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2.3.08

EL MINISTRO EXTRAORDINARIO DE LA COMUNIÓN

Los fieles no ordenados, ya desde hace tiempo, colaboran en la pastoral con los sagrados ministros a fin que «el don inefable de la Eucaristía sea siempre más profundamente conocido y se participe a su eficacia salvífica con siempre mayor intensidad». Se trata de un servicio litúrgico que, responde a objetivas necesidades de los fieles, destinado, sobre todo, a los enfermos y a las asambleas litúrgicas en las cuales son particularmente numerosos los fieles que desean recibir la sagrada Comunión.
La Instrucción Immensae Caritatis indica que el fiel designado ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, y debidamente preparado, deberá distinguirse por su vida cristiana, por su fe y buenas costumbres. Se esforzará por ser digno de este nobilísimo encargo, cultivará la devoción a la Sagrada Eucaristía y dará ejemplo a los demás fieles de respeto al Santísimo Sacramento del altar. La edad mínima para ejercer este ministerio será de 30 años cumplidos.
La disciplina canónica sobre el ministro extraordinario de la sagrada Comunión debe ser, sin embargo, rectamente aplicada para no generar confusión. La misma establece que el ministro ordinario de la Sagrada Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono, mientras son ministros extraordinarios el acólito instituido o el fiel delegado expresamente para ello. Un fiel no ordenado, si lo sugieren motivos de verdadera necesidad, puede ser delegado por el obispo diocesano, en calidad de ministro extraordinario, para distribuir la Sagrada Comunión también fuera de la celebración eucarística, ad actum o en modo estable, utilizando para esto la apropiada forma litúrgica de bendición. En casos excepcionales e imprevistos la autorización puede ser concedida ad actum –sólo para ese momento, sin que suponga un derecho para la persona que lo ejerce ocasionalmente– por el sacerdote que preside la celebración eucarística. Mientras haya un número suficiente de acólitos instituidos y de ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, cada vez menos se necesitará recurrir a este ministerio ad actum.
Al llamar a este servicio ocasional se dará al elegido la bendición prevista en el Misal Romano La designación de esta persona idónea se hará en el siguiente orden: lector instituido, religioso, religiosa, alumno del Seminario Mayor, fiel varón o mujer mayores de 30 años(Cf. Immensae Caritatis IV).
Para que el ministro extraordinario, durante la celebración eucarística, pueda distribuir la sagrada Comunión, es necesario o que no se encuentren presentes ministros ordinarios o que, estos, aunque presentes, se encuentren verdaderamente impedidos. Pueden desarrollar este mismo encargo también cuando, a causa de la numerosa participación de fieles que desean recibir la sagrada Comunión, la celebración eucarística se prolongaria excesivamente por insuficiencia de ministros ordinarios.
Tal encargo es de suplencia y extraordinario y debe ser ejercitado a norma de derecho. A tal fin es oportuno que el obispo diocesano dicte las normas particulares que, en estrecha armonía con la legislación universal de la Iglesia, regulen el ejercicio de tal encargo. Se debe proveer, entre otras cosas, a que el fiel delegado a tal encargo sea debidamente instruido sobre la doctrina eucarística, sobre la índole de su servicio, sobre las rúbricas que se deben observar para la debida reverencia a tan augusto Sacramento y sobre la disciplina acerca de la admisión para la Comunión.
Como errores que pueda cometer el ministro extraordinario de la comunión y para no provocar confusiones han de ser evitadas y suprimidas algunas prácticas que se han venido creando en algunas Iglesias particulares.
Podemos citar como por ejemplo:
* la acción de algún gesto similar a la de los ministros ordenados durante la consagración (si están en el presbiterio)
* la comunión de los ministros extraordinarios como si fueran concelebrantes
* asociar, a la renovación de las promesas de los sacerdotes en la Misa Crismal del Jueves Santo, otras categorías de fieles que renuevan los votos religiosos o reciben el mandato de ministros extraordinarios de la Comunión
* el uso habitual de los ministros extraordinarios en las Misas, extendiendo arbitrariamente el concepto de «numerosa participación».
En definitiva, se trata de que en los fieles no se produzca ninguna confusión entre los diferentes ministerios.
Las causas que justifican la actuación de un ministro extraordinario de la Sagrada Comunión están señaladas taxativamente en la legislación eclesiástica y son:
a.- Cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito instituido.
b.- Si éstos no pueden distribuir la Sagrada Comunión porque se lo impide otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su avanzada edad.
c.- Si los fieles que desean comulgar son tantos que se prolongaría excesivamente la celebración de la Misa o la distribución de la comunión fuera de la Misa.
d.- Cuando el número de enfermos que deben atender los pastores sea muy numeroso.
Los candidatos a ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión deben ser presentados por el párroco respectivo en un número prudente. El obispo o el vicario general expedirá el certificado que autoriza el desempeño de este servicio, únicamente en la parroquia para la cual han sido nombrados y por un período de dos años, renovable por una nueva petición del párroco.
Se llevará un libro de registro de los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión en el cual, además del nombre y de la edad, la parroquia, se consigne la vigencia de la delegación.
Los ministros extraordinarios, cuando por primera vez sean autorizados, serán presentados a la comunidad parroquial e investidos en una acción litúrgica propia, preferentemente dentro de una celebración Eucarística dominical, presidida por el obispo y/o vicario general o su delegado.
Ningún religioso(a) por el hecho de su consagración es ministro extraordinario de la Sagrada Comunión. Eso no excluye, lógicamente, que posteriormente puedan recibir ese encargo, incluso con preferencia a un laico.

22.2.08

LA FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

Dentro de los cultos que las hermandades y cofradías dedican a sus Titulares destaca entre todos la llamada Función Principal de Instituto. Se celebra como remate a unos cultos previos, generalmente quinario cristífero.
Recibe ese nombre porque en los siglos pasados en el quinario precedente no se celebraba la Eucaristía, que no era elemento esencial de un quinario ya que el objeto de esos cinco días era el de llegar, mediante la meditación, el ejercicio piadoso del quinario, escucha de la Palabra, actos eucarísticos de adoración y la predicación al gran día, el día de la Función, que por eso se llamaba Principal. Escasas hermandades mantienen hoy día ese esquema.
En realidad, los ejercicios de piedad (ya que no son otra cosa los quinarios, triduos y demás) tenían antiguamente un sentido de preparación, durante el cual mediante el Sermón, único medio de la Iglesia para transmitir sus mensajes evangélicos en aquellos tiempos, y mediante la meditación de los misterios de la Pasión, se invitaba al cofrade a una conversión, que culminaría recibiendo los sacramentos del Perdón y de la Eucaristía en la Función Principal, que por eso recibía tal nombre. La celebración de la Eucaristía no es pues esencial en los ejercicios de piedad, aunque si es la culminación de esos cultos. En este sentido, podría afirmarse que la llamada Función Principal sólo lo es en la mayoría de los casos por la solemnidad o tradición, ya que en sentido estricto, al celebrarse siempre la Eucaristía en rigor no puede decirse de una Eucaristía que sea más principal que otra.
En esa Función Principal si que se celebraba la Eucaristía, en la que previa confesión, se hacía comunión general de los hermanos. Cierto es también que la práctica de la comunión frecuente es muy moderna, siendo en siglos pasados ésta una práctica más bien excepcional debido entre otras cosas al estricto ayuno eucarístico que había que guardar para comulgar (desde la medianoche anterior), lo cual no favorecía esta práctica y forzaba por añadidura la inexistencia de misa vespertina. Pío XII en 1953 mitigó el ayuno, que pasó primero tres horas y posteriormente a una hora antes (CDC 919).
Actualmente la Función Principal de Instituto consiste en Misa solemne con Sermón, y al Ofertorio Protestación de Fe, con juramento solemne de creer y defender las verdades fundamentales de nuestra religión, con especial referencia a la defensa de la pureza inmaculada de la Virgen y posterior beso al Libro de Reglas con la Presidencia de la hermandad como testigos. Las Reglas ordenan que los hermanos deben portar la medalla de la hermandad en todos estos cultos. También las Reglas suelen incluir la fórmula de Protestación de Fe, que en algunos casos no estaría de más actualizarla con una redacción más acorde a los tiempos actuales.

Algunos consejos prácticos
Los ministros deben cuidar su indumentaria, procurando que el cuello de la camisa no asome por encima del alba y llevando calzado adecuado.
Los lectores que suban al ambón a proclamar las lecturas es más correcto que lo hagan al mismo tiempo, haciendo reverencia al altar. Cuando el primer lector acabe la primera lectura y el salmo se aparta para que el segundo lector proclame la segunda lectura. Después, ambos bajan y coordinadamente repiten la reverencia al altar y ocupan sus sitios en la nave.
Si se hace procesión con las ofrendas no se olvide que lo primero que se presenta es el pan y el vino y después lo demás que se lleve al altar. Si se ha preparado la Oración de los fieles deben seguirse las normas dispuestas para su confección. Con uno o dos lectores máximo es suficiente.
El turiferario, además de incensiar al presidente y a los concelebrantes, debe incensiar también al pueblo que lo recibe puesto en pie. La costumbre de incensiar expresamente a la Junta de Gobierno no procede ya que el pueblo la incluye.
Los acólitos no deben establecer una barrera entre el pueblo y el presbiterio. Tampoco es adecuado que salgan durante el sermón.
Terminamos puntualizando que el día de la Función Principal es el día del año más importante para la hermandad, aunque la mayoría piense más en la estación de penitencia, que no deja de ser una acto de piedad popular paralitúrgico con el que todos soñamos pero nunca comparable a la celebración eucarística.
Jesús Luengo Mena


