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26.4.09

EL VIÁTICO

La palabra “Viático proviene del latín “via”, o sea, camino, y significa «provisiones para el viaje que se va a emprender». Así lo entendían los romanos.
En la liturgia católica el Viático consiste en administrar la comunión, bajo las dos especies a ser posible, a los moribundos como ayuda para celebrar la Pascua definitiva. Así pues, a los que van a dejar la vida terrena la Iglesia les ofrece un alimento espiritual para su pascua, la comunión, llamada en esta ocasión Viático. La Unción es un sacramento específico para los enfermos de cierta gravedad, no para moribundos como pueda pensarse. El Viático sí que es específico para los moribundos, siempre a condición de que estén lúcidos con las limitaciones propias de su estado.
El ministro adecuado para impartir, tanto la Unción de enfermos como el Viático, sería el párroco o su vicario, el capellán correspondiente o el superior de una comunidad religiosa pero por causa razonable o en caso de necesidad podría hacerlo cualquier sacerdote, informando posteriormente al ministro específico.
No debe confundirse el Viático con llevar la comunión a los enfermos, que ahora en tiempo pascual se realiza en algunos casos solemnemente con procesión eucarística.
Desde los primeros siglos fue una costumbre muy valorada el que a los cristianos en peligro cercano de muerte se les diera la comunión eucarística, recomendándolo el Concilio de Nicea (año 325): “que si alguno va a salir de este mundo, no se le prive del último y más necesario viático”. La consigna de que no se les deje marchar sin el consuelo del Viático se ha mantenido hasta la actualidad
También ahora sigue teniendo óptimo sentido esta comunión en forma de Viático. Cristo es el camino «via» y a la vez el pan de la vida, el alimento verdadero. Como el cristiano empezó su vida cristiana incorporándose a Cristo por medio del Bautismo, así termina su etapa terrena incorporándose a Cristo en su muerte y resurrección, por medio de la Eucaristía: esto les ayuda a celebrar definitivamente su Pascua, la salida de esta vida y el paso a la definitiva.
Recibida en este momento de paso hacia el Padre, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna v poder de resurrección, según las palabras del Señor: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). La comunión recibida como Viático ha de ser tenida como un signo especial de participación en el misterio que se celebra en el sacrificio de la misa, esto es, en la muerte del Señor y su tránsito al Padre.
El Concilio Vaticano II encargó que además de los ritos separados de la Unción de enfermos y del Viático, se redáctese un Ordo continuado según el cual se administrase la Unción de enfermos después de la confesión y antes de la recepción del Viático. En el “Ritual de la Unción y de la Pastoral de enfermos” se ofrecen textos para la celebración. El Viático debe administrarse, si es posible, dentro de la Misa que puede decirse en o cerca de la habitación del enfermo y comenzando con la aspersión de agua bendita al principio como recuerdo del bautismo. Tras la Liturgia de la Palabra el moribundo realiza, si puede, la profesión de fe con la forma dialogada del Bautismo. Al recibir la comunión el ministro añade las siguientes palabras: “Él mismo te guarde y te lleve a la vida eterna”. En la bendición, el celebrante debe añadir la indulgencia plenaria o el perdón apostólico.
Si la persona moribunda no está confirmada cualquier sacerdote puede administrarle el sacramento de la Confirmación y seguidamente la Unción de enfermos. Se usaría el rito llamado “continuo” cuando el sacerdote se da cuenta de que debe administrar todos los sacramentos para beneficio del moribundo.
En cualquier caso no debe darse la comunión en los siguientes casos
* si la persona no puede deglutir. En este caso puede dársele algunas gotas de la sangre de Cristo, si es que puede recibirlas
* si está inconsciente
* si se encuentra en un estado de enajenación irracional de tal forma que pudiese rechazar el sacramento.
Si puede comulgar, con dificultad, no hay inconveniente en darle una pequeña porción de la Hostia y darle agua después.
Terminamos con algunos consejos prácticos. Para los familiares: los que tienen a su cargo al moribundo y prevén cercano el fallecimiento deben comunicarlo a su párroco para que esté sobre aviso y acuda en cuando pueda y tomar algún teléfono o referencia para avisar en caso de agravamiento súbito.
Para los sacerdotes: no deben retrasar demasiado el Viático a los enfermos; quienes ejercen la cura de almas han de vigilar diligentemente para que los enfermos lo reciban cuando tienen aún pleno uso de sus facultades. Ningún católico, menos aún si ha sido practicante, debería abandonar esta vida terrena sin el consuelo del Viático.


17.4.09

LOS SANTOS OLEOS. EL CRISMA

Los santos oleos, que se bendicen o consagran en la Misa crismal matutina del Jueves Santo por el obispo, son de tres clases: el crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. Esa misa crismal debe ser concelebrada. La sustancia de los óleos debe ser de aceite de oliva o de otros aceites vegetales si es difícil conseguir el de oliva. Al crisma se le añada algún bálsamo o aroma para obtener una fragancia simbólica y también por motivos prácticos: para distinguirlos de los otros óleos.
La preparación del crisma se puede hacer privadamen­te antes de su consagración, o bien hacerla el obispo en la misma acción litúrgica. La consagración del crisma es de competencia exclu­siva del obispo, sólo en caso de necesidad podría hacerlo un presbítero pero siempre dentro de la celebración del sacramento. Los párrocos tienen la obligación de recoger y custodiar dignamente los santos óleos para su uso en los sacramentos en los que se precisan.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Tes­tamento, cuando eran ungidos con el óleo de la consagra­ción los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefigu­raban a Cristo, cuyo nombre significa «el Ungido del Se­ñor». Del mismo modo se significa con el santo crisma que los cristianos, injertados por el bautismo en el misterio pas­cual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resuci­tados con él, participando de su sacerdocio real y proféti­co, y recibiendo por la confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo, que se les da.
El crisma se consagra, los otros óleos solamente se bendicen. Hay que aclarar antes de seguir que no es lo mismo bendecir (bene-dicere, o sea desear algo bueno) que consagrar (hacer sagrada una cosa).
La palabra “crisma” es griega y denomina un ungüento aromático mezcla de aceite y bálsamo oloroso. Su etimología proviene de “chrio”, ungir, que ha dado origen al término “Cristos” que significa ”El Ungido”. De ahí deriva la palabra Cristo, con la que designamos al Salvador.
El sacerdote encargado de su custodia debe velar para que se renueve cada año. Los óleos del año anterior deben quemarse o si sobran en gran cantidad pueden consumirse en alguna lámpara. No obstante, si no hubiese disponible el del año, el sacramento impartido con él sería válido.
¿Cuándo se usa el santo crisma? El crisma, que es bendecido y consagrado por el obispo se utiliza para el sacramento del bautismo. Con este crisma son ungidos los nuevos bautizados en la coronilla tras el baño del agua. También son signados en la frente los que reciben la confirmación para significar la donación del Espíritu. En la ordenación de presbíteros y obispos se ungen las manos de los presbíteros y la cabeza de los obispos. Por último con el crisma se ungen las paredes y los altares en el rito de la consagración de iglesias.
Con el óleo de los catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos. Este óleo extiende el efecto de los exorcismos, para que los bautizandos reciban la fuerza pa­ra renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.
Con el óleo de los enfermos, en el rito hoy llamado de Unción de enfermos y antes extremaunción, és­tos son aliviados en sus enfermedades. Es diferente del Viático, conceptos ambos que abordaremos en un próximo artículo.
El óleo de los enfermos re­media las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, pa­ra que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal, y conseguir el perdón de los pecados. No sólo está indicado para los moribundos: también es aconsejable ungir a los enfermos graves o ancianos ya muy deteriorados en su salud. Lo anterior implica que puede recibirse más de un vez, si hay mejoría y posterior agravamiento.
Según la costumbre tradicional de la liturgia latina la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de fi­nalizar la Plegaria eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma tiene lugar después de la comunión. Por razones pastorales, se puede hacer todo el rito de la bendición después de la liturgia de la Palabra.


