceite hirviendo de la que salió sin sufrir daño. Es el único apóstol que no murió mártir.

En la iconografía cofrade siempre lleva túnica verde y mantolín granate representándosele joven y generalmente con perilla. Es el patrón de la juventud cofrade, por ser considerado el más joven de los apóstoles.
Dejamos para el próximo artículo los ocho apóstoles restantes.

17.4.10

EL MINISTRO DE LA EXPOSICIÓN DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

El Ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, en sus Praenotanda (números 91 y 92) dejan muy claro a quien corresponde la exposición del Santísimo.
Así, se dice que el ministro ordinario de la exposición del Santísimo Sacramento es el sacerdote o el diácono, que al final de la adoración, antes de reservar el Sacramento, bendice al pueblo con el mismo Sacramento.
Ahora bien, esta exposición no es tarea exclusiva de los ministros ordenados. En ausencia del sacerdote o diácono, o legítimamente impedidos, también pueden exponer públicamente la Santísima Eucaristía a la adoración de los fieles y reservarla después otros ministros laicos, por este orden:
En primer lugar el acólito instituido y el ministro extraordinario de la sagrada comunión, debidamente autorizado.
También pueden hacerlo algún miembro de las comunidades religiosas y de las asociaciones piadosas laicales, de varones o mujeres, dedicadas a la adoración eucarística, designados por el Ordinario del lugar. Así pues, un religioso o una religiosa pueden hacer la exposición en la capilla de su comunidad u otro lugar sagrado. Puede ser pues hombre o mujer.
Todos los citados pueden hacer la exposición abriendo el sagrario, o también, si se juzga oportuno, poniendo el copón sobre el altar o bien poniendo la hostia en la custodia (qué son las tres variedades que presenta la adoración al Santísimo además de la reserva).
Cuando termine el tiempo de la adoración el ministro que lo ha expuesto guarda el Sacramento en el sagrario.
Muy importante: A los ministros no ordenados, o sea, los laicos o religiosos no ordenados no les es lícito dar la bendición con el Santísimo Sacramento. Así pues no pueden bendecir al pueblo, tarea reservada a los ministros ordenados.
En cuanto a las vestiduras, el ministro, si es sacerdote o diácono, se reviste del alba (o la sobrepelliz sobre el traje talar) y de la estola de color blanco. Para dar la bendición al final de la adoración, cuando se haga con la custodia, el sacerdote y el diácono se ponen además la capa pluvial y el paño de hombros de color blanco; pero si la bendición se da con el copón, basta con el paño de hombros.
Si se trata de otros ministros llevarán la vestidura litúrgica tradicional: el acólito el alba con cíngulo, el religioso o religiosa sus hábitos propios y los demás un vestido que sea decoroso y no desdiga del sagrado ministerio y que el Ordinario apruebe.
Terminamos recordando que ante el Santísimo Sacramento, bien reservado o bien en pública adoración sólo se hace genuflexión sencilla y que el altar tendrá cuatro o seis cirios de los usuales en la misa, o sea, blancos generalmente (no es preciso que sean rojos).
Finalmente, cuando la exposición es en la custodia se usa el incienso, mientras que si es en el copón su uso es optativo y habrá por lo menos dos cirios.

1.4.10

EL JUEVES SANTO: PECULIARIDADES LITÚRGICAS

El Jueves santo, en la Misa vespertina, celebramos la Cena del Señor dando comienzo el Triduo pascual.
El Jueves Santo tiene varias peculiaridades litúrgicas. En primer lugar, ese día están prohibidas todas las misas sin asistencia del pueblo. Los sacerdotes que hayan concelebrado en la Misa Crismal matutina (en Sevilla se hace el Martes Santo) pueden volver a concelebrar en esta Misa. Asimismo, los fieles que hayan comulgado en la Misa Crismal pueden volver a hacerlo en la vespertina. La comunión sólo puede ese día distribuirse a los fieles dentro de la Misa ; a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora.
Al comienzo de la Misa el sagrario debe estar completamente vacío. Este día se consagra el pan suficiente para la comunión del Jueves y Viernes Santos. Lo que la iglesia pretende con el signo del sagrario vacío y de la comunión con el pan consagrado durante este grandioso día es comunicar lo que Jesús en realidad instituyó en la última Cena cuando partió el pan y lo dio a sus discípulos diciendo: tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros
Tras la procesión de entrada la Misa comienza de la manera acostumbrada. Al llegar el Gloria suenan las campanas, que ya no volverán a sonar hasta el Gloria de la Vigilia pascual. Asimismo cesan los instrumentos y el coro canta sin acompañamiento musical. Se usa la carraca para la consagración.
Tras la homilía (que se dedicará a la institución de la eucaristía, la caridad fraterna y el sacramento del Orden) se procede al rito más llamativo: el lavatorio de los pies, que solo se hace a varones. El obispo (o quien presida), quitándose la casulla si hace falta, se acerca a los designados y ayudado por sus ministros procede, ritualmente, a lavarles los pies. Mientras, el coro entona antífonas o cantos apropiados. El lavatorio de los pies significa el servicio y el amor de Jesús que ha venido no a ser servido sino a servir. Recordemos que en occidente desde el siglo IV se realizaba el lavatorio de los pies en el rito del bautismo con el fin de que no se olvidaran que ser cristianos significa ser servidores a ejemplo de Jesús. Posteriormente comenzó a ser utilizado en los monasterios como signo de acogida a los huéspedes. Este gesto debe ser simbólico y profético, a la vez que explica el deseo de una Iglesia que a ejemplo de Jesús se hace servidora de la humanidad especialmente de los más pobres y oprimidos. El lavatorio se hace con autenticidad, no es teatro, se lavan, se secan y se besan los pies expresando el amor fraterno, el servicio y la reconciliación. Posteriormente, finalizado el lavatorio, se ofrece al obispo (o celebrante principal) jabón y perfume para que se asee.
En esta Misa no se dice el Credo, siguiendo una antigua tradición (el momento que se conmemora aún no estaba el Credo establecido). Pensemos que el Credo que los católicos proclamamos se hizo por tradición, es decir, por la experiencia de las primeras comunidades cristianas, después de la resurrección de Jesús. Así se entiende mejor por qué no se profesa la fe públicamente este día, no por una omisión sino como signo de respeto a la tradición antigua que no tenía prevista esta particular profesión de fe cuando se instauró el Jueves Santo.
Continúa la Misa normalmente hasta la oración de después de la comunión. Los ritos finales de despedida se omiten, sustituyéndolos por la procesión de traslado del Santísimo hasta el monumento eucarístico. Mientras se canta el Pange lingua, el obispo, con el humeral, traslada al Santísimo en una procesión solemne con cirios e incienso. Al llegar al lugar de la reserva el obispo inciensa al Santísimo de rodillas, cerrando posteriormente el sagrario. Tras un breve tiempo de adoración en silencio y tras hacer genuflexión los ministros se dirigen a la sacristía, omitiéndose la despedida. La asamblea se dispersa sin ninguna clase de despedida litúrgica. Esto significa que quedamos en espera para participar de la más importante celebración del año Litúrgico: la Vigilia Pascual.
En ese momento se despoja al altar de los manteles y se queda vacío, quitándose o velándose si es posible las cruces. Este gesto, de quitar el mantel que cubre el altar, hasta la Vigilia Pascual , es un signo que mantiene una antiquísima tradición que tenía previsto este gesto final en cada celebración y que luego se conservó únicamente en el Triduo Pascual. Mientras de despojaba solemnemente el altar se recitaba el salmo 21, que dice: “se reparten mi ropa, echan a suerte a mi túnica”.
También se prohíbe encender velas ante las imágenes de la Virgen María y de los santos. Esta prohibición por parte de la Iglesia se inicia el Jueves santo, hasta la Vigilia Pascual. Lo verdaderamente importante para el cristiano es descubrir la luz del misterio eucarístico.
La Iglesia recomienda que los fieles dediquemos algún tiempo a rezar y a adorar al Santísimo. La tradicional costumbre de visitar los monumentos y sagrarios parece actualmente minoritaria y es preciso recuperarla. Los monumentos se adornan, con flores, cirios y frutos de las cosechas. Los monumentos se hacen en todas las capillas con el objetivo también de guardar las hostias sagradas para la comunión en el Viernes Santo y la de los enfermos.
No toda la religiosidad de estos días puede limitarse a ver procesiones. También debemos participar en los Oficios y visitar al Señor, que nos espera en el sagrario.