15.2.08

LOS SACRAMENTALES

Dentro de los actos litúrgicos podemos distinguir tres categorías: los sacramentos, la Liturgia de las horas y los sacramentales. Llamamos sacramentales a signos sagrados a modo de sacramentos pero que no han sido instituidos por Cristo sino creados por la Iglesia para preparar, acompañar y prolongar la acción de los sacramentos.
El nombre de “sacramentales” nos trae a la memoria el de “sacramentos” y manifiesta una íntima relación entre unos y otros. Los sacramentales ayudan a los hombres para que se dispongan a recibir mejor los efectos de los sacramentos, efectos que el Concilio llama principales.
¿En qué se diferencian los sacramentales de los sacramentos?Mientras los sacramentos son de institución divina, pues los ha instituido el mismo Jesucristo, los sacramentales son de institución eclesiástica, es decir, los ha creado la Iglesia. Además, en cuanto a los efectos también hay diferencias.
Los sacramentos producen la gracia “ex opere operato”, o sea, todo sacramento obra, tiene eficacia por el hecho de ser un acto del mismo Jesucristo; no obtiene su eficacia o valor esencial ni por el fervor ni por los méritos del ministro o del sujeto que recibe el sacramento. En cambio, los sacramentales obran “ex opere operantis Ecclesiae”, es decir, que reciben su eficacia de la misión mediadora que posee la Iglesia, por la fuerza de intercesión que tiene la Iglesia ante Cristo que es su cabeza. Los sacramentales producen sus efectos por la fuerza impetratoria de la Santa Iglesia y tienen como fin que todos los actos de la vida puedan ser santificados.
A modo de ejemplos podemos citar como sacramentales la dedicación de iglesias, las exequias, coronaciones canónicas, exposición y bendición con el Santísimo, la profesión religiosa, el agua bendita, exorcismos, bendiciones varias, adoración de la Cruz, imposición de la ceniza, etc.
Algunos de estos sacramentales afectan a toda la Iglesia local, por lo que se reservan al obispo, como es el caso de la dedicación de iglesias y altares. Otros los realizan los presbíteros o diáconos, e incluso algunos, como ciertas bendiciones, podemos hacerlas los laicos.
La iniciación cristiana, que se realiza sobre todo por los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la primera Eucaristía, contiene diversos sacramentales: la signación en la frente, los exorcismos, la unción con óleo de catecúmenos y crisma, y la bendición del agua. La memoria de estos sacramentos también se aviva con sacramentales como la aspersión dominical, la señal de la cruz con agua bendita y la renovación de las promesas bautismales.
A lo largo del año cristiano realizamos también varios sacramentales muy significativos, incluidos en la celebración de los sacramentos: la bendición e imposición de cenizas, la bendición de palmas y la procesión de entrada del Domingo de Ramos, la adoración de la Cruz el Viernes Santo, la procesión y las oraciones de rogativas, la bendición y procesión con candelas el dos de febrero, las procesiones en honor de la Virgen o de los Santos o de Semana Santa.
Un sacramental muy cercano es la oración con que invocamos la bendición de Dios sobre las personas, los edificios, las imágenes y los objetos. El libro llamado Bendicional contiene las fórmulas litúrgicas adecuadas a cada caso.

9.2.08

LAS EXEQUIAS POR LOS DIFUNTOS

La Iglesia tiene clara conciencia de que la muerte física no interrumpe los lazos con aquellos miembros suyos que, traspasado el umbral de la muerte, o bien gozan ya de la visión de Dios o bien se preparan a gozarla. Así lo dice la Lumen Gentium, 49: “La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz del Señor de ninguna manera se interrumpe.
Más bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por eso, la Iglesia guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos, para que queden libres de sus pecados”. Así surgieron distintos sacramentales relacionados con los ritos exequiales, como los “responsos” y las procesiones a los cementerios. Acerca de estos sacramentales relacionados con los difuntos que están purificándose todavía después de la muerte, dice la constitución sobre la Sagrada Liturgia: “El rito de exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana y debe responder mejor a las circunstancias y tradiciones de cada país, aún en lo referente al color litúrgico”(n. 81).
¿Cuál es el sentido de las exequias cristianas?
La Iglesia celebra en ellas el misterio pascual para que quienes fueron incorporados a Cristo, muerto y resucitado por el bautismo, pasen con Él a la vida, sean purificados y recibidos en el cielo, y aguarden el triunfo definitivo de Cristo y la resurrección de los muertos (S.C. 82). Esto explica que la esperanza de la resurrección sea un tema central en las exequias. A ella se refieren constantemente las lecturas, las antífonas y las oraciones. La Iglesia, consciente de esta esperanza cristiana, intercede por los difuntos para que el Señor perdone sus pecados, los libre de la condenación eterna, los purifique totalmente, los haga partícipes de la eterna bienaventuranza y los resucite gloriosamente al final de los tiempos. La eficacia de este intercesión se funda en los méritos de Jesucristo, no en los sufragios mismos. En estas exequias ve también la Iglesia la veneración del cuerpo del difunto. El cristianismo no considera el cuerpo como la cárcel del alma, –platonismo– ni tampoco lo ve intrínsecamente malo –como proclamó el maniqueísmo– y menos aún admite el materialismo ateo para quien sólo existe lo material, a lo que considera indefectiblemente perecedero y despreciable. La Iglesia defiende la unidad cuerpo-alma, y por lo mismo, ambos elementos son objeto de salvación; uno y otro serán glorificados o condenados. Las exequias son una magnífica ocasión para que la comunidad cristiana reflexione y ahonde en el significado profundo de la vida y de la muerte; y para que los pastores de almas realicen una eficaz acción evangelizadora, potenciada por las disposiciones positivas de los familiares, la participación en la misa exequial de muchos cristianos alejados y la presencia amistosa de personas indiferentes, incrédulas e incluso ateas.
Algunas cuestiones sobre las exequias.
* El lugar más idóneo es la parroquia a la que pertenecía el difunto, aunque no se excluye elegir otra, con conocimiento del párroco propio. Si el fallecimiento es fuera de la parroquia y no se traslada allí al difunto ni se ha elegido otro templo, se hará en la parroquia donde haya fallecido. Las exequias del obispo se celebran en la catedral y la de los religiosos en sus propias iglesias u oratorios. También se pueden celebrar exequias por difuntos bautizados no católicos si no consta oposición ni su propio ministro puede hacerlo.
* El agua bendita que el sacerdote derrama sobre el cadáver alude al bautismo, y la incensación, a la resurrección. Son, pues, gestos pascuales.
* El color litúrgico de las exequias de adultos es el morado; el de los niños, el blanco.
* Los elogios fúnebres o exposiciones retóricas y alabanzas de las virtudes del difunto no deben sustituir nunca a la homilía. Se puede aludir brevemente al testimonio de vida cristiana de esa persona difunta, cuando constituye motivo de edificación o acción de gracias.
* En la liturgia de las exequias no se debe hacer acepción de personas por razón de su posición económica, cultural, social, etc., pues todos los cristianos son igualmente hijos de Dios y de la Iglesia y poseen la misma dignidad bautismal. Si se permite realzar la solemnidad de las exequias de las personas que tienen autoridad civil o poseen el orden sagrado, ya que la distinción se refiere a lo que significan esas personas, no a las mismas personas. Pero siempre con moderación.
Una cuestión delicada. ¿A quién denegar la sepultura eclesiástica?
El Código de Derecho Canónico establece en los números 1184 y 1185 lo siguiente: “Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
* a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;
* a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;
* a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles. En el caso de que surja alguna duda, hay que consultar al Ordinario del lugar, y atenerse a sus disposiciones.
Sigue diciendo el Código que a quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se negará también cualquier misa exequial. Sin embargo, en este caso también se pueden decir misas privadas en sufragio de su alma, apelando a la infinita misericordia de Dios, con la limitación de no nombrarlo en la plegaria eucarística, ya que no está en plena comunión con la Iglesia.
¿Qué decir de la cremación?
El Ritual de exequias establece que “no hay que negar los ritos exequiales cristianos a los que eligieron la cremación de su propio cadáver a no ser que conste claramente que lo hicieron por razones anticristianas”. El Código de Derecho Canónico dice en el canon 1176: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana”. La cremación no es algo simplemente tolerado, puesto que no es intrínsecamente mala, ni se exige causa justa para elegirla; pero la Iglesia prefiere la inhumación.

30.1.08

EL MIÉRCOLES DE CENIZA

El Miércoles de Ceniza es un día privilegiado litúrgicamente hablando, ya que en la tabla de los días litúrgicos según la precedencia aparece en el segundo grupo, al mismo nivel que los domingos de Adviento o la octava de Pascua por ejemplo. En ese día comienza uno de los llamados “tiempos fuertes”: la Cuaresma. Es día de ayuno y abstinencia (como el Viernes Santo) y la Liturgia nos presenta presenta el rito, característico, de la imposición de la ceniza.
En la Misa de ese día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente. Se omite el acto penitencial, que se sustituye por la imposición de la ceniza, después de la homilía. Tras una oración impone en la cabeza o la frente la ceniza a los presentes con cualquiera de las dos fórmulas que propone el Misal: “Convertios y creed en el Evangelio” o bien “Acuérdate de que polvo eres y al polvo volverás”. Es conveniente que el sacerdote presidente también se la imponga o le sea impuesta por algún fiel. Debe ser el primero en dar ejemplo de que se suma también a ese camino de conversión
Después sigue la Oración de los fieles y comienza normalmente la Liturgia eucarística. No se dice el Credo.
También existe la posibilidad de imponer la ceniza fuera de la misa. En este caso debe ir acompañado el rito con una Liturgia de la Palabra.
Los días posteriores a este miércoles, hasta el primer domingo de Cuaresma, se llaman jueves, viernes y sábado después de Ceniza. El color morado de las vestiduras sagradas es el propio de este tiempo.
Haciendo un poco de historia de este rito al principio se limitaba a los penitentes públicos, o sea, al grupo de pecadores que recibirían la reconciliación el Jueves santo. Desde el siglo XI comenzó a aplicarse este rito a todos los cristianos. Toda la comunidad se reconocía pecadora y se convirtió en un gesto de conversión cuaresmal.
La ceniza nos recuerda nuestra condición débil y caduca. Además, somos pecadores.
En el Antiguo Testamento hay numerosos ejemplos del uso de la ceniza como elemento penitencial y de arrepentimiento, Baste esta cita: “Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra y todos esparcieron polvo sobre sus cabezas y oraban a Yahve” (Jos7,6).
Jesús Luengo Mena