6.4.09

EL DOMINGO DE RAMOS

En el domingo de Ramos, tal como el Misal indica, la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su misterio pascual. Las dos fases del misterio de Cristo aparecen con un relieve especial en la liturgia de este día y conviene presentarlas como partes indisolubles de un todo: el aspecto triunfal en la procesión y el aspecto pasionario en la Eucaristía.
Este domingo tiene unas peculiaridades litúrgicas muy concretas y llamativas que los distinguen de otros domingos, fundamentalmente explicitadas en la procesión de ramos y en la lectura de la Pasión.
El recuerdo de la entrada de Cristo en Jerusalén para la plenitud de su pascua se puede hacer de tres maneras:
* Procesión y entrada solemne antes de la misa principal.
* Entrada solemne, sin procesión, antes de la misa a la que asiste gran concurso de fieles.
* Entrada simple, sin bendición de ramos.
El color litúrgico de los ornamentos es el rojo. El sacerdote puede realizar la procesión con capa pluvial, que se quitará al comenzar la Misa.
Vamos en este artículo a comentar la forma más solemne, con procesión.
LA PROCESIÓN
El rito comienza con la bendición de los ramos. Los ramos no se reparten, ni siquiera al clero ni autoridades. El pueblo debe cogerlos por sí mismos en un sitio adecuado y tenerlos en las manos para su bendición desde el comienzo del rito. Los ramos no se inciensan; solamente se asperjan con agua bendita en silencio. Una vez que el pueblo tiene los ramos el sacerdote, al llegar, saluda al pueblo y tras una oración rocía los ramos con agua bendita, sin decir nada. A continuación se proclama el Evangelio que narra la entrada del señor, según el ciclo que corresponda.
Sería oportuno tener una breve homilía después de la lectura que narra la entrada de Jesús en Jerusalén. Es­ta homilía daría sentido a esa parte primera de la celebra­ción.
Acto seguido comienza la procesión. Ante todo decir que la procesión de Ramos es la procesión litúrgica más importante de toda la Semana Santa, de ahí que revista una importancia es­pecial. Esta procesión debe ser manifestación perfecta de la fe del pueblo en su salvador; por eso cobran relieve im­portante las aclamaciones y cantos que exteriorizan esa fe en Jesucristo, muerto y resucitado.
El turiferario abre marcha y tras él va la cruz con ciriales, sacerdote, ministros y toda la asamblea de fieles. El pueblo es bueno que forme un grupo compacto manifestando que es todo un pueblo el que ca­mina festivamente. Durante la procesión se cantan salmos, antífonas y el himno a Cristo Rey.
La procesión sería lo ideal que saliese de un templo o lugar adecuado hacia la iglesia en la que se va a celebrar la Misa.
Si la procesión se hace dentro de la iglesia ha de ser en un lugar separado del presbiterio, que permita así la procesión por el interior del templo. Un lugar capaz para que el sacerdo­te, los ministros y al menos una pequeña representa­ción de los fieles puedan estar dentro de él. Al igual que en la procesión, los ramos no se distri­buyen, se bendicen y se han de tener en las manos, previa­mente recogidos. Se hace la bendición de los ramos y la proclamación del evangelio, igual que en el rito con procesión.
Esta procesión por el interior de la iglesia conviene que sea por la vía principal, no por los laterales, pasando así por en medio de la asamblea, puesta en pie, que per­manece en su sitio mientras los ministros, el celebrante y la pequeña representación de fieles avanzan hacia el al­tar.

LA MISA
Este domingo tiene Misa propia, con prefacio específico.
Al llegar la procesión a la iglesia el sacerdote se quita la capa pluvial si la llevaba y venera al altar. A continuación dice la oración colecta, omitiendo todos los ritos iniciales.
Sigue la Misa de manera normal. Otra peculiaridad llega con el Evangelio. En este día se lee el relato de la Pasión del Señor, según corresponda al ciclo. Al Evangelio no se le acompaña con cirios ni incienso, ni se hace la salutación inicial ni se signa el libro. Se necesitan tres lectores: el celebrante hace de Cristo, otro de cronista y otro del resto de personajes. Se reconocen los lectores con una cruz el sacerdote, con una C el cronista o narrador y con una S el Sanedrín. Se ofrece una versión completa y otra breve. Otra peculiaridad es que, en este día y como excepción, se admite que lectores laicos proclamen el Evangelio, reservando el papel de Cristo al sacerdote. En este caso los laicos no reciben la bendición del sacerdote, que si recibirían los diáconos.
En caso de proclamarse la lectura completa se puede permitir a los fieles sentarse en algunos momentos de la narración, si su edad o circunstancias lo aconsejan. La homilía posterior debería ser necesariamente breve.
Por lo que respecta a la liturgia eucarística y ritos finales no hay novedad y se realizan como en una Misa normal. Se puede impartir la bendición solemne.
Para finalizar diremos que el nombre de este domingo es “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor” aunque por tradición se siga llamando al domingo anterior a Ramos como Domingo de Pasión, cuando su nomenclatura correcta sería Quinto Domingo de Cuaresma.

25.3.09

LOS ESTIPENDIOS DE LA MISA

Vamos a abordar este tema, aunque no sea litúrgico ya que pertenece más bien al derecho eclesiástico, al objeto de iluminar y aclarar algunas ideas sobre esta cuestion, que a veces no es bien entendida e incluso malévolamente interpretada.
Se conoce por estipendios las limosnas que los fieles ofrecen al sacerdote cuando encargan una Misa por unas intenciones concretas (difuntos generalmente u otras intenciones).
El veintidós de enero de 1991 el papa Juan Pablo II aprobó el decreto de la Congregación para el Clero que contiene las normas relativas a los esti­pendios de la Misa y ordenó su publicación, que tuvo lugar un mes después. Este decreto, basado en los cánones 945 al 958 del CDC, trataba de atajar unas prácticas consideradas erróneas al afirmar que las «intenciones colectivas» reflejan una eclesiología errónea.
Los obispos en cuyas diócesis tienen lugar estos casos han de darse cuenta de que este uso, que constituye una excepción a la vigente ley canónica, si llegara a difundirse excesivamente –incluso como conse­cuencia de ideas erróneas sobre el significado de las ofrendas destinadas a la santa Misa– debería considerarse como un abuso, que podría lle­var a que entre los fieles se pierda la costumbre de ofrecer estipendios para la celebración de distintas Misas, según distintas intenciones parti­culares, con lo que desaparecería un uso antiquísimo y saludable para las almas y para toda la Iglesia.

La normativa actual al respecto es la siguiente: El sacerdote está legitimado a recibir un estipendio cuando aplica la Misa por una determinada intención, recomendándoseles que apliquen las Misas por las intenciones de los fieles y sobre todo de los más necesitados, aunque no puedan en este caso cobrar estipendio alguno si la persona no puede pagarlo. De igual manera, los fieles que ofrecemos estipendios por la Misa contribuimos al bien de la Iglesia.
¿Qué normas se deben seguir?
* En primer lugar se debe evitar “hasta la más pequeña apariencia” de negociación o comercio.
* Se ha de aplicar una Misa distinta por cada intención para la que ha sido ofrecida y se ha aceptado un estipendio, aun­que sea pequeño. Por eso, el sacerdote que acepta el estipendio para la celebración de una santa Misa por una intención particular, está obliga­do ex iustitia a cumplir personalmente la obligación asumida (canon 949) o a encomendar a otro sacerdote el cumplimiento de la obligación, conforme a lo que prescribe el derecho (cánones 954-955), si él realmente no puede hacerlo.
* No pueden pues, y violan, por tanto, esta norma debiendo responder de ello en con­ciencia, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para la cele­bración de Misas de acuerdo con intenciones particulares y, acumulándolas sin que los oferentes lo sepan, las cumplen con una única santa Misa celebrada según una intención llamada «colectiva».
* Si podría hacerse si los oferentes tienen conocimiento de ello y dan su conformidad. De este modo si sería lícito satisfacer esas intenciones con una única Misa, aplicada por la intención «colectiva».
* Los sacerdotes que reciban un gran número de ofrendas para inten­ciones particulares de santas Misas, por ejemplo: con ocasión de la con­memoración de los fieles difuntos, o en otras circunstancias, y no pue­dan cumplirlas personalmente dentro del año en lugar de rechazarlas, frustrando así la piadosa voluntad de los oferentes y apartándolos de su buen propósito, deben pasarlas a otros sacerdotes o al Ordinario (cánones 954, 955 y 956). No es lícito tampoco aceptar estipendios para celebrar Misas personalmente si no puede celebrarlas en el plazo de una año.
* Los párrocos o rectores de un templo, sean regulares o seculares tienen la obligación de llevar en un libro las notas de las Misas que se han de celebrar, la intención, el estipendio y el cumplimiento del encargo.
* Compete a los obispos de cada provincia eclesiástica fijar por decreto el estipendio que corresponde para celebración de la Misa. Bajo ningún caso es lícito que el sacerdote pida una cantidad mayor, aunque si puede recibirla si el oferente lo hace espontáneamente. También puede recibir una cantidad menor.
* Para finalizar diremos que el sacerdote que celebre más de una Misa el mismo día puede aplicar las intenciones para los que se ha ofrecido el estipendio, aunque sólo debe quedarse con el estipendio de una Misa, destinando el resto a los fines determinados por su obispo. Se exceptúa de esta norma el día de Navidad. Si concelebra una segunda Misa en ningún caso puede recibir por ella estipendio alguno.
Según el Decreto publicado en el BOAS de febrero de 2006 (Pag 171) los obispos de la Provincia Eclesiástica de Sevilla establecen como referencia la aportación de los fieles en la cantidad de ocho euros para las Misas manuales (las normales, para entendernos) y trescientos euros para las gregorianas.

12.3.09

EL CULTO A LAS RELIQUIAS

Antes de desarrollar la cuestión es preciso aclarar las clases de culto que la Iglesia rinde: el de LATRíA o de adoración, el de HIPERDULíA y el de DULíA o de veneración.

El culto de Latría (adoración) es exclusivo de Dios. Sólo Dios puede ser adorado y sólo Cristo, Dios hecho hombre, es el Salvador. El mismo Cristo nos lo dijo: "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto.
El culto de Hiperdulía (la Dulía llevada al máximo extremo) es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos y al límite de la adoración, pero sin llegar a la Latría. El punto de inflexión del culto a la Virgen lo constituye el Concilio de Éfeso, al proclamar a María como Madre de Dios.
El culto de Dulía (veneración) es el propio de los Santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir subiéndolos a los altares. Al patriarca bendito san José se le considera el primero de los santos, dedicándosele un culto de protodulía. Sin duda que en los orígenes del culto a los santos está la influencia profunda y ejemplar de los mártires. De ellos celebramos su dies natalis, o sea, el día en que nacen para la eternidad, día de su martirio. Dentro de este apartado se encaja el culto a las reliquias.
Así pues, un aspecto fundamental de la religiosidad popular es sin duda la veneración a las reliquias de los santos, que fueron un elemento motor muy importante de movimientos de peregrinación. Verdaderas o falsas, las reliquias fundamentan en todos los fieles una de las más firmes creencias de todas las épocas. Expresión del favor divino que los santos gozaron ya en vida, sus restos corporales y objetos de uso cotidiano tienen para cualquier fiel una "virtus" de carácter taumatúrgico incontestable. Mas de ahí también la importancia de su posesión, que desató en época medieval una verdadera fiebre por las reliquias en las que los factores políticos y económicos tuvieron gran importancia.