22.3.10

QUÉ PUEDE Y QUÉ NO PUEDE HACERSE EN UNA IGLESIA

Peliaguda pregunta, que afecta directamente a algunas hermandades, especialmente a aquellas que poseen capilla propia y tienden a usarla alegremente para diversos fines. En las parroquias se supone que el párroco está más atento, aunque pueda ser tachado de antipático.
En principio y como norma hay que decir que en un lugar sagrado –iglesia– sólo puede admitirse aquello que favorece el ejercicio y el fomento del culto, de la piedad y de la religión, y se prohíbe lo que no esté en consonancia con la santidad del lugar. Sin embargo, el Ordinario puede permitir, en casos concretos, otros usos, siempre que no sean contrarios a la santidad del lugar. También hay que tener claro que la autoridad eclesiástica ejerce libremente sus poderes y funciones en los lugares sagrados. En los templos, aunque sean propios, no manda el hermano mayor ni el diputado de cultos.
Así pues hay que dejar claro desde el principio que las iglesias son para el culto. Lejos de la idea que parecen tener algunas personas de que la iglesia es una especie de sala multiusos o un salón de actos. Craso error.
LA CAPILLA NO ES UN SALÓN DE ACTOS NI SALA MULTIUSOS
Entonces ¿Sólo se pueden celebrar los sacramentos? No, también se pueden celebrar conciertos de música sacra, conferencias sobre temas religiosos o doctrina de la Iglesia, catequesis, ejercicios espirituales, charlas cuaresmales y similares. Para algunas actividades habría que pedir permiso. En esta categoría entraría un Pregón, al que tan aficionado somos los cofrades. Todas estas actividades, si se dispone de otro espacio, mejor usarlo. Asimismo si se pueden realizar sin ocupar el presbiterio, mejor.
También se pueden vender objetos religiosos (medallas, estampas, rosarios, libros devocionales).
NO SE PUEDEN CELEBRAR BAILES, MÍTINES, TEATROS, RIFAS ni similares. Los lugares sagrados quedan violados cuando, con escándalo de los fieles, se cometen en ellos actos gravemente injuriosos que, a juicio del Ordinario del lugar, revisten tal gravedad y son tan contrarios a la santidad del lugar, que en ellos no se puede ejercer el culto hasta que se repare la injuria por un rito penitencial a tenor de los libros litúrgicos. Así pues, un templo que sufriera a juicio de la autoridad una violación grave quedaría de momento inutilizado como tal hasta ser reparado con el rito oportuno.
Los lugares sagrados pierden su dedicación o bendición si resultan destruidos en gran parte o si son reducidos permanentemente a usos profanos por decreto del Ordinario o de hecho.
Muy importante: NO SE PUEDE UTILIZAR EL ALTAR PARA NINGÚN OTRO FIN que no sea la celebración eucarística. No se debe depositar sobre el altar objeto alguno, ni usarlo como mesa del conferenciante, ni apoyarse sobre él descuidadamente y cosas por el estilo.
Tampoco ningún cadáver puede estar enterrado bajo el altar; en caso contrario, no es lícito celebrar en él la Misa. En general, está prohibido enterrar cadáveres en las iglesias, salvo casos excepcionales (obispos generalmente). Si están permitidos los columbarios, siguiendo la normativa adecuada.
Así pues, a tenor del CDC y otros documentos queda claro que:
a) El uso de los templos abiertos al público debe ser casi exclusivamente litúrgico, cultual y para ejercicios piadosos o de acción pastoral.
b) La cesión para otros usos como la celebración de conciertos o de actos culturales (exposiciones, conferencias etc.) debe ser eminentemente excepcional, lo que requeriría circunstancias y causas de mucho peso. Por estas razones, para la celebración de conciertos o de actos culturales en templos abiertos al público se requiere la previa licencia del Vicario General
c) Que se respete en todo momento el carácter sagrado del templo, tanto por las formas exteriores como por el comportamiento de los participantes y asistentes al acto
d) Que el Santísimo Sacramento sea trasladado oportunamente a una capilla adyacente u otro lugar oportuno y decoroso
e) Que no sea ocupado el Presbiterio, por ser el lugar celebrativo fundamental del Misterio cristiano
f) Que la entrada sea libre y gratuita, evitando que el control o reserva de asientos pueda dañar razonablemente la sensibilidad de la comunidad eclesial. Lógicamente lo anterior no excluye que en casos de conciertos y similares se cobre un entrada o para visitas puramente de carácter turística.
Algunos consejos prácticos: En aquellos días en los que se montan los pasos o hay que realizar operaciones y necesariamente hay que trabajar en la capilla, si no hay capilla sacramental y el Santísimo no puede ser trasladado a un lugar digno puede el sacerdote consagrar solamente las formas que se vayan a consumir cada día y no dejar reserva. Asimismo, no debe olvidarse que aunque no esté el Santísimo en el sagrario se sigue estando en un lugar sagrado. Los obligados refrigerios que los equipos de trabajo necesariamente deben tomar que sea fuera de la capilla.

