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9.4.08

LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO LITÚRGICO EN ESPAÑA

En España, al igual que en el resto de los países europeos en los que se toma conciencia de la necesidad sobre reformar la liturgia, surge el llamado movimiento litúrgico en primer lugar en los monasterios.
Silos y Montserrat, monasterios benedictinos, encabezan este movimiento que se ve respaldado también por publicaciones y revistas litúrgicas y Congresos litúrgicos como el desarrollado en Sevilla en 1908 siendo arzobispo don Enrique Almaraz y Santos y en Montserrat en el año 1915.
Los monjes del monasterio de Silos, restaurado en 1880, propagan el espíritu de Solesmes por España y América. En Montserrat fue muy importante la labor llevada a cabo por don G. Sunyol, discípulo de don Mocquereau, fundador de "Paleografía Musical", y que publicó también el "Libre Usualis". Es en el aspecto musical en donde el cambio litúrgico tiene sus orígenes y su inicio, sirviendo como de mecha o iniciador de reformas más profundas y amplias.
Los efectos de este movimiento en el pueblo se hacen sentir sobre todo en dos aspectos muy llamativos:
* la misa dialogada y comunitaria, participativa
* la traducción del Misal al castellano

Aunque el movimiento renovador comienza en Francia a mediados del S. XIX protagonizada por el abad de Solesmes como ya se dijo, los hitos más importantes se dan ya en el S. XX, años antes del Vaticano II. Estos hitos se pueden resumir en los siguientes:
* restauración de la Vigilia pascual (1951)
* reforma de la Semana Santa (1955)
* simplificación de las rúbricas del Misal y del Breviario (decreto de 23 de marzo de 1953)
* nuevo Código de Rúbricas (26 de julio de 1960)
* Instrucción sobre Música Sacra (3 de septiembre de 1958)

EL MOVIMIENTO LITÚRGICO ESPAÑOL.­
Los primeros balbuceos del Movimiento litúrgico español los encontramos, como ya dijimos, en los monasterios benedictinos de Silos y Montserrat con sus investigaciones sobre liturgia. La restauración de la música sagrada, concretamente del canto gregoriano, fue también otras de las manifestaciones de este movimiento, como aparece en los Congresos de Valladolid (1907), Sevilla (1908), Barcelona (1919), Vitoria (1929) y Madrid (1954).
La celebración del I Congreso Litúrgico de Montserrat en el año 1915 tuvo una gran influencia en Cataluña, contribuyendo de manera decisiva a fortalecer la vida de los sacerdotes. Como fruto de este congreso surgió la obra del canónigo D. Isidro Gomá titulada "El Valor educativo de la Liturgia católica" en dos tomos. Por su parte, el abad de Silos presentó una ponencia en el IX Congreso para el progreso de las Ciencias celebrado el año 1923 titulada “Valor científico y cultural de los estudios sobre Liturgia”.

Al término de la Guerra Civil española el movimiento litúrgico español renace con gran pujanza, brillando de nuevo las abadías de Silos y Montserrat. Los monjes supervivientes del conflicto siguen con renovado ánimo sus trabajos sobre liturgia: el abad A. MLa Marcet escribe una valiosa introducción sobre el Movimiento litúrgico para la obra del ya cardenal Gomá. Entre los monjes de Silos recordamos a Germán Prado, Santiago Alameda, Justo Pérez de Urbel y otros más, discípulos de M. Forotín. Los monjes de Silos editan la revista Liturgia(1946) y los monjes de Samos (Galicia) traducen el “Liber Sacramentorum” del cardenal Shuster en nueve volúmenes nada menos. El padre Andrés Azcárate monje de Silos transterrado a la Argentina publica su libro “La Flor de la Liturgia”.
Pero no sólo los monjes van en esa línea sino que también los curas párrocos se van sumando a este Movimiento, incorporando el clero diocesano su apostolado litúrgico mediante las Misas dialogadas.
Un importante hito en el Movimiento litúrgico español fue el XXV Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Barcelona el año 1952. El periódico sacerdotal “Incunable” fundado y dirigido por Lamberto de Echevarría aglutinó a los renovadores convocándoles a una sesión de Pastoral Litúrgica presidida por el obispo auxiliar de Toledo monseñor Francisco Miranda Vicente, en la cual se acordó pedir a la Asamblea de Metropolitanos Españoles la creación de la Junta Nacional de Apostolado Litúrgico, cosa que sucedió en 1955 e instituida al siguiente año siendo su primer presidente el citado obispo.
En el año 1955 se inician los coloquios o Semanas Nacionales de Pastoral Litúrgica y ese mismo año surge en la Universidad Pontificia de Salamanca el Instituto Pastoral dirigido por D. Casimiro Sánchez Aliseda. Estas instituciones logran dar una mayor organización al Movimiento litúrgico español, como se ve en la asistencia de nuestro país al Congreso de Asís del año 1956. Al año siguiente se inicia la andadura del Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona bajo la dirección de D. Pedro Tena. En León se celebra la Primera Semana Nacional de Arte sacro en el año 1958 y ya funcionaban por este tiempo en algunas diócesis las comisiones de Liturgia y se había editado Misales de Fieles y Devocionarios adaptados a las nuevas corrientes para facilitar en la medida de lo posible la participación de los fieles.
En el año 1961 se creó la Comisión Episcopal de Liturgia, Pastoral y Arte Sacro que estuvo presidida por Monseñor García de la Sierra y Méndez. El Secretariado Nacional de Liturgia comenzó a editar el boletín Hodie (1962-65) y se inició la colección "Cuadernos de Pastoral Litúrgica Etheria".
Terminamos, antes de ver brevemente la gran reforma vaticana, diciendo que la existencia de rituales bilingües aseguraba la participación de los fieles así como la construcción de nuevos templos adaptados a las nuevas exigencias (Virgen del Camino, León y Alcobendas en Madrid).

LA REFORMA DEL VATICANO II.­
El Concilio Vaticano II convocado por el papa Juan XXIII se abrió el once de octubre de 1962 y el primer tema estudiado fue la Liturgia, para justo cuatrocientos años después de clausurado Trento, el cuatro de diciembre de 1963 ser promulgada por Pablo VI la constitución sobre la Sagrada Liturgia "Sacrosanctum Concilium" que es el punto de partida y la referencia obligada a la renovación litúrgica posterior y a la cual haremos frecuentes referencias.
La gran reforma decidida se puso en vigor enseguida, en tres fases:
a) paso del latín a las lenguas vernáculas (1964-1967)
b) publicación de los nuevos libros litúrgicos (1968-1975)
c) adaptación de esos libros a las iglesias particulares.
El Concilio Vaticano II (que hizo el XXI de los Ecuménicos) fue convocado por el papa Juan XXIII para reformar la Iglesia y hacer que esta "siguiera más radicalmente a Jesús y que estuviera más cercana a los hombres". Clausuró el Concilio otro papa, Pablo VI, el ocho de diciembre de 1965. Entre los innumerables documentos que elaboró se encuentra la "Sacrosanctum Concilium", documento para la reforma de la Sagrada Liturgia. Allí se establecen los principios fundamentales de la reforma litúrgica:
* la actualización del Misterio Pascual que se realiza sobre todo en las acciones litúrgicas.
* la lectura de la palabra de Dios a la cual se le da más variedad y más importancia de la que venía teniendo.
* la iglesia se manifiesta a sí misma en el sentido de que al celebrar el culto divino la Iglesia expresa lo que es: una, santa, católica y apostólica.
* participación de los fieles que se ve facilitada por la celebración en lengua vernácula y otros mecanismos como la participación en las lecturas y acolitados.
Otros principios inspiradores de esta reforma: preferencia por lo comunitario, adaptación a cada cultura, formación de ministros, concelebración y rezo en común del Oficio Divino, comunión bajo las dos especies en determinadas circunstancias, etc.
Jesús Luengo Mena

8.4.08

UN POCO DE HISTORIA SOBRE EL MOVIMIENTO LITÚRGICO

Vamos en una serie de artículos a hacer algo de historia sobre el llamado "Movimiento litúrgico" comenzando por generalidades. En otros artículos abordaremos el Movimiento litúrgico en España y los detractores del Movimiento litúrgico.
El Movimiento Litúrgico no puede ser considerado como una etapa en sí misma sino más bien como una serie de esfuerzos que surgen en diversos lugares de Europa fundamentalmente con la vocación de renovar la Liturgia para que cumpliera su misión de didascalia del pueblo cristiano y hacer asequible y entendible al pueblo la simbología de que la liturgia hace uso. No obstante y dicho lo anterior vamos a dividirlo en tres períodos bien diferenciados:

A) ETAPA DE GESTACIÓN (1840-1909).
Estos movimientos renovadores comienzan en el S. XIX marcados por el Romanticismo, al sentirse en algunas personas la necesidad de acercar la liturgia al pueblo. Se suele tomar como punto de partida la renovación monástica abanderada por el monasterio de Solesmes con su famoso abad Próspero Guéranguer (1805-1875) que restauró los benedictinos en Francia y que se puso al frente de unos ideales de romanización de la Liturgia. Este monasterio benedictino promueve el canto gregoriano y las ceremonias litúrgicas promoviendo el estudio científico de la liturgia. El abad propaga el aprecio por la Liturgia romana con las Instituciones Litúrgicas (1840-1851) dedicadas a la formación de los clérigos y con El Año Litúrgico (1841) que se edita para fomentar la instrucción de los seglares.
El abad Guéranguer sentó las bases para un renacimiento auténtico del canto romano que originan la publicación, a fines de siglo, del nuevo Gradual (1883) y del Antifonario (1891) debidos al impulso de don Jausions y don Pothiers,
Otras abadías benedictinas bajo su influjo se van sumando a este movimiento: Maredsous y Mont-César en Bélgica, cuyo abad Lambert Beauduin habla de celebrar "como comunidad y participar en la acción -salvífica de Cristo" y relanza este movimiento renovador en el Congreso de Malinas (1909), Beuton en Alemania, Finalpia en Italia y Silos (que fue restaurado por Solesmes en 1880) junto a Montserrat en España.
En esta primera etapa del Movimiento Litúrgico encontramos ya un comienzo de apostolado litúrgico. Así aparecen los primeros Misales de los Fieles (1882) y la reaparición del canto gregoriano como ya se ha dicho con la obra Paleografía Musical de Dom A. Mocquereua, monje de Solesmes.