El documento más reciente sobre este tema es el “Directorio sobre la religiosidad popular y la liturgia”, publicado a fines de 2001. Allí se nos recuerda que, de acuerdo con el Concilio Vaticano II “la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas”.

Dentro de las reliquias existen categorías. En primer lugar las reliquias más apreciadas son las que se relacionan con Cristo, destacando las de la Vera Cruz (Lignum Crucis), al igual que el sudario y clavos de la pasión.

De las reliquias de los santos destaca en primer lugar el cuerpo -o partes notables del mismo- En segundo lugar se veneran objetos que pertenecieron a los santos: utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han ­estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros como estampas, telas de lino y también imágenes veneradas.

Es costumbre poner reliquias de santos en el altar mayor. Hoy en día el ritual prevé que el altar es consagrado por el obispo. Y en el lugar donde sobre el altar descansan generalmente los signos eucarísticos del cuerpo y la sangre de Cristo, se abre una cavidad donde el obispo deposita las reliquias que luego son cubiertas con una piedra lisa de manera que forma un nivel plano con la mesa del altar. Esta piedra es fijada con argamasa.

El Mlisal Romano confirma la validez del de colocar bajo el altar, que se va a dedicar, reliquias de los santos, aunque no sean mártires. Ahora bien, una correcta pastoral sobre el tema exige cumplir varias condiciones:

* asegurar su autenticidad. En caso de duda razonable sobre su autenticidad deben, prudentemente, retirarse de la veneración de los fieles.

* impedir el excesivo fraccionamiento de las reliquias, de forma que se falte el respeto debido al cuerpo –las normas litúrgicas advierten que las reliquias deben ser de un tamaño tal que se puedan reconocer como partes del cuerpo humano–

* advertir a los fieles para que no caigan en la manía de coleccionar reliquias

* vigilar para que se evite todo fraude, comercio y degeneración supersticiosa.

Las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los santos, como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición impartida con las mismas, sacarlas en pro­cesión, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un au­téntico impulso de fe. En cualquier caso, se evitará exponer las reliquias de los santos sobre la mesa del altar: ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del “Rey de los mártires”.

Terminamos recordando lo que el CDC dispone sobre la cuestión. En su Canon 1186 dice: "La Iglesia promueve el culto verdadero y auténtico de los santos, con cuyo ejemplo se edifican los fieles, y con cuya intercesión son protegidos. "Y en el Canon 1237, en su § 2, se manda: "Debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de Mártires o de otros Santos, según las normas litúrgicas". El Canon 1190 prohíbe taxativamente enajenar o trasladar de manera permanente reliquias o imágenes de gran devoción popular.

En definitiva, los cristianos precisamos de signos concretos para expresar nuestra fe, y mediante esta veneración de las reliquias, bien de Cristo, bien de los santos nos afirmamos también en nuestra creencia en la resurrección de la carne.


4.3.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA III

Seguimos en esta tercera entrega analizando la función del obispo en la celebración eucarística. Ahora nos fijamos en su papel en la Liturgia eucarística y en los ritos finales.
Liturgia eucarística
En la preparación del altar y de las ofrendas los diáconos y los acólitos y ayu­dantes preparan el altar como siempre. En la procesión de las ofrendas, el obispo, llevando la mitra y acompañado por los diáconos, puede recibir las ofrendas, bien delante del altar o en la cátedra. El diácono ayu­dante lleva las ofrendas al altar donde el diácono de la Misa (o el diá­cono de la Eucaristía) las dispone sobre el corporal, y en otros puntos del altar si es necesario. Una vez preparada la mesa y cuando el obispo se acerca al altar el ayudante encargado le quita la mitra y el obispo ofrece el Pan y el Vino. A continuación el obispo inciensa a los dones y al altar en la manera acostumbrada. Mientras se procede al rito del lavabo un diácono o acólito inciensa a los concelebrantes y al pueblo.
Inmediatamente después de que el obispo haya cantado la oración sobre las ofrendas y antes del diálogo que antecede al prefacio el ayudante encargado le quita el solideo, que no volverá a ponerle hasta después de la comunión. Si ofician más obispos ellos mismos llevan sus solideos a los sitios oportunos.
Durante la Plegaria eucarística se procede como en una Misa concelebrada. Sin embargo, al llegar a la intercesión por el obispo diocesano, éste dice: “y a mí, indigno siervo tuyo”. La Misa continúa y en el rito de la paz el obispo se la da al menos a los dos concelebrantes más próximos a él y al diácono ayudante de la Misa. En la comunión el obispo da bajo las dos especies la comunión a los diáconos y reparte la comunión al pueblo en la forma acostumbrada.
Tras la comunión, el obispo va a la cátedra y se sienta. Los ayudantes traen el aguamanil y la jofaina para que se lave las manos y acto seguido un ayudante le coloca el solideo sobre la cabeza. Tras el silencio apropiado el obispo se levanta y pronuncia la oración de acción de gracias. Antes de cantar el “Señor esté con vosotros” recibe la mitra.
Ritos finales
Tras el saludo al pueblo, el obispo da la bendición al pueblo. Puede hacerlo de tres formas: bendición solemne, bendición simple o la bendición apostólica con indulgencia plenaria, cuando proceda. La bendición propiamente dicha la da con el báculo en su mano izquierda y haciendo la señal de la cruz tres veces, comenzando por la izquierda.
Al terminar la Misa se realiza la procesión de salida, en la forma acostumbrada salvo el turiferario, que ahora irá tras la cruz y los ciriales. Durante su salida por la nave el obispo puede bendecir al pueblo congregado.

17.2.09

PROPUESTAS DEL SÍNODO DE LA PALABRA CON REPERCUSIONES LITÚRGICAS

Hacemos un descanso en la serie de artículos dedicados al papel del obispo en la celebración eucarística para fijarnos hoy en el Sínodo de la Palabra.
Durante los días cinco al veintiséis de octubre de 2008 tuvo lugar la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tuvo como tema "La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia". Participaron 253 padres sinodales representantes de 113 conferencias episcopales, de trece Iglesias orientales católicas “sui iuris”, los responsables de los veinticinco dicasterios de la Curia Romana y diez representantes de la Unión de los Superiores Generales. También asistieron 41 expertos y 37 auditores. Entre los expertos había seis mujeres y diecinueve entre las auditoras, una más que los auditores. De sus conclusiones, dadas a conocer el día anterior a la clausura, vamos a analizar las que tienen repercusión litúrgica, contenidas en el capítulo denominado “La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia”.
Palabra de Dios y Liturgia
Los Padres Sinodales afirman que la Liturgia constituye el lugar privilegiado en el que la Palabra de Dios se expresa plenamente” y que “el misterio de salvación narrado en la Sagrada Escritura encuentra en la Liturgia el propio lugar de anuncio, escucha y realización”. Por eso piden que:
- El libro de la Sagrada Escritura, incluso fuera de la acción litúrgica, tenga un puesto visible y de honor en el interior de la iglesia. Eso implica que los leccionarios y Evangeliarios deben cuidarse y tratarse con sumo respeto.
- Se anime al uso del silencio después de la primera y la segunda lecturas, y terminada la homilía. Se trata pues de favorecer unos momentos de meditación personal.
- Se pueden prever también celebraciones de la Palabra de Dios centradas en las lecturas dominicales.
- Las lecturas de la Escritura deben ser proclamadas utilizando los libros litúrgicos dignos que serán tratados con el más profundo respeto. La costumbre de leer sobre un papel debería pues ser anulada.
- Se valorice el Evangeliario con una procesión precedente a la proclamación, sobre todo en las solemnidades.
- Se ponga en evidencia el rol de los servidores de la proclamación: lectores y cantores.
- Sean formados adecuadamente los lectores y lectoras de modo que puedan proclamar la Palabra de Dios en forma clara y comprensible, al mismo tiempo que son invitados a estudiar y testimoniar con la vida aquello que leen.
- Se proclame la Palabra de Dios en forma clara, teniendo familiaridad con la dinámica de la comunicación.
- No sean olvidadas aquellas personas para las cuales es difícil la recepción de la Palabra de Dios, como aquellos que tienen dificultades visuales y auditivas (atención a las minusvalías).
- Se haga un uso competente de los instrumentos acústicos (megafonía adecuada).
Finalmente se recuerda “la grave responsabilidad que tienen quienes presiden la Santa Eucaristía para que nunca sean sustituidos los textos de la Sagrada Escritura con otros textos”. Las lecturas no pueden ser cambiadas a capricho y menos aún sustituidas por lecturas no testamentarias.
Sobre la Homilía, que recordamos también forma parte de la Liturgia de la Palabra, se afirma que “debería haber homilía en todas las Misas cum populo, incluso durante la semana. Es necesario que los predicadores (obispos, sacerdotes, diáconos) se preparen en la oración para predicar con convicción y pasión”. Además, “la homilía debe estar nutrida de doctrina y transmitir la enseñanza de la Iglesia para fortificar la fe, llamar a la conversión en el marco de la celebración y preparar a la realización del misterio pascual eucarístico”. Por último, en continuidad con Sacramentum Caritatis, los Padres Sinodales desean “un Directorio sobre la homilía que debería exponer, junto a los principios de la homilética y del arte de la comunicación, el contenido de los temas bíblicos que se presentan en los leccionarios en uso”. En muchos casos en las homilías actuales sobra moralina, opiniones subjetivas del pensamiento del sacerdote sobre política o sociedad, que pueden ser expuestas en otro lugar, o comentarios de actualidad.
Sobre el Leccionario se recomienda “un examen del Leccionario romano para ver si la actual selección y ordenación de las lecturas es verdaderamente adecuada a la misión de la Iglesia en este momento histórico. En particular, el vínculo de la lectura del Antiguo Testamento con la perícopa evangélica debería ser reconsiderado de modo que no implique una lectura demasiado restrictiva del Antiguo Testamento o la exclusión de algunos pasajes importantes”. Es cierto que hay algunas lecturas “duras” aunque se hagan en días feriales y asimismo a veces, por encajar las lecturas con el Evangelio se puede forzar algo.
Ministerio de la Palabra y mujeres.
Luego de reconocer y animar “el servicio de los laicos en la transmisión de fe” y especialmente de las mujeres, quienes tienen “un rol indispensable sobre todo en la familia y en la catequesis”, los Padres Sinodales manifiestan el deseo de que “el ministerio del lectorado se abra también a las mujeres de modo que, en la comunidad cristiana, sea reconocido su rol de anunciadoras de la Palabra”. Esta recomendación es muy importante para que en un futuro, esperemos que cercano, las mujeres puedan ser lectoras instituidas, ministerio que muchas ya ejercen de hecho aunque no de derecho. Esta recomendación es de lo más novedoso e importante a mi parecer.
Celebraciones de la Palabra de Dios
Los Padres Sinodales afirman que “la celebración de la Palabra es uno de los lugares privilegiados de encuentro con el Señor” y recomiendan que se formulen rituales para estas celebraciones, “basándose en la experiencia de las Iglesias en las cuales los catequistas formados conducen habitualmente las asambleas dominicales en torno a la Palabra de Dios. Su objetivo será evitar que estas celebraciones sean confundidas con la Liturgia Eucarística”. Aclaramos que esas celebraciones son las que se realizan en ausencia del presbítero, en comunidades en los que el sacerdote no puede acudir por diversas causas y un laico autorizado dirige la celebración.
Finalmente, también piden que “las peregrinaciones, las fiestas, las diversas formas de piedad popular, las misiones, los retiros espirituales y días especiales de penitencia, reparación y perdón, sean una oportunidad concreta ofrecida a los fieles para celebrar la Palabra de Dios e incrementar su conocimiento”. En definitiva, que no haya celebración sin el alimento de la Palabra, al igual que ocurre en la celebración de todos los sacramentos.