14.3.10

TIPOS DE IGLESIAS

En este artículo vamos a analizar los diferentes tipos de iglesias que existen para abordar posteriormente con más detalle las capillas.
Así pues, comenzamos con lo que el CDC define como Iglesia: Por iglesia se entiende un edificio sagrado destinado al culto divino, al que los fieles tienen derecho a entrar para la celebración, sobre todo pública, del culto divino (CDC 1214). Templo es sinónimo de iglesia. También son lugares sagrados los cementerios (camposantos).
Podemos distinguir varios tipos de iglesias:
Catedral es la Iglesia Madre de una Diócesis y sede del Obispo. Sólo puede haber una en cada diócesis. La catedral, donde está la cátedra del obispo, es la más importante de todas las iglesias.
Basílica es un lugar especial de culto y puede ser sede parroquial, santuario o catedral. Es un titulo de honor y se obligan a dar un culto continuado. Tiene sus insignias propias: escudo, timtinábulo e umbrella. Sólo hay cuatro basílicas mayores, todas en Roma: Basílica de San Juan de Letrán, es la catedral del Papa como obispo de Roma, Basílica de San Pedro del Vaticano, asignada antiguamente al Patriarca de Constantinopla, hoy usada por el Papa como cabeza de la Iglesia Católica, Basílica de Santa María la Mayor, asignada antiguamente al Patriarca de Antioquia y la Basílica de San Pablo Extramuros, asignada antiguamente al Patriarca de Alejandría.
Santuario es una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con aprobación del Ordinario del lugar. Se requiere la aprobación de la Conferencia Episcopal para que un santuario pueda llamarse nacional; y la aprobación de la Santa Sede, para que se le denomine internacional.
Corresponde al Ordinario del lugar aprobar los estatutos de un santuario diocesano; a la Conferencia Episcopal, los de un santuario nacional; y sólo a la Santa Sede los de un santuario internacional.
Parroquia, iglesia que con su párroco al frente atiende a una feligresía. Es el lugar adecuado para la vida eclesial y para la administración de los sacramentos.
Capilla: se le llama a un templo que se encuentra dentro de un territorio parroquial y que no es el templo principal o parroquial.
Oratorio se denomina a un lugar destinado al culto divino con licencia del Ordinario, en beneficio de una comunidad o grupo de fieles que acuden allí, al cual también pueden tener acceso otros fieles, con el consentimiento del Superior competente.
Las ermitas son pequeños templos en los que no se celebran ceremonias religiosas habitualmente pero se rinde culto en ocasiones determinadas. Suelen estar en lugares poco poblados o sin mucha concurrencia.
Dado que muchas hermandades tiene su sede canónica en capillas propias o en capillas integradas en otros templos vamos a verlas con más detenimiento.
Una capilla es un tipo de iglesia que puede ser independiente o formar parte de una estructura o edificio mayor. El nombre de capilla, en cuanto significa lugar dedicado al culto divino, proviene según unos de la capa de san Martín que los reyes de Francia llevaban antiguamente a la guerra y hacían colocar en una tienda de campaña que tomó de aquí la denominación de capilla y los que la guardaban la de capellanes y según otros trae su origen de la palabra latina capella que significa cabra o cabala, porque en lo antiguo se cubrían con pieles de estos animales las ermitas y pequeñas iglesias, y se llamaba capella todo edificio que estaba cubierto con pieles de cabras.
Con el término capilla se engloban pues muy diferentes construcciones. Por un lado se encuentran los diferentes departamentos alojados a lo largo de las iglesias, diferentes del altar mayor, estas capillas generalmente están situadas hasta el extremo entre el deambulatorio y el crucero, ocupando asimismo el espacio ofrecido por las naves laterales en la típica iglesia de planta basilical, aunque también pueden presentarse como pequeñas salas con entrada independiente. También pueden estar adosadas a los templos o en lugares independientes.

8.3.10

LA COMUNIÓN DE RODILLAS

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos recibió en el pasado algunos informes relativos a que en algunas diócesis se negaba la Sagrada Comunión a algunos fieles cuando, al acercarse a recibirla, se ponen de rodillas en lugar de permanecer de pie. Ante ese lamentable hecho, la Congregación consideró y considera que cualquier negativa de dar la Sagrada Comunión a un miembro de la feligresía, fundada en que se encuentra de rodillas para recibirla, es una grave violación a uno de los derechos más básicos del feligrés cristiano, a saber, el de ser ayudado por sus pastores por medio de los Sacramentos (Código de Derecho Canónico, canon 213).
En vista de la ley que establece que “los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos” (C. Canónico 843, § 1), NO debe negarse la Sagrada Comunión a ningún católico durante la Santa Misa, excepto en casos que pongan en peligro de grave escándalo a otros creyentes, como el pecador público o la obstinación en la herejía o el cisma, públicamente profesado o declarado. Se niega la comunión a los excomulgados, por propia definición.
Aún en aquellos países donde esta Congregación ha aprobado la legislación local que establece el permanecer de pie como la postura para recibir la Sagrada Comunión, de acuerdo con las adaptaciones permitidas a las Conferencias Episcopales por la Institución Generalis Missalis Romani n. 160, § 2, lo ha hecho con la condición de que a los comulgantes que escojan arrodillarse no les será negada la Sagrada Comunión.
La práctica de arrodillarse para recibir la Sagrada Comunión tiene en su favor una tradición multisecular, y es un signo particularmente expresivo de adoración, completamente apropiado en razón de la verdadera, real y sustancial Presencia de Nuestro Señor Jesucristo bajo las especies consagradas.
Así pues queda claro que no puede negarse la Sagrada Comunión a ningún fiel por el hecho de recibirla de rodillas. Más aún, lo que comenzó siendo permitido (recibirla en pie) se ha convertido en norma.


1.3.10

SOBRE LOS TÍTULOS DE LAS IGLESIAS

Vamos en este artículo a relacionar la normativa que la Congregación para el Culto Divino ha dispuesto sobre el título de una iglesia [1] .
Ante todo definir que es una iglesia. El CDC nos dice claramente que es un edificio sagrado dedicado al culto divino, por lo que sólo como excepción puede dedicarse a otros usos y con la correspondiente licencia (conciertos, conferencias, etc). Esta peliaguda cuestión la abordaremos en otro artículo posterior.
Toda iglesia debe tener un título asignado en la acción litúrgica de su dedicación o bendición. Se dedican, con su rito correspondiente, las catedrales y parroquias mientras que las capillas u oratorios se pueden simplemente bendecir.
Las iglesias pueden tener como título la Santísima Trinidad, Nuestro Señor Jesucristo bajo la advocación de un ministerio de su vida o de un nombre introducido ya en la sagrada liturgia, el Espíritu Santo o la Bienaventurada Virgen María igualmente asumida bajo algún nombre ya en la sagrada liturgia, los Santos Ángeles, un Santo o un Beato inscrito en el Martirologio Romano. El título de la iglesia debe ser solamente uno, salvo en el caso de Santos que están inscritos juntamente a la vez en el Calendario propio.
Un beato, cuya celebración no este inscrita en el Calendario diocesano, no puede ser elegido como título de una iglesia salvo dispensa de la Sede Apostólica.
Una vez realizada la dedicación de la iglesia, no puede cambiarse su título (can. 1218), a no ser que, existiendo graves causas, le haya sido concedido esto expresamente por la Sede Apostólica. Así pues, una vez dedicada o bendecida una iglesia no se puede cambiar de título.
El nombre de la parroquia –como feligresía– debe ser en general conforme a la iglesia parroquial (Parroquia de san Marcos, Iglesia parroquial de San Marcos, por ejemplo).
Los Patronos, como intercesores o abogados ante Dios, deben ser una persona creada, es decir, la Bienaventurada Virgen María, los Santos Ángeles, un Santo o un Beato. Siempre, por tanto, se excluyen la Santísima Trinidad y las divinas Personas.
El patrono debe ser elegido por el clero y por los fieles, elección que debe ser aprobada por la competente autoridad eclesiástica. Para que tengan efecto litúrgico, la elección y aprobación necesitan la confirmación de la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos, que se concede por decreto del mismo Dicasterio. El patrono de un lugar puede ser distinto del título de la iglesia o puede ser el mismo.
Si alguna vez en lugar de diversas parroquias suprimidas, se hubiera erigido una nueva, tenga ésta la iglesia parroquial propia, la cual si el edificio no fuera nuevo, retiene el título vigente hasta entonces. También las iglesias de las parroquias suprimidas, que alguna vez se consideran como «coparroquiales», retienen sus títulos propios. Si varias parroquias se juntan de forma que de las mismas se constituye una nueva, es lícito, por razones pastorales, determinar un nombre nuevo diferente del título de la iglesia parroquial.
[1] Vaticano, Decreto de la Congregación para el Culto Divino de 10 de febrero de 1999.