16.1.08

EL MISAL ROMANO II





Continuamos en este segundo artículo analizando el contenido del Misal Romano. Tras el Propio del Tiempo, el Ordinario de la Misa y el Propio de los Santos vienen cinco apartados.


d) Las Misas Comunes. Esta parte del misal comprende siete conjuntos de formularios, comunes a otras tantas categorías de santos, incluyendo el Común de la dedicación de la iglesia, que aparen­temente no parece encajar bien aquí, sino entre las misas rituales. Se coloca a la cabeza de todos los comunes de los santos del Común de la Santísima Virgen, con siete formularios distribuidos por tiempos litúrgicos no estando su uso restringido a los sábados. Los restantes comunes responden a la nueva clasificación establecida en el curso de la reforma litúrgica, clasificación seguida también por la liturgia de las Horas: en primer lugar, los mártires (los apóstoles no tienen común en este misal, ya que tienen formularios propios); siguen los pas­tores, doctores, las vírgenes y los santos y santas. En estos últimos aparecen, además de los formularios verdaderamente comunes, unos for­mularios específicos para religiosos, educadores, etc. Se llaman comunes porque valen para cualquier santo que entre en la clasificación hecha. Por ejemplo, para la misa de un doctor de la iglesia. La individualización se hace al nombrarlo en el sitio correspondiente y señalado en el Misal (generalmente en la colecta y a veces en las demás oraciones presidenciales).

e) Las Misas rituales son una sección nueva en el misal, justificada desde el momento en que el Vaticano lI dispuso que los sacramentos de la confirmación y el matrimonio se celebrasen dentro de la misa (cf SC 71 y 77), así como la profesión religiosa (SC 80). Actualmente todos los sacramentos –excepto la penitencia– tienen cabida en la celebración de la eucaristía, manifestando así la íntima unidad y relación de todos los ritos sacramentales con el misterio eucarístico. Así pues hay siete grupos de formularios bajo las siguientes denominaciones: En la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana, En la celebración de la confirmación; En la administración de las órdenes; En la administración del viático; Por los esposos (en la celebración del matrimonio y en los aniversarios); En la consagración de vírgenes; En la profesión religiosa (varios formularios).

Misas rituales son también la misa crismal, que podría tener su lugar aquí, y la misa exequial. La unción de los enfermos y la comunión para un enfermo permiten la celebración de la misa en casa de éstos o en la iglesia. Sin embargo, para estos ca­sos es preciso acudir a las misas votivas de la eucaristía o por los enfermos.

f) "Misas por diversas necesidades. Son Misas y oraciones que pueden decirse en distintas ocasiones, según sea necesario o conveniente para la comunidad. Se agrupan en cuarenta y seis títulos, divididos en cuatro secciones: Por la Santa Iglesia, Por las necesidades públicas, En diversas circunstancias públicas y Por algunas necesidades particulares. La segunda edición del misal añadió antífonas a algunos formularios y adjudicó diversos prefacios para algunas misas. Aquí podemos encontrar, por ejemplo, una misa para impetrar el bien de la lluvia o por las vocaciones religiosas.

g) "Misas Votivas. Las misas votivas "se eligen libremente, según la piedad de los fieles, sobre los misterios del Señor o en honor de la santísima Virgen o de los santos". Ha desaparecido, no obstante, la relación de las misas con los días de la semana, de forma que los formularios actuales están distribuidos siguiendo un orden jerárquico. Hay que tener en cuenta la posibilidad de celebrar la misa votiva de cualquier santo que esté en el martirologio del día en los días de memoria libre o en las ferias del tiempo ordinario.

Las misas votivas forman series: grupo 1.°, misterios del Señor: Eucaristía, Nombre de Jesús, Preciosísima Sangre, Corazón de Jesús, Espíritu Santo; grupo 2.°, ángeles y santos: Santos Ángeles, san José, Todos los apóstoles, san Pedro, san Pablo, un solo apóstol, Todos los santos. La segunda edición típica del misal añadió dos misas de la santísima Virgen: Madre de la Iglesia y Nombre de María, y una misa de san Pedro y san Pablo.

h) Misas de difuntos. Cuenta con once formularios completos y con catorce series de oraciones por diversos tipos de difuntos. Una novedad importante y significativa es la distinción de formularios para el tiempo pascual y fuera del tiempo pascual, y la duplicidad de colectas en algunos formularios, para elegir.

Nota importante: No se ofrecen sufragios por los niños muertos antes de uso de razón, y menos por los que no han llegado a nacer. Se puede celebrar misa cuando muere un niño, pero no de sufragio sino de gloria, como se suele llamar. Tampoco se dice Misa de difuntos por las almas de los santos beatificados o canonizados, ya que la misa de difuntos es para pedir por sus almas, y ellos ya no lo necesitan. Se celebra la Misa de la fiesta correspondiente que siempre es de acción de gracia, solicitando la ayuda de Dios por la intercesión de los mismos.

3. EL APÉNDICE.

El Misal Romano recoge al final algunos elementos de interés: Plegarias eucarísticas, colectas para el Común de la Virgen María, el rito de la bendición y aspersión del agua bendita, once esquemas de oración de los fieles, el rito para designar a un ministro ocasional de la comunión, un Propio de los Santos y más Misas votivas. Algunas versiones añaden los cantos del ordinario de la misa. También aparece, al final, la misa en latín. Finalmente los índices: alfabético de celebraciones (del Señor, de la Virgen y de los santos), de prefacios y general.

Jesús Luengo Mena

10.1.08

EL MISAL ROMANO I




El Misal Romano, que también se puede llamar como “libro del altar, oracional o libro del celebrante” es el libro oficial según el cual la Iglesia celebra la Eucaristía, conteniendo las oraciones de la Misa. Podemos decir que consta de tres partes: una sección introductoria con los documentos de promulgación del libro y las respectivas normas, el cuer­po del misal propiamente dicho donde están los formu­larios litúrgicos y un apéndice, al que siguen los índices. Para las lecturas su usa el Leccionario. El complemento del Calendario Litúrgico-Pastoral de cada año es obligado para conocer sin fallo las distintas Misas y celebraciones del día a día.
Es sumamente útil que los laicos que desempeñan funciones de ayuda al altar o a la palabra, tanto acólitos o lectores, instituidos u ocasionales, conozcan el contenido y estructura del Misal, para mejor poder ayudar al celebrante. En dos artículos consecutivos vamos a analizarlo brevemente.

1. LA SECCIÓN DOCUMENTAL.
En este primer apartado figuran varios documentos, siendo tal vez el más importante la OGMR (Ordenación General del Misal Romano), documento en el que se describen todos los elementos de la celebración de la misa y exponen todas las principales normas para su desarrollo ritual.
Como complemento a las normas de la misa se publican también el Motu propio Mysterii paschalis y las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el Calendario, así como el Calendario Romano General y propio de España.

2. EL CUERPO DEL MISAL.
Com­prende ocho grandes bloques: El Propio del Tiempo, el Ordinario de la Misa, el Propio de los Santos, las Misas Comunes, las Misas Rituales, las Misas y oraciones por diversas necesidades, las Misas Votivas y las Misas de Difuntos.
Analizamos ahora solamente los tres primeros bloques.

a) El Propio del Tiempo es la parte fundamental del misal, el ciclo que desarrolla el misterio salvador en su totalidad en torno al sa­grado recuerdo de la vida y de la obra de Cristo (cf SC 102). Consta de las antífonas y las llamadas oraciones presidenciales (colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión). Se comienza con las oraciones del Adviento, para seguir con los demás tiempos fuertes: Navidad, Cuaresma, Triduo pascual y Pascua. Acaba esta parte con las oraciones del Tiempo Ordinario y las de las solemnidades del Señor que tienen lugar en este tiempo: Santísima Trinidad, Corpus Christi, Corazón de Jesús y Cristo Rey.

b) El Ordinario de la Misa comprende las partes que son comunes a todas las Misas: saludos, acto penitencial, Gloria, Credo, Liturgia eucarística con los prefacios y las cuatro plegarias eucarísticas más empleadas, el rito de comunión y los ritos de conclusión. Esta parte se encuentra situada hacia la mitad del misal, entre el Propio del Tiempo y el Propio de los Santos. El hecho de que esta parte sea común a todas las Misas no quiere decir que el Misal no ofrezca fórmulas variadas, adaptadas a los tiempos litúrgicos, para elegir las que pastoralmente resulten más eficaces (acto penitencial, aclamaciones, la paz, etc). Las plegarias eucarísticas –las cuatro más usadas– van señaladas con una pestaña verde en su comienzo. El resto de las plegarias eucarísticas, como la V en sus cuatro versiones, las de la reconciliación y las de niños, van al final, en el apéndice señaladas también con pestañas verdes. Termina este aparatado con un formulario para las bendiciones solemnes y oraciones sobre el pueblo.

c) El Propio de los Santos ocupa un bloque compacto, distribuyendo los formularios por meses, a partir de enero hasta diciembre. Consta cada santo como mínimo de la oración colecta, aunque algunos santos cuen­tan con formulario completo (ofrendas, poscomunión y en algunos casos prefacio), y otros con formulario para la vigilia además del propio del día: san Juan Bautista, san Pedro y san Pablo y la Asunción de María. En este apartado están también las fiestas fijas del Señor (dos de febrero la Presentación, veinticinco de marzo la Anunciación, seis de agosto la Transfiguración, 14 de septiembre la Exaltación y nueve de noviembre la Dedicación de la basílica de Letrán) más todas las solemnidades, fiestas y memorias de la Santísima Virgen (excepto el uno de enero).
Jesús Luengo Mena

1.1.08

FIESTAS DE PRECEPTO EN ESPAÑA PARA EL AÑO 2008

El CDC, en su canon 1246, al hablar de los días de fiesta, nos dice: “El domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto. Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, Todos los Santos”. Añade posteriormente que la Conferencia Episcopal, previa aprobación de la Santa Sede, puede suprimir o trasladar al domingo algunas de las fiestas de precepto.
Para el año 2008, la Conferencia Episcopal española ha dispuesto las siguientes fiestas de precepto:
1 enero Santa María, Madre de Dios.
6 enero Epifanía del Señor.
19 marzo San José, esposo de la Virgen María (en 2008, San José se celebra el 15 de marzo, no es fiesta de precepto).
25 julio Santiago, apóstol.
15 agosto La Asunción de la Virgen María.
1 noviembre Todos los Santos.
8 diciembre La Inmaculada Concepción de la Virgen María.
25 diciembre La Natividad del Señor.
Cada diócesis debe añadir las fiestas que acuerde el Obispo.
Además, todos los domingos del año (no se olvide que las solemnidades de la Ascensión y Corpus Christi han pasado al domingo siguiente).