9.2.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA II

Hemos visto en el anterior artículo el recibimiento al obispo y los momentos previos. Ahora analizamos su papel dentro de la celebración eucarística, tanto en los ritos introductorios como en la Liturgia de la palabra.
Se inicia con la procesión de entrada, que da comienzo a una señal del maestro de ceremonias. El orden de la procesión es el mismo que en una Misa solemne. La abre la Cruz patriarcal alzada, cuando preside el obispo titular. Digamos a modo de curiosidad que en la liturgia de la catedral de Sevilla, el crucificado que lleva la Cruz patriarcal mira al obispo si preside el metropolitano. Lo habitual es que mire hacia delante.
Los concelebrantes preceden inmediatamente al obispo, que lleva mitra y báculo en la mano izquierda con la parte redondeada mirando al pueblo y la mano derecha sobre el pecho. Los dos diáconos ayudantes van un poco por detrás del obispo, seguidos del portador del báculo y el de la mitra.
Al llegar al presbiterio, el obispo entrega el báculo al diácono ayudante, situado a su izquierda el cual a su vez se lo entrega al acólito adecuado. El obispo se inclina hacia adelante y el primer diácono ayudante que se encuentra a su derecha (o el maestro de ceremonias) le quita la mitra y se la entrega al portador de la mitra. Todos hacen una reverencia profunda al altar o una genuflexión si el sagrario está en el presbiterio.
Solamente el obispo y los diáconos besan el altar. Luego, el obispo inciensa el altar como de costumbre. El primer diácono ayudante toma el incensario y lo entrega al obispo. Una vez acabada la incensación, el obispo entrega el incensario al diácono que, a su vez, lo da al turiferario. Los diáconos ayudantes (o los concelebrantes) avanzan a ambos lados del obispo durante la incensación; también cuando, al acabar, el obispo se dirige a la cátedra.
El obispo puede entonar como saludo: «La paz esté con vosotros». En los domingos, la bendición y la aspersión del agua bendita puede sustituir al rito penitencial.
En cuanto a los sitios a ocupar, los diáconos ayudantes (o los dos concelebrantes) ocupan los asientos situados a ambos lados de la cátedra del obispo. Al diácono de la Misa se le asigna un lugar distinto, nunca entre los con­celebrantes. La Misa solemne continúa como de costumbre.
Tras la oración colecta el obispo se sienta y el segundo diácono o el maestro de ceremonias le pone la mitra. La mitra se le pone situándose de cara al obispo y, sosteniéndola con ambas manos, con las ínfulas sostenidas por los dedos, con cuidado de no descolocar el solideo.
El incienso se prepara, como es costumbre, antes del Evangelio. El primer diácono ayudante (a la derecha del obispo) se encarga de la nave­ta y de la cucharilla. El diácono de la Misa (o diácono de la Palabra) se acerca para recibir la bendición. Un concelebrante que actuase como diá­cono también se acercaría a recibir la bendición del obispo. El segundo diácono ayudante le quita la mitra al obispo que se levanta cuando el diácono de la Misa lleva el Evangeliario al ambón.
El acólito trae el báculo. En el momento en que el diácono anuncie el Evangelio, el segundo diácono ayudante entrega el báculo al obispo que puede sostenerlo con ambas manos. Al terminar la proclamación del Evangelio, el obispo entrega de nuevo el báculo. El diácono que ha leído el Evangelio debe llevar el Evangeliario abierto al obispo para que bese el texto. El obispo puede bendecir al pueblo con el Evangelario. Después, el diácono se lo lleva al ambón.
El obispo se sienta para pronunciar la homilía. El diácono encargado o ayudante le pone la mitra. El obispo puede predicar de pie o sentado, desde la cátedra o en el ambón. Puede sostener el báculo con la mano izquierda, si lo ve oportuno. Al terminar la homilía se le quita la mitra para entonar el Credo. Después preside la Oración de los fieles y al finalizar se sienta y recibe de nuevo la mitra, para dar comienzo a la liturgia eucarística, que veremos en otro artículo.

2.2.09

EL PAPEL DEL OBISPO EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA I

En una serie de artículos vamos a analizar la función y papel del obispo en la celebración eucarística. En este primer artículo veremos los ministros necesarios para la celebración y los momentos previos.
El obispo, cuando preside la celebración eucarística, hace que su Iglesia particular sienta el ministerio del pastor principal, que congrega al clero y al pueblo en unidad de apostolado.
La forma más solemne de la Misa episcopal es la llamada “Misa estacional” tradicionalmente llamada “Misa pontifical” sobre todo cuando la celebra en su catedral en los días más solemnes de año litúrgico o en ocasiones importantes de la vida diocesana. A esta Misa nos vamos a referir.
Cuando oficia el obispo se precisan más ayudantes que la Misa que oficie un presbítero. Debe haber al menos tres diáconos –ministros tradicionalmente asociados al obispo–, uno para servir el altar y proclamar el Evangelio y otros dos más cercanos como ayudantes inmediatos del obispo. En su defecto el papel diaconal lo desempeñarían presbíteros concelebrantes. Los presbíteros concelebrantes no deben faltar y si la catedral tiene Capítulo deberían concelebrar el deán y algunos canónigos. Tampoco debe faltar un maestro de ceremonias para dirigir los ritos. Hay que sumar a los acólitos habituales para la procesión de entrada (turiferario, naveta, crucífero, ceroferarios en mayor número) dos acólitos ministros del báculo y la mitra con humerales detrás del obispo. El ministro del báculo se situará a la izquierda (el obispo porta el báculo con su mano izquierda con la parte curva superior redondeada hacia el pueblo) y el de la mitra a la derecha. Si participan más obispos, sólo el metropolitano portará báculo y ocupará la cátedra. Es muy aconsejable que las lecturas las hagan lectores instituidos a ser posible, para así poner de manifiesto la variedad de ministerios y la pluralidad de oficios.
Se puede seguir la tradición romana de siete acólitos portando luces, significando las siete iglesias primitivas. Estas luces se colocan posteriormente en el altar o cerca.
La recepción al obispo puede hacerse de varias formas. Describimos la forma más ceremoniosa. El obispo debe llevar hábito coral o sotana púrpura con faja. En los días más señalados del año litúrgico, solemnidades o visitas pastorales debe ser recibido formalmente en las puertas de la catedral o templo de la siguiente manera: el deán o representante –párroco si es visita pastoral– le espera en la puerta adecuada, acompañado de un acólito que porta el acetre con agua bendita e hisopo. Se inclina ante el obispo y le entrega el hisopo. El obispo, tras quitarse la birreta y el solideo se asperge a sí mismo y a sus acompañantes. Si hay aspersión en la Misa este rito se omite.
Los canónigos –o clero– le han esperado en el interior de la catedral en fila de dos. Se dirigen procesionalmente primeramente al lugar donde esté reservado el Santísimo. Allí el obispo, tras quitarse el solideo, hace genuflexión y reza, acompañado de sus más cercanos colaboradores, durante un breve tiempo. Al terminar y tras colocarse de nuevo el solideo se dirige a la sacristía donde los diáconos y ayudantes ya deben estar revestidos.
El obispo se quita la cruz pectoral, la muceta y el roquete. Dos ayudantes le traen un aguamanil, jofaina y toalla, haciendo la reverencia que está indicada siempre que se le sirve al acercarse, al alejarse o si se pasa delante de él. Al acabar de lavarse las manos, el obispo se reviste. El derecho a la llamada “pontificalia completa”, o sea, a portar todos los signos pontificales, está reservada al obispo diocesano.
El obispo se pone alba y estola, sobre ellas la cruz pectoral con cordón verde y dorado. Bajo la casulla lleva la dalmática episcopal. El obispo metropolitano llevará, además, el palio sobre la casulla, sólo en la Misa solemne, en las ordenaciones, dedicaciones de iglesias o altares y otras ocasiones. En la cabeza mitra sobre el solideo. Hay varias clases de mitra, según las ocasiones y tiempos litúrgicos. Si participan otros obispos, además de los ornamentos propios de un presbítero, llevarán la cruz pectoral bajo la casulla y una mitra sencilla.
Cuando todo está dispuesto y a una señal del maestro de ceremonias se inicia la procesión de entrada, que trataremos en otro artículo
Terminamos aclarando dos cosas: cuando decimos que el obispo se quita el solideo, mitra u otra prenda se entiende que lo hace un ayudante. Además, no confundir la palabra palio con lo que seguramente cualquier cofrade piensa: el palio episcopal en una tira de tela de lana blanca a modo de estola que se coloca alrededor del cuello con tiras sobre el pecho y la espalda decorada con seis cruces negras. Lo llevan los arzobispos metropolitanos y el papa significando el buen pastor que porta a sus ovejas y que da su vida por ellas.