B) ETAPA INSTITUCIONAL (1909-1943)
En el S. XX estos movimientos adoptan un estilo más pastoral y eclesial, impulsados por el Motu propio Tra le sollecitudini del papa san Pío X. Por toda Europa surgen abanderados y pioneros de este movimiento: en Bélgica destaca L. Beauduin, en Alemania podemos citar a O. Casel y a Romano Guardini como maestro de la formación litúrgica de varias generaciones del S. XX, así como la escuela litúrgica de María Laach que se caracteriza por su influencia académica y espiritual. En Italia destacan el cardenal Shuster que escribe el Liber Sacramentorum y el monasterio de Finalpia que publica la Revista Litúrgica (1914).
Dom L.Beauduin (1873-1960) fue un sacerdote secular dedicado a la pastoral obrera y que ingresó posteriormente en el monasterio de Moret-César (Lovaina). Durante el Congreso de obras Católicas de Malinas (1909) pronunció una famosa frase: "Es preciso democratizar la liturgia". Con sus propuestas superó el elitismo monástico y llevó aires renovadores a las parroquias y demás comunidades cristianas.
En Francia se crea el Centro de Pastoral Litúrgica de París como heredero del espíritu de Beauduin y los monjes de Moret-Cesar llamados Capelle y Botte siguieron sus pasos.
En España e consideran como precursores de este movimiento los monasterios ya citados de Silos y Montserrat, especialmente a partir del Congreso Litúrgico de Montserrat del año 1915. Ya más recientemente, en 1956, se fundó la Junta Nacional de Apostolado Litúrgico que fue sustituida en 1961 por la Comisión Episcopal de Liturgia, Pastoral y Arte Sacro.
Una última figura a destacar es el historiador L.Duchesne que publica allá por el año 1889 “Los orígenes del culto cristiano”en el cual el Movimiento Litúrgico comienza a hacer historia al pretender conocer el pasado a través de los libros litúrgicos.
Los Papas apoyaron este movimiento, desde san Pío X con su motu propio "Tra le sollecitudine" (1903) hasta Pío XII del que hablaremos más adelante. San Pío X realizó una reforma parcial del oficio divino y del Calendario, favoreciendo la comunión frecuente.

C) ETAPA UNIVERSAL (1943-1960)
Importante fue en esta nueva etapa la acción de Pío XII que crea en 1948 la Comisión para la Reforma Litúrgica General. Sus encíclicas Mediator Dei (1947) y Musicae Sacrae disciplina (1955) contribuyen decisivamente a ello. Este Pontífice llevó a cabo la restauración de la Semana Santa, autorizó el uso de lenguas vernáculas en la Misa y en los sacramentos y en el año 1956 dirigió un importante discurso al Congreso Internacional de Liturgia de Asís. Se modifica el Ritual del orden, las misas vespertinas, el Salterio para el Breviario, el rito de la semana Santa, la nueva ley sobre Ayuno Eucarístico, etc.
Es ahora cuando surge una crisis ritual que exige unos textos y ritos nuevos, adaptados a las nuevas corrientes renovadoras. Se van introduciendo cambios en las vestiduras litúrgicas, en el canto y en el arte litúrgico. Se trata de realizar una pastoral o apostolado litúrgico que empieza, por otra parte, a tener opositores y detractores. A Francia se le concede el Ritual Bilingüe en 1947, que se extiende posteriormente a otras naciones.
Podemos recordar, antes de dedicar unos breves párrafos al Vaticano II, una serie de centros litúrgicos que sirven de motor de estas reformas: París, Tréveris; Congresos como los de María-Laach (1951), Estrasburgo (1952), Lugano (1953), Asís (1956) y Montserrat (1958). Especialmente importante fue el de Asís (1956) que advirtió sobre la importancia de las lenguas vernáculas. También hubo Congresos sobre música sacra, que no citaremos por no hacer más prolija la exposición.
Dentro ya del Concilio Vaticano II Juan XXIII publicó un nuevo Código de Rúbricas y una nueva edición típica de libros litúrgicos. Con estas reformas se inicia una nueva etapa hacia una proyección universal.
Pero sin dudar es el Vaticano II el que da el impulso definitivo a la reforma litúrgica, reforma esta la más importante en toda la historia de la Iglesia y que en palabras de Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Vicesimus quintus annus era calificada como "el fruto más visible de la obra conciliar”.
Jesús Luengo Mena

5.4.08

LAS ORACIONES SECRETAS DE LA MISA

Durante el desarrollo de la misa el sacerdote pronuncia, en ocasiones, frases u oraciones en voz baja, que se llaman secretas.
La primera vez que el sacerdote, durante la misa, habla en voz baja es antes de proclamar el Evangelio, diciendo inclinado ante el altar: “Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio”. Si el Evangelio lo proclama un diácono u otro concelebrante le piden la bendición, en voz baja: “Padre, dame tu bendición”. El presidente le contesta con estas palabras, también en voz baja: “El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Al terminar de proclamar el Evangelio, el diácono o el sacerdote dice en secreto: “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”.
Otro momento en el que el sacerdote ora en secreto es en el Ofertorio. El sacerdote eleva un poco la patena con la hostia y dice en secreto: ”Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida”. A continuación echa el vino y un poco de agua en el cáliz diciendo en secreto: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Al elevar el cáliz vuelve a decir en secreto: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.”.
Estas oraciones también las puede decir en voz alta si no hay canto ni música.
Una vez terminado este rito se inclina profundamente sobre las ofrendas y dice el secreto: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro”.
A continuación, en un extremo del altar, se procede al rito de lavarse las manos, mientras dice en secreto: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado”.
Otra oración en secreto dice el sacerdote en el momento de la inmixtión (cuando echa una parte pequeña de la hostia en el cáliz con el vino): "El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna”.
Asimismo, después del Agnus Dei (Cordero de Dios) el Misal propone dos fórmulas de oración secreta. La primera: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.” o bien: “Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable”.
Antes de comulgar, el sacerdote dice en secreto: “El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna” y “La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna”.
La última oración secreta de la misa la pronuncia el sacerdote, si es él quien hace la purificación de los vasos sagrados (ablución). Dice así: “Haz, Señor, que recibimos con un corazón limpio el alimento que acabamos de tomar, y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna”.
Jesús Luengo Mena

26.3.08

LOS IMPROPERIOS

El diccionario de la RAE de la Lengua define el término improperio como “Injuria grave de palabra, y especialmente la que se emplea para echar a alguien en cara algo” y en una segunda acepción como “Versículos que se cantan en el oficio del Viernes Santo, durante la adoración de la cruz”. En efecto, las dos cosas son improperios aunque en sentido litúrgico se refiere a reproche o queja, concretamente a las quejas de Jesús contra su pueblo que se cantan durante la Adoración de la Cruz el Viernes Santo. Los textos actuales proceden del S. IX y se mezclan dos planos: por un lado la queja de Yahvé contra Israel en el Antiguo Testamento y la queja de Jesús crucificado para con su pueblo, en el Nuevo Testamento.
El Viernes Santo es un día alitúrgico, al igual que el Sábado Santo, ya que son los dos únicos días en que no se celebra la Eucaristía.
La Liturgia del Viernes Santo tiene tres partes: Liturgia de la Palabra y Oración de los fieles especialmente solemne, la Adoración de la Cruz y Sagrada Comunión llamada de presantificados, con las hostias consagradas el día anterior.
El rito de la Adoración de la Cruz comienza con la procesión para llevarla, cubierta con un velo, al altar. Allí se descubre en tres fases, acabando cada acto con la frase “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo” respondiendo todos: “Venid a adorarlo”. El Misal propone dos formas para este rito. A continuación el sacerdote, ministros y pueblo se acercan a adorar a la Cruz, haciendo genuflexión u otro signo de veneración. Si el pueblo es muy numeroso se puede sustituir la adoración individual por una colectiva. En este momento de adoración es cuando se entonan los improperios, en los que Jesús reprocha a su pueblo su ingratitud.
“¡Pueblo mío!
¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido?
Respóndeme
Yo te saqué de Egipto;
Tú preparaste un cruz para tu Salvador...
En definitiva, Jesús relata lo que ha hecho por su pueblo: lo sacó de Egipto, lo condujo a través del desierto, lo alimentó con el maná, hizo por él toda clase de portentos; en recompensa por todos esos favores, el pueblo lo trata con desprecio. La antítesis: "Yo te saqué de Egipto, tú preparaste una cruz para tu Salvador", es usada para dar efecto a toda la composición. Entre un improperio y otro tenemos el patético estribillo: "¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme", y el trisagio: "¡Santo es Dios, santo y fuerte! Santo inmortal, ten piedad de nosotros". Cristo nos reprocha a todos, no sólo a los que lo crucificaron; pero lo hace de forma tan suave, que suscita nuestra compasión más que nuestro sentimiento de culpabilidad. Lo que se cuestiona es nuestra ingratitud y dureza de corazón. La única respuesta a esas preguntas y reproches es el beso silencioso a los pies del Señor crucificado.
El Misal Romano contiene completos los improperios, versos de una belleza incalculable y que el fiel que los lea enseguida entenderá porque se llaman improperios. Se rematan con Hágios o Theós (Santo es Dios).