8.2.10

LA COMUNIÓN FUERA DE LA MISA

Ante todo debemos comenzar preguntándonos ¿Se puede recibir la comunión fuera de la Misa? Rotundamente sí, pero con limitaciones.
Lo aclaramos. El CDC, en su canon 918, nos dice que “se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística; sin embargo, cuando lo pidan con causa justa, se les debe administrar la comunión fuera de la Misa, observando los ritos litúrgicos”.
Así pues, queda establecido que se puede comulgar fuera de la Misa, pero con causa justa. Principalmente los enfermos e impedidos pero no sólo ellos: también habría que valorar la situación de personas que, aún sanas y válidas, no puedan participar en la Eucaristía por causa grave o aquellas que estando presentes no puedan acceder a comulgar en su momento (por ejemplo, miembros de una coral que estén en un lugar de difícil acceso para el sacerdote y no haya acólito capacitado para llevársela, persona en sillita de ruedas que no pueda acceder al presbiterio por acumulación de personas, etc). Pueden hacerlo al finalizar la Misa.
El Ritual de la comunión y culto a la Eucaristía nos da más detalles al afirmar que “la más perfecta participación de la celebración eucarística es la comunión sacramental recibida dentro de Misa...Hay que procurar que los fieles comulguen en la celebración eucarística”.
Pero los sacerdotes no deben rehusar el administrar, incluso fuera de la Misa, la sagrada comunión a los fieles. “Incluso conviene que quienes estén impedidos de asistir a la celebración eucarística de la comunidad se alimenten asiduamente con la Eucaristía, para que así se sientan unidos no solamente al sacrificio del Señor, sino también unidos comunidad y sostenidos por el amor de los hermanos”.
Los pastores de almas cuiden de que los enfermos y ancianos tengan facilidades para recibir la Eucaristía fre­cuentemente e incluso, a ser posible, todos los días, sobre todo en el tiempo pascual, aunque no padezcan una enfermedad grave ni estén amenazados por el peligro de muerte inminente. A los que no puedan recibir la Eucarist­ía bajo la especie de pan, es lícito administrársela bajo la especie de vino.
¿Cuándo se puede dar la comunión fuera de la Misa?
Se puede dar en cualquier día y a cualquier hora, con estas limitaciones:
a) El Jueves Santo sólo puede distribuirse la sagrada comunión dentro de la Misa; pero a los enfermos se puede llevar la comunión a cualquier hora del día.
b) El Viernes Santo únicamente puede distribuirse la sagrada comunión durante la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos que no pueden participar en esta celebración se puede llevar la sagrada comunión a cualquier hora del día.
c) El Sábado Santo la sagrada comunión sólo puede darse como Viático .
Pertenece ante todo al sacerdote y al diácono administrar la comunión a los fieles que la pidan. Mucho conviene, pues, que a este ministerio de su orden dediquen todo el tiempo preciso según la necesidad de los fieles.
También pertenece al acólito debidamente instituido, en cuanto ministro extraordinario, distribuir la sagrada comunión cuando faltan un presbítero o diácono, o estén impedidos, sea por enfermedad, edad avanzada o por algún ministerio pastoral, o cuando el número de los fieles que se acercan a la sagrada mesa es tan numeroso que se alargaría excesivamente la Misa u otra celebración'.
El lugar en que de ordinario se distribuye la sagrada comunión fuera de la Misa es la iglesia o un oratorio en que habitualmente se celebra o reserva la Eucaristía, o la iglesia, oratorio u otro lugar en que la comunidad se reúne habitualmente para celebrar el acto litúrgico los domingos u otros días. No se excluyen otros lugares: en las casas particulares cuando se trata de enfermos, cautivos y otros que sin peligro o grave dificultad no pueden salir.
Cuando se administra la sagrada comunión en la iglesia o en un oratorio, póngase el corporal sobre el altar cubierto con un mantel; enciéndanse dos cirios como señal de veneración y de banquete festivo; utilícese la patena.
Pero cuando la sagrada comunión se administra en otros lugares, prepárese una mesa decente cubierta con un mantel; ténganse también preparados los cirios. El ministro de la sagrada comunión, si es presbí­tero o diácono, vaya revestido de alba, o sobrepelliz sobre el traje talar, y lleve estola. Los otros ministros lleven o un vestido litúrgico o un vestido que no desdiga de este ministerio y que el Ordinario apruebe.
Fuente: Ritual de la comunión y culto a la Eucaristía (Praenontanda).
NOTA: El blog ha pasado de 200.000 visitas. Tratàndose de un tema tan específico es una satisfacción para mí y una responsabilidad que me abruma. Pido disculpas a todos los que me hacen consultas y no respondo. A veces la respuesta está en otros artículos publicados posteriormente y a veces simplemente no las veo, dado que no reviso los artículos publicados más alejados cronológicamente. Mi ocupación no está dedicada en exclusiva al blog. Hago lo que puedo, quitándome tiempo de otras actividades, como un servicio que presto a la Iglesia y a mis hermanos cristianos.

18.1.10

LA RESERVA DE LAS SAGRADAS ESPECIES

Comenzamos este artículo preguntándonos ¿Qué sentido tiene la reserva de la Eucaristía? ¿No parece más apropiado consagrar en cada Misa las hostias que van a comulgar los fieles?
La Iglesia nos dice que el fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera la misa es para la administración del Viático, o sea, llevar el sacramento a los enfermos moribundos y así no privarles de ese consuelo tan preciso en esos dramáticos momentos.
Pero además podemos citar otros fines secundarios: la distribución de la comunión y la adoración de nuestro Señor Jesucristo, presente en el sacramento. Así pues, la reserva de las especies sagradas para los enfermos y moribundos ha dado origen a la laudable costumbre de adorar a Jesús Sacramentado conservado en el Sagrario. Este culto de adoración se basa en una razón muy sólida y firme: sobre todo porque a la fe en la presencia real del Señor le es connatural su manifestación externa y pública.
En la celebración de la misa se iluminan gradual­mente los modos principales según los cuales Cristo se hace presente a su Iglesia: en primer lugar está presente en la asamblea de los fieles congregados en su nombre; está presente también en su palabra, cuando se lee y explica en la iglesia la Sagrada Escritura; presente también en la persona del ministro; finalmente, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas. En este sacramento, en efec­to, de modo enteramente singular, Cristo entero e íntegro, Dios y hombre, se halla presente sustancial y permanente­mente. Esta presencia de Cristo bajo las especies «se dice real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia».
Así, por razón del signo, no se debe tener desde el principio de la misa la reserva de las especies sagradas en el altar y se llevan solamente en el momento de la comunión. Un acólito instituido o un ministro ordenado las trae del Sagrario y las coloca sobre el corporal antes del Cordero de Dios. Tras la distribución de la comunión, el acólito las vuelve a guardar en el Sagrario. Tanto al tomarlas como al depositarlas hará genuflexión.
Las hostias de la reserva deben renovarse frecuentemente y conservarse en un copón o vaso sagrado, en la cantidad suficiente para la comunión de los enfermos y de otros fieles.
Las iglesias y oratorios públicos en los que se guarda la Santísima Eucaristía deben estar abiertos diariamente durante el tiempo oportuno del día para que los fieles puedan fácilmente orar ante el Santísimo Sacra­mento.
El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía debe ser verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada, de modo que los fieles no dejen de venerar al Señor presente en el sacramen­to, aun con culto privado, y lo hagan con facilidad y provecho. Ese fin se consigue más fácilmente cuando el sagrario se coloca en una capilla que esté separada de la nave central del templo, sobre todo en las iglesias en las que se celebran con frecuencia matrimonios y funerales y en los lugares que son muy visitados, ya por peregrinaciones, ya por razón de su importancia artística o histórica.
Sobre el Sagrario ya publicamos un artículo por lo que sólo recordamos que la sagrada Eucaristía se reservará en un Sagrario sólido, no transparente, e inviolable. De ordinario, en cada iglesia habrá un solo sagrario, colocado sobre un altar o fuera de un altar, pero en alguna parte de la iglesia que sea noble y esté debidamente adornada, ardiendo constantemente una lámpara de aceite o cera como signo de honor al Señor.