Las celebraciones móviles del año 2008 son las siguientes:
Bautismo del Señor: 13 de enero.
Miércoles de Ceniza: 6 de febrero.
Domingo de Resurrección: 23 de marzo.
Ascensión del Señor: 4 de mayo.
Domingo de Pentecostés: 11 de mayo.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: 15 de mayo.
Santísima Trinidad: 18 de mayo.
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: 25 de mayo.
Sagrado Corazón de Jesús: 30 de mayo.
Jesucristo, Rey del Universo: 23 de noviembre.
Domingo I de Adviento: 30 de noviembre.
Sagrada Familia: 28 de diciembre.
EL TIEMPO ORDINARIO
En el año 2008, el tiempo ordinario comprende 34 semanas, de las cuales cuatro se celebran antes de Cuaresma, comenzando el día 14 de enero, lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el 5 de febrero, día anterior al miércoles de Ceniza. Comienza de nuevo el tiempo ordinario en la semana VI el día 12 de mayo, lunes después del domingo de Pentecostés. Se omite la V semana.
Jesús Luengo Mena

Fuente: Calendario Litúrgico-Pastoral 2008. Comisión Episcopal (española) de Liturgia.
CDC: Código de Derecho Canónico

30.12.07

LA ORACIÓN UNIVERSAL O DE LOS FIELES

Se llama universal porque se suplica por las necesidades de todos los hombres. “En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, responde de alguna manera a la palabra de Dios acogida en la fe y ejerciendo su sacerdocio bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga nor­malmente en las Misas a las que asiste el pueblo, de modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo” (OGMR 69).
Debe poder ser asumida por todo el pueblo cristiano y al menos cuatro de las peticiones deben ser:
* Por la Iglesia y sus necesidades
* Por los gobernantes
* Por los pobres y necesitados
* Por todos los presentes y la comunidad local
Este orden puede cambiarse en algunas celebraciones especiales.
Como su nombre indica, es oración universal por lo que lo apropiado es pedir en general por las necesidades del mundo. No debemos ser tacaños al pedir ni desperdiciar esa ocasión que la Liturgia nos concede a los laicos de manera que las peticiones que formulemos sean lo más amplias posibles y que abarquen a todo el mundo. Si se quiere pedir por una persona concreta (un enfermo de la comunidad por ejemplo) es mejor siempre ir de lo más general a lo particular. Así, se pide por todos los enfermos, por lo que sufren y en particular por nuestro hermano...

Siempre debe ser introducida y concluida por el presidente, desde la sede. La inicia, teniendo las manos juntas, con una breve monición invitando a orar y la concluye, separando las manos, con una oración (oración conclusiva). Puede ser leída del libro dedicado para ello o bien redactado por el equipo de liturgia, siempre supervisados por el sacerdote.
Debe leerse desde el ambón u otro lugar conveniente por un diácono si lo hay, o por un laico adecuado (cantor, lector instituido u otro). Es preferible, no obstante lo dicho, utilizar otro lugar y no desde el ambón, que se debe reservar para la Palabra de Dios. Quien haya leído las intenciones, al terminar, se vuelve al celebrante y después del Amen abandona el ambón. El momento de pronunciarla es después de la homilía y del credo, si lo hay.
Como todas las oraciones, se escucha y contesta, de pie. La respuesta a las preces en mejor cantarlas que recitarlas. Esta respuesta –Te lo pedimos, Señor u otra fórmula– es la verdadera oración de los fieles. También se puede rezar en silencio.
Con la oración de los fieles concluye la Liturgia de la Palabra y se da comienzo a la Liturgia Eucarística. En la liturgia de la Vigilia Pascual si se bautizan adultos (después de la homilía) se sustituye la oración de los fieles por la letanía de los santos.
Esta oración universal ha sido restaurada por el Vaticano II. Su nombre hace referencia al momento en el cual los catecúmenos abandonaban la asamblea y se iniciaba, con esta oración la misa de los fieles.
Jesús Luengo Mena








22.12.07

ORAR DE RODILLAS

Orar de rodillas es cosa bien distinta de la genuflexión. Es un gesto todavía más elocuente que la genuflexión o la inclinación de cabeza, que puede tener varias connotaciones: a veces es gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado, otras veces es gesto de sumisión y dependencia o bien, sencillamente, puede ser una postura de oración concentrada e intensa.
Esta postura la encontramos muchas veces en la Biblia, cuando una persona o un grupo quieren hacer oración o expresan su súplica: "Pedro se puso de rodillas y oró", antes de resucitar a la mujer en Joppe (Act 9,40); "Pablo se puso de rodillas y oró con todos ellos", al despedirse de sus discípulos en Mileto (Act 20,26)... Como también fue la actitud de Cristo cuando, en su agonía del Huerto, "se apartó y puesto de rodillas oraba: Padre si quieres..." (Lc 22,41).
En los primeros siglos no parece que fuera usual entre los cristianos el orar de rodillas. Más aún, el Concilio de Nicea lo prohibió explícita­mente para los domingos y para todo el Tiempo Pascual, tiempo festivo. Más bien se reservó para los días penitenciales y como una costumbre que llegó hasta nuestros días en las Témporas, cuando se nos invitaba a ponernos de rodillas para la oración: "flectamus genua"...
Más tarde, a partir de los siglos XIII-XIV, la postura de rodillas se convirtió en la más usual para la oración, también dentro de la Eucaristía, subrayando el carácter de adoración.
Actualmente durante la Misa sólo se indica este gesto para los fieles durante el momento de la consagración, aunque normalmente se hace ya desde la epíclesis, expresando así la actitud de veneración. Antes de la actual reforma litúrgica se estaba de rodillas durante toda la Plegaria eucarística, así como durante la comunión o al recibir la bendición. También se debe recibir la absolución en el sacramento de la penitencia de rodillas.
Orar de rodillas sigue siendo la actitud más indicada para la oración per­sonal, sobre todo cuando se hace delante del Santísimo.
Como postura de oración, no es signo de adoración, también se puede orar de rodillas delante de las imágenes de la Virgen, de los santos o en cualquier lugar, ya que es una postura del orante para su personal recogimiento.
Jesús Luengo Mena

LA GENUFLEXIÓN

La genuflexión es signo de adoración y sumisión a Dios –hágase tu voluntad– y se considera como el acto supremo de reverencia de nuestro rito.
La genuflexión se hace siempre con la rodilla derecha llevándola hasta el suelo e inclinando la cabeza. Por ser signo de adoración está reservada al Santísimo Sacramento y a la Santa Cruz en la liturgia del Viernes Santo. También se debe hacer genuflexión cada vez que pasemos por delante del Santísimo Sacramento y a las reliquias de la Santa Cruz, expuestas para su veneración. No se debe, por lo tanto, hacer genuflexión ante imágenes y menos aún si son marianas o de santos. Otra cosa distinta es orar de rodillas.
Seguramente es un gesto heredado de la cultura romana, como signo de respeto ante las personas constituidas en autoridad. Y desde el si­glo XII-XIII se ha convertido en el más popular símbolo de nuestra ado­ración al Señor presente en la Eucaristía: es una muestra de la fe y del re­conocimiento de la Presencia Real. Es todo un discurso corporal ante el sagrario: Cristo es el Señor y ha querido hacerse presente en este sacra­mento admirable y por eso doblamos la rodilla ante Él.
Litúrgicamente el sacerdote que preside la Eucaristía hace tres genu­flexiones: después de la consagración del Pan, después de la del Vino, y antes de comulgar. Si el sagrario está en el presbiterio hace también genuflexión al llegar al altar y al final de la celebración, al igual que deben hacerla cualquier fiel que pase por delante del sagrario, incluido el lector que sube al ambón. Sin embargo no se hace genuflexión cuando una procesión pasa por delante de la capilla sacramental.
Hay otros momentos en que tiene expresividad esta postura: por ejemplo cuando se recita el "Incarnatus" del Credo en las fiestas de la Anunciación y Navidad; o cuando el Viernes Santo se va a adorar la Cruz. El gesto se ha convertido en uno de los más clásicos para expresar la adoración y el reconocimiento de la grandeza de Cristo, o también de humildad y penitencia.
La genuflexión doble –con las dos rodillas e inclinación de cabeza– se ha suprimido pero es loable mantener ese signo en algunas ocasiones, por ejemplo al entrar al templo donde se halle expuesto de manera solemne el Santísimo.
Jesús Luengo Mena