20.3.08

LAS LECTURAS DE LA MISA: QUIENES DEBEN PROCLAMARLAS

Las lecturas de Biblia que la Iglesia propone a lo largo de todo el año litúrgico se hallan recogidas en los diversos tomos de que consta el LECCIONARIO. Como criterios generales observados al elegir los textos podemos decir que en los domingos y fiestas se proponen los textos considerados más importantes para que en un ciclo de tres años, se lean a los fieles las partes más relevantes de la Sagrada Escritura. Esto se debe a que la mayoría de los cristianos practicantes suelen tener contacto con la palabra de Dios fundamentalmente en la misa dominical. El resto de la Escritura que no se lee los domingos o fiestas está asignado a los días feriales, siguiendo otros criterios ya que la serie ferial se desarrolla en dos años (pares e impares) durante el tiempo ordinario y en un solo ciclo anual durante los tiempos llamados fuertes, o sea, Adviento-Navidad, Cuaresma y Pascua.
En otro artículo hemos analizado el Leccionario. Ahora vamos a ver quienes son los ministros adecuados para proclamar las lecturas de la Misa.
Como norma general podemos comenzar afirmando que proclamar las lecturas nunca es oficio propio del presidente de la asamblea eucarística. Sólo en el caso de que no haya un ministro adecuado deberá proclamarlas.
El Evangelio es propio del diácono, si lo hay, o en su lugar de alguno de los sacerdotes concelebrantes. Tanto el diácono como el concelebrante recibirán el encargo del presidente, al cual piden su bendición en voz baja: “Padre, dame tu bendición”respondiéndole el sacerdote: “El Señor esté en tu corazón”. Al acabar dicen en secreto: “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”. Sólo si no hay ministros adecuados lo proclamará el presidente. En ningún caso lo hará un laico. No obstante lo dicho si está permitido que un lector laico proclame el Evangelio en la Misa del Domingo de Ramos, cuando al leer la Pasión de Nuestro Señor se necesitan tres lectores (Jesús, Sanedrín y Cronista), reservándose siempre el papel de Jesús al sacerdote. En este caso, los lectores laicos no reciben el encargo de parte del presidente.
Las lecturas no evangélicas tiene al lector instituido como ministro propio. Si lo hay, a él le corresponde hacerlas. Si no hay lector instituido puede proclamarlas un lector ocasional, sin discriminación entre hombre o mujer. Lo mismo vale para el salmo responsorial. También pueden realizarlas el diácono u otro concelebrante ante la falta de lector adecuado.

14.3.08

EL RITO DE LA DEDICACIÓN DE LAS IGLESIAS

El rito de la dedicación de iglesias y de altares es una de las más solemnes acciones litúrgicas. El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar preces de intercesión y de alabanza a Dios y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía es imagen peculiar de la Iglesia, templo de Dios, edificado con piedras vivas; también el altar, que el pueblo santo rodea para participar del sacrificio del Señor y alimentarse con el banquete celeste, es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacrificio.
La dedicación de la iglesia supone para la comunidad cristiana local el coronamiento de una larga empresa de esfuerzos compartidos por todos. Debe ser un día de fiesta, que no puede pasar desapercibido, sino que debe marcar un hito importante en la vida eclesial. Y el aniversario de la Dedicación debe aprovecharse para una concienciación más responsable del papel activo que todos tenemos en la iglesia.
NATURALEZA Y DIGNIDAD DE LAS IGLESIAS
Cristo, por su muerte y su resurrección se convirtió en el verdadero y perfecto templo de la nueva Alianza y reunió al pueblo adquirido por Dios. Este pueblo santo, unificado por virtud y a imagen del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es la Iglesia, o sea, el templo de Dios edificado con piedras vivas, donde se da culto al Padre con espíritu y verdad. Con razón, pues, desde muy antiguo se llamó "Iglesia" el edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos v celebrar la eucaristía.
Por el hecho de ser un edificio visible, esta casa es un signo peculiar de la Iglesia que peregrina en la tierra e imagen de la Iglesia celestial. Y porque la iglesia se construye como edificio destinado de manera fija y exclusiva a reunir al pueblo de Dios y celebrar los sagrados misterios, conviene dedicarla al Señor con un rito solemne, según la antiquísima costumbre de la Iglesia.
La iglesia, como lo exige su naturaleza, debe ser apta para las celebraciones sagradas, hermosa, con una noble belleza que no consista únicamente en la suntuosidad y ha de ser un auténtico símbolo y signo de las realidades sobrenaturales. La disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reunida, que consienta un proporcionado orden de todas sus partes y que favorezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios".

LOS RITOS DE DEDICACIÓN
Son varios, que pueden resumirse en: la aspersión, la unción del altar y de los muros de la iglesia, unción del altar y de los muros de la iglesia, cremación del incienso. revestimiento e iluminación del altar.

La aspersión
En clara analogía con los sacramentos de la iniciación cristiana en virtud de los cuales el creyente se convierte en templo de Dios al recibir sucesivamente el bautismo, la confirmación y la eucaristía, ante todo, el altar y la iglesia son lavados con agua bendita. Por eso, tras la procesión de entrada y tras la entrega simbólica de la iglesia al obispo, éste bendice agua v rocía con ella al pueblo, que es el templo espiritual, y asperja también el altar y los muros de la iglesia. A continuación, tras una oración, se canta el Gloria y se da paso la Liturgia de la Palabra. Terminada, se da comienzo a los ritos de la dedicación.

Oración de dedicación
La celebración de la eucaristía es el rito máximo y el único necesario para dedicar una iglesia; no obstante, de acuerdo con la común tradición de la Iglesia, tanto oriental como occidental, se dice también una peculiar y solemne oración de dedicación, en la que se expresa la voluntad de dedicar para siempre la iglesia al Señor y se pide su bendición. Con esta oración comienza propiamente el rito de la dedicación.

Unción del altar y de los muros de la iglesia.
Como se ha proclamado en las lecturas de la Liturgia de la Palabra, el altar es signo de Cristo, que es llamado y es, por excelencia, el "Ungido", puesto que el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo sacerdote para que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación de todos. La unción de las doce cruces de las paredes de la iglesia significa que ella está dedicada toda entera para siempre al culto cristiano. Se hacen doce unciones, según la tradición litúrgica, para-significar que la iglesia es imagen de la ciudad santa de Jerusalén, fundamentada en los Doce Apóstoles del Señor, construida con las piedras vivas que son los fieles.

Cremación del incienso.
Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, suba hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles lleguen agradables y propiciatorias, acompañadas del aroma de las buenas abras, hasta el trono de Dios.
La incensación de la nave de la iglesia significa que llega a ser casa de oración; pero se inciensa primero al pueblo de Dios, que él es el templo vivo en el que cada uno de los fieles es un altar espiritual.

Revestimiento e iluminación del altar.
El revestimiento del altar con manteles blancos y su iluminación con cirios indica que el altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles, en una misma oración pero con funciones diversas, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso el altar, como mesa del banquete sacrificial, se viste y se adorna festivamente.
Tras estos ritos la Eucaristía prosigue con la Liturgia eucarística.

2.3.08

EL MINISTRO EXTRAORDINARIO DE LA COMUNIÓN

Los fieles no ordenados, ya desde hace tiempo, colaboran en la pastoral con los sagrados ministros a fin que «el don inefable de la Eucaristía sea siempre más profundamente conocido y se participe a su eficacia salvífica con siempre mayor intensidad». Se trata de un servicio litúrgico que, responde a objetivas necesidades de los fieles, destinado, sobre todo, a los enfermos y a las asambleas litúrgicas en las cuales son particularmente numerosos los fieles que desean recibir la sagrada Comunión.
La Instrucción Immensae Caritatis indica que el fiel designado ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, y debidamente preparado, deberá distinguirse por su vida cristiana, por su fe y buenas costumbres. Se esforzará por ser digno de este nobilísimo encargo, cultivará la devoción a la Sagrada Eucaristía y dará ejemplo a los demás fieles de respeto al Santísimo Sacramento del altar. La edad mínima para ejercer este ministerio será de 30 años cumplidos.
La disciplina canónica sobre el ministro extraordinario de la sagrada Comunión debe ser, sin embargo, rectamente aplicada para no generar confusión. La misma establece que el ministro ordinario de la Sagrada Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono, mientras son ministros extraordinarios el acólito instituido o el fiel delegado expresamente para ello. Un fiel no ordenado, si lo sugieren motivos de verdadera necesidad, puede ser delegado por el obispo diocesano, en calidad de ministro extraordinario, para distribuir la Sagrada Comunión también fuera de la celebración eucarística, ad actum o en modo estable, utilizando para esto la apropiada forma litúrgica de bendición. En casos excepcionales e imprevistos la autorización puede ser concedida ad actum –sólo para ese momento, sin que suponga un derecho para la persona que lo ejerce ocasionalmente– por el sacerdote que preside la celebración eucarística. Mientras haya un número suficiente de acólitos instituidos y de ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, cada vez menos se necesitará recurrir a este ministerio ad actum.
Al llamar a este servicio ocasional se dará al elegido la bendición prevista en el Misal Romano La designación de esta persona idónea se hará en el siguiente orden: lector instituido, religioso, religiosa, alumno del Seminario Mayor, fiel varón o mujer mayores de 30 años(Cf. Immensae Caritatis IV).
Para que el ministro extraordinario, durante la celebración eucarística, pueda distribuir la sagrada Comunión, es necesario o que no se encuentren presentes ministros ordinarios o que, estos, aunque presentes, se encuentren verdaderamente impedidos. Pueden desarrollar este mismo encargo también cuando, a causa de la numerosa participación de fieles que desean recibir la sagrada Comunión, la celebración eucarística se prolongaria excesivamente por insuficiencia de ministros ordinarios.
Tal encargo es de suplencia y extraordinario y debe ser ejercitado a norma de derecho. A tal fin es oportuno que el obispo diocesano dicte las normas particulares que, en estrecha armonía con la legislación universal de la Iglesia, regulen el ejercicio de tal encargo. Se debe proveer, entre otras cosas, a que el fiel delegado a tal encargo sea debidamente instruido sobre la doctrina eucarística, sobre la índole de su servicio, sobre las rúbricas que se deben observar para la debida reverencia a tan augusto Sacramento y sobre la disciplina acerca de la admisión para la Comunión.
Como errores que pueda cometer el ministro extraordinario de la comunión y para no provocar confusiones han de ser evitadas y suprimidas algunas prácticas que se han venido creando en algunas Iglesias particulares.
Podemos citar como por ejemplo:
* la acción de algún gesto similar a la de los ministros ordenados durante la consagración (si están en el presbiterio)
* la comunión de los ministros extraordinarios como si fueran concelebrantes
* asociar, a la renovación de las promesas de los sacerdotes en la Misa Crismal del Jueves Santo, otras categorías de fieles que renuevan los votos religiosos o reciben el mandato de ministros extraordinarios de la Comunión
* el uso habitual de los ministros extraordinarios en las Misas, extendiendo arbitrariamente el concepto de «numerosa participación».
En definitiva, se trata de que en los fieles no se produzca ninguna confusión entre los diferentes ministerios.
Las causas que justifican la actuación de un ministro extraordinario de la Sagrada Comunión están señaladas taxativamente en la legislación eclesiástica y son:
a.- Cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito instituido.
b.- Si éstos no pueden distribuir la Sagrada Comunión porque se lo impide otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su avanzada edad.
c.- Si los fieles que desean comulgar son tantos que se prolongaría excesivamente la celebración de la Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.
d.- Cuando el número de enfermos que deben atender los pastores sea muy numeroso.
Los candidatos a ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión deben ser presentados por el párroco respectivo en un número prudente. El obispo o el vicario general expedirá el certificado que autoriza el desempeño de este servicio, únicamente en la parroquia para la cual han sido nombrados y por un período de dos años, renovable por una nueva petición del párroco.
Se llevará un libro de registro de los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión en el cual, además del nombre y de la edad, la parroquia, se consigne la vigencia de la delegación.
Los ministros extraordinarios, cuando por primera vez sean autorizados, serán presentados a la comunidad parroquial e investidos en una acción litúrgica propia, preferentemente dentro de una celebración Eucarística dominical, presidida por el obispo y/o vicario general o su delegado.
Ningún religioso(a) por el hecho de su consagración es ministro extraordinario de la Sagrada Comunión. Eso no excluye, lógicamente, que posteriormente puedan recibir ese encargo, incluso con preferencia a un laico.