2.1.10

LA CELEBRACIÓN DOMINICAL SIN PRESBÍTERO

Existen ocasiones en las que en algunas comunidades es imposible celebrar la Misa dominical por falta de sacerdotes. Para estos casos y para que el pueblo de Dios no quede sin celebrar el domingo la Iglesia ha previsto una celebración especial. Así, en aquellos casos ocasionales que en una parroquia en un determinado domingo no se pueda celebrar la Eucaristía por ausencia del presbítero, es conveniente que se reúna igualmente la comunidad, con una celebración que ciertamente no será eucarística, pero que permite que la comunidad se reúna para escuchar la Palabra de Dios, rezar, y comulgar con pan ya consagrado
Esta celebración puede ser presidida por un laico autorizado designado para dirigir la celebración de la palabra y del sacramento La Congregación para el culto divino y de los sacramentos ha dado instrucciones específicas para regular esta práctica, y hacer que exprese la verdad de la situación: la lamentable carencia de sacerdote y de diácono.
Ante todo se debe tener cuidado y aclarar convenientemente que este tipo de celebraciones no son una «forma» de Misa ni un sucedáneo.
Si dirige la liturgia un acólito instituido llevará un alba. Si es un laico quien vestirá un traje adecuado para la función que ejerce y los religiosos usarán su hábito. Estas personas serán denominadas como «directores».
La ceremonia gira en torno al rito de la Sagrada Comunión fuera de la Misa –a la que dedicaremos un próximo artículo–, y se hacen los mismos preparativos. Sin embargo, en la celebra­ción de este rito se deben señalar algunas variaciones importantes.
a) Para simbolizar la ausencia del ministro ordinario, no se usa nunca la sede presidencial. En algunos lugares se suele extender la estola sobre el asiento vacío, como un modo de recordar esta ausencia. El laico dirige la celebración desde un asiento situado fuera del presbiterio y con pre­ferencia, cerca o incorporado a la asamblea. El altar sólo se usa para el rito de la Comunión cuando la Eucaristía se deposita sobre é1.
b) Durante el rito, el director «actúa como igual entre sus iguales». No usa saludos propios del sacerdote como por ejemplo: «El Señor esté con vosotros», y se omiten los ritos relacionados con la Misa, en especial, con la «Plegaria eucarística» u oración similar. Por tanto, se usa una forma de saludo diferente al comienzo del rito, y en el momento de la conclusión se usa una bendición de tipo laical, es decir, el director se persigna o hace la señal de la santa cruz sobre sí mismo.
c) La Liturgia de la Palabra se toma de la Misa dominical. Sin embargo, debido a que sólo el sacerdote o el diácono pueden predicar, es desea­ble que el director lea una homilía preparada por el párroco. La oración de los fieles debe seguir la serie establecida de intenciones, sin olvidar las intenciones propuestas por el obispo y una oración por las vocaciones sacerdotales, que en ese momento se hace más evidente.
d) La acción de gracias debe ser parte de la celebración. Todos se ponen de pie y miran hacia el altar, para dar gracias, tal vez con un salmo, o un himno como el Gloria, o un canto como el Magniftcat, o una letanía. La acción de gracias no debe parecerse en la forma ni una Plegaria eucarística ni a un prefacio tomado del Misal Romano. La acción de gracias comunitaria se puede hacer después de la oración de los fieles o después de la Comunión. También puede ser un acto de adoración comunitaria antes de la Comunión.
e) Antes de la oración del Señor, el director trae la Eucaristía desde el lugar donde está reservada, pone el copón sobre el altar y hace una genu­flexión. En este momento se puede hacer la acción de gracias en la forma de adoración comunitaria de la Eucaristía. Este tiempo de adoración incluye un himno apropiado, o un salmo, o una letanía dirigida al Señor Eucarístico. El director y la asamblea se arrodillan durante la adora­ción. Este acto subraya el hecho de que la Eucaristía ya se ha realizado, y se ha recibido de Dios a través de las manos del sacerdote. Por tanto, esta opción debe favorecerse. Después de la adoración, todos se ponen en pie, y el director comienza la oración del Señor, que es cantada o reci­tada por todos. Siempre que sea posible, se consumirá pan consagrado ese mismo domingo. Si no puede ser se debe hacer todo lo posible para asegurar que las especies consagradas sean recientes.
Los textos de los ritos que se utilizan para estas ocasiones deben ser pre­parados por las Conferencias Episcopales, en colaboración con la Santa Sede. El obispo diocesano establecerá otras directivas relacionadas con el papel que desempeñan los laicos que dirigen estos actos de culto eucarístico.
Terminamos citando el documento que regula este rito: "Directorio para las Celebraciones Dominicales en Ausencia de Presbítero", publicado por la Congregación vaticana para el Culto Divino el año 1988.

29.11.09

CALENDARIO LITÚRGICO 2010

Hoy, veintinueve de noviembre de 2009, es primer domingo de Adviento. Comienza un nuevo Año litúrgico con las cuatro semanas de Adviento que nos llevarán al gozo de la Natividad del Señor. El tiempo de Adviento tiene un cierto carácter penitencial: no se dice el Gloria y las vestiduras son moradas.
Al comienzo de un nuevo Año litúrgico es útil relacionar las principales festividades del calendario litúrgico para el año 2010.

CELEBRACIONES MOVIBLES
Domingo 1º de Adviento: 29 de noviembre.
Sagrada Familia: 27 de diciembre.
Bautismo del Señor: 10 de enero. (comienza el Tiempo ordinario, primera parte)
Miércoles de Ceniza: 17 de febrero (comienza la Cuaresma)
Domingo de Ramos: 28 de marzo
Domingo de Resurrección: 4 de abril. (Pascua)
Ascensión del Señor: 16 de mayo.
Domingo de Pentecostés: 23 de mayo. (Rocío, comienza el Tiempo Ordinario segunda parte)
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: 27 de mayo.
Santísima Trinidad: 30 de mayo.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 6 de junio (Corpus. En Sevilla la procesión el jueves 3 de junio)
Sagrado Corazón de Jesús: 11 de junio.
Jesucristo, Rey del Universo: 21 de noviembre.