13.12.07

EL PORQUÉ DE ALGUNAS FECHAS DEL CALENDARIO LITÚRGICO

Ahora que estamos comenzando un nuevo Año litúrgico es un momento oportuno para conocer el motivo de las fechas litúrgicas más relevantes que la Iglesia celebra a lo largo del año, sin ánimo de agotar toda la casuística.
La primera fiesta del cristiano es el domingo, fiesta primordial de precepto, (CDC 1246) y fundamento y núcleo de todo el año litúrgico. El domingo es el día del Señor, Pascua semanal. La palabra domingo viene del latín «dominicus», «dominica dies», Día del Señor. “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio cada ocho días, en el día que es llamado, con razón, día del Señor o domingo. En ese día los, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” (SC 106).
No hay pues ninguna fiesta más importante que el domingo y entre ellos el domingo pascual, eje del año litúrgico. Las fiestas que la Iglesia considera como muy importantes –las solemnidades– se igualan al domingo, no al revés.
Podemos distinguir, hablando del calendario, dos tipos de fiestas: unas variables, que se celebran dependiendo del domingo pascual y otras festividades fijas, como son las del ciclo de Navidad, las de la Virgen y las de los santos.
El domingo más importante del año es el Domingo de Resurrección. Su fecha se fija quedó fijada por el Concilio de Nicea reunido el año 325 que dispuso que la Pascua se celebrase el domingo posterior al primer plenilunio del equinoccio de primavera, o dicho de otra manera, el domingo que sigue a la primera luna llena –Parasceve– que haya después del 22 de marzo. Por este motivo, la Pascua de Resurrección es fiesta variable, ya que depende de la luna y necesariamente deberá oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Una vez fijado el domingo pascual de cada año se establecen los demás tiempos movibles y sus fiestas: el tiempo pascual (cincuenta días posteriores que culminan en el domingo de Pentecostés) y el tiempo cuaresmal (cuarenta días atrás comenzando el Miércoles de Ceniza). La Ascensión se celebraba a los cuarenta días de Pascua –hoy pasada al domingo posterior–. De la fecha del domingo de Pentecostés dependen las de la Santísima Trinidad –domingo siguiente de Pentecostés–el Corpus Christi a los diez días de Pentecostés –también trasladado al domingo posterior– y el Sagrado Corazón el viernes del II domingo posterior a Pentecostés. Así pues hoy día existen cuatro domingos consecutivos con fiestas importantes relacionadas con el ciclo de Resurrección: Ascensión, Pentecostés, Trinidad y Corpus, estas dos últimas ya en el llamado Tiempo Ordinario. Asimismo, en España se celebra el jueves posterior a Pentecostés la fiesta de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, introducida para España en 1973.

Por el contrario, el tiempo de Adviento-Navidad tiene fechas fijas, salvo el primer domingo de Adviento, que será siempre el más cercano al treinta de noviembre. La Natividad del Señor se celebra el veinticinco de diciembre. Por lógica, nueve meses antes –el tiempo de una gestación normal– celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor (o sea, el momento de su concepción). También se relaciona con la fecha de la Navidad la fiesta de la Presentación del Señor al Templo, la popular Candelaria, que celebramos a los cuarenta días del parto –el dos de febrero–. Era el rito de purificación de la mujer recién parida, que en la tradición hebrea quedaba impura durante la cuarentena, rito al que se unía la presentación de los hijos al templo.
También en las fiestas de Virgen hay dos que se relacionan en sus fechas con su nacimiento y concepción inmaculada. Si el ocho de diciembre celebramos la solemnidad de la Concepción Inmaculada de María es lógico que nueve meses después celebremos su Natividad, el ocho de septiembre. La solemnidad de María como Madre de Dios el uno de enero es como un eco mariano de la Navidad –culminando la octava–.
Las fiestas de los santos se suelen celebrar en el día de su muerte o martirio, su “dies natalis”. Caso excepcional es el de San Juan Bautista, que tiene un lugar privilegiado en la liturgia ya que la Iglesia celebra tanto su nacimiento –el veinticuatro de junio– como su muerte –veintinueve de agosto–. La fecha de la Natividad del Bautista está en relación directa con la de Jesús: justo seis meses antes. El Bautista mismo afirmó que era preciso que él empequeñeciera para que Jesús se agrandara. La Iglesia lo interpreta colocando la fecha del Bautista en el solsticio de verano, cuando sucede el día más largo del año pero a partir de ahí empieza a decrecer y la Navidad coincidiendo con el día más corto del año pero cuando los días empiezan a crecer. Cristo es la luz del mundo.
En definitiva, la Iglesia ha puesto muchas de sus fiestas aprovechando el simbolismo que el trascurso del año astronómico le proporciona y ha adaptado algunas tomadas del calendario festivo romano –como la Navidad–.
Jesús Luengo Mena

5.12.07

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA




El ocho de diciembre la Iglesia católica celebra con gozo la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Como creencia piadosa fue defendida expresamente en Sevilla desde el S. XVI y declarado dogma por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 por la Bula Ineffabilis Deus. Previamente el papa Sixto IV introdujo esta fiesta en el calendario romano en 1476 y en el Misal de san Pío V ya figuraba sólo como memoria.
La concepción inmaculada de María era especialmente defendida por los franciscanos, siguiendo las enseñanzas de Duns Scotto, y era combatida por los dominicos que seguían la enseñanza de Santo Tomás en el sentido de que sólo Cristo había estado libre del pecado original y que la Virgen fue purificada en el momento de su concepción. Si Cristo redimió a todos los hombres (redención universal) también redimió a María y si Ella no tuvo pecado original entonces ¿cómo pudo ser redimida? Este razonamiento tomista implicaba que para que la redención fuese universal debía abarcar a toda la Humanidad incluyendo a la Virgen y para que Ella fuera redimida debía haber tenido al menos el llamado “pecado original” que todos los humanos por el hecho de serlos traemos al mundo.
El dogma hay que entenderlo como un privilegio especial concedido a su Madre, ya que la Virgen tuvo una "redención profiláctica": Cristo impidió que tuviese pecado pero ese hecho la Virgen se lo debe a Él, luego Ella fue también redimida, aunque de otra forma que el resto de los mortales (como el médico que cura al enfermo o impide preventivamente que alguien contraiga la enfermedad: en ambos casos el médico es quien cura).
En Sevilla hubo grandes controversias sobre el tema llegando a tomar esta idea proporciones de manifestaciones populares cuando en el sevillano convento de Regina, de frailes dominicos un ocho de septiembre del año 1613, fiesta de la Natividad de la Virgen, un fraile profeso de ese convento se atrevió a afirmar públicamente que la Virgen María no había sido concebida sin pecado original sino que "había sido concebida como ustedes y como yo y como Martín Lutero" y que fue santificada después de nacer contra la opinión extendida en la ciudad a favor de la defensa de la Inmaculada Concepción de María. Este sermón fue al parecer la chispa de un movimiento inmaculadista sin precedentes en la ciudad, que originó innumerables votos, procesiones y funciones a su favor. Incluso se escribieron unas letrillas que pronto se hicieron populares y que decían así:

"Aunque se empeñe Molina
y los frailes de Regina
al prior y al provincial,
y al padre de los anteojos
(tenga sacados los ojos)
y él colgado de un peral)
María fue concebida
Sin pecado original"

La llamada "pía opinión" (defensora de la idea de que la Virgen había sido concebida sin pecado original) era claramente defendida por los franciscanos (Duns Scoto), en unos debates que nacen en el S. XII y en Sevilla era opinión mayoritaria como demuestra el hecho de que el Cabildo de la catedral sevillana celebrara la fiesta de la Inmaculada desde 1369. Scoto razonaba de la siguiente manera: dado que las Escrituras no aclaran si la Virgen fue o no concebida sin pecado original y que las opiniones sobre este tema pueden ser tres, él defendía la más favorable a la Virgen. Las tres opiniones se resumen en que o bien la Virgen fue concebida por sus padres Joaquín y Ana sin pecado original (pía opinión), o bien fue concebida con pecado original y purificada nada más nacer o en tercer lugar que fue concebida con pecado original y fue purificada posteriormente.
En 1615 el movimiento inmaculadista en Sevilla llegó a tomar tintes casi de revuelta popular yendo una embajada a Roma encabezada por Mateo Vázquez de Leca y Bernardo del Toro para influir en el Papa al objeto de conseguir la proclamación del dogma, cosa que no lograron de Paulo V pero si al menos que no se defendiera en publico la opinión contraria mediante la renovación que hizo el Papa de la Constitución de Sixto IV sobre la Concepción Inmaculada. Esto sucedió el 8 de diciembre de 1616. La posterior Bula de Clemente XIII de 14 de marzo de 1767 por la cual se declaraba a la Inmaculada Patrona principal y Universal de España y las Indias supuso un gran avance en la proclamación del dogma, ya en el S. XIX. Esta solemnidad se celebra justo nueve meses antes de la fiesta que celebra el nacimiento de la Virgen, la Natividad de María el 8 de septiembre. La imagen titular de la Hermandad del Silencio, "madre y maestra” de las cofradías sevillanas , lleva esa bella advocación, al igual que la Hermandad del Divino Perdón, que advoca a su Titular como Purísima Concepción. Las cofradías sevillanas llevan todas en su estación de penitencia una bandera concepcionista, conocida popularmente como "simpecado" o "sinelabe" (primeras palabras del lema inmaculadista "sin pecado concebida" o del latín "sine labe concepta").
Litúrgicamente esta solemnidad tiene el privilegio de poder usar el color azul en España y Latonoamérica. En Sevilla esta solemnidad tiene una especial relevencia, celebrándose en la catedral la octava (los ocho días posteriores) con acto eucarístico y baile de niños seises, vestidos de azul.
Tiene su Misa propia del día.
Jesús Luengo Mena