22.2.08

LA FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

Dentro de los cultos que las hermandades y cofradías dedican a sus Titulares destaca entre todos la llamada Función Principal de Instituto. Se celebra como remate a unos cultos previos, generalmente quinario cristífero.
Recibe ese nombre porque en los siglos pasados en el quinario precedente no se celebraba la Eucaristía, que no era elemento esencial de un quinario ya que el objeto de esos cinco días era el de llegar, mediante la meditación, el ejercicio piadoso del quinario, escucha de la Palabra, actos eucarísticos de adoración y la predicación al gran día, el día de la Función, que por eso se llamaba Principal. Escasas hermandades mantienen hoy día ese esquema.
En realidad, los ejercicios de piedad (ya que no son otra cosa los quinarios, triduos y demás) tenían antiguamente un sentido de preparación, durante el cual mediante el Sermón, único medio de la Iglesia para transmitir sus mensajes evangélicos en aquellos tiempos, y mediante la meditación de los misterios de la Pasión, se invitaba al cofrade a una conversión, que culminaría recibiendo los sacramentos del Perdón y de la Eucaristía en la Función Principal, que por eso recibía tal nombre. La celebración de la Eucaristía no es pues esencial en los ejercicios de piedad, aunque si es la culminación de esos cultos. En este sentido, podría afirmarse que la llamada Función Principal sólo lo es en la mayoría de los casos por la solemnidad o tradición, ya que en sentido estricto, al celebrarse siempre la Eucaristía en rigor no puede decirse de una Eucaristía que sea más principal que otra.
En esa Función Principal si que se celebraba la Eucaristía, en la que previa confesión, se hacía comunión general de los hermanos. Cierto es también que la práctica de la comunión frecuente es muy moderna, siendo en siglos pasados ésta una práctica más bien excepcional debido entre otras cosas al estricto ayuno eucarístico que había que guardar para comulgar (desde la medianoche anterior), lo cual no favorecía esta práctica y forzaba por añadidura la inexistencia de misa vespertina. Pío XII en 1953 mitigó el ayuno, que pasó primero tres horas y posteriormente a una hora antes (CDC 919).
Actualmente la Función Principal de Instituto consiste en Misa solemne con Sermón, y al Ofertorio Protestación de Fe, con juramento solemne de creer y defender las verdades fundamentales de nuestra religión, con especial referencia a la defensa de la pureza inmaculada de la Virgen y posterior beso al Libro de Reglas con la Presidencia de la hermandad como testigos. Las Reglas ordenan que los hermanos deben portar la medalla de la hermandad en todos estos cultos. También las Reglas suelen incluir la fórmula de Protestación de Fe, que en algunos casos no estaría de más actualizarla con una redacción más acorde a los tiempos actuales.

Algunos consejos prácticos
Los ministros deben cuidar su indumentaria, procurando que el cuello de la camisa no asome por encima del alba y llevando calzado adecuado.
Los lectores que suban al ambón a proclamar las lecturas es más correcto que lo hagan al mismo tiempo, haciendo reverencia al altar. Cuando el primer lector acabe la primera lectura y el salmo se aparta para que el segundo lector proclame la segunda lectura. Después, ambos bajan y coordinadamente repiten la reverencia al altar y ocupan sus sitios en la nave.
Si se hace procesión con las ofrendas no se olvide que lo primero que se presenta es el pan y el vino y después lo demás que se lleve al altar. Si se ha preparado la Oración de los fieles deben seguirse las normas dispuestas para su confección. Con uno o dos lectores máximo es suficiente.
El turiferario, además de incensiar al presidente y a los concelebrantes, debe incensiar también al pueblo que lo recibe puesto en pie. La costumbre de incensiar expresamente a la Junta de Gobierno no procede ya que el pueblo la incluye.
Los acólitos no deben establecer una barrera entre el pueblo y el presbiterio. Tampoco es adecuado que salgan durante el sermón.
Terminamos puntualizando que el día de la Función Principal es el día del año más importante para la hermandad, aunque la mayoría piense más en la estación de penitencia, que no deja de ser una acto de piedad popular paralitúrgico con el que todos soñamos pero nunca comparable a la celebración eucarística.
Jesús Luengo Mena


15.2.08

LOS SACRAMENTALES

Dentro de los actos litúrgicos podemos distinguir tres categorías: los sacramentos, la Liturgia de las horas y los sacramentales. Llamamos sacramentales a signos sagrados a modo de sacramentos pero que no han sido instituidos por Cristo sino creados por la Iglesia para preparar, acompañar y prolongar la acción de los sacramentos.
El nombre de “sacramentales” nos trae a la memoria el de “sacramentos” y manifiesta una íntima relación entre unos y otros. Los sacramentales ayudan a los hombres para que se dispongan a recibir mejor los efectos de los sacramentos, efectos que el Concilio llama principales.
¿En qué se diferencian los sacramentales de los sacramentos?Mientras los sacramentos son de institución divina, pues los ha instituido el mismo Jesucristo, los sacramentales son de institución eclesiástica, es decir, los ha creado la Iglesia. Además, en cuanto a los efectos también hay diferencias.
Los sacramentos producen la gracia “ex opere operato”, o sea, todo sacramento obra, tiene eficacia por el hecho de ser un acto del mismo Jesucristo; no obtiene su eficacia o valor esencial ni por el fervor ni por los méritos del ministro o del sujeto que recibe el sacramento. En cambio, los sacramentales obran “ex opere operantis Ecclesiae”, es decir, que reciben su eficacia de la misión mediadora que posee la Iglesia, por la fuerza de intercesión que tiene la Iglesia ante Cristo que es su cabeza. Los sacramentales producen sus efectos por la fuerza impetratoria de la Santa Iglesia y tienen como fin que todos los actos de la vida puedan ser santificados.
A modo de ejemplos podemos citar como sacramentales la dedicación de iglesias, las exequias, coronaciones canónicas, exposición y bendición con el Santísimo, la profesión religiosa, el agua bendita, exorcismos, bendiciones varias, adoración de la Cruz, imposición de la ceniza, etc.
Algunos de estos sacramentales afectan a toda la Iglesia local, por lo que se reservan al obispo, como es el caso de la dedicación de iglesias y altares. Otros los realizan los presbíteros o diáconos, e incluso algunos, como ciertas bendiciones, podemos hacerlas los laicos.
La iniciación cristiana, que se realiza sobre todo por los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la primera Eucaristía, contiene diversos sacramentales: la signación en la frente, los exorcismos, la unción con óleo de catecúmenos y crisma, y la bendición del agua. La memoria de estos sacramentos también se aviva con sacramentales como la aspersión dominical, la señal de la cruz con agua bendita y la renovación de las promesas bautismales.
A lo largo del año cristiano realizamos también varios sacramentales muy significativos, incluidos en la celebración de los sacramentos: la bendición e imposición de cenizas, la bendición de palmas y la procesión de entrada del Domingo de Ramos, la adoración de la Cruz el Viernes Santo, la procesión y las oraciones de rogativas, la bendición y procesión con candelas el dos de febrero, las procesiones en honor de la Virgen o de los Santos o de Semana Santa.
Un sacramental muy cercano es la oración con que invocamos la bendición de Dios sobre las personas, los edificios, las imágenes y los objetos. El libro llamado Bendicional contiene las fórmulas litúrgicas adecuadas a cada caso.