TIEMPO ORDINARIO
En el año 2010, el tiempo ordinario comprende 34 semanas, de las cuales seis se celebran antes de Cuaresma, desde el día once de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el dieciséis de febrero, día anterior al miércoles de Ceniza. Se reanuda el tiempo ordina­rio en la semana octava día veinticuatro de mayo, lunes después del domingo de Pente­costés. Se omitirá la séptima semana.

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA
1 enero Santa María, Madre de Dios.
6 enero Epifanía del Señor.
19 marzo San José, esposo de la Virgen María.
25 julio Santiago, apóstol.
15 agosto La Asunción de la Virgen María.
1 noviembre Todos los Santos.
8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
25 diciembre La Natividad del Señor.
Todos los domingos del año.
Además cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.

El año 2010 es año par; el Leccionario dominical a usar es el correspondiente al ciclo C.
Los libros litúrgicos a emplear son: Misal Romano, Oración de los fieles, Libro de la Sede y los Leccionario III –ciclo C–, Leccionario IV –ferias del Tiempo ordinario–, Leccionario V –santos–Leccionario VII –ferias de los tiempos fuertes Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua– y Leccionario VIII –rituales–.

DÍAS DE PENITENCIA
Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles, de manera especial, a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen (canon 1.249).
En la Iglesia universal son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el Tiempo de Cuaresma (canon 1.250). Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guar­darse la abstinencia de carne o de otro alimento que haya determi­nado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo {canon 1.251).
La ley de abstinencia obliga a los que han cumplido los catorce años; la ley del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden, sin embargo, los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber al­canzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia (canon 1.252).
Normas de la Conferencia Episcopal Española
a) Se retiene la práctica penitencial tradicional de los viernes del año, consistente en la abstinencia de carnes; pero puede ser sustituida, según la libre voluntad de los fieles, por cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia: lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno es­time en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la Santa Misa, rezo del Rosario, etcétera) y mortificaciones corporales. Sin embargo, en los viernes de Cuaresma debe guardarse la absti­nencia de carnes, sin que pueda ser sustituida por ninguna otra práctica. El deber de la abstinencia de carnes dejará de obligar en los viernes que coincidan con una solemnidad y también si se ha obtenido la legítima dispensa.
b) En cuanto al ayuno que ha de guardarse el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, consiste en no hacer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento a la mañana y a la noche, guardando las legítimas costumbres res­pecto a la cantidad y calidad de los alimentos
Fuente: Calendario Litúrgico Pastoral 2010. Edita Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia

24.11.09

LA CREDENCIA

La palabra credencia viene de «credere», confiar. Se denomina así a la mesita lateral o repisa que se sitúa a la derecha del altar, en un lado del presbiterio, donde se colocan hasta que hagan falta los elementos de la celebración: el cáliz, el corporal, el purificador, la palia si se usa, la patena y los copones necesarios, el pan de la comunión, las vinajeras con vino y agua (salvo que se lleven en la procesión de las ofrendas), y los elementos para el lavabo. Asimismo, en la credencia estará el Misal y las campanillas y la bandeja de la comunión, si se usan. Debe ser por lo tanto de un tamaño y altura adecuados, que permita que cumpla con esa función.
La credencia debe tener un mantel digno y no debe tener velas ni flores (al igual que la mesita que se prepara cuando hay procesión de ofrendas y los fieles llevan el pan y el vino al altar).
El altar debe permanecer vacío y no llevarse nada hasta que se necesite, incluido el Misal, que se lleva tras la oración de los fieles. Solamente se coloca desde el principio el Evangelario, si se ha llevado en la procesión de entrada, hasta la proclamación del mismo, momento en el que se lleva procesionalmente al ambón. Al terminar la proclamación del Evangelio el libro se retira a un lugar digno (si oficia el obispo se le llevará a besarlo y a impartir con él la bendición).
En la credencia se deben purificar los vasos sagrados tras la comunión por un acólito –mejor que en el altar– y también se puede preparar el cáliz por el diácono antes de llevarlo al altar.
Así pues estamos ante un mueble litúrgico de cierta importancia que hay que cuidar evitando colocar sobre ella cualquier objeto que no sirva para el culto.

10.11.09

LA CELEBRACIÓN DE LA MISA FUERA DE UN LUGAR SAGRADO

Comenzamos este artículo con una pregunta. ¿Puede y es lícito celebrarse la Misa fuera de un templo, al aire libre, en un edificio o en un domicilio particular?. La respuesta es sí, pero con unos requisitos que ahora analizamos.
El sacrificio del Señor se ofrece, como norma general, en un lugar sagrado, entendiéndose por tal un templo debidamente consagrado. Ahora bien, por justa causa o necesidad se puede celebrar en otro lugar, que debe ser adecuado (por ejemplo un cementerio al aire libre o las llamadas misas de campaña). Vemos ahora que significa adecuado y que requisitos requiere la celebración fuera de un templo.
La Misa se celebra normalmente en un altar que ha debido ser dedicado o bendecido; fuera de un lugar sagrado puede celebrarse en una mesa apropiada pero siempre con ornamentos de altar (mantel) y con corporal.
Por tanto, para no perder el significado de la celebración eucarísti­ca, el celebrante debe asegurarse de que se cumplen todos los requisi­tos necesarios para oficiar la Misa fuera del lugar sagrado: deberá determinar en primer lugar si es realmente necesario usar ese lugar como lugar sagrado. Si hubiese una iglesia o capilla cercana nada puede justificar el uso de otros lugares (una clase, sala de conferencias, auditorio y similares).
Una vez decidido que el lugar es adecuado para la celebración de la Eucaristía debe tener muy en cuenta que no deben utilizarse para la celebración comedores y mesas en los que de ordinario se coma, dejando esta posibilidad como la última de las existentes. Una mesa «apropiada» debe­rá ser una que tenga una superficie lo suficientemente amplia para contener los vasos sagrados, misal, cruz y velas; que sea lo suficientemente alta para que el sacerdote pueda estar de pie delante de ella durante la celebración (por tanto, una mesilla o similar no es apropiada); estar limpia y que no se relacione con usos que puedan inducir a escándalo o al ridículo. Se pondrá una sede digna para el celebrante cerca del altar y en la medida de lo posible se empleará un atril portátil. Si la ocasión es solemne debe cubrirse el altar con un dosel a modo de techo.
Los requisitos básicos para la Misa son: lienzos dignos para el altar, vasos para el vino y el agua, un cuenco para lavar las manos del sacerdote, una toalla de mano y en o cerca del altar, un crucifijo y velas. Por lo general, el sacerdote aportará el pan y el vino, cáliz, patena, cor­poral, purificador y los ornamentos: alba, estola y casulla, misal y leccionario.
Donde el Ordinario lo permita y con el permiso del párroco, la Misa podrá celebrarse en un domicilio particular. Durante una Misa doméstica (generalmente por causa de enfermedad grave de algún residente) deberán ayudar como lectores y ayudantes algunos de los miembros de la fami­lia. Se exhortará a todos los familiares a preparar las mejores ropas, vasos, etc., para el honor de Dios. Pueden, de acuerdo con sus recursos, colocar flores frescas en o cerca del altar y si es costumbre también se puede colocar en el altar una imagen sagrada a la que tengan gran devoción.
Cuando la Misa se celebra al aire libre se deben tomar precauciones razonables para evitar los efectos del polvo, el viento o el clima, colocando pesos en los lienzos del altar o cubriendo el cáliz con un paño adecuado. La patena deberá tener una cubierta y se permite colocar un disco metálico sobre la Hostia durante la celebración para evitar que vuele. Asimismo el copón deberá tener una cubierta segura o bien podrá taparse con una cubierta plana durante la distribución de la Comunión. Por último es de sentido común poner cristales protectores en los cirios y proteger los micrófonos contra los efectos del viento.