17.1.09

LAS MANOS Y SUS ACCIONES CEREMONIALES

Todos los gestos litúrgicos ­­que se hacen con las manos son siempre muy significativos.
En ningún caso debe haber dudas acerca de la posición de las manos en cualquier momento de la celebración eucarística. Como norma general diremos que:
- en la procesión de entrada –o salida– las manos de los acólitos y concelebrantes van unidas a la altura del pecho por las palmas y el pulgar derecho sobre el izquierdo formando cruz
-cuando se lleva un objeto con una mano –incensario, naveta– la otra siempre descansa plana en el pecho con los dedos juntos con naturalidad
-cuando el celebrante, el diácono y los ayudantes están sentados las manos –con los dedos juntos– descansan sobre las rodillas, y los codos están doblados de un modo relajado.
En definitiva, el sacerdote, el diácono y los ayudantes deben observar la disciplina de «las manos juntas» mientras están en el presbiterio y en las proce­siones.
El celebrante realiza con sus manos más acciones ceremoniales que los demás ministros. Dentro de una lógica moderación, el celebrante puede mover las manos como desee en la homilía y cuando lee avisos. Pero no debe aña­dir gestos propios en otros momentos de la celebración eucarística. La OGMR regula todos los gestos e indica con precisión qué hacer con las manos en cada momento.
En el saludo «El Señor esté con vosotros», las manos, que estaban unidas, se abren. El gesto debe ser suave y transmitir una sensa­ción de reverencia y control, sin parecer brusco, mecánico o demasiado efusivo. Es un gesto que expresa paz e invitación a la oración y al reco­gimiento.
Las manos se extienden ceremonialmente durante el rezo de determinadas oraciones de petición de misericordia. Es un gesto de las primeras épocas de la Iglesia. Con el desarrollo de la Misa de cara al pueblo, este gesto se ha hecho más amplio y relajado pero puede llegar a ser exagerado. No es fácil normalizar este gesto como puede apreciarse en la concele­bración. Sin embargo, una solución ecuánime a este problema podría ser extender las manos con los dedos juntos, con elegancia y no con rigi­dez, y que las palmas estén en una posición abierta y natural, ligera­mente adelantadas en relación a los hombros, teniendo los codos cerca del cuerpo.
El celebrante y concelebrantes extienden las manos hacia adelante, las palmas hacía abajo, en la epíclesis de la Plegaría eucarística. Éste es un signo de invocación al Espíritu Santo, que tiene su origen en un gesto del Antiguo Testamento. Durante las palabras de la institución, los concelebrantes si el gesto parece oportuno, extienden su mano derecha hacia el Pan y hacia el cáliz.
En una bendición solemne u oración sobre el pueblo, las manos del sacerdote se extienden de la misma manera cara al pueblo, sí bien deberían estar un poco más elevadas, con las palmas hacía abajo.
En cambio, parece mejor evitar los siguientes gestos: la anti­gua práctica de manos enfrentadas, las palmas de cara al pueblo en una posición defensiva, un gesto casual que puede sugerir indiferencia o cansancio, un alargamiento o elevación excesiva de las manos (que no se puede mantener durante mucho tiempo), o mover las manos hacia arriba y hacia abajo a la par que se va leyendo.

8.1.09

LA CUESTIÓN DEL PRO MULTIS

Antes de comenzar este articulo sobre las palabras latinas “pro multis” y su traducción al español debemos advertir que esta cuestión sólo de manera tangencial es litúrgica –porque aparecen en las Plegarias eucarísticas– pero su calado es claramente teológico.
El titular puede resultar extraño a la mayoría de los lectores. ¿Qué es eso del “pro multis"? Pasamos a explicarlo.
La lengua oficial de la Iglesia es el latín. En esa lengua se publican todos los documentos oficiales que salen de la Santa Sede –encíclicas, decretos, libros litúrgicos, etc– y posteriormente se traducen a las lenguas vernáculas. En el Misal Romano, en la versión original en latín, en el momento de la consagración del Vino se dice literalmente

Accípite et bibite ex eo omnes:
hic est enim calix sánguinis mei
novi et aetérni testaménti,
qui pro vobis et pro multis effundétur
in remissiónem peccatórum.

La traducción al castellano –y a otras lenguas– se hizo así:

Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros y por todos los hombres
para el perdón de los pecados."

Seguramente que fueron motivos pastorales o catequéticos los que movieron a los traductores para traducir lo que significaba “por muchos” como “por todos”. En 2006[1] el cardenal Francis Arinze, prefecto de la Congregación del Culto Divino, escribió a todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo para informarles de que el "pro multis" de la fórmula de consagración del Vino será traducido "por muchos" y no "por todos". Para aquellos países en los que deba hacerse el cambio, caso de España, la carta del cardenal establece que los obispos preparen la introducción de la frase aprobada por los textos litúrgicos en el término de "el próximo año o dos". Ya ha transcurrido el plazo. ¿Qué hacer? ¿Son válidas las misas que se dicen con la traducción errónea? No olvidemos que las palabras de la institución son las más importantes y las mismas de todas las Plegarias eucarísticas existentes.
¿Significan tal vez que la redención no es universal, para todos los hombres? Nada de eso. Cristo murió por todos. En la carta citada se explica que “La expresión "por muchos", mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno. El creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que le dada a los que participan del misterio, viviéndolo como lo viven aquellos que están en el número de los "muchos" a los que se refiere el texto”.
Terminamos este farragoso asunto con algunas preguntas.
¿Deberán los sacerdotes hacer este cambio de inmediato?
De ninguna manera. No se hará cambio alguno hasta que la nueva traducción del Misal Romano haya sido aprobada por los obispos y confirmada por la Santa Sede. Por lo menos faltan varios años para completar el Misal.
¿Acaso son inválidas las Misas que han utilizado “por todos”?
De ninguna manera. “No existe duda alguna en relación a la validez de las Misas celebradas utilizando la fórmula aprobada debidamente que contiene una fórmula equivalente a “por todos”. En la carta en la que anunció el cambio, el cardenal Arinze aclara que “la fórmula por todos correspondería indudablemente a una interpretación exacta de la intención del Señor expresada en el texto.”
Termina la carta del cardenal Arinze con un pequeño tirón de orejas: “En concordancia con la Instrucción Liturgiam Authenticam, ha de hacerse un esfuerzo para ser más fieles a los textos latinos de las ediciones típicas”.




[1] CONGREGATIO DE CULTU DIVINO ET DISCIPLINA SACRAMENTORUMProt. n. 467/05/L Roma, 17 de octubre de 2006