9.2.08

LAS EXEQUIAS POR LOS DIFUNTOS

La Iglesia tiene clara conciencia de que la muerte física no interrumpe los lazos con aquellos miembros suyos que, traspasado el umbral de la muerte, o bien gozan ya de la visión de Dios o bien se preparan a gozarla. Así lo dice la Lumen Gentium, 49: “La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz del Señor de ninguna manera se interrumpe.
Más bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por eso, la Iglesia guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos, para que queden libres de sus pecados”. Así surgieron distintos sacramentales relacionados con los ritos exequiales, como los “responsos” y las procesiones a los cementerios. Acerca de estos sacramentales relacionados con los difuntos que están purificándose todavía después de la muerte, dice la constitución sobre la Sagrada Liturgia: “El rito de exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana y debe responder mejor a las circunstancias y tradiciones de cada país, aún en lo referente al color litúrgico”(n. 81).
¿Cuál es el sentido de las exequias cristianas?
La Iglesia celebra en ellas el misterio pascual para que quienes fueron incorporados a Cristo, muerto y resucitado por el bautismo, pasen con Él a la vida, sean purificados y recibidos en el cielo, y aguarden el triunfo definitivo de Cristo y la resurrección de los muertos (S.C. 82). Esto explica que la esperanza de la resurrección sea un tema central en las exequias. A ella se refieren constantemente las lecturas, las antífonas y las oraciones. La Iglesia, consciente de esta esperanza cristiana, intercede por los difuntos para que el Señor perdone sus pecados, los libre de la condenación eterna, los purifique totalmente, los haga partícipes de la eterna bienaventuranza y los resucite gloriosamente al final de los tiempos. La eficacia de este intercesión se funda en los méritos de Jesucristo, no en los sufragios mismos. En estas exequias ve también la Iglesia la veneración del cuerpo del difunto. El cristianismo no considera el cuerpo como la cárcel del alma, –platonismo– ni tampoco lo ve intrínsecamente malo –como proclamó el maniqueísmo– y menos aún admite el materialismo ateo para quien sólo existe lo material, a lo que considera indefectiblemente perecedero y despreciable. La Iglesia defiende la unidad cuerpo-alma, y por lo mismo, ambos elementos son objeto de salvación; uno y otro serán glorificados o condenados. Las exequias son una magnífica ocasión para que la comunidad cristiana reflexione y ahonde en el significado profundo de la vida y de la muerte; y para que los pastores de almas realicen una eficaz acción evangelizadora, potenciada por las disposiciones positivas de los familiares, la participación en la misa exequial de muchos cristianos alejados y la presencia amistosa de personas indiferentes, incrédulas e incluso ateas.
Algunas cuestiones sobre las exequias.
* El lugar más idóneo es la parroquia a la que pertenecía el difunto, aunque no se excluye elegir otra, con conocimiento del párroco propio. Si el fallecimiento es fuera de la parroquia y no se traslada allí al difunto ni se ha elegido otro templo, se hará en la parroquia donde haya fallecido. Las exequias del obispo se celebran en la catedral y la de los religiosos en sus propias iglesias u oratorios. También se pueden celebrar exequias por difuntos bautizados no católicos si no consta oposición ni su propio ministro puede hacerlo.
* El agua bendita que el sacerdote derrama sobre el cadáver alude al bautismo, y la incensación, a la resurrección. Son, pues, gestos pascuales.
* El color litúrgico de las exequias de adultos es el morado; el de los niños, el blanco.
* Los elogios fúnebres o exposiciones retóricas y alabanzas de las virtudes del difunto no deben sustituir nunca a la homilía. Se puede aludir brevemente al testimonio de vida cristiana de esa persona difunta, cuando constituye motivo de edificación o acción de gracias.
* En la liturgia de las exequias no se debe hacer acepción de personas por razón de su posición económica, cultural, social, etc., pues todos los cristianos son igualmente hijos de Dios y de la Iglesia y poseen la misma dignidad bautismal. Si se permite realzar la solemnidad de las exequias de las personas que tienen autoridad civil o poseen el orden sagrado, ya que la distinción se refiere a lo que significan esas personas, no a las mismas personas. Pero siempre con moderación.
Una cuestión delicada. ¿A quién denegar la sepultura eclesiástica?
El Código de Derecho Canónico establece en los números 1184 y 1185 lo siguiente: “Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
* a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;
* a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;
* a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles. En el caso de que surja alguna duda, hay que consultar al Ordinario del lugar, y atenerse a sus disposiciones.
Sigue diciendo el Código que a quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se negará también cualquier misa exequial. Sin embargo, en este caso también se pueden decir misas privadas en sufragio de su alma, apelando a la infinita misericordia de Dios, con la limitación de no nombrarlo en la plegaria eucarística, ya que no está en plena comunión con la Iglesia.
¿Qué decir de la cremación?
El Ritual de exequias establece que “no hay que negar los ritos exequiales cristianos a los que eligieron la cremación de su propio cadáver a no ser que conste claramente que lo hicieron por razones anticristianas”. El Código de Derecho Canónico dice en el canon 1176: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana”. La cremación no es algo simplemente tolerado, puesto que no es intrínsecamente mala, ni se exige causa justa para elegirla; pero la Iglesia prefiere la inhumación.

30.1.08

EL MIÉRCOLES DE CENIZA

El Miércoles de Ceniza es un día privilegiado litúrgicamente hablando, ya que en la tabla de los días litúrgicos según la precedencia aparece en el segundo grupo, al mismo nivel que los domingos de Adviento o la octava de Pascua por ejemplo. En ese día comienza uno de los llamados “tiempos fuertes”: la Cuaresma. Es día de ayuno y abstinencia (como el Viernes Santo) y la Liturgia nos presenta presenta el rito, característico, de la imposición de la ceniza.
En la Misa de ese día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente. Se omite el acto penitencial, que se sustituye por la imposición de la ceniza, después de la homilía. Tras una oración impone en la cabeza o la frente la ceniza a los presentes con cualquiera de las dos fórmulas que propone el Misal: “Convertios y creed en el Evangelio” o bien “Acuérdate de que polvo eres y al polvo volverás”. Es conveniente que el sacerdote presidente también se la imponga o le sea impuesta por algún fiel. Debe ser el primero en dar ejemplo de que se suma también a ese camino de conversión
Después sigue la Oración de los fieles y comienza normalmente la Liturgia eucarística. No se dice el Credo.
También existe la posibilidad de imponer la ceniza fuera de la misa. En este caso debe ir acompañado el rito con una Liturgia de la Palabra.
Los días posteriores a este miércoles, hasta el primer domingo de Cuaresma, se llaman jueves, viernes y sábado después de Ceniza. El color morado de las vestiduras sagradas es el propio de este tiempo.
Haciendo un poco de historia de este rito al principio se limitaba a los penitentes públicos, o sea, al grupo de pecadores que recibirían la reconciliación el Jueves santo. Desde el siglo XI comenzó a aplicarse este rito a todos los cristianos. Toda la comunidad se reconocía pecadora y se convirtió en un gesto de conversión cuaresmal.
La ceniza nos recuerda nuestra condición débil y caduca. Además, somos pecadores.
En el Antiguo Testamento hay numerosos ejemplos del uso de la ceniza como elemento penitencial y de arrepentimiento, Baste esta cita: “Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra y todos esparcieron polvo sobre sus cabezas y oraban a Yahve” (Jos7,6).
Jesús Luengo Mena

16.1.08

EL MISAL ROMANO II





Continuamos en este segundo artículo analizando el contenido del Misal Romano. Tras el Propio del Tiempo, el Ordinario de la Misa y el Propio de los Santos vienen cinco apartados.


d) Las Misas Comunes. Esta parte del misal comprende siete conjuntos de formularios, comunes a otras tantas categorías de santos, incluyendo el Común de la dedicación de la iglesia, que aparen­temente no parece encajar bien aquí, sino entre las misas rituales. Se coloca a la cabeza de todos los comunes de los santos del Común de la Santísima Virgen, con siete formularios distribuidos por tiempos litúrgicos no estando su uso restringido a los sábados. Los restantes comunes responden a la nueva clasificación establecida en el curso de la reforma litúrgica, clasificación seguida también por la liturgia de las Horas: en primer lugar, los mártires (los apóstoles no tienen común en este misal, ya que tienen formularios propios); siguen los pas­tores, doctores, las vírgenes y los santos y santas. En estos últimos aparecen, además de los formularios verdaderamente comunes, unos for­mularios específicos para religiosos, educadores, etc. Se llaman comunes porque valen para cualquier santo que entre en la clasificación hecha. Por ejemplo, para la misa de un doctor de la iglesia. La individualización se hace al nombrarlo en el sitio correspondiente y señalado en el Misal (generalmente en la colecta y a veces en las demás oraciones presidenciales).

e) Las Misas rituales son una sección nueva en el misal, justificada desde el momento en que el Vaticano lI dispuso que los sacramentos de la confirmación y el matrimonio se celebrasen dentro de la misa (cf SC 71 y 77), así como la profesión religiosa (SC 80). Actualmente todos los sacramentos –excepto la penitencia– tienen cabida en la celebración de la eucaristía, manifestando así la íntima unidad y relación de todos los ritos sacramentales con el misterio eucarístico. Así pues hay siete grupos de formularios bajo las siguientes denominaciones: En la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana, En la celebración de la confirmación; En la administración de las órdenes; En la administración del viático; Por los esposos (en la celebración del matrimonio y en los aniversarios); En la consagración de vírgenes; En la profesión religiosa (varios formularios).