25.10.09

LAS ROGATIVAS Y LAS TEMPORAS

Las Rogativas (del latín rogare, rogar) o Letanías (del griego litaneia, súplica u oración), son oraciones solemnes instituidas por la Iglesia para ser rezadas o cantadas en ciertas procesiones públicas y para determinadas y extraordinarias necesidades. Entre estas celebraciones que tienen lugar en diversos tiempos determinados, es preciso señalar las Letanías mayores (25 de abril, fiesta de San Marcos), las Letanías menores o Rogativas (triduo que antecede a la Ascensión) y las Cuatro Témporas.
El Papa y los Obispos pueden prescribirlas a los fieles en las calamidades y necesidades públicas, pero entonces figuran como actos extralitúrgicos. Los calificativos de mayores y menores sólo sirven para distinguir unas de otras. La Iglesia en diversos tiempos del año, de acuerdo con las enseñanzas tradicionales, completa la formación de los fieles mediante ejercicios de piedad espirituales y corporales: la instrucción, la plegaria, la penitencia y las obras de misericordia (SC, 105).
Las llamadas Letanías mayores han sido suprimidas, porque tenían su origen en un rito estrictamente local de la Iglesia romana; con la institución de esta procesión, los Papas querían sustituir, de hecho, con un rito cristiano, una antigua costumbre heredada de los cultos paganos.
Las Rogativas, instituidas en la Galia por san Mamerto, Obispo de Viena, hacia el 475, tenían su origen en las plegarias públicas elevadas a Dios, juntamente con el ayuno, para alejar las calamidades. Se convirtieron después en procesiones lustrales del tiempo de primavera, para obtener del Señor que se dignase dar y conservar los frutos de la tierra.
Es evidente, por tanto que las Rogativas no pueden celebrarse los mismos días en cualquier lugar, y que no pueden tener el mismo significado o la misma importancia en la ciudad o en el campo; por eso se pide a las Conferencias Episcopales que regulen su celebración.
Las cuatro Témporas
Las cuatro Témporas del año son los días en que la Iglesia oraba insistentemente a Dios dándole gracias y pidiéndole por las varias necesida­des de la humanidad, por los frutos del campo y el trabajo de los hombres. Al comienzo de las cuatro estaciones (de ahí las «cuatro Témporas» o tiempos), se dedicaban los tres días más penitenciales de la semana, miérco­les, viernes y sábado, al ayuno y a la oración, con esas intenciones. Parece una institución de origen claramente romano, tal vez ya desde el siglo V, en conexión con la vida agrícola y el ritmo de las estaciones del año. Caían en la primera semana de Cuaresma, la semana siguiente a Pentecostés, los días siguientes al catorce de septiembre (Exaltación de la cruz) y en Adviento.
En la última reforma del Calendario se ha dejado que cada Conferencia Episcopal, si le parece oportuno, adapte fechas y contenidos de estas Témporas a las circunstancias del propio pueblo (NU 45-47). El Episcopado español decidió que se celebrasen estos días de acción de gracias y de petición el cinco de octubre, al inicio de las nuevas actividades escolares y sociales después del verano y de las cosechas. Se pueden celebrar en un solo día o en tres días. Si el cinco de octubre cae en domingo se pasaría al lunes. Tienen su formulario en las misas por diversas necesidades, escogiéndose la que se vea más oportuna.
Esa también evidente que, dependiendo del lugar del planeta, habrá unas fechas más oportunas que otras.

4.10.09

LA NARRACIÓN DE LA INSTITUCIÓN Y LA CONSAGRACIÓN

El momento culminante del sacrificio eucarístico, el más sagrado, es la parte de la Plegaria eucarística en la cual se narra la institución y se consagra. En estos momentos es bueno que el celebrante tenga presentes estas palabras de Juan Pablo II: “El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la Plegaria eucarística, y espe­cialmente las de la Consagración, son pronunciadas con humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos com­promete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento''.
El pueblo, si no se ha arrodillado después del Sanctus o en la epíclesis, estará de rodillas, a no ser que lo impida la estrechez del lugar o la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable.
Consagración del pan
Después de la epíclesis, momento en que se pueden tocar brevemente las campanillas, el celebrante junta las manos. Toma una forma grande en sus manos en las palabras “tomó pan” con el dedo índi­ce y pulgar de cada mano, o con otros dedos si la forma es muy grande. No toma con las manos la patena o el copón. Tampoco parte o des­menuza el pan en las palabras “lo partió”.
Se inclina ligeramente hacia adelante mientras dice las palabras de la Consagración que han de pronunciarse con claridad, como requiere la natu­raleza de éstas: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Si conoce las palabras de la Consa­gración de memoria –como es normal– puede mirar al pan, y no hacia el libro o bien hacia el pueblo. Puede bajar la voz ligeramente así como el ritmo de las pala­bras, para que tanto él mismo como el pueblo sean atraídos por la acción sublime de Cristo en su Iglesia.
La elevación de la Hostia debe ser un mostrar el Cuerpo de Cristo al pueblo de manera respetuosa y con pausa. Después de decir las pala­bras de la Consagración, el celebrante permanece de pie, erguido, manteniendo aún la Hostia, que reverentemente levanta sobre el corporal. Es preferible elevar la Hostia al menos hasta la altura de los ojos, donde se oculta la cara del celebrante. La acción es más significativa si levanta más la Hostia sin estirarse.
Cuando sostiene la Hostia con los dedos índice y pulgar de ambas manos, los otros dedos deben permanecer juntos y doblados, en cualquier caso procurando no tapar la Hostia a la vista del pueblo. Es preferible una vez elevada parar un momento y luego bajar la Hostia lentamente y con reverencia hacia la patena. Luego, poniendo ambas manos en el corporal, hace una genuflexión adorándolo, sin prisa y sin inclinar la cabeza.
Consagración del vino
El celebrante quita la palia, a no ser que el diácono o el acólito la hayan quitado durante la epíclesis. En las palabras “tomó este cáliz glorioso” o sus equivalentes en las distintas Plegarias eucarísticas, toma el cáliz, preferiblemente cogiendo el nudo con la mano derecha y sosteniendo la base con la mano izquierda, manteniéndolo recto –no inclinado hacia él– lo levanta un poco sobre la superficie del altar, y luego se incli­na mientras dice de forma distinta las palabras de la Consagración. Ya que se inclina ligeramente, con naturalidad, dirige su mirada al cáliz, no hacia el libro, mientras dice: “Tomad y bebed... Haced esto en con­memoración mía” manteniendo el mismo tono de voz y ritmo de las palabras que en la Consagración del pan.
Estando erguido, eleva el cáliz con cuidado, con ambas manos, por encima del corporal. Es preferible levantar la base del cáliz hasta la altura de los ojos, o más alto. Se detiene un momento antes de bajar el cáliz despacio y con reverencia al corporal. Luego, pone ambas manos en el corporal y hace una genuflexión en adoración, sin prisa y sin inclinar la cabeza, tal como hizo con el Pan. Si se usa palia, la coloca sobre el cáliz antes de hacer la genuflexión. El sacerdote puede decir mentalmente una oración de adoración en las elevaciones, pero nunca de forma audible. En cada elevación puede tocarse la campanilla, de acuerdo con la costumbre local. Si se utiliza incienso, se inciensa la Hostia y la Preciosa Sangre en cada elevación por un turiferario que, de rodillas y delante del altar, da tres golpes dobles en los momentos de mostrar al pueblo las divinas especies.