3.12.07

PECULIARIDADES LITÚRGICAS DEL ADVIENTO


El domingo dos de diciembre –2007– comenzó el tiempo de Adviento, y por tanto un nuevo Año litúrgico.
Las normas litúrgicas universales dicen que el Adviento comienza con las primeras vísperas del primer domingo de Adviento, que será el domingo más próximo al treinta de noviembre, fiesta del apóstol san Andrés.
Contiene siempre cuatro domingos que se estructuran en dos partes bien definidas: hasta el 16 de diciembre y del 17 al 24 de diciembre. Es el tiempo del Marana-tha (ven Señor), de la espera gozosa del Salvador. El Adviento es también el tiempo mariano por excelencia, donde la presencia de María en la liturgia es más patente. Diciembre es el mes más particularmente apto para el culto a la Virgen. Dos de las tres solemnidades de la Virgen se celebran por estas fechas: la Inmaculada y ya en tiempo de Navidad la solemnidad de María Madre de Dios (teotocos) el uno de enero. Fecha también muy importante es el dieciocho de diciembre, en que celebramos la Expectación al parto, Esperanza y Virgen de la O, que todo es la misma cosa.
Teológicamente es tiempo de espera gozosa de la venida de Cristo, es tiempo asimismo del Espíritu Santo, tiempo del cumplimiento de las profecías, tiempo de conversión. Sus personajes clásicos son el profeta Isaías, el precursor Juan el Bautista y María. Tal como dice el prefacio II, se trata de esperar “a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”.
Los aspectos litúrgicos del Adviento son escatológicos, mirando a la última venida del Señor al final de los tiempos. Es tiempo de relativa austeridad en los signos externos. Esto se observa en los siguientes elementos:
· los domingos se omite el Gloria para que resuene con más alegría el Gloria de la misa del Gallo.
· las vestiduras de los ministros son moradas (como en Cuaresma).
· el altar debe estar escueto y sin adornos muy festivos. De poner flores, pocas y no siempre. Esta austeridad incluye al sagrario.
· la música instrumental se debe omitir para que contraste más la alegría del Nacimiento.
· en el tercer domingo de Adviento, llamado de Gaudete por la antífona de entrada –Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte– se puede usar el color rosa (como ocurrirá en el IV domingo de Cuaresma llamado de Laetare). Ese domingo es adecuado poner flores en el altar, así como entonar cantos y música.
Sin embargo se mantienen algunos signos festivos, como el Aleluya.
Pastoralmente es aconsejable hacer alguna celebración comunitaria de la penitencia, siendo un viernes el día más adecuado. También se recomienda poner en lugar preferente una imagen de María y la corona de Adviento, consistente en cuatro velas de diferentes colores sobre una corona de ramos verdes sin flores que se van encendiendo progresivamente en cada domingo al comienzo de la Misa, marcando el tiempo de la llegada del Señor.
La semana que precede a la Navidad tiene un sentido propio y distinto al resto del Adviento pues el nacimiento del Señor es inminente. Aquí las memorias de los santos son siempre libres, se puede cantar diariamente el Aleluya, poner más luces y flores en el altar, usar vestiduras más lujosas, dar la bendición con la fórmula solemne de Adviento. Se debe notar que el tiempo es más alegre.
En los domingos de Adviento sólo se puede celebrar la Misa del día, cualquier otra celebración está prohibida –por ejemplo, la misa exequial–. Las lecturas de Adviento se nuclean en las ferias en torno al profeta Isaías y las evangélicas en los pasajes que narran al Precursor y los preparativos del Nacimiento. La celebración eucarística tiene sus propios prefacios, muy bellos.
Terminamos recordando que iniciamos el Ciclo A.
Jesús Luengo Mena, Lector instituido y Viceteniente de Jesús Despojado

27.11.07

EL RITO DE CONCLUSIÓN DE LA MISA

El rito de conclusión consta de los siguientes elementos:
* Algunos avisos breves, si son necesarios
* Saludo y bendición sacerdotal, que en algunos días y ocasiones se enriquece y amplía con la ”oración sobre el pueblo” o con otra fórmula más solemne.
* Despedida del pueblo por parte del diácono –al que le corresponde hacerlo si lo hay– o del sacerdote, con la que se disuelve la asamblea, para que cada uno vuelva a sus quehaceres, alabando y bendiciendo al Señor.
* El beso del altar por parte del diácono y del sacerdote y después inclinación profunda de los mismos y de los demás ministros (OGMR 90).

1. Saludo y bendición
Los avisos que eventualmente se hubieren de dar al pueblo, tienen lugar después del rito de comunión y antes del de despedida. Este paréntesis pone una nota más de familiaridad en la asamblea. Los puede dar una persona distinta del presidente de la asamblea.
La bendición, que está precedida del saludo litúrgico ordi­nario. Es muy antigua. Al princi­pio la impartían el Papa u otros obispos mientras regresa­ban a la sacristía. Los presbíteros comenzaron a darla sólo en contadas ocasiones. Desde el siglo XIII queda propia­mente integrada en el rito.
La Iglesia no quiere despedir a sus fieles con un seco: "Ya pueden marchar". La bendición es un elemento más o menos efusivo, según las liturgias. Con él, en forma com­parable a lo que se hace en las despedidas de seres queri­dos, se manifiesta el deseo de que permanezca el recuerdo del encuentro y de que la felicidad acompañe a los que se van. El deseo lleva implícita la impetración del favor divino:

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo Y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros. R./Amén.

Mientras lo expresa, el ministro traza con la mano la señal de la cruz sobre la asamblea. También se acostumbró hacer el gesto con la patena, el cáliz, el corporal, reliquias, etc. La bendición ocupa de ordinario el lugar de la antigua oración sobre el pueblo, aunque para algunas ocasiones permanezca todavía dicha oración, que un tiempo fue ele­mento ordinario y luego permaneció para los días de cua­resma, por lo que ha sido considerada elemento peniten­cial.
Además de la bendición ordinaria, el misal propone una serie de bendiciones solemnes, utilizables "ad libitum" (o sea, si al presidente le parece oportuno), ordenadas en tres series: I Para celebraciones del propio del tiempo (Adviento, Navidad, etc.); II para las de los santos; III para otras (dedicación de una iglesia, difun­tos). Todas concluyen con la bendición ordinaria, ligera­mente ampliada. Su variedad es un nuevo enriquecimiento del misal. Transcribimos una como ejemplo:

El Dios de todo consuelo disponga los días de ustedes en su paz. K/. Amén.
Que El los libre de toda perturbación y afiance sus corazo­nes en su amor R/. Amén.
Para que, enriquecidos por los dones de la fe, la esperanza y la caridad, abunden en esta vida en buenas obras y alcan­cen sus frutos en la eterna. R/. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. R/.Amén.

El obispo bendice con la fórmula propia, haciendo tres veces la señal de la cruz sobre el pueblo.
Para ser dichas igualmente a voluntad al final de la Misa, de una liturgia de la palabra, del Oficio o de los sacramentos, se propone, asimismo, una considerable serie de Oraciones sobre el Pueblo, que de este modo aparecen menos ligadas a las celebraciones cuaresmales. Pueden ser dichas incluso en las fiestas de los santos, para las que se incluyen modelos. Son introducidas con la invitación:
In­clínense para recibir la bendición.
Y concluyen: Y la ben­dición de Dios todopoderoso, etc.
Un ejemplo:
Afianza, Señor, el corazón de tus fieles y fortalécelo con tu gracia para que se entreguen con fervor a la plegaria y se amen con sincero amor fraterno. Por Jesucristo...

2. Despedida de los fieles
La traducción española no ha puesto una versión lite­ral, que sería muy seca en nuestra lengua y mentalidad, sino: Podéis ir en paz, más delicado como indicativo y con la inclusión del tema de la paz, que aparece en casi todas las liturgias. Salgan en paz (éxite in pace), se lee en las Constituciones apostólicas; marchemos en paz (pro­cedamus in pace), dicen la liturgia bizantina y la milanesa; vayan en paz, vayan en la paz de Cristo o frases similares, en diversos ritos orientales; en el siríaco, un tanto amplia­do: vayan en paz, contentos, gozosos, y rueguen por mí. También en la hispana: las celebraciones han concluido en nombre de N. S. J. C. Nuestra ofrenda o deseo ("votum") sea recibida en paz.
El pueblo responde con un “Demos gracias a Dios”.
Si a la Misa sigue alguna otra acción litúrgica (por ejemplo, exposición o bendición con el Santísimo) se omite el rito de conclusión. La postura de los fieles durante todo el rito es de pie. La postura para recibir la bendición es inclinados. El canto de salida, puesto de moda, sobra.
Jesús Luengo Mena

24.11.07

EL CREDO, PROFESIÓN DE FE O SÍMBOLO

El Credo es una fórmula de la profesión de fe cristiana. Lo llamamos así por ser la primera palabra de la fórmula latina: «Credo in unum Deum...», aunque antes que en latín estuvo en griego. También se le llama “Símbolo”, que en griego significa resumen y contraseña; porque el Credo es un resumen de las verdades principales que profesamos los católicos, y porque además es el distintivo de nuestra religión ante cualquier otra.
Los apóstoles, cumpliendo su misión se preocuparon en proponer fórmulas breves y concisas a los que recibían la fe y a todos los fieles en general, o sea, el resumen o sustancia de lo que había de ser creído como revelado por Dios.
De aquí nació el más antiguo y venerable de nuestros Credos, el llamado «Símbolo de los Apóstoles», el que los catecúmenos debían recitar el día de su bautismo. Este, podemos decir, es el Credo por excelencia.
No obstante existen otras fórmulas del Credo. Así pues podemos señalar varios Credos:
* El Credo ordinario, el que ya dijimos es el llamado «Símbolo apostólico o de los Apóstoles», porque conforme a una antigua tradición se remonta a los Apóstoles, no sólo por la materia, en la cual no hay duda, sino acaso también por la misma forma, al menos en lo sustancial.
* El Símbolo Niceno, compuesto en el Concilio de Nicea el año 325, para profesar la fe contra la herejía de Arrio. En este Concilio, que fue el I universal en la Iglesia, se condenó el arrianismo, que decía de Jesucristo que era la más perfecta de las criaturas, pero pura criatura humana y que no era Dios. El Concilio de Nícea, teniendo en cuenta el error condenado, hizo profesión expresa de fe, en este Credo, de la divinidad de Jesucristo, y así dijo: «Y un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz; Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no hecho; consubstancial con el Padre, por quien todas las cosas han sido hechas».
* El Símbolo Constantinopolitano. Este fue compuesto el año 381 en el II Concilio universal de la Iglesia, que fue el Concilio primero de Constantinopla, convocado contra Macedonio que negaba la divinidad del Espíritu Santo, y por eso se añadieron al de Nicea estas palabras acerca del Espíritu Santo: «Señor y vivificador; que procede del Padre y del Hijo; que con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y conglorificado». De los dos anteriores, fusionados, surgió el nicenoconstantinopolitano.
Además de los anteriores podemos citar el Credo de Atanasiano, el del Concilio XI de Toledo o la profesión de fe tridentina. Actualmente Pablo VI propuso el Credo del Pueblo de Dios, que sucede a los demás. Este Credo, por decirlo con palabras de Pablo VI, «sin ser una definición dogmática, recoge en sustancia y en algún aspecto desarrollado en consonancia con la condición espiritual de nuestro tiempo, el Credo de Nicea, el Credo de la inmortal Tradición de la Santa Iglesia de Dios».
Símbolo de los Apóstoles
Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo;
Nació de Santa Virgen María; padeció bajo el poder de Poncio Pilatos;
Fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos;
Al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió a los cielos;
Está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna.
Credo Niceno-constantinopolitano
Creo en un solo Dios; Padre Todopoderoso,Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,engendrado, no creado,de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras,y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria parajuzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
El Credo lo ha cantar o recitar el sacerdote junto con el pueblo los domingos y solemnidades (OGMR 68). También en ocasiones especialmente solemnes. Todos permanecerán de pie. El misal ofrece las dos versiones: el credo apostólico o el nicenoconstantimopolitano.
Jesús Luengo Mena