Misas rituales son también la misa crismal, que podría tener su lugar aquí, y la misa exequial. La unción de los enfermos y la comunión para un enfermo permiten la celebración de la misa en casa de éstos o en la iglesia. Sin embargo, para estos ca­sos es preciso acudir a las misas votivas de la eucaristía o por los enfermos.

f) "Misas por diversas necesidades. Son Misas y oraciones que pueden decirse en distintas ocasiones, según sea necesario o conveniente para la comunidad. Se agrupan en cuarenta y seis títulos, divididos en cuatro secciones: Por la Santa Iglesia, Por las necesidades públicas, En diversas circunstancias públicas y Por algunas necesidades particulares. La segunda edición del misal añadió antífonas a algunos formularios y adjudicó diversos prefacios para algunas misas. Aquí podemos encontrar, por ejemplo, una misa para impetrar el bien de la lluvia o por las vocaciones religiosas.

g) "Misas Votivas. Las misas votivas "se eligen libremente, según la piedad de los fieles, sobre los misterios del Señor o en honor de la santísima Virgen o de los santos". Ha desaparecido, no obstante, la relación de las misas con los días de la semana, de forma que los formularios actuales están distribuidos siguiendo un orden jerárquico. Hay que tener en cuenta la posibilidad de celebrar la misa votiva de cualquier santo que esté en el martirologio del día en los días de memoria libre o en las ferias del tiempo ordinario.

Las misas votivas forman series: grupo 1.°, misterios del Señor: Eucaristía, Nombre de Jesús, Preciosísima Sangre, Corazón de Jesús, Espíritu Santo; grupo 2.°, ángeles y santos: Santos Ángeles, san José, Todos los apóstoles, san Pedro, san Pablo, un solo apóstol, Todos los santos. La segunda edición típica del misal añadió dos misas de la santísima Virgen: Madre de la Iglesia y Nombre de María, y una misa de san Pedro y san Pablo.

h) Misas de difuntos. Cuenta con once formularios completos y con catorce series de oraciones por diversos tipos de difuntos. Una novedad importante y significativa es la distinción de formularios para el tiempo pascual y fuera del tiempo pascual, y la duplicidad de colectas en algunos formularios, para elegir.

Nota importante: No se ofrecen sufragios por los niños muertos antes de uso de razón, y menos por los que no han llegado a nacer. Se puede celebrar misa cuando muere un niño, pero no de sufragio sino de gloria, como se suele llamar. Tampoco se dice Misa de difuntos por las almas de los santos beatificados o canonizados, ya que la misa de difuntos es para pedir por sus almas, y ellos ya no lo necesitan. Se celebra la Misa de la fiesta correspondiente que siempre es de acción de gracia, solicitando la ayuda de Dios por la intercesión de los mismos.

3. EL APÉNDICE.

El Misal Romano recoge al final algunos elementos de interés: Plegarias eucarísticas, colectas para el Común de la Virgen María, el rito de la bendición y aspersión del agua bendita, once esquemas de oración de los fieles, el rito para designar a un ministro ocasional de la comunión, un Propio de los Santos y más Misas votivas. Algunas versiones añaden los cantos del ordinario de la misa. También aparece, al final, la misa en latín. Finalmente los índices: alfabético de celebraciones (del Señor, de la Virgen y de los santos), de prefacios y general.

Jesús Luengo Mena

10.1.08

EL MISAL ROMANO I




El Misal Romano, que también se puede llamar como “libro del altar, oracional o libro del celebrante” es el libro oficial según el cual la Iglesia celebra la Eucaristía, conteniendo las oraciones de la Misa. Podemos decir que consta de tres partes: una sección introductoria con los documentos de promulgación del libro y las respectivas normas, el cuer­po del misal propiamente dicho donde están los formu­larios litúrgicos y un apéndice, al que siguen los índices. Para las lecturas su usa el Leccionario. El complemento del Calendario Litúrgico-Pastoral de cada año es obligado para conocer sin fallo las distintas Misas y celebraciones del día a día.
Es sumamente útil que los laicos que desempeñan funciones de ayuda al altar o a la palabra, tanto acólitos o lectores, instituidos u ocasionales, conozcan el contenido y estructura del Misal, para mejor poder ayudar al celebrante. En dos artículos consecutivos vamos a analizarlo brevemente.

1. LA SECCIÓN DOCUMENTAL.
En este primer apartado figuran varios documentos, siendo tal vez el más importante la OGMR (Ordenación General del Misal Romano), documento en el que se describen todos los elementos de la celebración de la misa y exponen todas las principales normas para su desarrollo ritual.
Como complemento a las normas de la misa se publican también el Motu propio Mysterii paschalis y las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el Calendario, así como el Calendario Romano General y propio de España.

2. EL CUERPO DEL MISAL.
Com­prende ocho grandes bloques: El Propio del Tiempo, el Ordinario de la Misa, el Propio de los Santos, las Misas Comunes, las Misas Rituales, las Misas y oraciones por diversas necesidades, las Misas Votivas y las Misas de Difuntos.
Analizamos ahora solamente los tres primeros bloques.

a) El Propio del Tiempo es la parte fundamental del misal, el ciclo que desarrolla el misterio salvador en su totalidad en torno al sa­grado recuerdo de la vida y de la obra de Cristo (cf SC 102). Consta de las antífonas y las llamadas oraciones presidenciales (colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión). Se comienza con las oraciones del Adviento, para seguir con los demás tiempos fuertes: Navidad, Cuaresma, Triduo pascual y Pascua. Acaba esta parte con las oraciones del Tiempo Ordinario y las de las solemnidades del Señor que tienen lugar en este tiempo: Santísima Trinidad, Corpus Christi, Corazón de Jesús y Cristo Rey.

b) El Ordinario de la Misa comprende las partes que son comunes a todas las Misas: saludos, acto penitencial, Gloria, Credo, Liturgia eucarística con los prefacios y las cuatro plegarias eucarísticas más empleadas, el rito de comunión y los ritos de conclusión. Esta parte se encuentra situada hacia la mitad del misal, entre el Propio del Tiempo y el Propio de los Santos. El hecho de que esta parte sea común a todas las Misas no quiere decir que el Misal no ofrezca fórmulas variadas, adaptadas a los tiempos litúrgicos, para elegir las que pastoralmente resulten más eficaces (acto penitencial, aclamaciones, la paz, etc). Las plegarias eucarísticas –las cuatro más usadas– van señaladas con una pestaña verde en su comienzo. El resto de las plegarias eucarísticas, como la V en sus cuatro versiones, las de la reconciliación y las de niños, van al final, en el apéndice señaladas también con pestañas verdes. Termina este aparatado con un formulario para las bendiciones solemnes y oraciones sobre el pueblo.

c) El Propio de los Santos ocupa un bloque compacto, distribuyendo los formularios por meses, a partir de enero hasta diciembre. Consta cada santo como mínimo de la oración colecta, aunque algunos santos cuen­tan con formulario completo (ofrendas, poscomunión y en algunos casos prefacio), y otros con formulario para la vigilia además del propio del día: san Juan Bautista, san Pedro y san Pablo y la Asunción de María. En este apartado están también las fiestas fijas del Señor (dos de febrero la Presentación, veinticinco de marzo la Anunciación, seis de agosto la Transfiguración, 14 de septiembre la Exaltación y nueve de noviembre la Dedicación de la basílica de Letrán) más todas las solemnidades, fiestas y memorias de la Santísima Virgen (excepto el uno de enero).
Jesús Luengo Mena

1.1.08

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA PARA EL AÑO 2008

El CDC, en su canon 1246, al hablar de los días de fiesta, nos dice: “El domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto. Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, Todos los Santos”. Añade posteriormente que la Conferencia Episcopal, previa aprobación de la Santa Sede, puede suprimir o trasladar al domingo algunas de las fiestas de precepto.
Para el año 2008, la Conferencia Episcopal española ha dispuesto las siguientes fiestas de precepto:
1 enero Santa María, Madre de Dios.
6 enero Epifanía del Señor.
19 marzo San José, esposo de la Virgen María (en 2008, San José se celebra el 15 de marzo, no es fiesta de precepto).
25 julio Santiago, apóstol.
15 agosto La Asunción de la Virgen María.
1 noviembre Todos los Santos.
8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
25 diciembre La Natividad del Señor.
Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.
Además, todos los domingos del año (no se olvide que las solemnidades de la Ascensión y Corpus Christi han pasado al domingo siguiente).

Las celebraciones móviles del año 2008 son las siguientes:
Bautismo del Señor: 13 de enero.
Miércoles de Ceniza: 6 de febrero.
Domingo de Resurrección: 23 de marzo.
Ascensión del Señor: 4 de mayo.
Domingo de Pentecostés: 11 de mayo.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: 15 de mayo.
Santísima Trinidad: 18 de mayo.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 25 de mayo.
Sagrado Corazón de Jesús: 30 de mayo.
Jesucristo, Rey del Universo: 23 de noviembre.
Domingo I de Adviento: 30 de noviembre.
Sagrada Familia: 28 de diciembre.
EL TIEMPO ORDINARIO
En el año 2008, el tiempo ordinario comprende 34 semanas, de las cuales cuatro se celebran antes de Cuaresma, comenzando el día 14 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 5 de febrero, día anterior al miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordinario en la semana VI el día 12 de mayo, lunes después del domingo de Pentecostés. Se omite la V semana.
Jesús Luengo Mena

Fuente: Calendario Litúrgico-Pastoral 2008. Comisión Episcopal (española) de Liturgia.
CDC: Código de Derecho Canónico

30.12.07

LA ORACIÓN UNIVERSAL O DE LOS FIELES

Se llama universal porque se suplica por las necesidades de todos los hombres. “En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, responde de alguna manera a la palabra de Dios acogida en la fe y ejerciendo su sacerdocio bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga nor­malmente en las Misas a las que asiste el pueblo, de modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo” (OGMR 69).
Debe poder ser asumida por todo el pueblo cristiano y al menos cuatro de las peticiones deben ser:
* Por la Iglesia y sus necesidades
* Por los gobernantes
* Por los pobres y necesitados
* Por todos los presentes y la comunidad local
Este orden puede cambiarse en algunas celebraciones especiales.
Como su nombre indica, es oración universal por lo que lo apropiado es pedir en general por las necesidades del mundo. No debemos ser tacaños al pedir ni desperdiciar esa ocasión que la Liturgia nos concede a los laicos de manera que las peticiones que formulemos sean lo más amplias posibles y que abarquen a todo el mundo. Si se quiere pedir por una persona concreta (un enfermo de la comunidad por ejemplo) es mejor siempre ir de lo más general a lo particular. Así, se pide por todos los enfermos, por lo que sufren y en particular por nuestro hermano...