31.12.08

EL ACÓLITO AL SERVICIO DEL ALTAR

En este tercer artículo dedicado al ministerio del acolitado vemos el servicio al altar.
Dentro de todos los cometidos para los que el acólito está autorizado el más propio y específico es el del servicio al altar. Describimos su ministerio.
En la procesión de entrada participará, llevando como los demás ministros las manos unidas por la palma y el pulgar derecho sobre el izquierdo a la altura del pecho. Tras la reverencia al altar ocupa su sitio en el presbiterio y allí permanece hasta el comienzo de la Liturgia eucarística, salvo que se le reclame para otros servicios.
Al acabar la Oración de los fieles se dirige al altar con el cáliz vacío, el purificador, la patena con el Pan, la hijuela si se usa y el corporal. Si no hay otro llevará las vinajeras y el copón con hostias para ser consagradas si procede.
Extiende el corporal sobre el altar y coloca cerca el cáliz y la patena, pero no los pone sobre el corporal ya que esa acción corresponde al presidente. Tampoco echa el vino y el agua en el cáliz.
Si hubiese procesión con los dones ayudará al sacerdote. Recogerá los objetos que le entregue el sacerdote y los pondrá en el sitio adecuado.
Cuando sea el momento, desde el lado derecho, acerca la vinajera del vino con su mano derecha ofreciendo el asa al sacerdote. La retira con su mano izquierda y acerca la del agua de la misma manera. A continuación se retira al extremo derecho del altar y procede al rito del lavabo, que recordamos no es optativo aunque muy frecuentemente se omita –si hay incensación de las ofrendas esperarán hasta que termine–.
Si hay dos, uno de los acólitos sostiene el aguamanil –jarro con el agua– y la jofaina –vasija para recoger el agua del lavabo– y otro la toalla, llamada manutergio o cornijal. Después se retira a su sitio y ya no interviene más hasta la comunión salvo que sean requerido para otra acción –sostener un micrófono o un libro–. Los acólitos, mientras están sentados, deben tener las manos extendidas sobre las rodillas.
Puede tomar el copón del sagrario si se va a usar, haciendo genuflexión, y colocarlo abierto en el altar para que el sacerdote lo coja y asimismo acompañar al sacerdote con la bandeja de comunión mientras la reparte. Si como ministro extraordinario de la comunión tuviese que repartirla lo harán según el rito establecido, o sea, mostrando la hostia a los comulgantes y diciendo “El cuerpo de Cristo”. Al acabar, coloca el copón de nuevo en el sagrario, haciendo genuflexión al terminar.
Tras la comunión y mientras el sacerdote permanece sentado un acólito procederá a doblar el corporal y hacer las abluciones, en la credencia o al acabar la misa. Esta acción no es propia del presidente y debería realizarla siempre el acólito (o diácono). Una vez despejado el altar se retira a su sitio. Inclina la cabeza al recibir la bendición y al terminar la Misa participa en la procesión de salida de igual forma que en la de entrada.
Jesús Luengo Mena

21.12.08

LOS ACÓLITOS CEROFERARIOS Y CRUCÍFERO

En este segundo artículo dedicado a los acólitos vamos a pormenorizar las funciones que, dentro de la celebración eucarística, desarrollan los acólitos ceroferarios, o sea, los portadores de los ciriales y el portador de la cruz (crucífero).
Unas observaciones previas sobre la cruz. No debe faltar en ninguna procesión de entrada. Si es parroquia se llama cruz parroquial, en otro caso será simplemente cruz procesional. La del arzobispo lleva doble travesaño y se llama cruz patriarcal. Suele llevar tallada o añadida una imagen del crucificado por un lado y otra de la Virgen por el reverso.
Como todos los acólitos, deberían vestir alba con cíngulo. También puede ser apropiado sobrepelliz sobre sotana negra, aunque ya sabemos que en las hermandades visten, impropiamente, dalmáticas.
En la procesión de entrada los ceroferarios serán dos, que se colocarán a derecha e izquierda del acólito crucífero (portador de la cruz). Van inmediatamente detrás del turiferario y portador de la naveta, que siempre abren marcha.
El acólito crucífero deberá llevar la parte de la cruz donde suele haber un crucificado mirando hacia delante. No obstante, en la catedral de Sevilla y cuando en la procesión va el arzobispo jurisdiccional (el ordinario del lugar) en ese caso se colocará la cruz de forma que el crucificado mire al arzobispo, o sea, hacia adentro. Si es otro obispo pero no el titular la cruz mirará adelante.
Al llegar al altar colocan los ciriales y la cruz en el sitio previamente previsto y se retiran discretamente a sus sitios.
Los ceroferarios vuelven a prestar su servicio en la proclamación del Evangelio. Durante el Aleluya van a por los ciriales y, encabezando la procesión al ambón, se colocan a ambos lados del mismo, afrontados. Al terminar la proclamación del Evangelio vuelven a su sitio. Aunque en los cultos de las hermandades es costumbre tener los ciriales levantados durante la proclamación evangélica no hay ninguna norma que lo indique de manera expresa.
El siguiente momento de su intervención será durante la Plegaria eucarística. Al llegar el Santus irán a por los ciriales y se colocarán delante del presbiterio, sin que en ningún caso establezcan una barrera entre el altar y el pueblo. Al acabar la Plegaria eucarística, con la doxología mayor –Por Cristo, con Él y en Él...– vuelven a sus sitios y ya no vuelven a intervenir hasta la procesión de salida, en el mismo orden que a la entrada.
Para terminar sólo unas palabras sobre los llamados acólitos ministros de la mitra y el báculo. Sólo están presentes, como es lógico, cuando oficia el obispo.
Además del alba y cíngulo portan sobre sus hombros unos anchos paños a modo de humeral llamados "vimpa" cuya función es puramente práctica: no tocar con las manos la mitra y el báculo para no ensuciarlos.
Su misión es tener la mitra y el báculo cuando el obispo no los usa. Les serán entregados por otro ministro. Su función es pues muy concreta y limitada. El portador del báculo debe saber que el obispo lo porta con su mano izquierda y con las volutas mirando adelante. Cuando lo sostenga el acólito deberá cuidar de que las volutas miren hacia atrás.
Jesús Luengo Mena, lector y acólito instituido.

13.12.08

EL ACÓLITO TURIFERARIO: SUS FUNCIONES

En una serie de artículos vamos a describir las funciones de los acólitos dentro de la celebración eucarística y que pueden y no pueden hacer. Comenzamos con el acólito turiferario y seguiremos posteriormente con los portadores de ciriales (ceroferarios) y ayudantes del altar.
El acólito turiferario (el portador del incensario) es uno de los acólitos más dinámicos dentro de la celebración eucarística. Viste, como todos los acólitos, alba con cíngulo.
El incensario se llama también turíbulo, del griego thus, que significa incienso. De ahí el extraño nombre de turiferario al portador del "turíbulo" o incensario.
Antes de comenzar a describir sus funciones haremos algunas advertencias previas. En primer lugar, el turiferario debe tener en cuenta que el incienso siempre lo pone el sacerdote que preside y lo pondrá siempre antes de cada momento en que tenga que usarlo. Así pues, el turiferario ofrecerá en los momentos oportunos el incensario al sacerdote. Debe saber que el sacerdote bendecirá el incienso recién impuesto, por lo que debe esperar a este rito para retirar o entregarle el incensario. Nunca debe dar la espalda al ministro al que sirve.
De igual forma siempre hará reverencia a la persona que vaya a incensar, antes y después de realizada la acción –sólo incensará, si procede, al sacerdote, al pueblo y en el momento de la consagración al Pan y al Vino–.
No debe hacer reverencia en el momento de ofrecer el incensario para que se ponga incienso sino solamente cuando va a incensar, excepto si sirve al obispo. Si hay presencia de diácono, el turiferario se limitará a pasárselo en los momentos oportunos y en este caso su misión se limita transportar el incensario, darlo y retirarlo. También debe saber que, salvo los momentos prescritos para incensar, el resto del tiempo no debe mover el incensario.
Hacemos un recorrido por su servicio en el supuesto, el más frecuente, de que no haya diácono.
a) En la sacristía ofrecerá el incensario al sacerdote para que éste ponga incienso.
b) En la procesión de entrada, el turiferario abre marcha. Lleva el incensario con su mano derecha, moviéndolo de atrás para adelante, siempre en el sentido de la marcha y nunca de derecha a izquierda, para evitar golpear a otros. Su mano izquierda irá colocada en el pecho. A su izquierda va el portador de la naveta.
c) Al llegar al presbiterio hace inclinación de cabeza al altar y sube por su izquierda, colocándose en un lugar discreto. Al llegar el sacerdote le ofrece el incensario para que ponga incienso y se lo entrega para que el sacerdote inciense al altar, la cruz y las imágenes. Acabado el rito recoge de manos del sacerdote el incensario y se retira a su sitio.
d) En el momento del Aleluya el turiferario se acercará de nuevo al sacerdote y se lo ofrecerá para que ponga incienso. En el momento preciso se dirigirá al ambón encabezando la procesión del Evangelio y se situará a la derecha del sacerdote –o diácono– para entregárselo cuando lo pida para incensar al Evangelio, tras las palabras “Lectura del Santo Evangelio según ...”. Después lo recoge y se retira. Debe moverlo moderadamente pero en toda su amplitud durante la proclamación evangélica.
e) Una vez preparadas las ofrendas procede su incensación. En este momento el turiferario se acerca al sacerdote para que ponga incienso. El sacerdote incensará a las ofrendas, al altar rodeándolo y a la cruz al llegar a su altura. A continuación, entregará el incensario al acólito turiferario. Éste incensará al sacerdote con tres golpes dobles (su nombre técnico sería tres ductus de dos ictus cada uno). Posteriormente incensará a los concelebrantes, si los hubiese, y después, dirigiéndose al centro del presbiterio y cara al pueblo lo incensará, siempre con tres golpes dobles. Primero al centro, luego a la izquierda y finalmente a la derecha. No debe incensarse expresamente ni a las autoridades presentes ni a los miembros de Junta sino al pueblo en general. Acabado el rito se retira a su sitio.
f) El último momento del empleo del incienso en la celebración eucarística llega en el momento de la consagración. Tras el santus el turiferario se colocará de rodillas delante del altar e incensará en el momento de la elevación del Pan y del Vino, también con tres golpes dobles. Se levantará tras la elevación del cáliz de manera que en la frase “Este es el sacramento de nuestra fe” y la posterior aclamación del pueblo esté ya en pie. Después se retira a su sitio.
g) Desde ese momento solamente interviene si hay Salve, ofreciendo el incensario al sacerdote para que inciense a la imagen mariana y retirándolo posteriormente.
h) En la procesión de salida procede igual que en la de entrada.
Como hemos visto, salvo al Santísimo que se le inciensa de rodillas, en los demás casos siempre es de pie.
Por último unos consejos prácticos sobre el manejo del incensario. El que inciensa sostiene con la mano izquierda las cadenas por su parte superior a la altura del pecho y con la derecha por la parte inferior, cerca del incensario y lo sostiene de manera cómoda de manera que pueda moverlo con soltura. Alzarlo a la altura de sus ojos es una buena medida.