20.11.07

EL EVANGELIO Y EL EVANGELIARIO

Todas las lecturas bíblicas que proclamamos en la Eucaristía son palabra de Dios. Pero de un modo especial lo es el Evangelio, que es sin duda la lectura más importante. Evangelio viene del griego –eu=bueno y angelion=noticia o mensaje–. Significa por lo tanto “buena noticia”.¡Y tan buena!
El libro de los Evangelios o Evangeliario, es el elemento principal de la Litur­gia de la Palabra. Como libro que contiene las enseñanzas del Señor figura en primer lugar entre los objetos litúrgicos des­pués del cáliz y la patena. El Rito romano realza las señas de reverencia al Evangelio. Debido a que este libro es un signo visible de Jesucristo, Palabra de Dios, debe ser cuidadosamente guardado y encuadernado a ser posible con cubier­tas ricamente decoradas. Estas cubiertas pueden hacerse con metales preciosos (incluso con joyas y esmaltes), telas ricas o bordados artísti­cos. Resulta conveniente contar con un juego de diferentes cubiertas para las distintas ocasiones o tiempos litúrgicos. Cada parroquia o templo importante –aunque todos los son– y en el que se celebre habitualmente la Eucaristía debería contar con un Evangeliario, para las Eucaristías más solemnes. Lógicamente, el Leccionario, en sus distintos tomos, también contiene el Evangelio del día. Litúrgicamente no es apropiado proclamar las lecturas leyendo de un papel, hoja parroquial o carpeta.

Al comienzo de la Misa, el Evangeliario se lleva en procesión en alto por un diácono o lector y se entro­niza en el centro del altar. El presidente besa el altar y el Evangeliario. Al término de la Misa se guarda.
La proclamación del Evangelio se rodea de varios gestos significativos: en primer lugar, su proclamación le corresponde al diácono, si lo hay, o a otro sacerdote concelebrante. Si la Misa la oficia sólo un sacerdote será él quien lo proclame. En cualquier caso siempre su lectura se reserva a un ministro ordenado. Otros signos significativos son: se lleva en procesión desde el altar al ambón y allí se abre, se acompaña de luces, se escucha de pie, se hace la señal de la cruz, se inciensa, se le aclama al principio y al finalizar.
Si es el mismo sacerdote presidente el que va a proclamar el Evan­gelio –en ausencia de otro ministro ordenado– se dispone con esta oración:
Munda con meum ac labia mea, omnipotens Deus,
ut sanctum Evangelium digne valeam nuntiare
"Limpia mi corazón y mis labios, Dios omnipotente,
para que pueda proclamar dignamente el santo Evangelio".
Si es un diácono (o uno de los presbíteros concelebrantes en el caso de no haber diácono) el que va a realizar este ministerio, antes de proclamarlo pide la bendi­ción inclinado ante el presidente:
Iube, domne, benedicere
"Dígnate bendecirme, señor".
Y el presidente ora sobre él:
Dominus sit in conde tuo et in labiis tuis
ut digne et competenter annuntíes Evangelium suum,
in nomine Patrís et Filii et Spiritus Sancti.
"Que el Señor esté en tu corazón y en tus labios
para que proclames digna y competentemente su Evangelio,
en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Son dos oraciones significativas, dichas con humildad –el presidente inclinado ante el altar, el diácono ante el presidente– porque esa es la ac­titud propia del que va a anunciar una palabra que no es suya, sino del Señor. En ellas se pide que antes de que la palabra evangélica suene en los labios esté en el corazón: se trata de un ministerio serio, al servicio de la comunidad, y que pide en el mismo que lo realiza una actitud de fe pro­funda, más allá de la mera técnica de unos labios que saben pronunciar un mensaje.
A continuación el diácono u otro ministro ordenado toma el Evangeliario y lo lleva en procesión al ambón, acompañado de acólitos con luces. Mientras, se canta el Aleluya, si está así dispuesto –en Cuaresma no se canta–. El Aleluya es una aclamación antes del Evangelio con el que los fieles recibimos y saludamos al Señor, que va a hablarnos en el Evangelio.
Tras el saludo del sacerdote o diácono al pueblo –El Señor esté con vosotros– hace la señal de la Cruz sobre el libro y sobre él mismo mientras dice: “Lectura del santo evangelio según... El pueblo aclama con la frase: “Gloria a ti, Señor”. Acto seguido se inciensa el libro, con tres golpes dobles, y se proclama. Al finalizar la proclamación se aclama de nuevo: “Palabra del Señor” respondiendo el pueblo: “Gloria a ti, Señor Jesús”. El ministro que ha proclamado el Evangelio lo besa diciendo en secreto: “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”. Si todas las aclamaciones se cantan, mejor.
Los portadores de los ciriales los han mantenido en alto mientras dura la proclamación del Evangelio, habiéndose situado a la derecha e izquierda del ambón. También los fieles y los sacerdotes concelebrantes junto al presidente deben girarse si es preciso y mirar hacia el ambón de manera clara.
Otros momentos en los que la entrega del Evangelario es especialmente expresiva son: en la ordenación de diáconos, presbíteros y obispos; en la toma de posesión del nuevo párroco y en los sínodos o concilios. También se puede colocar sobre el féretro de un difunto en la Misa exequial.
Jesús Luengo Mena




15.11.07

EL BESO: SU SENTIDO LITÚGICO

El beso es uno de los gestos más universalmente utilizados en nuestra vida social. También en la liturgia, más veces de las que a primera vista parece, besamos a las personas o a los objetos sagrados, aunque la reforma litúrgica haya suprimido algunos besos redundantes.
En casi todos los sacramentos se besa a las personas como sig­no de lo que quieren comunicar eficazmente. Respecto al beso de objetos sagrados, son el altar y el libro de los Evangelios los que más expresiva­mente reciben este símbolo de aprecio "según la costumbre tradicional en la liturgia, la veneración del altar y del libro de los Evangelios se ex­presa con el beso" (IGMR 273).
Al comienzo de la Eucaristía se usa el beso como signo de veneración al altar. Es costumbre antiquísima en la li­turgia cristiana: al menos desde el siglo IV. Su sentido es expresar simbólicamente el aprecio que se tiene a la "mesa del Señor", la mesa en la que va a realizarse la Eucaristía y donde vamos a ser invitados a participar del Cuerpo y Sangre del Señor. Es co­mo un saludo simbólico, hecho de fe y de respeto, al comenzar la cele­bración.
Con el correr de los siglos se habían añadido demasiados besos al al­tar. Actualmente han quedado sólo dos:
- el del comienzo de la celebración, que es el más antiguo, y que realizan no sólo el presidente, sino también el diácono y todos los conce­lebrantes.
- y el de despedida, que da sólo el presidente y el diácono, y no los concelebrantes.
También se besa el Evangelario. El que proclama la lectura del Evangelio, besa al final el libro. Al hacerlo el sacerdote dice en voz baja: "Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados". Esta frase expresa el deseo de que la Palabra evangélica ejerza su fuerza salvadora perdonando nuestros pecados. Besar el Evangelio es un gesto de fe en la presencia de Cristo que se nos comunica como la Palabra verdadera. Si preside el obispo se le llevará para que también éste lo bese. El beso al Evangelario se inserta dentro de una serie de acciones simbólicas en tor­no al Evangelio: escucharlo de pie, reservarlo al ministro ordenado, hacer al principio la señal de la cruz, incensarlo, etc.
El beso de paz antes de la comunión es uno de los modos de realizar el gesto de la paz.
La paz de puede dar con una simple inclinación de cabeza, o con un apretón de manos, pero sobre todo en grupos más reducidos, o entre familiares, o en una comunidad religiosa, es más expresivo el beso. El "ósculo de paz", como se llamaba en los primeros siglos, es algo más que un saludo o un signo de amistad. Es un deseo de unidad, una oración, un acto de fe en la presencia de Cristo y en la comunión que Él construye, un compromiso de fraternidad antes de acudir a la Mesa del Señor.
El beso a la Cruz es también frecuente. El Viernes Santo ha quedado un beso lleno de sentido: el que damos a la Cruz en el rito de su adoración. También besa la Cruz el obis­po, en la recepción en su Iglesia Catedral o al comienzo de la visita pastoral en una parroquia. Lo mismo en el rito de bendición de una nueva Cruz.
También son significativos otros besos, no litúrgicos, pero igualmen­te llenos de fe, como puede ser el beso al Niño en las celebraciones de la Navidad, o el beso al crucifijo o a las imágenes sagradas, que mu­chos cristianos tenemos todavía la costumbre de dar.
Además de la Eucaristía, hay otras muchas celebraciones en que el beso se vuelve "litúrgico" y quiere expresar valores que contienen los diversos sacramentos. Sobre todo son significativos aquellos besos que se presentan como una bienvenida o una acogida oficial cuando una persona "entra en un estado" diferente dentro de su camino de fe:
- así, en las ordenaciones, al nuevo diácono le besan el obispo y los diáconos presentes; al nuevo presbítero, el obispo y los presbíteros presentes; al nuevo obispo, el obispo consagrante y los demás obispos presentes;
- lo mismo sucedía en los primeros siglos cuando un neófito, un recién bautizado, era besado por los ya cristianos, según describe Justino;
- en la Confirmación, el Ritual dice que el obispo saluda y desea la paz al confirmado, pero invita a las Conferencias Episcopales que piensen si es oportuno que le dé esa paz con algún gesto, podría ser el beso;
- en la celebración del Matrimonio, como una especie de ra­tificación del matrimonio, los mismos esposos "se dan la paz, según se juz­gue oportuno”. En muchos casos este modo oportuno y espontáneo suele ser el besarse.
- la misma idea de acogida y bienvenida tiene el que los religiosos que profe­san sus votos perpetuos sean abrazados y besados por los que ya los ha­bían hecho con anterioridad;
Fuera de la liturgia, hemos besado muchas veces la mano de los sacer­dotes –costumbre hoy en desuso– y muchos lo seguimos haciendo con los obispos. Un beso que ha quedado en la celebración litúrgica, por su particular significado, es el beso de los pies en el lavatorio del Jueves Santo.
Terminanos este artículo aclarando que en aquellos lugares en los que besar no se considere una forma de reverencia se sustituirá este gesto por otro de reverencia de la cultura propia.
Jesús Luengo Mena
Bibliografía: ALDAZABAL, José, Gestos y Símbolos, CPL nª 40, Barcelona 1997.