Siempre debe ser introducida y concluida por el presidente, desde la sede. La inicia, teniendo las manos juntas, con una breve monición invitando a orar y la concluye, separando las manos, con una oración (oración conclusiva). Puede ser leída del libro dedicado para ello o bien redactado por el equipo de liturgia, siempre supervisados por el sacerdote.
Debe leerse desde el ambón u otro lugar conveniente por un diácono si lo hay, o por un laico adecuado (cantor, lector instituido u otro). Es preferible, no obstante lo dicho, utilizar otro lugar y no desde el ambón, que se debe reservar para la Palabra de Dios. Quien haya leído las intenciones, al terminar, se vuelve al celebrante y después del Amen abandona el ambón. El momento de pronunciarla es después de la homilía y del credo, si lo hay.
Como todas las oraciones, se escucha y contesta, de pie. La respuesta a las preces en mejor cantarlas que recitarlas. Esta respuesta –Te lo pedimos, Señor u otra fórmula– es la verdadera oración de los fieles. También se puede rezar en silencio.
Con la oración de los fieles concluye la Liturgia de la Palabra y se da comienzo a la Liturgia Eucarística. En la liturgia de la Vigilia Pascual si se bautizan adultos (después de la homilía) se sustituye la oración de los fieles por la letanía de los santos.
Esta oración universal ha sido restaurada por el Vaticano II. Su nombre hace referencia al momento en el cual los catecúmenos abandonaban la asamblea y se iniciaba, con esta oración la misa de los fieles.
Jesús Luengo Mena








22.12.07

ORAR DE RODILLAS

Orar de rodillas es cosa bien distinta de la genuflexión. Es un gesto todavía más elocuente que la genuflexión o la inclinación de cabeza, que puede tener varias connotaciones: a veces es gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado, otras veces es gesto de sumisión y dependencia o bien, sencillamente, puede ser una postura de oración concentrada e intensa.
Esta postura la encontramos muchas veces en la Biblia, cuando una persona o un grupo quieren hacer oración o expresan su súplica: "Pedro se puso de rodillas y oró", antes de resucitar a la mujer en Joppe (Act 9,40); "Pablo se puso de rodillas y oró con todos ellos", al despedirse de sus discípulos en Mileto (Act 20,26)... Como también fue la actitud de Cristo cuando, en su agonía del Huerto, "se apartó y puesto de rodillas oraba: Padre si quieres..." (Lc 22,41).
En los primeros siglos no parece que fuera usual entre los cristianos el orar de rodillas. Más aún, el Concilio de Nicea lo prohibió explícita­mente para los domingos y para todo el Tiempo Pascual, tiempo festivo. Más bien se reservó para los días penitenciales y como una costumbre que llegó hasta nuestros días en las Témporas, cuando se nos invitaba a ponernos de rodillas para la oración: "flectamus genua"...
Más tarde, a partir de los siglos XIII-XIV, la postura de rodillas se convirtió en la más usual para la oración, también dentro de la Eucaristía, subrayando el carácter de adoración.
Actualmente durante la Misa sólo se indica este gesto para los fieles durante el momento de la consagración, aunque normalmente se hace ya desde la epíclesis, expresando así la actitud de veneración. Antes de la actual reforma litúrgica se estaba de rodillas durante toda la Plegaria eucarística, así como durante la comunión o al recibir la bendición. También se debe recibir la absolución en el sacramento de la penitencia de rodillas.
Orar de rodillas sigue siendo la actitud más indicada para la oración per­sonal, sobre todo cuando se hace delante del Santísimo.
Como postura de oración, no es signo de adoración, también se puede orar de rodillas delante de las imágenes de la Virgen, de los santos o en cualquier lugar, ya que es una postura del orante para su personal recogimiento.
Jesús Luengo Mena

LA GENUFLEXIÓN

La genuflexión es signo de adoración y sumisión a Dios –hágase tu voluntad– y se considera como el acto supremo de reverencia de nuestro rito.
La genuflexión se hace siempre con la rodilla derecha llevándola hasta el suelo e inclinando la cabeza. Por ser signo de adoración está reservada al Santísimo Sacramento y a la Santa Cruz en la liturgia del Viernes Santo. También se debe hacer genuflexión cada vez que pasemos por delante del Santísimo Sacramento y a las reliquias de la Santa Cruz, expuestas para su veneración. No se debe, por lo tanto, hacer genuflexión ante imágenes y menos aún si son marianas o de santos. Otra cosa distinta es orar de rodillas.
Seguramente es un gesto heredado de la cultura romana, como signo de respeto ante las personas constituidas en autoridad. Y desde el si­glo XII-XIII se ha convertido en el más popular símbolo de nuestra ado­ración al Señor presente en la Eucaristía: es una muestra de la fe y del re­conocimiento de la Presencia Real. Es todo un discurso corporal ante el sagrario: Cristo es el Señor y ha querido hacerse presente en este sacra­mento admirable y por eso doblamos la rodilla ante Él.
Litúrgicamente el sacerdote que preside la Eucaristía hace tres genu­flexiones: después de la consagración del Pan, después de la del Vino, y antes de comulgar. Si el sagrario está en el presbiterio hace también genuflexión al llegar al altar y al final de la celebración, al igual que deben hacerla cualquier fiel que pase por delante del sagrario, incluido el lector que sube al ambón. Sin embargo no se hace genuflexión cuando una procesión pasa por delante de la capilla sacramental.
Hay otros momentos en que tiene expresividad esta postura: por ejemplo cuando se recita el "Incarnatus" del Credo en las fiestas de la Anunciación y Navidad; o cuando el Viernes Santo se va a adorar la Cruz. El gesto se ha convertido en uno de los más clásicos para expresar la adoración y el reconocimiento de la grandeza de Cristo, o también de humildad y penitencia.
La genuflexión doble –con las dos rodillas e inclinación de cabeza– se ha suprimido pero es loable mantener ese signo en algunas ocasiones, por ejemplo al entrar al templo donde se halle expuesto de manera solemne el Santísimo.
Jesús Luengo Mena

13.12.07

EL PORQUÉ DE ALGUNAS FECHAS DEL CALENDARIO LITÚRGICO

Ahora que estamos comenzando un nuevo Año litúrgico es un momento oportuno para conocer el motivo de las fechas litúrgicas más relevantes que la Iglesia celebra a lo largo del año, sin ánimo de agotar toda la casuística.
La primera fiesta del cristiano es el domingo, fiesta primordial de precepto, (CDC 1246) y fundamento y núcleo de todo el año litúrgico. El domingo es el día del Señor, Pascua semanal. La palabra domingo viene del latín «dominicus», «dominica dies», Día del Señor. “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio cada ocho días, en el día que es llamado, con razón, día del Señor o domingo. En ese día los, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” (SC 106).
No hay pues ninguna fiesta más importante que el domingo y entre ellos el domingo pascual, eje del año litúrgico. Las fiestas que la Iglesia considera como muy importantes –las solemnidades– se igualan al domingo, no al revés.
Podemos distinguir, hablando del calendario, dos tipos de fiestas: unas variables, que se celebran dependiendo del domingo pascual y otras festividades fijas, como son las del ciclo de Navidad, las de la Virgen y las de los santos.
El domingo más importante del año es el Domingo de Resurrección. Su fecha se fija quedó fijada por el Concilio de Nicea reunido el año 325 que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena –Parasceve– que haya después del 22 de marzo. Por este motivo, la Pascua de Resurrección es fiesta variable, ya que depende de la luna y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores que culminan en el domingo de Pentecostés) y el tiempo cuaresmal (cuarenta días atrás comenzando el Miércoles de Ceniza). La Ascensión se celebraba a los cuarenta días de Pascua –hoy pasada al domingo posterior–. De la fecha del domingo de Pentecostés dependen las de la Santísima Trinidad –domingo siguiente de Pentecostés–el Corpus Christi a los diez días de Pentecostés –también trasladado al domingo posterior– y el Sagrado Corazón el viernes del II domingo posterior a Pentecostés. Así pues hoy día existen cuatro domingos consecutivos con fiestas importantes relacionadas con el ciclo de Resurrección: Ascensión, Pentecostés, Trinidad y Corpus, estas dos últimas ya en el llamado Tiempo Ordinario. Asimismo, en España se celebra el jueves posterior a Pentecostés la fiesta de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, introducida para España en 1973.