10.12.08

LA SACRISTÍA Y SUS ELEMENTOS

La sacristía, aunque en sentido estricto no forma parte del conjunto litúrgi­co, juega un papel importante en la preparación del culto y en su digna realización. La sacristía mayor consiste en una habitación a modo de capilla que incluso puede tener un altar fijo. Debe ser espaciosa y se situará cerca del presbiterio o de la entrada de la iglesia. Es habitual construirla detrás del altar mayor. Sería deseable que hubiese otra sala cerca de la puerta de entrada a la iglesia, para cuando haya procesión de entrada.
El motivo central de la sacristía mayor puede ser un crucifijo o alguna otra imagen sagrada. Habitualmente, los clérigos y los ayudantes vene­ran esta imagen antes y después de las celebraciones litúrgicas. Es conveniente que haya, para información de los celebrantes visitantes, una cartela con los nombres del Papa y del obispo diocesano, y con el título de la iglesia. En la puerta de acceso a la iglesia debe haber una pila de agua bendita. También, junto a esta puerta, puede colgarse una campanilla para avisar al pueblo cuando una procesión vaya a hacer entrada en la iglesia.
Al diseñar o renovar una sacristía se deberían tener presentes los siguien­tes detalles: una mesa o un banco espacioso para extender los ornamen­tos, armarios y cajones grandes para guardar los ornamentos sagrados, una caja fuerte para los vasos sagrados y la llave del sagrario, un lavabo, toallas, un lavabo pequeño con desagüe directo a la tierra (sacrarium), un sitio donde guar­dar el pan y el vino para el sacrificio eucarístico, una estantería para guardar los libros litúrgicos, un reloj, un soporte para la cruz procesional, un sitio para reservar la Eucaristía durante las ceremonias de Pascua, y un armario o sitio decoroso para los san­tos óleos, si no se guardan en el baptisterio. Un espejo, para que los ministros y ayudantes puedan verse vestidos, es también importante que exista.
En la «sacristía de trabajo» debería haber un lavabo grande con agua caliente y fría, una mesa para planchar y una plancha, un lugar donde recoger una aspiradora y material de limpieza, más un mueble donde almacenar los candeleros, los candelabros, la base del cirio pascual, las figuras del belén y accesorios tales como: velas, lámpa­ras votivas, repuesto para lámparas de aceite o de cera, incienso, carbón y las palmas del año anterior; también sería práctico tener un refrige­rador. En la sacristía o cerca de ella, debe haber una zona para guardar y encender los incensarios. Los ayudantes y el coro deberían tener una habitación separada para cambiarse.
En la sacristía se tendrán en cuenta los mismos principios de limpieza y de orden que son esenciales en el cuidado de la iglesia. Habrá que tener un especial cuidado en la conservación de objetos decorativos, vasos sagrados y ornamentos que hayan sido heredados del pasado, excepto los de escaso valor que no vale la pena reparar o restaurar. Quienes están en la sacristía, antes o después de la celebración litúrgi­ca, deben guardar silencio o en hablar en voz baja.

1.12.08

CALENDARIO LITÚRGICO DEL AÑO 2009

El pasado treinta de noviembre fue el primer domingo de Adviento. Comienza un nuevo Año litúrgico y por lo tanto es útil relacionar las principales festividades del calendario litúrgico para el año 2009.

CELEBRACIONES MOVIBLES
Domingo 1º de Adviento: 30 de noviembre.
Sagrada Familia: 28 de diciembre.
Bautismo del Señor: 11 de enero.
Miércoles de Ceniza: 25 de febrero (comienza la Cuaresma)
Domingo de Ramos: 5 de abril
Domingo de Resurrección: 12 de abril. (Pascua)
Ascensión del Señor: 24 de mayo.
Domingo de Pentecostés: 31 de mayo. (Rocío)
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: 4 de junio.
Santísima Trinidad: 7 de junio.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 14 de junio (Corpus)
Sagrado Corazón de Jesús: 19 de junio.
Jesucristo, Rey del Universo: 22 de noviembre.

TIEMPO ORDINARIO
En el año 2009, el tiempo ordinario comprende 34 semanas, desde el día doce de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el veinticuatro de febrero, día anterior al miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordina­rio el día uno de junio, lunes después del domingo de Pente­costés. Se omitirá la octava semana.

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA
1 enero Santa María, Madre de Dios.
6 enero Epifanía del Señor.
19 marzo San José, esposo de la Virgen María.
25 julio Santiago, apóstol.
15 agosto La Asunción de la Virgen María.
1 noviembre Todos los Santos.
8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
25 diciembre La Natividad del Señor.
Además cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.

El año 2009 es año impar y el Leccionario dominical a usar es el del ciclo B.
Los libros litúrgicos a emplear son: Misal Romano, Oración de los fieles, Libro de la Sede y los Leccionario II –ciclo B– Leccionario IV –ferias del Tiempo ordinario–, Leccionario V –santos–Leccionario VII –ferias de los tiempos fuertes Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua– y Leccionario VIII –rituales–.
Jesús Luengo Mena

Fuente: Calendario Litúrgico Pastoral 2009. Edita Secretariado de la Comisión Episcopal dee Liturgia

18.11.08

LOS MOMENTOS PREVIOS A LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA II

Completamos con este artículo el anterior, dedicado a los momentos y preparativos previos a la celebración eucarística.
Al llegar a la sacristía, el celebrante debe asegurarse y comprobar que se ha escogido la celebración apropiada, de acuerdo con el calendario litúrgico pastoral. Debe recordar la intención particular por la que celebra el Sacrificio del Señor y marcar la página del misal, leccionario y del evangeliario si se usa. También pueden hacerlo ayudantes cualificados (un lector o sacristán).
Habría que señalar que hay «sacerdotes de sacristía», que se preocupan de demasiadas cosas, porque no delegan en los laicos la preparación del culto. Sin embargo a los laicos nos gusta realizarlo, como ministerio laico que es. Al igual que los sacristanes, los demás ayudantes deben saber dónde se guardan las vestiduras sagradas, el pan, el vino, los lienzos, el incienso, el carbón, las velas y demás para que, si es necesario, se pue­dan reponer durante la liturgia.
A los sacristanes, ayudantes, acólitos y lectores nos corresponde encargarnos de los siguientes preparativos:
* Retirar (si lo hay) el cubremantel y dejar extendido al menos un mantel, encender las velas en o cerca del altar (dos, cuatro o seis depen­diendo de la ocasión). En este momento no queda nada sobre el altar excepto la cruz, las velas y las flores, si es que se colocan sobre el altar. El micrófono, discreto, debe estar operativo tanto en el altar como en la sede y en el ambón. También un antipendio o frontal del color adecuado se puede poner en el altar.
* En la sede se colocan cerca el misal, o libro de la sede, y los libros para la oración de los fieles, los avisos y el micrófono.
* En el ambón se pone el leccionario abierto, a no ser que se lleve en proce­sión. El texto que lee el lector de la oración de los fieles y la homilía también deben estar preparados. Un antipendio o frontal del color correspondiente puede adornar el ambón.
* En la credencia se extiende un paño sobre la mesa y se coloca: el cáliz cubierto con un purificador doblado, la palia, el cubrecáliz (si se usa) del color de los ornamentos o blanco, un corporal doblado y otros cálices según las necesidades, cada uno con su purificador, atril y un misal grande si se utiliza un libro más pequeño en la sede. Si no hay procesión de ofrendas se coloca también la patena con la hostia grande para la comunión del sacerdote y las hostias a consagrar. Añadir el aguamanil, la jofaina y la toalla para el rito del lavabo. Asimismo las vinajeras con agua y vino.
* Si hay procesión de las ofrendas, se preparará una mesa apropiada y segura cubierta con un paño, sobre la que se colocarán: una(s) patena(s) grande y/o un copón con formas; las vinajeras con agua y vino y las ofrendas para los pobres de acuerdo con las costumbres locales. Aquí no debe haber velas encendidas. Es preferible que estos cálices no contengan el vino. Sin embargo, en las grandes celebraciones, los cálices deben prepararse antes de la Misa, para ganar tiempo en la preparación de las ofrendas.
* El sagrario debe tener la llave cerca, con un corporal extendido y algunos purificadores para los han distribuido la Eucaristía..
* Por último, en la sacristía, deben estar los ornamentos dispuestos preparándolos en orden inverso al que se sigue al revestirse. Si se usa incienso, se encenderá el carbón en el incensario unos minutos antes de la Misa y si antes de la Misa se va a bendecir el agua bendita, se prepara el acetre con el hisopo.
Jesús Luengo Mena

7.11.08

LOS MOMENTOS PREVIOS A LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA I

Vamos en este artículo a tratar sobre los momentos previos a la celebración eucarística. Son recomendaciones prácticas, que no pertenecen a la liturgia pero pueden ayudan a ambientar y celebrar mejor.