11.11.07

CREDO

Credo in unum Deum,
Patrem omnipoténtem,
factórem caeli et terrae,
visibílium óminum et invisíbilium.
Et in unum Dóminum Iesum Chrustum
Filium Dei unigénitum.
Et ex Patre natum ante ómnia saécula.
Deum de Deo, lumen de lúmine,
Deum verum de Deo vero.
Géntium, non factum, consubtantialem Patri:
per quem ómnia facta sunt.
Qui propter nos hómineset
propter nostram salútem descéndit de caelis
Et incarnatus est de Spíritu Sancto
ex María Vírgine et homo factus est.
Crucifixus étiam pro nobis:
sub Póntio Piláto passus et sepúltus est.
Et resurréxit tértia die, secúndum scripturas.
Et ascédit in caelum: sedet ad déxtram Patris.
Et íterum ventúrus est cum glória
inducáre vivos et mortuos:
cuius regni non erit finis.
Et in Spíritum Sanctum,
Dóminum et vivificántem:
qui ex Patre et Filióque prócedit.
Qui cum Patre et Filio
simul adorátur et conglorificátur;
qui locútus est per Prophétas.
Et unam sanctam catholicam
et apostólicam Ecclésiam.
Confíteor unum baptisma
in remissiónem peccatórum.
Et exspécto resurrectiónem mortuórum.
Et venturi saéculi. Amén

Durante las frases en rojo se hace inclinación profunda

8.11.07

LOS RITOS INICIALES DE LA MISA

En la Asamblea eucarística se distinguen claramente cuatro partes: Los ritos iniciales, la Liturgia de la Palabra, la Liturgia Eucarística y los ritos finales o de despedida.

LOS RITOS INICIALES sirven para recibir a los fieles y son la apertura de la celebración. Sus objetivos son los de ayudar a formar y sentirse como comunidad y preparar a los fieles a oír y celebrar dignamente la Eucaristía. "Los ritos que preceden a la Liturgia de la Palabra... tienen el carácter de exordio, introducción y preparación" (OGMR 46).

Estos ritos iniciales son los siguientes:
* Procesión y canto de entrada: Antes de ponerse en marcha la procesión de entrada hacia el altar para comenzar la Eucaristía el turiferario ofrece al presidente el incensario para que imponga el incienso. La procesión de entrada se solemniza si se inicia desde el fondo de la nave. El orden debe ser: turiferarios, crucífero con dos ceroferarios a ambos lados o portadores de ciriales, siguen los demás ministros y el diácono (si lo hay), que porta el Evangeliario en alto. Si no hay diácono puede portarlo un acólito o un lector instituido, siguen los concelebrantes siempre de dos en dos y el presidente sólo. Cierra la procesión el maestro de ceremonias y los ministros del libro, mitra y báculo (si preside el obispo). Los concelebrantes y ministros, cuando van caminando en procesión o están de pie deben tener ante el pecho las palmas extendidas y juntas, el pulgar de la mano derecha sobre el pulgar de la izquierda formando una cruz. Mientras tiene lugar la procesión, el pueblo entona un canto de entrada, que sirve para abrir festivamente la celebración, fomentar la unión de los fieles y acompañar la procesión
Los ceroferarios, al llegar al presbiterio, han colocado los ciriales en un sitio dispuesto para ello. El Evangeliario se coloca sobre el altar, cerrado. Cuando los acólitos están en el presbiterio han de cuidar de no tener sus asientos en el mismo rango que los diáconos y los presbíteros, no siendo correcto que se coloquen directamente al lado del celebrante salvo que estén sirviendo el libro.

* Veneración del altar: como símbolo de Cristo (beso ritual). Todos hacen al llegar reverencia al Altar y el presidente y el diácono, además, lo besan. Igual hacen los concelebrantes, a ser posible de dos en dos. Como norma se puede decir que los servidores que porten algún objeto en las manos están exentos de hace la reverencia (por ejemplo, los portadores de los ciriales). Al llegar al altar el turiferario se coloca a la izquierda y entrega al presidente el incensario para la incensación del altar, la Cruz y la imagen solemnemente expuesta si la hay.

* La señal de la Cruz: evoca nuestra iniciación cristiana y se invoca a la Trinidad. El presidente y el pueblo se santiguan.

* Saludo a la Asamblea: Se establece aquí un diálogo de comunión entre el Presidente y la Asamblea –El Señor esté con vosotros–.

* Monición Inicial: Tiene por objeto explicar e implicar a todos en la celebración. Debe ser breve, incisa y preparada. Puede pronunciarla el presidente u otra persona –monicionista–. La costumbre, a veces observada, de hacer la monición inicial antes de la procesión de entrada no es litúrgicamente correcta.

* Acto penitencial: Todos somos pecadores y debemos pedir perdón. Este acto a su vez consta de varias partes:
- Monición, que dice el presidente
- Silencio breve
- Confesión general –Yo confieso...-–
- Absolución (que perdona los pecados leves del día pero no tiene la eficacia propia del sacramento de la penitencia).
Existen otras dos fórmulas además de la anterior, consistentes en un breve diálogo y pueden incluir el Kyrie, en cuyo caso no se dice posteriormente.
Los domingos, especialmente en tiempo pascual, se puede sustituir el acto penitencial por la bendición y aspersión del agua bendita, como recuerdo del bautismo.

* El Kyrie: "Señor, ten piedad". Tiene carácter doxológico, no es penitencial sino que tiene sentido de aclamación a Cristo y petición de misericordia. Son unas palabras griegas venerables de larga tradición. Se atribuye al papa San Gelasio –fines S. V- su introducción en la Misa.

* El himno Gloria: No fue compuesto para la Misa. Entró en la Eucaristía para la fiesta de Navidad extendiéndose después a los domingos pero sólo para los obispos. Es un himno trinitario de alabanza. Se le llama también doxología mayor o grandoxología.

* La oración Colecta: (colecta=reunir). El sacerdote invita a orar, lee la oración y el pueblo ratifica con un AMEN. La oración colecta se dice tras el Gloria, si lo hay, o tras el “Señor ten piedad”. Es la primera de las oraciones presidenciales.
Mediante esta oración se expresa la índole de la celebración, o sea, el carácter propio del día. Si es solemnidad, fiesta o memoria se suele citar en la misma el santo que celebramos. Se la llama así porque recolecta las intenciones individuales en una sola oración que se convierte en la oración de la Iglesia. También se la llama a veces oración del día o de la Misa. Se considera la oración más importante de las variables y concluye con la fórmula trinitaria más desarrollada.
En épocas pretéritas, cuando los fieles se reunían en una iglesia y se trasladaban procesionalmente a otra para la Misa, era la oración inicial que se rezaba cuando el pueblo estaba reunido. Actualmente, con la oración colecta concluyen los ritos iniciales y se da paso a la Liturgia de la Palabra. La oración colecta es, junto al canto de entrada, la parte más antigua de los ritos iniciales.
También se llama colecta a la recaudación monetaria que se hace a favor de los necesitados durante la Misa.
La postura de los fieles durante todos estos ritos es de pie.

2.11.07

LA CONMIXTIÓN O INMIXTIÓN

Se llama conmixtión al gesto que hace el sacerdote antes de la comunión consistente en dejar caer una pequeña partícula del pan consagrado en el cáliz –de com-misceo que significa mezclar una cosa con otra–.
Mientras hace el gesto pronuncia estas palabras: “El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna”. La OGMR (83) dice que “el sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso”.
Es un rito antiquísimo y su significado no se conoce con precisión. Seguramente, tal como el Misal pone, hace referencia a que Cristo se nos da en plenitud, en cuerpo y sangre. La consagración, que se ha hecho por separado para el pan y el vino, podría dar la impresión de una cierta disociación sacrificial. Su unión en el cáliz manifiesta la unidad vital de su persona.
Según Hertling cuenta en su Historia de la Iglesia esta costumbre se debe a que en Roma, los presbíteros que vivían en las afueras y no podían celebrar con el obispo el domingo recibían de éste partículas consagradas que les eran llevadas por acólitos. De esta manera no se sentían separados de la comunión con su pastor y la Iglesia.
El fragmento se toma de la Hostia recién fragmentada de la parte inferior de la porción izquierda con la mano derecha. Para eliminar, si los hubiese, fragmentos que se adhieren a los dedos el sacerdote frotará, con suavidad el pulgar y el índice con suavidad hasta limpiarlos y siempre sobre la patena, no sobre el cáliz.

Jesús Luengo Mena