Por el contrario, el tiempo de Adviento-Navidad tiene fechas fijas, salvo el primer domingo de Adviento, que será siempre el más cercano al treinta de noviembre. La Natividad del Señor se celebra el veinticinco de diciembre. Por lógica, nueve meses antes –el tiempo de una gestación normal– celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor (o sea, el momento de su concepción). También se relaciona con la fecha de la Navidad la fiesta de la Presentación del Señor al Templo, la popular Candelaria, que celebramos a los cuarenta días del parto –el dos de febrero–. Era el rito de purificación de la mujer recién parida, que en la tradición hebrea quedaba impura durante la cuarentena, rito al que se unía la presentación de los hijos al templo.
También en las fiestas de Virgen hay dos que se relacionan en sus fechas con su nacimiento y concepción inmaculada. Si el ocho de diciembre celebramos la solemnidad de la Concepción Inmaculada de María es lógico que nueve meses después celebremos su Natividad, el ocho de septiembre. La solemnidad de María como Madre de Dios el uno de enero es como un eco mariano de la Navidad –culminando la octava–.
Las fiestas de los santos se suelen celebrar en el día de su muerte o martirio, su “dies natalis”. Caso excepcional es el de San Juan Bautista, que tiene un lugar privilegiado en la liturgia ya que la Iglesia celebra tanto su nacimiento –el veinticuatro de junio– como su muerte –veintinueve de agosto–. La fecha de la Natividad del Bautista está en relación directa con la de Jesús: justo seis meses antes. El Bautista mismo afirmó que era preciso que él empequeñeciera para que Jesús se agrandara. La Iglesia lo interpreta colocando la fecha del Bautista en el solsticio de verano, cuando sucede el día más largo del año pero a partir de ahí empieza a decrecer y la Navidad coincidiendo con el día más corto del año pero cuando los días empiezan a crecer. Cristo es la luz del mundo.
En definitiva, la Iglesia ha puesto muchas de sus fiestas aprovechando el simbolismo que el trascurso del año astronómico le proporciona y ha adaptado algunas tomadas del calendario festivo romano –como la Navidad–.
Jesús Luengo Mena

5.12.07

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA




El ocho de diciembre la Iglesia católica celebra con gozo la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Como creencia piadosa fue defendida expresamente en Sevilla desde el S. XVI y declarado dogma por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 por la Bula Ineffabilis Deus. Previamente el papa Sixto IV introdujo esta fiesta en el calendario romano en 1476 y en el Misal de san Pío V ya figuraba sólo como memoria.
La concepción inmaculada de María era especialmente defendida por los franciscanos, siguiendo las enseñanzas de Duns Scotto, y era combatida por los dominicos que seguían la enseñanza de Santo Tomás en el sentido de que sólo Cristo había estado libre del pecado original y que la Virgen fue purificada en el momento de su concepción. Si Cristo redimió a todos los hombres (redención universal) también redimió a María y si Ella no tuvo pecado original entonces ¿cómo pudo ser redimida? Este razonamiento tomista implicaba que para que la redención fuese universal debía abarcar a toda la Humanidad incluyendo a la Virgen y para que Ella fuera redimida debía haber tenido al menos el llamado “pecado original” que todos los humanos por el hecho de serlos traemos al mundo.
El dogma hay que entenderlo como un privilegio especial concedido a su Madre, ya que la Virgen tuvo una "redención profiláctica": Cristo impidió que tuviese pecado pero ese hecho la Virgen se lo debe a Él, luego Ella fue también redimida, aunque de otra forma que el resto de los mortales (como el médico que cura al enfermo o impide preventivamente que alguien contraiga la enfermedad: en ambos casos el médico es quien cura).
En Sevilla hubo grandes controversias sobre el tema llegando a tomar esta idea proporciones de manifestaciones populares cuando en el sevillano convento de Regina, de frailes dominicos un ocho de septiembre del año 1613, fiesta de la Natividad de la Virgen, un fraile profeso de ese convento se atrevió a afirmar públicamente que la Virgen María no había sido concebida sin pecado original sino que "había sido concebida como ustedes y como yo y como Martín Lutero" y que fue santificada después de nacer contra la opinión extendida en la ciudad a favor de la defensa de la Inmaculada Concepción de María. Este sermón fue al parecer la chispa de un movimiento inmaculadista sin precedentes en la ciudad, que originó innumerables votos, procesiones y funciones a su favor. Incluso se escribieron unas letrillas que pronto se hicieron populares y que decían así:

"Aunque se empeñe Molina
y los frailes de Regina
al prior y al provincial,
y al padre de los anteojos
(tenga sacados los ojos)
y él colgado de un peral)
María fue concebida
Sin pecado original"

La llamada "pía opinión" (defensora de la idea de que la Virgen había sido concebida sin pecado original) era claramente defendida por los franciscanos (Duns Scoto), en unos debates que nacen en el S. XII y en Sevilla era opinión mayoritaria como demuestra el hecho de que el Cabildo de la catedral sevillana celebrara la fiesta de la Inmaculada desde 1369. Scoto razonaba de la siguiente manera: dado que las Escrituras no aclaran si la Virgen fue o no concebida sin pecado original y que las opiniones sobre este tema pueden ser tres, él defendía la más favorable a la Virgen. Las tres opiniones se resumen en que o bien la Virgen fue concebida por sus padres Joaquín y Ana sin pecado original (pía opinión), o bien fue concebida con pecado original y purificada nada más nacer o en tercer lugar que fue concebida con pecado original y fue purificada posteriormente.
En 1615 el movimiento inmaculadista en Sevilla llegó a tomar tintes casi de revuelta popular yendo una embajada a Roma encabezada por Mateo Vázquez de Leca y Bernardo del Toro para influir en el Papa al objeto de conseguir la proclamación del dogma, cosa que no lograron de Paulo V pero si al menos que no se defendiera en publico la opinión contraria mediante la renovación que hizo el Papa de la Constitución de Sixto IV sobre la Concepción Inmaculada. Esto sucedió el 8 de diciembre de 1616. La posterior Bula de Clemente XIII de 14 de marzo de 1767 por la cual se declaraba a la Inmaculada Patrona principal y Universal de España y las Indias supuso un gran avance en la proclamación del dogma, ya en el S. XIX. Esta solemnidad se celebra justo nueve meses antes de la fiesta que celebra el nacimiento de la Virgen, la Natividad de María el 8 de septiembre. La imagen titular de la Hermandad del Silencio, "madre y maestra” de las cofradías sevillanas , lleva esa bella advocación, al igual que la Hermandad del Divino Perdón, que advoca a su Titular como Purísima Concepción. Las cofradías sevillanas llevan todas en su estación de penitencia una bandera concepcionista, conocida popularmente como "simpecado" o "sinelabe" (primeras palabras del lema inmaculadista "sin pecado concebida" o del latín "sine labe concepta").
Litúrgicamente esta solemnidad tiene el privilegio de poder usar el color azul en España y Latonoamérica. En Sevilla esta solemnidad tiene una especial relevencia, celebrándose en la catedral la octava (los ocho días posteriores) con acto eucarístico y baile de niños seises, vestidos de azul.
Tiene su Misa propia del día.
Jesús Luengo Mena

3.12.07

PECULIARIDADES LITÚRGICAS DEL ADVIENTO


El domingo dos de diciembre –2007– comenzó el tiempo de Adviento, y por tanto un nuevo Año litúrgico.
Las normas litúrgicas universales dicen que el Adviento comienza con las primeras vísperas del primer domingo de Adviento, que será el domingo más próximo al treinta de noviembre, fiesta del apóstol san Andrés.
Contiene siempre cuatro domingos que se estructuran en dos partes bien definidas: hasta el 16 de diciembre y del 17 al 24 de diciembre. Es el tiempo del Marana-tha (ven Señor), de la espera gozosa del Salvador. El Adviento es también el tiempo mariano por excelencia, donde la presencia de María en la liturgia es más patente. Diciembre es el mes más particularmente apto para el culto a la Virgen. Dos de las tres solemnidades de la Virgen se celebran por estas fechas: la Inmaculada y ya en tiempo de Navidad la solemnidad de María Madre de Dios (teotocos) el uno de enero. Fecha también muy importante es el dieciocho de diciembre, en que celebramos la Expectación al parto, Esperanza y Virgen de la O, que todo es la misma cosa.
Teológicamente es tiempo de espera gozosa de la venida de Cristo, es tiempo asimismo del Espíritu Santo, tiempo del cumplimiento de las profecías, tiempo de conversión. Sus personajes clásicos son el profeta Isaías, el precursor Juan el Bautista y María. Tal como dice el prefacio II, se trata de esperar “a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”.
Los aspectos litúrgicos del Adviento son escatológicos, mirando a la última venida del Señor al final de los tiempos. Es tiempo de relativa austeridad en los signos externos. Esto se observa en los siguientes elementos:
· los domingos se omite el Gloria para que resuene con más alegría el Gloria de la misa del Gallo.
· las vestiduras de los ministros son moradas (como en Cuaresma).
· el altar debe estar escueto y sin adornos muy festivos. De poner flores, pocas y no siempre. Esta austeridad incluye al sagrario.
· la música instrumental se debe omitir para que contraste más la alegría del Nacimiento.
· en el tercer domingo de Adviento, llamado de Gaudete por la antífona de entrada –Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte– se puede usar el color rosa (como ocurrirá en el IV domingo de Cuaresma llamado de Laetare). Ese domingo es adecuado poner flores en el altar, así como entonar cantos y música.
Sin embargo se mantienen algunos signos festivos, como el Aleluya.
Pastoralmente es aconsejable hacer alguna celebración comunitaria de la penitencia, siendo un viernes el día más adecuado. También se recomienda poner en lugar preferente una imagen de María y la corona de Adviento, consistente en cuatro velas de diferentes colores sobre una corona de ramos verdes sin flores que se van encendiendo progresivamente en cada domingo al comienzo de la Misa, marcando el tiempo de la llegada del Señor.
La semana que precede a la Navidad tiene un sentido propio y distinto al resto del Adviento pues el nacimiento del Señor es inminente. Aquí las memorias de los santos son siempre libres, se puede cantar diariamente el Aleluya, poner más luces y flores en el altar, usar vestiduras más lujosas, dar la bendición con la fórmula solemne de Adviento. Se debe notar que el tiempo es más alegre.
En los domingos de Adviento sólo se puede celebrar la Misa del día, cualquier otra celebración está prohibida –por ejemplo, la misa exequial–. Las lecturas de Adviento se nuclean en las ferias en torno al profeta Isaías y las evangélicas en los pasajes que narran al Precursor y los preparativos del Nacimiento. La celebración eucarística tiene sus propios prefacios, muy bellos.
Terminamos recordando que iniciamos el Ciclo A.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido y Viceteniente de Jesús Despojado