Así como el sacerdote se prepara en la sacristía, también el pueblo hace lo mismo. Cualquiera que sea nuestra relación con el celebrante, cuando preside una celebración litúrgica particular es «nuestro sacerdote» y nosotros somos «su pueblo».
En primer lugar se debe asegurar que todos los fieles tengamos fácil acceso a la iglesia. Hay que pensar en los niños, ancianos e inca­pacitados en el diseño de las puertas, escalones y rampas. En la iglesia debe instalarse una buena iluminación, calefacción y demás acondicio­namientos. Si es costumbre, se dará la bienvenida y se ayudará a los fie­les pero sin dar preferencia a algunas personas cuando se acomoda a los feligreses. Se excluyen circunstancias en ocasiones muy señaladas que, por cortesía que no por mejor derecho, algunos tendrán lugar reservado (costumbre muy propia de cofradías cuando acuden representaciones oficiales).
La iglesia debe estar abierta antes de la liturgia para que quien lo desee pueda rezar en privado. El silencio es la mejor preparación de la litur­gia. Aparte de una música apropiada, no se debería permitir ningún menoscabo del derecho que el pueblo tiene a la tranquilidad antes de la Eucaristía. Por ejemplo: no se deberían permitir ensayos del coro o musicales, avisos que pueden darse más tarde, o distracciones en el presbiterio o en cualquier otro sitio. Los asistentes pueden encontrarse y hablar antes de la Misa, pero en una zona bien apartada del lugar donde se celebrará la liturgia. La costumbre bastante generaliza de estar “charlando” antes de la Misa debería desterrarse, así como de entablar conversaciones y saludos al finalizarla. Siempre habrá otros lugares más adecuados. Hay personas que necesitan –todos lo necesitamos– orar en silencio y no se les puede escamotear su derecho a orar y meditar en silencio y recogimiento.
El pueblo puede llevar sus propios misales para seguir las lecturas y oraciones. Los textos se pueden facilitar tam­bién en el boletín parroquial, en un misal pequeño o en un programa para una Misa especial.
Asimismo, se pueden facilitar cantorales apro­bados por el obispo. No obstante, el uso de una pantalla para proyectar textos o letras de canciones parece contrario al espíritu de la liturgia, porque la pantalla se convierte en el centro de atención, en vez del altar, el ambón, o la sede. La tecnología audiovisual puede tener algún uso en la iglesia, pero proyectar durante la Misa películas o diapositivas sugerentes reduce la piedad a la mera cultura televisiva. Lo anterior no excluye que, en templos donde parte del pueblo no tiene acceso directa a la visión del presbiterio o lo tiene desde una excesiva lejanía, se puedan usar estos elementos tecnológicos (por ejemplo, en una catedral) pero para ayudar a la visión de la celebración.
Por otro lado, se permite poner música religiosa, con un volumen discreto y de buena calidad, antes o después de la Misa, pero no durante la liturgia, en la que la comunidad debe ofrecer a Dios sus propios regalos de alabanza musical.
Jesús Luengo Mena

29.10.08

EL RITO DE LA PREPARACIÓN DEL ALTAR Y LA PROCESIÓN DE LAS OFRENDAS

El ceremonial de la liturgia eucarística expresa la realidad sublime del sacrificio-banquete como un proceso litúrgico que se mueve a tra­vés de varios pasos de la celebración, distintos pero relacionados. El llamado “rito de las ofrendas” inicia la primera etapa de la liturgia eucarística, con tres momentos que comienzan con la sencilla señal de la preparación del altar. Estos pasos son: preparación del altar y de las ofrendas, procesión de las ofrendas (si la hay) y preparación de los dones.
En este artículo vamos a tratar sobre las dos primeras partes del rito.
Preparación del altar
El celebrante y el pueblo se sientan mientras los ayudantes preparan el altar. Traen el cáliz –o cálices–, el corporal y purificador(es), el misal, el atril y cualquier otro vaso que contenga formas. El acólito o un ayu­dante extiende el corporal en el centro del altar. El ayudante pone en el lado derecho del altar el cáliz y el purificador, aunque también el cáliz puede prepararse en la credencia. El misal y el atril quedan mejor formando ángulo a la izquierda del corporal. Colocar el misal delante del celebrante no es conveniente y ponerlo en el lado más alejado del corporal, obviamente, puede traer consigo algún percance.
Cualquier otro vaso sagrado con formas se colocará con cuidado en el corporal. Si hay demasiados vasos sagrados con formas, pueden colocarse fuera el cor­poral. Si se usa palia, se pondrá a la derecha del corporal. La llave del sagrario se puede dejar cerca de éste o a la derecha del corporal. Una vez preparado el altar el celebrante va directamente al altar, si no hay procesión de las ofrendas, esperando a que los ayudantes hayan preparado los vasos sagrados y el misal.

Procesión de las ofrendas
Los que van a llevar las ofrendas se reúnen junto a la mesa de las ofren­das y toman los vasos sagrados y las vinajeras. Los ayudantes o un ayu­dante (que no lleve cirio) les acompañan desde la mesa de las ofrendas hasta el altar. El pan va en una patena o en un copón, y las vinajeras, con el agua y el vino. También pueden traer las ofrendas para los pobres. No debieran llevar los cálices y otros vasos vacíos, ya que se pierde simbolismo. En ciertas ocasiones pueden llevar objetos, en particular muestras del trabajo, pero siempre con sentido común y sin desvirtuar el sentido esencialmente eucarístico del acto. Mientras se realiza la procesión el pueblo puede entonar un canto u otra forma musical.
Importante: lo primero que se debe llevar siempre es el pan y el vino.
El celebrante, normalmente, recibe las ofrendas de pie en la parte delantera del presbiterio, acompañado por dos ayudantes. De manera digna y amable, muestra agradecimiento por la generosidad expresada por esta acción. Los ayudantes recibirán de él el pan y el vino así como otros objetos y los llevarán al altar o a la credencia. El celebrante no debe llevar nada al altar. Si la colecta ya se ha realizado y se ha presen­tado dinero, éste no se pone en el altar sino en un lugar adecuado.

Terminamos con unos consejos prácticos sobre el uso del corporal.
El modo normal de extender el corporal se realiza de acuerdo con las instrucciones siguientes:
a) Se coge el corporal con la mano derecha y se coloca plano en el cen­tro del altar, aún doblado, a unos quince centímetros aproximadamen­te del borde del altar, o más lejos si es un corporal grande.
b) Se desdobla, primero a la izquierda y luego a la derecha, confor­mándose tres cuadrados.
c) Se desdobla la sección más alejada del celebrante, hacia fuera, de modo que queden seis cuadrados.
d) Finalmente, se desdobla el pliegue más próximo al celebrante que­dando visibles nueve cuadrados, y se ajusta el corporal cerca del borde del altar. Si el corporal tiene una cruz bordada en uno de los cuadrados exterio­res centrales, se gira de modo que la cruz quede lo más cerca posible del celebrante.
Aunque las Hostias ya no se colocan directamente sobre el corporal, es todavía útil para recoger los fragmentos que puedan caer en la fracción o en las purificaciones, etc. Por tanto, se debe tener cuidado para no rozar un corporal abierto y tampoco sacudirlo en el aire. Tal acción mostraría una falta de respeto al lienzo más sagrado del altar, que debe usarse siempre allí donde se celebre una Misa.

15.10.08

LA DOXOLOGÍA. EL HIMNO DEL GLORIA

La palabra doxología –del griego doxa (gloria) y logos (palabra) es una palabra de gloria, de alabanza y bendición, por lo general trinitaria que suele usarse como remate de una oración o himno.
En la Eucaristía la doxología principal es con la que concluye la Plegaria eucarística: “Por Cristo, con Él y en Él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del espíritu santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”, respondiendo el pueblo con un AMEN. Si hay concelebrantes también lo recitan junto con el presidente, no así los demás ministros ni el pueblo.
La otra gran doxología que hay en la Misa es el himno del Gloria, en los ritos iniciales.
Con la palabra «gloria» comienzan dos de las doxologías de alabanza más clásicas para los cristianos: en la misa el himno «Gloria a Dios en el cielo», y en la oración en general, y en la salmodia en particular, el «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
El himno Gloria a Dios en el cielo «es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios y al Cordero y le presenta sus súplicas» (OGMR 53). Se le llama también “himno angélico”, porque el evangelista Lucas pone su inicio en boca de los ángeles en la noche del nacimiento de Jesús (Lc2,14).
Es uno de los pocos himnos no bíblicos que nos han llegado de las primeras comunidades, junto con el “Te Deum” y el “Oh luz gozosa”. Parece ser que fue en el siglo IV cuando pasó a la misa, primero sólo para la Navidad y luego para las fiestas y domingos en las misas presididas por el obispo. Actualmente su uso se reserva para los domingos, solemnidades, fiestas y en ocasiones especialmente solemnes. En los tiempos de Adviento y Cuaresma no se dice. Como himno que es debería cantarse siempre, bien al unísono por el pueblo o alternando con un coro. También puede decirse en todas las misas del tiempo pascual aunque el Misal no lo proponga, si se las solemniza de alguna manera.

El Gloria está colocado normalmente en los ritos de entrada en los días festivos, inmediatamente antes de la oración colecta. Pero en la Vigilia Pascual se encuentra en medio de la liturgia de la Palabra, precisamente para subrayar el paso de las lecturas del AT a las del NT, acompañado con signos festivos tales como música, campanas y flores. También es solemne su canto en la ­Eucaristía vespertina del Jueves Santo y debería serlo sobre todo en la noche de Navidad (la llamada Misa del Gallo). Su contenido es un buen resumen de la Historia de la Salvación: la gloria a Dios y la paz a los hombres. Se alaba al Padre, Señor y Rey del universo; se alaba también a Cristo, Señor, Cordero, Hijo, el que quita el pecado del mundo, el único Santo; todo ello concluido con la doxología: “Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”.
Jesús Luengo Mena