19.9.09

LAS INSIGNIAS PONTIFICALES

Se conocen por ese nombre a los objetos distintivos que identifican al pontífice, o sea, al obispo y que son: anillo, báculo, mitra, solideo, cruz pectoral, palio y capa magna como más significativos.
Los obispos –del griego skopos=vigilar– son sucesores de los apóstoles, por lo cual siempre el pueblo cristiano y la liturgia les ha cedido un lugar de honor destacado. El obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de la grey ya que ha recibido la totalidad del sacerdocio de Cristo. La ordenación de diáconos, sacerdotes y obispos pertenece únicamente a los obispos. Solo el papa tiene autoridad para elegir nuevos obispos.
Los obispos son pastores en su diócesis, en comunión con el Papa, Vicario de Cristo. Por si solos, los obispos y las conferencias episcopales no poseen el carisma de la infalibilidad.
Como signos materiales que les distinguen figura en primer lugar el anillo episcopal. En la antigüedad, el anillo era signo de autoridad, ya que con el anillo se sellaban los documentos y órdenes. Hoy significa el matrimonio del obispo con su Iglesia. Debe llevarlo siempre.
El báculo, bastón con forma curva en el extremo superior en la que se graban figuras, pasajes bíblicos o símbolos cristianos, simboliza el cayado del pastor y es signo de la autoridad episcopal.
La mitra es un ornamento usado, además de los obispos, también por el Papa y abades de la Iglesia. Es un signo de dignidad episcopal junto con el báculo. Se usa en las grandes ceremonias donde el obispo presida. Es prenda de cabeza con forma cónica llevando una hendidura en el centro y dos cintas pequeñas que cuelgan a la espalda llamadas ínfulas. El Ceremonial de los Obispos dispone que el obispo, antes de acercarse al altar, entregue el báculo, se quite la mitra, haga profunda reverencia al altar y enseguida suba y bese el altar. Si hay incensario inciensa el altar y la cruz, para dirigirse a la Sede.
El solideo es una prenda episcopal, usada únicamente por el Papa, cardenales y obispos. El del Papa es blanco, el de los cardenales rojo y el de los obispos es morado. Lo usan sobre la cabeza en las principales ceremonias como signo del episcopado.
La cruz pectoral o pectoral como normalmente se le conoce probablemente proviene de las eucoplías o láminas de metal en forma de cruz que contenían las reliquias de los mártires. La llevan los obispos y el Papa. La cruz pectoral se sostiene con una cadenilla colgando del cuello y siempre debe llevarla.
El palio es una banda de lana blanca con seis cruces negras que rodea los hombros, colgando por delante y por detrás. Se fabrica con lana de cordero y se bendicen en la basílica Vaticana en la Misa de la festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo. Como símbolo de la plenitud de la dignidad pontifica es una insignia honorífica y jurisdiccional propia del Papa y de los arzobispos que simboliza al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. A veces se concede también a algunos obispos o sedes episcopales. El arzobispo residencial que haya recibido ya del Romano Pontífice el palio, lo lleva sobre la casulla, dentro del territorio de su jurisdicción.
La capa magna, en desuso, es una capa violácea, sin armiño, y que sólo puede ser usada en su diócesis y en las festividades más solemnes. También pueden usar sandalias, medias y guantes del color litúrgico del día.
El hábito coral del obispo, tanto en su diócesis como fuera de ella, consiste en sotana color morado, una banda de seda del mismo color con los flecos de seda, roquete, muceta de color morado, cruz pectoral sostenida sobre la muceta por un cordón color verde, solideo color morado y los bonetes del mismo color.
Las vestiduras de los obispos, fuera de las celebraciones litúrgicas y en circunstancias solemnes, consta de sotana negra adornada con ribetes, ojales, botones de color morado, faja de color morado con flecos de seda y una capa corta (esclavina), también adornada con ribetes morados.
Durante la Misa, el obispo lleva estola y casulla, pudiendo llevar debajo la dalmática o tunicela, como símbolo de la plenitud de su ministerio.

6.9.09

LA POSTRACIÓN

La palabra postración proviene del latín «pro-sternere», extender por tierra. Es una de las posturas más impresionantes empleadas en nuestra liturgia. Consiste en que una persona se tumba en el suelo –decúbito prono, o sea, boca abajo– y permanece así durante un determinado espacio de tiempo.
Esta postura corporal tan evidente es un signo claro de humildad, penitencia y súplica ante Dios.
En el Antiguo Testamento vemos como Abraham “cayó rostro en tierra y Dios le habló” (Gn 17,3), o como los hermanos de José “se inclinaron rostro en tierra” para mostrarle respeto y pedirle perdón. (Gn 42,6; 43,26-28; 44, 14). También Moisés “cayó en tierra de rodillas y se postró”ante el Dios de la Alianza" (Ex 34,8).
La postración aparece en el Nuevo Testamento cincuenta y nueve veces. En ocasiones aparece en narraciones de acontecimientos que ocurrieron; en otras, como en el Apocalipsis, son figuras metafóricas de adoración, pero no por ello menos apreciables. De todas ellas, la más impresionante es la oración del propio Jesús a Dios Padre en el Huerto de los Olivos, previa al prendimiento: dos evangelistas –San Mateo y San Marcos – coinciden en afirmar que rezó postrado (cayó de bruces, Mt 26,39; Mc 14, 35;). Para Lucas oró de rodillas (Lc 22, 41).
Así pues, la postración es una postura perfectamente documentada como signo litúrgico. Los que afirman que es una postura poco evangélica se equivocan. Hoy día nuestra sociedad acepta sin problemas la espiritualidad de determinadas posturas corporales en filosofías y credos orientales (budismo, yoga, hinduismo por citar algunos ejemplos) y sin embargo no se quiere reconocer ese valor en los signos litúrgicos cristianos, debido tal vez a una identificación de las posturas tales como arrodillarse o postrarse como una humillación o falta de libertad.
Hoy día, la postración se repite en la liturgia del Viernes Santo, cuando el sacerdote que preside la celebración entra en silencio y se postra –si puede o bien se arrodilla– mientras la comunidad se arrodilla.
También se postran los que van a ser ordenados para diáconos, presbíteros u obispos, mientras el pueblo entona las letanías de los santos orando sobre ellos. Los candidatos al sacramento se postran en tierra, mostrando su total disponibilidad y preparándose para recibir la gracia del Espíritu.
De igual modo se hace en la bendición de abad o y en las profesiones solemnes de los religiosos, si la costumbre se ha conservado.
Para finalizar digamos que la postración es una postura que también emplean otras religiones con profusión, como el Islam.